Historia silenciada de la mujer I: Grecia, Roma y el judaísmo

  • Primer artículo de la serie que Jesús Ramírez dedica a analizar el menosprecio que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia.

La discriminación que desde siempre ha padecido la mujer en la civilización cristiana-occidental, al igual que en otras, se remonta a la antigüedad más remota. Es sabido que las fuentes de que se nutre dicha civilización son esencialmente dos: el mundo clásico y el judaísmo. Vamos a analizarlas, aunque sea de forma somera.

La antigua Grecia

Como es sabido, destacó sobre cualquier otra civilización del mundo antiguo, e incluso posterior, por su carácter humanista, innovador y racionalista, lo que no evitó que las mujeres estuviesen totalmente excluidas de la vida pública. No tenían derechos políticos, por lo que su ámbito de actuación se limitaba al doméstico: el cuidado de la casa y la crianza de los hijos. No podían ir a la escuela, de ahí que su educación se limitara a la que pudieran recibir de su madre, desde luego muy escasa, por lo que se comprende que la tasa de analfabetismo femenino fuese muy alta. Ni siquiera en las polis de régimen democrático la mujer podía tener la condición de “ciudadana”, sino, en todo caso, la de hija, esposa o madre de “ciudadano”.

Me resulta chocante y aberrante que una figura del pensamiento tan ilustre como Sócrates no dudase en considerar a las mujeres como una pertenencia de los hombres, al tiempo que advertía a éstos que si vivían inmoralmente corrían el riesgo de reencarnarse en mujeres. En mujeres. Podía haber dicho mejor en sapos, sabandijas o cualquier otro bicho repugnante. Pero no: advirtió a los hombres del terrorífico riesgo de reencarnarse en mujeres, que para él eran seres despreciables. Otro que también se luce a base de bien es Aristóteles cuando afirma lo siguiente: “la mujer es un hombre incompleto, un macho fallido o, por decirlo así, una deformidad”.

Eso sí, consideraba que las mujeres cumplían su papel, porque eran imprescindibles para la reproducción. Les voy a leer un párrafo, literalmente, extraído de una de sus obras. Dice así el sabio Aristóteles:


En comparación con el hombre, la mujer es más pícara, menos simple, más impulsiva, más compasiva, más propensa a las lágrimas, más celosa, más quejosa, más apta para reprender y herir, más proclive al desaliento y menos esperanzada, más descarada y más mentirosa, más engañosa, con mejor memoria y también más alerta, más apocada y más difícil de inducir a la acción”

¿Pueden adivinar cómo se titula esta obra de Aristóteles?: “Historia de los animales”, escrita en el 343 a.C. (n. 608-b 1-14). Y estamos hablando de la opinión de dos de los filósofos más importantes e influyentes, no ya de la antigua Grecia, sino de toda la historia de la humanidad.

Creación de Pandora con Poseidón, Atenea y Ares. Cerámica griega.

También la mitología es fiel reflejo de la misoginia del mundo clásico. En su célebre obra Los trabajos y los días, cuenta Hesíodo que antes de la aparición o creación de las mujeres, los hombres vivían pacífica y felizmente, hasta que el titán Prometeo robó a los dioses el misterio o secreto del fuego y lo dio a conocer a los hombres, a pesar de la prohibición expresa de Zeus, por lo cual éste, enfurecido, además de vengarse de Prometeo, decidió también castigar a la humanidad con el más terrible de los males que se le ocurrió, un regalo envenenado. Le encargó a Hefesto (el dios Vulcano de los romanos) que creara a Pandora, la primera mujer, descrita como un ser de gran belleza y de naturaleza encantadora y seductora, muy similar a las diosas, pero con un espíritu caracterizado por la mentira, la doblez y la inconstancia (caracteres que le dio otro dios, Hermes, es decir Mercurio). Pandora llevaba siempre un ánfora (no una caja, que es actualmente la creencia más común), que se le prohibió abrir. Pero ella, débil de carácter, no pudo resistir la curiosidad de averiguar lo que contenía, y al abrirla desató y esparció todos los males por el mundo: las enfermedades, la vejez y la muerte. Es, como todos los mitos, un cuento, pero fiel reflejo de la mentalidad de la sociedad que lo creó, en este caso la misoginia que culpabiliza a la mujer de todas las desgracias.

Roma

En el mundo romano, heredero en tantas cosas del griego, la situación de la mujer no varió. La sociedad romana era igual de patriarcal. El matrimonio y la procreación eran el destino de toda mujer, el único sentido de su existencia. Con el matrimonio la mujer simplemente cambiaba de amo: en lugar del padre a partir de ahora será el marido (el nuevo pater familias) quien ejerza sobre ella su plena autoridad. El divorcio se hizo muy frecuente, tanto si era por mutuo consentimiento como por el repudio del marido a la mujer. En ambos casos, era ella quien tenía que abandonar el domicilio conyugal, del que se llevaba la dote que había aportado al matrimonio, pero no a los hijos, que eran algo así como una propiedad o pertenencia del padre. En cuanto a las infidelidades, el adulterio solo se consideraba delito para la mujer casada, especialmente si era de clase alta. Su castigo podía variar desde unos azotes hasta incluso la pena de muerte, en lo cual la opinión del marido burlado era determinante. En cualquier caso, para la mujer adúltera la ley le imponía la pérdida de todos sus bienes (que pasaban a pertenecer al marido) y el divorcio forzoso. ¿Y cuál era la pena que se imponía al hombre casado adúltero? Normalmente ninguna, aunque los tribunales podían privarle de la mitad de sus bienes. Era lo máximo que los adúlteros podían perder.

Escena cotidiana de la mujer en Roma. Mural encontrado en Pompeya
Judaísmo

Dejamos el mundo clásico grecorromano, para tratar ahora la otra gran fuente de la que se nutre la civilización occidental, que es la judía o hebrea, en donde la consideración y status social de la mujer no era mejor. Un par de ejemplos ponen en evidencia esa realidad. Recuperamos el mito de de la creación de la mujer en la cosmogonía griega, es decir Pandora, la causante de todos los males. ¿No les recuerda mucho al episodio narrado en el tercer capítulo del primer libro de la Biblia, el Génesis, cuando la serpiente convence a la primera Mujer (así es denominada, porque en aquel momento Eva aún carecía de nombre) para que, desobedeciendo a Jehová-Dios, comiese de la fruta del “árbol del conocimiento de lo bueno y de lo malo”, e instigase a Adán a hacer lo mismo? Es de hacer notar las palabras con que Jehová-Dios les castiga, les maldice: “Aumentaré en gran manera el dolor de tu preñez, con dolores de parto darás a luz hijos y tu deseo vehemente será por tu esposo, y él te dominará” (versículo 16). Pero el siguiente versículo es aún más revelador de la misoginia que impregna a la Biblia, y en general al judaísmo:


Y a Adán dijo: Porque escuchaste la voz de tu esposa y te pusiste a comer del árbol (…) maldito está el suelo por tu causa. Con dolor comerás su producto todos los días de tu vida (…) Con el sudor de tu rostro comerás pan hasta que vuelvas al suelo, porque de él fuiste tomado (…). Con eso Jehová Dios lo echó del jardín del Edén”

(Versículo 23)
En la mitología Judeo-cristiana Eva es el trasunto de Pandora. Expulsión. Masaccio. Sta María del Carmine, Florencia

Conclusión: la culpable de la expulsión del Paraíso, y consiguientemente de todas las desgracias, es la Mujer, mientras que el pobre Hombre es descrito como su víctima, se dejó convencer, el pobre. Está clara la similitud del significado de Pandora y Eva y del mensaje que nos transmiten.

En el Judaísmo en la antigüedad ni siquiera el aprendizaje de la Torá (que constituye su ley básica) les era permitido a las mujeres, a las que se consideraba inferiores por naturaleza a los varones. Bien elocuente es el texto de la oración que recitaban todos los días los judíos más piadosos: “Bendito sea Dios (…), que no me ha hecho nacer mujer, porque de la mujer no se espera que observe los mandamientos” (Berakot o Berajot, compilación de las oraciones tradicionales judías o Mishná, 7, 18). Con esto queda dicho todo.

El primitivo Cristianismo, que recordemos que nació en Palestina y que se extendió por el Imperio Romano, beberá de ambas fuentes, la judaica y la grecorromana, por lo que no puede esperarse de la nueva religión un mejor concepto de la mujer, aunque ya veremos en un próximo número de esta publicación que en esos tiempos iniciales hubo sus más y sus menos.