¡He venido a hablar de su libro!

  • De entre todos los escritores del siglo XX, tal vez sea Francisco Umbral el más olvidado injustamente. Pablo Rey nos habla sobre la necesidad de valorar la figura de Francisco Umbral, más allá de su personaje público. Umbral es literatura. Hay que rescatarlo.

Francisco Umbral es un monstruo. Un ser sublime sin interrupción. Un dandy maldito y un sucio beat. El hijo bastardo de Henry Miller y Baudelaire. Un trópico del mal. Su prosa colorida, inventiva, castellana y floral, debería ser considerada una de las mejores del siglo XX en España. Y sin embargo, poco oigo hablar de él. Se le recuerda más como un columnista con talento. Como un esperpéntico flaneur que aparece en televisión junto a Lola Flores y Mercedes Milá. Como un personaje público. Pero el escritor, que es por lo que llegó a ser un gran personaje público, es otro mundo. Teníamos en nuestro país, hasta hace poco, una leyenda viva y olvidada. En su momento protagonizaba todas las tertulias y programas culturales de RTVE. Ahora ya pocas personas conozco que le lean. Algo pasa en España que nos olvidamos de nuestros artistas, mientras miramos a los de fuera, y, cuando miramos a los nuestros, es a través de ojos extranjeros. Pero Umbral es difícil de traducir, tal vez imposible, y si bien hay casos y estudios extranjeros, son minoritarios. Por eso debemos redescubrir nuestros productos. Hacer un poco de turismo en la propia ciudad. Conocer mejor a nuestros vecinos, aunque estén muertos.

Francisco Umbral, en una foto tomada en 1992.
En El Giocondo se retratan los bajos fondos del Madrid de los años 70. Algo entre esperpéntico y genial. Es en las cloacas donde se empieza a respirar aire puro, por contradictorio que parezca, en cualquier estado totalitario.

Es este un momento inigualable para leer El Giocondo. En la novela se retratan los bajos fondos del Madrid de los años 70. Algo entre esperpéntico y genial. Es en las cloacas donde se empieza a respirar aire puro, por contradictorio que parezca, en cualquier estado totalitario. ¿Y eso? La libertad de la resistencia en un ambiente opresivo, ese pensamiento de ”ya qué más da, de no tenemos nada que perder, carajo. Una locura extraña y deliciosa recorre el alma de los insurrectos. Ese es el ambiente que se respira en la novela de Umbral, ambiente que aflora en los primeros años de transición, copando el panorama cultural, musical, literario, cinemático, los bares, las calles, etcétera, con el nombre de Movida Madrileña. La permisividad, la diversidad, la androginia, la libertad sexual no florecieron de la nada. España no era un país casto y gris y se tiñó de color de repente. El color estaba ahí, pero estaba reprimido, recubierto de polvo, caminando y destiñiéndose lentamente por el alcantarillado de Madrid. No olvidemos que toda escena en blanco y negro fue vivida, en su momento, a todo color. El fin aparente de la dictadura tan sólo dio lugar a que saliera a flote, en esa extraña euforia que da el final de un cautiverio mental. Entonces todo era posible. Es por eso que la libertad de aquella época resuena tanto en estos días en los que vivimos un auge del conservadurismo más arcaico, a la par que renovados deseos y luchas por la libertad y la justicia. ¿Se habla hoy en día de feminismo, de diversidad sexual, de etiquetas? Todo ello se encuentra en la novela, sin juicios, sin prejuicios, tan sólo hechos, relaciones, personajes, múltiples, complejos, algunos sanos, otros tóxicos, todos envueltos en la noche. Ese lugar oculto en el que uno podía encontrarse con cualquier monstruo. El libro de Umbral no es una novela. Es un bestiario.

Escena típica de “La movida madrileña”. Personajes a la salida de un concierto de rock. Guillermo Pérez Villata.

Todo ello aderezado siempre por una increíble prosa poética y colorida. Umbral era un maestro del lenguaje, alguien que, como Unamuno, se inventaba palabras por estética, escribía como le dictaba su mente, para describir exactamente cómo quería una situación, una característica, un color.

A veces retrata la noche madrileña. A veces el amor y desamor de un jóven castizo. A veces la bohemia. A veces historia. Pero siempre la vida; el caos; los humanos. ¡Nunca encuentro una moraleja en uno sólo de sus libros!
Portada de Mortal y Rosa. Ediciones Austral

El hombre es un animal extraño. Somos individuos que andan en manada. Incapaces de deshacernos en los demás, incapaces de aislarnos y vivir sin los demás. Estamos siempre en busca y explosión con los demás, como un billar con millares de bolas, chocando, entrando en agujeros, saliendo de agujeros, aferrándonos, soltándonos, viviendo, muriendo. A veces veo desde la distancia cómo todos hervimos en ollas gigantes, bulliendo nuestros cuerpos, atados por el amor y el odio. La vida es un constante caos lleno de belleza y conflicto. Y mientras, desesperados, intentamos comprender algo, desde el universo a una frase. Da igual el qué. Algo. Encontrar un poco de luz, o tal vez arrojarla, algo que nos permita saber qué sentido tiene porque, si una sola cosa, una sola, tiene sentido, ya no existirá la nada. Lo contrario al nihilismo no es el absoluto, es cualquier cosa con sentido. La unidad mínima de significado es capaz de destruir todo un vacío universal. Por ello luchamos tanto. Y por ello estamos locos, pues somos el único animal que lucha contra el vacío. Mira los demás, todos los animales viven en paz. Todos descansan cuando duermen, incluso los más miedosos. Y de eso va la novela, al final. De eso, me atrevería a decir, va toda la obra de Umbral. A veces retrata la noche madrileña. A veces el amor y desamor de un jóven castizo. A veces la bohemia. A veces historia. Pero siempre la vida; el caos; los humanos. ¡Nunca encuentro una moraleja en uno sólo de sus libros! ¿Será eso por lo que me gusta tanto? ¿Será Umbral en realidad un pintor, un retratista, un caricaturista con palabras? No lo sé, pero sin duda merece la pena visitarlo, recorrer sus pensamientos. Recomiendo también ver sus entrevistas, diarios, leer Mortal y Rosa, conocerlo a fondo. Uno de los personajes más interesantes del S.XX, no sólo por ser uno, sino por ser una generación y por saber verla, verse a sí mismo, vernos a todos.