200 años del Museo del Prado: espejo de un nación

  • Para Pepe Pérez-Muelas adentrarse en las salas del Prado es abrir una ventana a los capítulos de la historia de España. Con motivo de la celebración del II centenario del Museo, nos invita a recorrer “nuestra esencia hecha color”.

Si pusiésemos de perfil este espacio físico, político, lingüístico y sentimental llamado España, probablemente encontraríamos la efigie del Museo del Prado. Otros países de referencia cercana ilustrarían su identidad en una torre inclinada, o en una antena de hierro de dimensiones gigantescas, o en un reloj marcando el paso del Támesis. Tal vez no haya expresión más fidedigna de los avatares y controversias que forman la Historia de España que la narrada a través de los pinceles de cada uno de los cuadros que alberga este museo.

Pocos lugares hay en el mundo que ilustren mejor la evolución del comportamiento humano, el nacimiento del Estado moderno (a caballo, en Mühlberg), las luchas de religiones, el diálogo constante entre las dos orillas del Atlántico, la sacralización de Europa tras Trento, el despertar de la luz entre las tinieblas barrocas, las revoluciones y excesos del siglo XIX. Cada sala no es solamente una concepción estética que responde a un patrón de belleza: es una radiografía histórica del mundo a través del balcón de un país que lo tuvo entre las manos.

Cada sala no es solamente una concepción estética que responde a un patrón de belleza: es una radiografía histórica del mundo a través del balcón de un país que lo tuvo entre las manos.

Porque el Prado no es solamente una pinacoteca. Es un estado del alma, si imitásemos la dialéctica mística. Ramón Gaya, en su primer exilio en México, encuentra la definición más perfecta al referirse al museo nacional: “Cuando desde lejos se piensa en el Prado, no se representa nunca como un museo sino como una especie de patria”. La patria de lo español, salvando cualquier tipo de ideología, como puntualizó maravillosamente Azaña durante la Guerra Civil, afirmando que el Prado era más importante que la Monarquía y la República juntas. La patria del arte sin fronteras. Un museo que, aun cumpliendo doscientos años, se extiende más allá de ese fecha. 

Asumiendo este hecho, descubrimos que el Prado es un fresco panorámico de la historia de España. Es el viaje de una nación por los siglos, con sus sombras y sus luces, con sus reyes, Felipes y Carlos a caballo, con la pobreza de sus gentes, sus pícaros y alcahuetas. No hablamos del espíritu de un pueblo, a la manera romántica, sino que nos referimos a los extractos concretos que cada pintor, movido por sus circunstancias, ha querido reproducir para la posteridad. Las meninas no es el símbolo de la elegancia española: es la representación cotidiana de una monarquía encerrada en sí misma a punto de desmoronarse; de la misma forma que los niños harapientos de Murillo no representan la inteligencia innata de las clases bajas, sino el sistema generalizado de pobreza de un imperio con los pies de barro. Los fusilamientos de Goya expresan el heroísmo de los madrileños ante los franceses, pero también los estragos de la guerra y el precio de la libertad.

El Louvre, en cambio, no es el museo de Francia. Es un un excelente museo situado en París, pero pocas salas hablan de las gestas y derrotas francesas. Ni de los caminos que han transcurrido los hombres hasta alcanzar la Francia actual. Tiene más la forma de colección universal de saberes, sentimiento nacido en el siglo XVIII y favorecido por las guerras napoleónicas y esa especie de colonialismo avant la lettre. Lo mismo sucede con el Britsh Museum. La historia que alumbró el devenir de esas naciones está presente en esos museos, pero no de una forma tan decisiva como en el Prado.

Por eso, asomarnos a la historia del museo del Prado es contemplar un legado tan antiguo y valioso como los lienzos a través de los cuales se representa. Un lugar en el que, como dijo Dalí en conversación con Jean Cocteau, hasta el aire es valioso y materia salvable.

La historia de un museo, a pesar de la historia de España

Auspiciado por la moda europea de reunir el saber y el patrimonio de cada nación en un mismo edificio, el Museo del Prado se crea el 18 de Noviembre de 1819. El impulso de María Isabel de Braganza, mujer de Fernando VII, fue decisivo para la constitución de la pinacoteca que debía exponer lo mejor de las colecciones reales que durante tantos siglos habían engalanado los palacios y alcázares del territorio nacional, muchas de ellas situadas en El Escorial.

Sin embargo, si el siglo XIX supuso la valoración y el aprecio por los testimonios del pasado, también significó el mayor desprecio del patrimonio visto hasta la fecha. La Guerra de Independencia y las dos desamortizaciones, la de Mendizábal y la de Madoz, representarían una destrucción sin precedentes del patrimonio español. Lo que el fuego no pudo destruir estuvo a punto de conseguirlo la política. Con la creación del Museo de la Trinidad, encargado de exponer los bienes confiscados a la Iglesia, el Museo del Prado pudo nutrirse en la década de los sesenta del siglo XIX. El arte sacro y autores como el Greco entraron a formar parte de la nómina nacional y a llenar las salas del museo para disfrute de todo el visitante.

Las Misiones Pedagógicas permitieron abrir el museo al pueblo.

En estos mismos años, el Prado pasó a considerarse museo nacional, con la fusión de otras grandes colecciones. El museo real daba paso a una institución que representaba a toda una nación, y no solo a la monarquía. De esta forma, las puertas del museo se abrieron para visitantes de toda índole (los pintores extranjeros favorecieron el conocimiento de la pintura española en todo el mundo) y las nuevas corrientes estéticas que empezaban a tener cabida en el mundo del arte no fueron ajenas entre sus salas.

Los inicios del XX coincidieron con el despertar de una generación sobresaliente de artistas en todos los ámbitos, algo que llevó a Mainer a hablar de “Edad de plata de la cultura española”. Picasso, Dalí, Miró fueron valiosos activos presentes en el Museo del Prado. Sus visitas supusieron un enfoque renovado a la colección y un diálogo constante entre pasado y modernidad. Nació a la par, en 1898, el Museo de Arte Moderno, que se compondría de obras pertenecientes al Prado. En esta época también las grandes donaciones privadas ayudaron a conformar un museo más panorámico, con gran cantidad de cuadros del quattrocento, de Goya y de autores decimonónicos como Madrazo y Fortuny.

Con la llegada de la II República, el museo no permaneció al margen de la convulsión de los tiempos. En la Constitución republicana de 1931, en su artículo 45, se proclama que: “toda la riqueza artística del país, sea quien fuere su dueño, constituye el Tesoro Cultural de la Nación y estará bajo la salvaguarda del Estado”. A ello se suma la Ley de Patrimonio Artístico Nacional de 1933, y la exteriorización del Museo del Prado a aquellos rincones donde no podía llegar el arte, gracias a las Misiones Pedagógicas, que reproducían fielmente muchos de los tesoros que albergaba el Museo. A esta época corresponde la dirección del museo a Pérez de Ayala y a Pablo Picasso, quien durante su mandato pisó bien poco el museo.

El Prado vacío tras la evacuación ordenada por el Gobierno republicano.

Pero la Guerra Civil, fiel a su cita con España (cada cierto tiempo, los españoles son poseídos por el estigma de Caín), estuvo a punto de convertir el Museo del Prado en un solar patrio. Entre unos y otros, ambos bandos representaron lo peor del ser humano, en una triste caricatura del célebre cuadro de Goya, Lucha a garrotazos. Las bombas de los aviadores del bando nacional caían cerca del edificio, llegando a dañar parte del tejado. La República decidió entonces trasladar las obras del museo a Valencia, ante el asedio al que estaba sometido Madrid. La responsabilidad de organizar tamaña empresa recayó en Rafael Alberti, excelente poeta que disfrutó de la Guerra Civil (me remito a sus memorias, La arboleda perdida, a sus incontables entrevistas y al excelente ensayo Las armas y las letras de Andrés Trapiello) para alcanzar fama y ajustar cuentas. El resultado fue, como muchas veces en la historia de España, un milagro. El traslado de las obras se produjo sin planificación ni orden, improvisando en muchas ocasiones el procedimiento a seguir. Los colapsos en las comunicaciones y la falta de adecuación de las cajas de transporte provocaron el desperfecto en muchas de las obras. El tesoro nacional acabó en Valencia, tras una larga y penosa marcha, pero solamente como parada inicial. Barcelona, y finalmente Ginebra, simbolizaron una ruta que lamentablemente muchos españoles estaban realizando, huyendo de las bombas y de la revancha franquista.

La cuestión empieza a despertar un profundo y delicado debate. ¿Corrían realmente peligro las obras del Prado durante el asedio de Madrid? Con toda seguridad sí, pero es difícil justificar el trasiego de obras por media Península Ibérica y ciertas actuaciones que provocaron grandes desperfectos en muchas obras. La República, que tan bien había definido la defensa del patrimonio nacional en su Constitución, parecía haberse adueñado del tesoro patrio. O nuestro o de ninguno. De forma milagrosa, las obras del Prado cruzaron la frontera y durante el resto de la guerra se depositaron en Ginebra, donde se expusieron como símbolo de una España en llamas.

El traslado de las obras no siempre se hizo en las mejores condiciones.

Durante el Franquismo, una vez que las obras habían vuelto a sus salas habituales, con la reforma del edificio y la adecuación a los nuevos tiempo, el Prado será utilizado como símbolo nacional de una España grande y gloriosa. Servirá el museo como escaparate para todo el mundo que quisiese visitar el país, desde dignatarios extranjeros hasta artistas de la primera línea cinematográfica.  Durante este período se intensificó el protagonismo de Velázquez como piedra angular de la colección.

El diálogo entre Velázquez y Dalí.

Con la llegada de la democracia y de los nuevos tiempos, el Prado se ha convertido en un ejemplo de conservación mundial y en el mayor icono de la cultura española. Un espejo donde mirarse para aprender del pasado, para afrontar el futuro y para dar sentido a cada uno de los retos que afronta España como nación y Europa como salvaguarda de la cultura occidental, inspirado en la belleza de su patrimonio y en la libertad de su espíritu.

Un museo de artistas y artistas en el museo

Nada más decisivo en la historia del arte que ver la huellas de un autor en otro. Comprobar que los caminos abiertos por un pincel en determinada época han sido retomados por otro, con décadas y siglos de distancia. En el Prado, como no sucede en ningún otro museo del mundo, es posible recorrer las diferentes visiones que los artistas han tenido del arte. De esta forma, ¿cómo podríamos entender Dánae recibiendo la lluvia dorada de Tiziano sin haber visto antes la serie del Nastagio degli Onesti de Botticelli?  ¿Acaso los cielos apocalípticos del Greco no estaban antes en Carlos V a caballo en Mühlberg? ¿No se perciben los paseos de Velázquez frente a El lavatorio de Tintoretto? ¿No estaban ya los Murillo, Ribera y Zurbarán presentes en Las meninas, en Los borrachos o en Las hilanderas? ¿No es La familia de Carlos IV de Goya un espejo roto de Las meninas? ¿Los fusilamientos de Torrijos no caben en aquel 2 de Mayo de Goya? ¿No existe el mundo onírico de Dalí en las obras del Bosco? ¿Qué fue antes, La infanta Margarita de Picasso, la de Dalí o la del Velázquez?

Pero no hablamos solamente de un diálogo encerrado en las salas del museo. El Prado supone también la estrecha relación entre artistas extranjeros y el arte de la escuela española, tradicionalmente al margen de los circuitos europeos. La visita de Manet en 1865 al Prado supuso el conocimiento en Francia de este museo y la revalorización de autores como Velázquez y Goya más allá de los Pirineos.

Desde esa fecha, la expansión del Prado por el imaginario colectivo artístico mundial es imparable. Pintores como Klimt, Chase, Pollock, Renoir o Warhol han paseado por las salas del museo haciendo suyas las vivencias del museo nacional y reinterpretando la estética de todas las edades del arte español.

Todas las artes han tenido cabida en el edificio que saluda al Paseo del Prado. Por él Michel Foucault (acompañado de Borges) ha sentado las bases del estructuralismo. En su recuerdo, María Zambrano y Ramón Gaya han amado el país que no le dejaba volver, España, en sus exilios romanos. Buero Vallejo ha dado voz a unas Meninas particulares. Mujica Lainez insufló vida a los cuadros cuando se apagan las luces en Un novelista en el Museo del Prado, y los personajes pintados se relacionaban, hacían el amor, se odiaban y solucionaban el mundo por sus salas. Y Para Vargas Llosa el museo es una fábrica de sueños.

Volver al Prado es entender el punto exacto de nuestra historia.

Volver al Prado es entender el punto exacto de nuestra historia. La materialización de nuestra esencia hecha color. Es rendir homenaje a la luz que ha fundado el material del que está hecho nuestro presente. Doscientos años paseando por el Prado no bastan para entender la grandeza de cada uno de sus días.