Creta: en el interior del laberinto

  • Creta es un laberinto mitológico, una isla que nos observa a más de tres mil años de distancia. Pepe Pérez-Muelas nos ofrece un viaje sentimental a través de los restos de la cultura minoica.

¿Qué significa llegar a Creta para alguien que ha dedicado buena parte de su vida a leer historias sobre laberintos y Minotauros? Llevábamos toda la noche navegando, desde el puerto del Pireo hasta la pequeña bahía que forma Heraklion, la capital de la isla. Miraba las aguas, a punto de amanecer ya por el Oriente del Mediterráneo, y tenía la sensación de haber leído antes el color de las olas, las formas de las colinas que, a lo lejos, se iban apareciendo con las luces tenues. Sabía de cada olivo, de las ramas que lo constituían y de la sombra que albergaba alrededor. De los bloques de mármol y piedra que aún formaban algo parecido a un templo, o el recuerdo de una civilización. En definitiva, llegar a Creta significaba mirarme en un espejo. Poner a prueba todo lo que había sido durante casi treinta años de mi vida.   

Llegada a Heraklion. Fotografía Pepe Pérez-Muelas

La semana anterior habíamos estado en Atenas. Nos dijeron que todo lo que uno puede llegar a saber del mundo clásico está dentro de las salas del Museo Arqueológico Nacional. Afortunadamente, mi compañero y yo nunca supimos conformarnos mucho. Llevábamos el estigma de Ulises en la frente y la ciudad, como el mundo, sin dejar de ser abrumadora, ya se nos quedaba pequeña. Abrimos un mapa mientras hacíamos cola en las taquillas de la compañía estatal de transporte náutico. Fue un verano tórrido, para qué negarlo. Las Santorinis, Rodas y Mikonos se nos ofrecían a un precio desorbitado. Ninguno trabajaba y nuestra fuente de ingresos correspondía, como todo lo del mundo Occidental, a la herencia de nuestros mayores. Surgió entonces aquella isla al sur, más grande que todas las demás, con forma de parapeto, de rompeolas gigante, recogiendo los restos de la Grecia Antigua. Aquella isla a la que Homero no quiso nunca ir, en la que los héroes troyanos y griegos habían pasado de puntillas. Pero la primera de todas en cautivarnos. Nosotros teníamos fama de caminar mucho y perdernos en nuestro camino. Y en Creta estaba el laberinto

Yo siempre he sido uno que nunca quiso salir del laberinto. Al contrario. Alguien que se ha pasado las mejores horas de su juventud intentando construir las paredes del laberinto perfecto, entre libro y libro, lamentando que aquel ser con cabeza de toro y cuerpo de hombre no fuera más que un incomprendido, un atormentado fruto de un pecado original, el adulterio de su madre con un toro. Y allí estábamos los dos, mi compañero de expedición y yo, llegando al puerto de Heraklion, a las seis de la mañana, con el mar en calma, a bordo de un velero sin velas, imaginando que estas deberían haber sido de color negro, pero que a la vuelta de nuestra ruta por el laberinto deberíamos cambiarlas por el blanco de la espuma, para evitar suicidios desesperados. No queríamos repetir la historia de Teseo y Egeo, a pesar de llevar teléfonos móviles.

La capital de Creta es en sí un laberinto. Nada queda de su pasado mitológico ni helénico.

Heraklion, a las siete de la mañana, está desierta. Tras la fortaleza veneciana que saluda al viajero, las calles se empinan hacia el interior de la isla, formando algunas plazas de encanto provinciano, salpicadas de palacios modernos que algún día tuvieron un peso en la historia de la ciudad. No encontramos ninguna cafetería abierta y faltaban más de cinco horas para que nos dejasen ocupar aquella habitación de hostal a bajo precio a las afueras de la ciudad, cerca del puerto militar y comercial. Tocaba, mochila a la espalda, deambular por las aceras.

La capital de Creta es en sí un laberinto. Nada queda de su pasado mitológico ni helénico. No en balde, han pasado más de treinta y cinco siglos desde aquellas historias. Un cartel gigante anuncia que el Greco nació entre esas casas coloridas, cuando eran de barro. El aire veneciano también está inscrito en el rostro de sus gentes, no solamente en la urbanidad de sus aguas. Algunas defensas de la batalla de la II Guerra Mundial se venden como atractivo turístico final. Vino de Creta, el mejor del Oriente europeo. Y a lo lejos la sirena de un crucero que estaba por atracar en el puerto. Apenas teníamos una hora para poder pasear por las calles de la ciudad nosotros solos. ¿Sería este el laberinto que tantas veces habíamos leído?  

La Taurocatapsia. Museo Arqueológico de Heraklion
Un rey, una traición, un héroe egoísta y un Minotauro

No hay una historia oficial sobre el Laberinto del Minotauro. Hay un conjunto de mitos que varían dependiendo de las fuentes (que suele ser el interés de quien escribe el relato) y de las cronologías. Las evidencias arqueológicas han ayudado en gran medida a delimitar el sueño de la realidad. Todos los hallazgos nos transportan a un mundo diferente al que se vivía en la Grecia continental. Una civilización, la Minoica, que no conocía la guerra, puesto que sus ciudades carecían de murallas, cuyos instrumentos principales no eran las armas, sino las vasijas para recolectar aceite y vino. Un mundo donde los palacios tenían forma de laberinto, donde unas habitaciones se construían encima de otras, compartiendo espacios y dividiendo la perspectiva visual de estos. Una civilización donde se repetía un mismo patrón, dibujado o en forma de figura para niños: el toro.

No hay una historia oficial sobre el Laberinto del Minotauro. Hay un conjunto de mitos que varían dependiendo de las fuentes (que suele ser el interés de quien escribe el relato) y de las cronologías.

En el centro del mundo un hombre con cabeza de toro. El Minotauro como nacimiento de la cultura Occidental, que vio la luz en las primeras horas de inteligencia griega y que nos acompaña hasta nuestros días. Pero es más complejo de lo que parece. Nos debemos situar entorno al año 1700-1500 a.C. A Grecia aún no había llegado el poderoso Aquiles ni el audaz Ulises. Troya era un páramo de trigo y los volcanes del Egeo aún no habían revolucionado la geografía de la región. Floreció en ese tiempo la primera gran civilización a gran escala europea, en la isla de Creta y otras adyacentes. Conocemos a este periodo como Minoico, justo cuando nace el mito.

El rey Minos fue el gran monarca de aquella cultura que vivía en paz y armonía. Su mujer, Pasífae, quedó locamente enamorada de un esbelto toro blanco que pastaba a pocos metros del palacio. Ella, enloquecida de lujuria, pidió a Dédalo, un arquitecto ateniense que vivía en Creta que construyese una vaca de madera donde ella pudiese meterse para yacer así con el toro. El toro, engañado, seducido por un artilugio al que creía hembra con atributos, hizo lo que hacen los toros bravos en la cópula, y a los nueve meses, Pasífae dio a luz. Nació un ser extraño, con cuerpo antropomorfo y cabeza de toro. Para Cortázar, en Los reyes, también la melancolía era una gran característica de su temperamento, y solía quedarse observando el mar al declinar el sol. Soledad griega.

El rey se sintió traicionado (y suponemos que humillado bovinamente) y mandó construir a Dédalo (¿sabría que este ayudó a la cópula interespecie?) el mayor y más complejo laberinto que jamás se hubiese construido, aquel del que fuese imposible salir. En el centro de aquella majestuosa obra de ingeniería debería habitar el Minotauro.

Teseo matando al Minotauro en presencia de Atenea. Cerámica griega. Museo Arqueológico Nacional. Atenas

La historia posterior mezcla de nuevo la fábula y la guerra. Minos vence a Atenas y obliga al sacrificio de catorce jóvenes atenienses, año tras año, que eran introducidos en el laberinto para ser devorados por el Minotauro. El hombre contra la bestia. La inteligencia contra la naturaleza y el instinto. Luego vino Teseo con su cabellera, su dialéctica para embaucar a Ariadna, también hija de Minos. El amor prometido, el derroche de poesía ante los ojos que se miran y arden. La espada atravesando el cuerpo humano del Minotauro. El hilo que había dejado Ariadna (la perdición viene siempre de dentro), el reencuentro de los amantes, la despedida y el abandono del joven Teseo, porque la patria y la gloria le tiraban. Las tentativas de suicidio de Ariadna, desvirgada y humillada. Y la historia acaba con el no cambio de banderas de Teseo. El precipicio del rey Egeo desde su palacio ateniense, interpretando la muerte de su hijo. Y Dédalo, volando alto alto, creyéndose inmortal, cayendo desde el punto más alto de este mito. Dédalo, finalmente, también será castigado por su doble astucia, porque del destino griego nadie podía escapar.

Cita con “La parisina” en la sala de un museo

Aún no encuentro las palabras para describir lo que sentí aquella mañana frente a La parisina. La belleza original del mundo observándome desde treinta y cinco siglos. Perenne, vencedora de la barbarie, aquel mural de pigmentos azulados y pálidos se erguía con el orgullo de una joven de apenas quince años. El perfil griego, como habíamos visto hacía unos minutos en la chica que vendía las entradas al Museo Arqueológico, o ese aire figurado encontrado en una mujer que observaba la bahía de Heraklion minutos antes de descender del barco. La parisina significaba todo lo que yo esperaba encontrar en Creta. Sus ojos negros e inmensos espaciaban todas las noches que habían transcurrido hasta llegar a su encuentro. El cabello rizado, como si se tratase de una glamurosa bailarina de cabaret parisino. Ese fragmento de pintura se resistía a desaparecer, y nos demostraba que la belleza caminó por las colinas de Cnossos, y allí nos quedamos parados, contemplando una isla desierta a través del tiempo. Ya hemos visto el laberinto, le dije a mi compañero, y ambos sabíamos que iba a ser difícil salir de él.

La Parisina. Museo Arqueológico de Heraklion

El Museo Arqueológico de Heraklion es un paso imprescindible para entender lo que fue algún día la cultura minoica. A través de sus salas (no excesivamente repletas de gente) uno puede contemplar el inicio de una civilización que debió conquistar el Mediterráneo, pero que se conformó con poblar las noches de ensueño entre un Minotauro, un laberinto y los millones de lectores que durante siglos hemos intentado descifrar las claves de su significado.

Sus salas muestran joyas únicas que son imprescindibles para entender las ruinas de Cnossos. En una sala solitaria se encuentra La diosa de las serpientes, una figurilla del año 1600 a.C. que representa una mujer con los pechos desnudos rodeada de serpientes. En otra, el mural El príncipe de los lirios muestra un hombre esbelto, pálido de piel, que porta un casco con plumas de una elegancia exquisita. El sarcófago de Hagia Triada es tal vez la culminación del arte pictórico minoico, junto a  La danza de los delfines, cuya inocencia nos transporta a un mundo donde la guerra se conocía por historias legendarias y no por cicatrices en los brazos de los hombres.

Pero un fresco nos llamó especialmente la atención. Tauromaquia representa el culto al toro de la cultura Occidental mediterránea: el legado que el ser humano tiene con este animal, adorado y sacrificado en pos del arte, desde tiempos inmemoriales. En él, dos hombres lo flanquean mientras un tercero, con el torso moreno (yo he visto ese color cetrino antes en las pinturas de El Fayun, diecisiete siglos después), salta por encima del animal.

Unos kilómetros al sur, en el interior de la isla, Cnossos, a un lado de la carretera regional, llevaba siglos y siglos de silencio. Allí estábamos citados con el Minotauro.

Al salir del museo, Heraklion había cobrado vida. Los autobuses turísticos cumplían sus rondas puntuales. La ciudad se había llenado, de repente, de mundo. Nosotros, apenados por dejar atrás el museo (dejábamos atrás una civilización, un tiempo heroico, pensábamos), sentimos el impacto del sol en la cara. Es hora de entrar en el laberinto, me dijo mi compañero. Unos kilómetros al sur, en el interior de la isla, Cnossos, a un lado de la carretera regional, llevaba siglos y siglos de silencio. Allí estábamos citados con el Minotauro.

El laberinto

Caminábamos por un polvo machacado por pisadas. Cientos de ellas. Miles. Antes que nosotros, otros turistas ya habían profanado aquel laberinto que había dormido bajo la tierra durante milenios. Me acerqué al muro del palacio, justo a la altura donde se encontraba La sala del trono. Agudicé el oído. Rocé la roca con la cara. Palpé con las manos abiertas el relieve de las piedras, la forma de una lengua ya extinta, la lineal b. Y no encontré nada. Llevaba años y años preparándome para ese momento y no sentí más que el vacío y el silencio. Habíamos llegado tarde a la vida. Al menos a la historia.

El palacio de Cnosos es una estructura caótica y difícil de entender. La civilización minoica se extiende por toda la isla de Creta, pero tiene en Cnosos el ejemplo de mayor esplendor. Es allí donde se encuentra uno de los complejos arqueológicos más famosos de la antigüedad, formado por más de 1500 habitaciones, en lo alto de una colina, relativamente alejadas del mar y orientadas hacia un patio central, epicentro de la vida social y cultural de la ciudad. Estas construcciones se conocen como “palacios”, y su forma nos induce a pensar en un laberinto. ¿Pero existió realmente el laberinto?

Arthur Evans y su equipo reconstruyendo el Palacio de Cnosos

Para hablar de Cnosos conviene presentar primero a Arthur Evans, el hombre que demostró que el mito cumplía con parte de la verdad. Evans fue un arqueólogo inglés que, gracias a su tesón de años, descubrió en una ladera cercana a Heraklion unos restos arqueológicos que no tardarían en ser diferentes a los de la Grecia continental. En efecto, la mitología se ajustaba a la perfección a los tipos de viviendas que Evans estaba desenterrando. Casas amontonadas las unas con las otras, sin ventanas ni puertas, hechas con muros grandes, sin recintos amurallados y con largos pasillos que comunicaban todas las estancias. Solamente cobraba sentido la estructura en un patio interior que articulaba el edificio. El tópico que encontró Evans en casi todas las estancias era el toro o Minotauro. Él, muy leído en mitología griega, no tardó en atar los cabos sueltos. Había descubierto el palacio del rey Minos. Sus estancias respondían a la forma de un laberinto, tal y como nos contaron las historias mitológicas. ¿Si Troya había existido, por qué no el rey Minos y el incesto bovino?

El problema de Arthur Evans es que, a principios de siglo XX en arqueología, lo que no encajaba con la realidad, se inventaba. El palacio de Cnosos, actualmente, es más fruto de una reinterpretación engañosa que de una realidad histórica. Los frescos han sido restaurados de una forma artificiosa, con un colorido rehecho completamente y con estructuras que han nacido de la nada, movidas tal vez por el capricho estético del arqueólogo. Aún así, el viajero prefiere cerrar los ojos y soñar que todo aquello es verdad, que el Minotauro está vivo, melancólico entre los olivos, huyendo de Teseo para poder contemplar de nuevo el atardecer sobre el mar.

Palacio de Cnosos (norte de Creta), donde se sitúa el laberinto del mito.
Fotografía Pepe Pérez-Muelas

Descubrimos, no sin amargura, que el laberinto estaba dentro de nosotros, y que como Ítaca en el poema de Kavafis, ya no nos podía decepcionar, porque solamente el camino hasta llegar allí (por camino entiéndase lecturas, fotografías, noches en vela, botellas de vino, aviones, barcos y senderos) ya había merecido la pena. ¿Vimos el laberinto? Afortunadamente, Creta no acababa en Cnosos. Alquilamos un coche y desafiando las carreteras de única dirección y los rebaños de cabras, decidimos que el laberinto existía, y que lo íbamos a descubrir con nuestros propios ojos, a fuerza de mapas y gasolina.

El hilo de Ariadna

Y lo descubrimos. Hacia el Oeste de la isla descubrimos una playa hermosa a la cual se accedía solamente a través de acantilados donde dormían las gaviotas y las palmeras salvajes. Y se llamaba Vai. Un bar a los pies del mar en Palekastro, donde servían el mejor café negro de toda Creta. Una ciudad rodeada por lagos y veleros de otro tiempo, salpicada por iglesias ortodoxas. Era Agios Nicolaos. O la ciudad de las marisquerías y el vino, con sus mezquitas que recuerdan la unión entre Occidente y Oriente. En Rehtimno. Y la ciudad más veneciana de todas, la de los canales y las calles estrechas de colores, donde cerrar los ojos y escuchar de lejos el acento véneto. La Canea. Y una carretera accidentada, perforando las montañas, compartiendo alcen con las cabras y los curas ortodoxos que presiden entierros, hasta llegar a un claro, antes de que anocheciese, y vislumbrar desde lejos la playa más impresionante que nos pudo regalar Creta. Elafonisi. Y su nombre no puedo olvidarlo. Las gargantas de Samaria y el Monte Idi, donde creímos ver la nieve en pleno mes de julio. La meseta de Lissithi. Y al final del camino, al final de todo el proceso de entendimiento con la isla y su paisaje, olvidados ya de lo que era el laberinto, abandonados al goce y el placer de un mundo desconocido y anterior a la historia, allí estaba Festo, un palacio olvidado al que los turistas no acuden, en el que los viajeros se pierden antes de contemplar su entrada. Entre olivos y colinas, Festo se alza con sus calles perfiladas por la roca, tres mil años enterradas. Con sus pozos vírgenes de donde sale un silencio acorde con una civilización digna y desconocida, dibujada tantas veces en mi imaginación. Y sí. Allí vimos el laberinto por fin. La representación exacta del laberinto, con sus pasillos de cal, sus calles tortuosas y la bestia melancólica llorando con el atardecer. En Festo encontramos lo que andábamos buscando durante tantos años. Y lo teníamos delante de nosotros. La soledad de las piedras griegas. El rumor del viento agitando los olivos. Una escalinata nupcial. El disco de Festo, intraducible. Indescifrable. El corazón de una isla que latía por primera vez debajo de nuestros pies.

Allí vimos el laberinto por fin. La representación exacta del laberinto, con sus pasillos de cal, sus calles tortuosas y la bestia melancólica llorando con el atardecer.

La vuelta a Heraklion la hicimos en silencio. Nos perdimos un par de veces en las carreteras escarpadas que atraviesan Creta. La música que ponían en la radio podía hacernos pensar que viajábamos por algún país de Oriente Próximo. Vimos el último atardecer subidos al barco que nos llevaría de vuelta al continente, a la babilónica Pireo. Heraklion estallaba en mil colores a esa hora del atardecer. Surgía de ella una belleza que no fuimos capaces de ver en las primeras horas de aquella otra mañana. El frío de alta mar nos hizo entrar en el interior del barco. No teníamos camarote reservado. Dormiríamos en el suelo, como a la ida. A pocos metros, la parisina nos buscaba con la mirada, de perfil, venciendo al tiempo. Nosotros habíamos entrado en el laberinto. Lo habíamos entendido. Volvíamos a Atenas con las velas blancas, dispuestos a seguir nuestra ruta.

El verdadero laberinto. Palacio de Festo (sur de Creta) Fotografía Pepe Pérez-Muelas