Fabrizio de André: crónica sonora de Italia

  • El cantautor simbolizó en sus letras la historia no oficial de un país hecho a la tragedia y la belleza.

Hace apenas veinte años que se apagó para siempre la luz de De André en la gran noche italiana. El once de enero de 1999, a las puertas del milenio, Fabrizio de André moría de cáncer en un hospital de Milán. No hay casa, de Palermo a Trento, de Cagliari a Venecia que no tenga un disco suyo entre su discoteca o una fotografía pegada a una carpeta escolar. No hay italiano que no tararee una canción suya caminando por la calle, que no recite un verso, ya sin música, dicho con la solemnidad de un refrán. Faber (su apelativo cariñoso) llenó la vida cotidiana de Italia de historias geniales en unos años oscuros de bombas y revoluciones; descubrió el nombre exacto de los héroes que la vida política y social italiana se negaba a dar a generaciones y generaciones. Italia era De André y, cuando se marchó, como una de sus canciones, susurrando, el país se quedó huérfano. Solo, en un milenio que empezaba, entonando una melodía melancólica.  

Porque si para entender la historia italiana desde principios del siglo XX hasta la II Guerra Mundial hay que ver Novecento, para saber sobre la segunda mitad de la centuria el mejor procedimiento es ponerse un disco de De André. Pero no una sola vez. Hay que escucharlo despacio, disco a disco, con un vaso de vino si puede ser, saboreando cada instrumento, paladeando cada letra, cada mujer que se aleja en una estación abarrotada, cada nube que se acerca sobre un pentagrama, cada sacerdote que mira por la ventana a Bocca di Rosa partir para siempre del pueblo al que ha amado tanto.

Si para entender la historia italiana desde principios del siglo XX hasta la II Guerra Mundial hay que ver “Novecento”, para saber de la segunda mitad el mejor procedimiento es ponerse un disco de De André.

La música de Faber es en realidad un estado mental. Se desliza entre el Renacimiento y la crónica negra, entre el adulterio y el amor eterno, entre el romanticismo de la guerra y la muerte sobre las flores, entre las prostitutas y las divas, el comunismo y las miserias del mundo, los dioses y los cobardes. Sus héroes oscilan desde los destruidos por la droga, pasando por la Virgen María, de rodillas y llorando porque no quería casarse con aquel viejo de José, hasta llegar a Pasolini, días después de que un auto le pasara por encima varias veces frente a la playa de Ostia.

De André tiene mucho de cultura adherida en nuestro cuerpo durante siglos y siglos. Su voz, sus letras, y hasta su propia figura es el Mediterráneo en sí. A cuestas llevan sus discos una musicalidad que encontramos solamente en las pavanas renacentistas; el repique de su mandolina y cítaras nos transportan a Marcabrú en la corte de Poitiers; pero también su experimentación con el sitar trajo a Italia una música que solamente sabían hacer The Beatles en el mundo. Su música une tanto a españoles como a griegos, a turcos y argelinos, a franceses y egipcios. Él solo significa el símbolo de la música mediterránea a través del tiempo, y su estudio musical supuso una gran conciencia sobre las raíces musicales europeas. Tiene el lirismo desbordante de Serrat (aunque lo único que le faltó a Faber fue componer “Mediterráneo”) y el descaro y la canallada de Sabina. Pero esos dos factores en su música superan con creces a los dos genios españoles.

La aparición de un rebelde
El joven De André en la Navidad de 1955. Fondazione Fabrizio.

En los años sesenta llegó un hombre que había dejado sus estudios de Derecho y que se pasaba las horas fumando, escuchando las baladas de Brassens, viajando por toda Europa, frecuentando los barrios más ásperos de Génova, de Milán, de cada ciudad donde su voz tuviese eco. En una Italia dominada por el somnífero de la Democracia Cristiana, Fabrizio de André representaba un aire fresco y renovado. La seducción de lo prohibido. La rebeldía, no de juventud, sino de espíritu.

¿Pero se podía ser rebelde hablando de Carlos Martel, volviendo de la guerra y confundiendo el amor con la prostitución? ¿Existía la rebeldía en aquellas historias de soldados solitarios que perdían la vida en los campos acuciados por la metralla? ¿Qué hay de aquellas mujeres que explotaban sus encantos contra la autoridad de los poderosos?

La rebeldía de Faber reside en ponerse del lado de los débiles. Su historia no es la oficial, sino la cotidianidad de todo aquello que rodea a los grandes nombres. Sus dos primeros discos, Tutto Fabrizio De André (1966) y Volume I (1967), son pequeños fragmentos de vidas minúsculas, si las comparamos con la historia y con los universos que engloban. Pero los personajes que cantan tienen la suficiente personalidad para destacar por encima de sus destinos. Es el ejemplo de “Bocca di Rosa” o “Via del Campo”, donde una prostituta conmueve la vida de un pueblo, haciendo tambalearse la falsa moral de la Iglesia y de las autoridades. A la par, canta los amores ya acabados, porque como decía Machado, se canta lo que se pierde. Así nace “Canzone dell’amore perduto”, una de las baladas de amor perdido más intensas que se han escrito jamás en italiano. Cierran la trilogía de rebeldía los héroes pequeños, los condenados a muerte, tanto en prisión como en la guerra, cuyos destinos están ligados a la misma insignificancia. Los dos ejemplos más claros los encontramos en “La guerra di Piero” y “La ballata di Miché”.

El trovador de tumbas

Los finales de los sesenta y los primeros años de los setenta suponen la confirmación de que había música de Faber para décadas. Entiende De André que su música también puede ser un vehículo para despertar ideas. En esta etapa decisiva no se aleja de sus orígenes y no entiende su música si no es como un medio de subsistencia vital. De André habla a través de sus canciones. Todo lo demás es pasto del caos.

El éxito trae consigo una duda: “¿Todo esto ocurre delante de mí por algo?”. Italia asiste al nacimiento de un político total, Giulio Andreotti. El hombre que pensó primero el Estado italiano en su cabeza y luego lo ajustó a sus propias necesidades. El país, a finales de los sesenta, vivía el fracaso de su particular Mayo del 68, entre Roma y Milán, y las medidas de un partido, la Democracia Cristiana, que estaba midiendo su traje al cuerpo vital de Italia. En este punto, De André se convierte en un símbolo necesario.

“La buona novella” es un álbum dedicado a la Virgen María, la que no está exenta de divinidad, pero sí con un lado humano nunca antes visto.

Sus siguientes álbumes serán Tutti morimmo a stento y Volume III, ambos de 1968. Los ecos existencialistas nacen. Es un De André pesimista el que vemos volcar en canciones como “Cantico dei drogati”, que empieza con la dura afirmación de que ha echado a Dios de su vida, de la misma forma que el amor lo ha abandonado a él, y con este la inspiración: “Ho licenziato Dio/ gettato via un amore/per costruirmi il vuoto/nell’anima e nel cuore./Le parole che dico/non han più forma né accento/si trasformano i suoni/in un sordo lamento.”

Ya en los años setenta, Faber sorprende con uno de sus mejores discos. La complejidad ideológica de La buona novella (1970) aún sigue asombrando. Un álbum dedicado a la Virgen María, la que no está exenta de divinidad, pero sí con un lado humano nunca antes visto. Esta historia irreverente que nos presenta causará mucha polémica en el país de las togas cardenalicias. María es una joven asustada y llena de dudas, que sufre en sueños por un ángel que la visita, que no quiere casarse con José, un anciano desconocido, porque no está preparada para ser madre. Musicalmente, mezcla el canto lírico con la guitarra eléctrica, la flauta con el sitar, con un nivel poético difícil de superar en toda la obra de Faber. Canciones como “Il sogno di Maria” o “L’infanzia di Maria” caminan entre lo místico y lo irreverente, el miedo a la inexistencia y el presagio de lo divino.

Carátula del album que De André dedicó a una particular e irreverente historia de la Virgen María

Culmina esta etapa en 1971 con Non al denaro non all’amore né al cielo, uno de sus discos más conocidos e inteligentes. De André va un paso más allá en la composición y se refugia en la Antologia de Spoon River, de Lee Masters, cuya traducción al italiano la había llevado a cabo Cesare Pavese. La Antología fue escrita en 1915 y es un conjunto inmenso de epitafios. Lee Masters crea un mitología mortuoria a través de un pueblo en mitad de la nada americana. Da vida a sus personajes (gente normal y corriente), pero solamente a través de sus lápidas. De esta forma, obtenemos la vida íntima de Spoon River de una forma directa y emocional. De André escoge nueve historias y las musicaliza, con un toque de folk que nunca antes había materializado. Son inmortales personajes como “Il suonatore Jones”, “Un chimico”, “La colina”, especie de purgatorio moderno donde todos los muertos reviven para seguir con sus batallas de vida o “Un blasfemo”, la mejor canción del disco.

El espía espiado

Los años setenta italianos son conocidos como “los años del plomo”. Se despertaban los italianos con atentados de la extrema derecha y la extrema izquierda, con secuestros que terminaban con tiro en la nunca y cuneta, con la respiración constante de la mafia, tanto en los pueblos del sur como en los bancos del norte. El país estaba al borde de la guerra civil y cualquier chispa podía desatar una tragedia incalculable.

Todo se politiza en aquellos años. Pasolini es expulsado del Partido Comunista por ser homosexual. El mismo partido veía tocar el poder con los dedos de la mano, siempre a la sombra del oscuro Andreotti, que formaba y quitaba gobiernos a su antojo (alguien estudiará alguna vez que Italia, mientras vivió Andreotti, fue un reino. Tal vez una teocracia). Y Fabrizio de André iniciará su etapa más comprometida e incendiaria.

El cantautor en la Villa Paradiso durante la década de los 70. Archivo Farabola.

Los discos que responden a sus acercamientos políticos a la izquierda son Storia di un impiegato, de 1973, Canzoni, publicado un año después, y Volume 8, que se publica en el 75. En ellos, el artista explora un compromiso político que nunca antes había experimentado. Temas como “Canzone del Maggio”, de inspiración comunista y “La bomba in testa”, lo llevarán a estar en el punto de mira de los servicios secretos italianos. De André, el espía de la vida cotidiana, de los callados, de los que nunca aparecían en los focos pero que todos usaban, ahora estaba siendo investigado por la ideología de las canciones.

Conforme avanza la década, el compromiso político se transforma en una intimidad severa. Salen a la luz canciones de amor doliente, como “La ballata dell’amore cieco” o “Canzone dell’amore perduto”, que ya había aparecido en sus primeros días como músico. En el final de esta etapa, sus canciones buscan el margen de la sociedad, la crítica social más mordaz, con una madurez estética que convertirá sus temas en himnos de una generación. Hablamos de canciones como “La cattiva strada”, “Oceano” o “Amico fragile”.

Dos secuestros, un muerto y un renacido

El 16 de marzo de 1978 era secuestrado por miembros de las Brigadas Rojas Aldo Moro, una figura política imprescindible de los años setenta, jefe del Consejo de Ministros durante diez años. La llama que podría encender la mecha del caos italiano ya estaba en marcha. El Estado saltaba por los aires.

En ese mismo año, se publicaba el mejor disco de Faber. Rimini es una introspección a la idiosincrasia italiana, un ajuste de cuentas con las falsedades de una sociedad en decadencia que no podía dejar de mirarse al espejo y que moriría de inanición. “Rimini”, la canción que titula el disco, es un canto precioso a la falsedad italiana y a las persecuciones sociales, eso que en España llamaríamos “el qué dirán”. Teresa, su protagonista, se dirime entre el aborto y la culpabilidad de una sociedad que la juzga de forma criminal. “Coda di lupo”, es tal vez la canción más política de todas. A través de la metáfora de un pielroja, los años del plomo quedan retratados con maestría y dureza, criticando a diestro y siniestro. “Andrea” y “Sally” forman también, entre la guerra y la drogadicción, dos elementos primordiales en la sociedad italiana y en el disco.

“Rimini es un canto a la falsedad italiana y a las persecuciones sociales, eso que en España llamaríamos “el qué dirán”.

Muerto Aldo Moro, Rimini colmando las tiendas de discos y sonando a todas horas en las radios de los taxistas, De André viaja a Cerdeña. Es el año 1979 y está en la cumbre de su carrera. Corría el mes de agosto. Aquella isla italiana en verano es mar, buena comida y mandolinas en el anochecer. El 27 de agosto, un grupo paramilitar independentista sardo secuestra a De André junto a su segunda esposa, Dori Ghezzi. Aquel cautiverio durará 117 días, en los que serán trasladados por las diferentes montañas del centro de Cerdeña, viviendo en refugios de montaña y en condiciones pésimas. El 20 de de diciembre serán liberados por fin, evitando la tragedia en un país que solía contar los secuestros por entierros.

El 29 de agosto de 1979 Italia amanecía con la noticia del secuestro de De André y su esposa, Dori Ghezzi.

¿Qué quedó de aquella experiencia traumática? Sin duda alguna, la mejor canción de amor jamás escrita en aquellos años en lengua italiana. “Hotel Supramonte” (que da nombre también a la montaña donde estuvo retenido), es la historia íntima de aquellos días, donde Faber vuelca su melancolía y las esperanzas de vida en ver a su esposa. Un cielo azul, los ojos de su mujer, un hombre solo que escribe una carta, la noche que se acerca por el mar. Todos los elementos que ayudaron al artista a superar el miedo a la muerte. Y encontró la respuesta en el recuerdo de Dori Ghezzi. Venció a la muerte en una montaña, cuya cárcel se convirtió en un excusa de enamorado.

Últimos años, los cigarrillos y el cáncer en la esquina

¿Tuvo algún impacto la experiencia del secuestro sardo de Faber? Difícil responder a la pregunta, pero lo que sí es cierto fue la evolución de su música hacia la reflexión. Los últimos años de Fabrizio de André son un cuestionamiento constante sobre los temas que siempre le han acompañado. Crêuza de mä se publica en 1984 y es una vuelta a la infancia. Un disco escrito enteramente en genovés, su lengua de la niñez. En él, el artista se involucra en sonidos mediterráneos, con instrumentos de tradición folklórica, que mezclan los aires arabescos con la juglaría europea.

Le nuvole, publicado en 1990 puede considerarse sin miedo a errar una carta de ajuste del pensamiento de Faber. En los años noventa ya habían caído las grandes ideologías. El comunismo, tan numeroso en Italia, ahora no representaba ni el cinco por ciento del electorado. Habían caído el muro de Berlín, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, envueltos en una nube de corrupción pestilente y perpetua. Escribe en ese punto “La domenica delle salme” (El domingo de los cadáveres, se podría traducir), un recorrido metafórico por la historia de Italia desde la Guerra hasta sus días. Tiñe la canción un tono melancólico y triste, como de ejército marchando sin detenerse, simplemente observando todos los fracasos por los que ha pasado Italia en sus últimos cincuenta años.

El artista estuvo ofreciendo conciertos hasta el final de sus días. Fondazioni Fabrizio de André.

Su último disco, Anime salve, es una despedida formal publicado en 1996. De André sufría cáncer. El mundo de la música se preparaba para un final anunciado. Se despide el disco con “Ho visto Nina volare” (He visto a Nina volar), un amor de infancia casi olvidado que revive en sus últimos momentos para hablarnos de un niño solitario y asustado, como tal vez se presentó De André, nuestro Faber, cuando miró de frente a la muerte. ¿Cómo fue a su encuentro? Como nos anunció durante  sus 30 años de canciones. Como siempre la había cantado: enamorado y solitario.