Un gusto literario de mierda

  • ¿Leer a Thomas Bernhard otorga un mayor estatus cultural que disfrutar con novelitas de templarios? Andrés Galán tiene algunas dudas entre tanto esnobismo.

Ahora que por fin se han alejado las fiestas, la rutina regresa vaciada de farsas con todos sus ingredientes escabrosos. Atrás queda el frenético espíritu navideño y poco a poco nos vamos olvidando del ornamento luminoso que, desde finales de octubre, castiga la belleza natural de las principales calles y avenidas de nuestra ciudad. Dicho de otro modo: ha llegado el momento de ponerse serios. Lo que también significa que se acabaron las reuniones familiares, la risotada forzada y la maldita felicidad. Vuelve a estar permitido poner malos gestos y depreciar a tus congéneres. Del mismo modo que se acabó corretear de vestíbulo en vestíbulo en busca del regalo idóneo para el tío Teófilo, terminó, también, la complaciente exhibición de Mal gusto habitual en estas fechas. Con la entrada del nuevo curso, se produce una tregua dentro de la cual se nos permite volver a reflexionar acerca de los siguientes motivos estéticos: (1) ¿Por qué la gente viste tan mal? (2) ¿Por qué se dejan bombardear por las imposiciones musicales que, desde arriba, asignan las principales discográficas y plataformas de internet? (3) ¿Por qué casi todos deciden dejarse ablandar el cerebro y el corazón con lacrimógenos programas de televisión? (4) ¿Por qué viajan en masa a los mismos lugares para comprar feísimos suvenires que después acumulan con melancolía sobre el televisor? Y la que probablemente sea la pregunta que aquí más nos interesa: (5) ¿Por qué la gente tiene un gusto literario tan adocenado?

No hay ninguna duda al respecto: he disfrutado todo este tiempo de mi superioridad estética. Hasta que algo dentro de mí se rompió.

Hablar de la gente nos distingue. Está, por un lado, la gente que existe habitando el ilimitado terreno del kitsch y después estamos nosotros, que en cuestión de gusto somos élite. Sin ir más lejos, a mí no me hace falta entablar una conversación con la vecina del tercero para constatar que mis gustos literarios son superiores a los suyos, sobre todo porque yo leo a Thomas Bernhard y ella no. Este cisma entre el mal gusto de los otros y mi talante estético me dibuja como un pariente más o menos cercano de Max Cady, aquel célebre villano a quien Robert De Niro insuflaba vida en El cabo del miedo (Cape Fear, Martin Scorsese, 1991). Del mismo modo que Cady, también yo he brujuleado a menudo entre cubos de basura presumiendo de superioridad cultural; incluso he provocado (confieso que con inveterado placer) que algunos vejetes atemorizados se hayan visto empujados a buscar refugio a mi paso. “¡He leído más que vosotros!”, exclamo quebrando el silencio de la noche. “¡Pienso más que vosotros!”, aúllo. “¡Sé más filosofía que vosotros!”, ladro. Siempre la misma historia: “¡Tengo mejor gusto literario que vosotros!”. Así hasta caer a plomo. Durante los días previos a la última Navidad podría decirse que yo era como Dios de la misma manera en que Dios era como yo. No hay ninguna duda al respecto: he disfrutado todo este tiempo de mi superioridad estética. Hasta que algo dentro de mí se rompió. ¡CLIC!

El psicópata Max Cady al que Robert de Niro dio vida en El cabo del miedo (1992)

Represento ahora un drama: es tradición en España que las familias se reúnan durante la primera semana de enero para intercambiar regalos. Se trata del conocido a de Reyes. Mi familia, que no es diferente al resto en lo que concierne al cumplimiento de las tradiciones, suele aglutinarse a lo largo de toda la mañana estableciendo un guirigay en el que coinciden dentro de una misma habitación, además de mis padres y el tío Teo, mis siete hermanas, sus maridos, dos o tres primos, un par de tías solteronas de mirada agria y talante resentido, un pomerania obsesionado con el sexo, la vecina de la puerta contigua y una gata cuya inquietante mirada me recuerda a una novela de Bonald que leí en el instituto. El golpe ha sido astutamente planificado cuando una de mis hermanas se acerca con el regalo. “Es una colonia”, dice. “Ya va siendo hora de que abandones ese perfume de pensionista desencantado“, añade después. Siguiendo siempre el criterio de mis hermanas (la elección de la colonia ha sido consensuada) he vivido engañado todos estos años. Lo que también quiere decir que, sin haberlo sospechado siquiera, he estado hablando con muchachas y asistiendo a entrevistas de trabajo apestando como uno de esos jubiletas que se dejan extinguir la vida apoltronados frente al televisor. Todas mis hermanas están de acuerdo en que por encima del buen gusto que me caracteriza y contrariamente al enaltecimiento de mis sofisticados juicios literarios, incluida la tendencia a aplaudir cada nueva novela que Jonathan Franzen lanza al mercado editorial, he demostrado, en lo que a elección de fragancias se refiere, un gusto pedestre.

¿Y si el gusto no es más que la pelota con la que se disputa el eterno juego de la lucha de clases?

Me siento entonces provinciano, chiquito, mortal.

Lo que sigue es una crisis pirandelliana. Un desmoronamiento. Hiroshima. Estoy desnudo frente al espejo del baño y no cesan de asaltarme las siguientes dudas: (1) ¿Quién soy realmente? (2) ¿Por qué me gusta lo que me gusta? (3) ¿Son mis gustos tan refinados y superiores como, hasta hace no mucho había estado pensando o, por el contrario, mis inclinaciones estéticas no son más que el resultado del tejido social al que pertenezco? En la vida todo es lucha, y el gusto no escapa a la contienda. A menudo nos sentimos obligados a reconocer nuestras preferencias en público. Emitir un juicio de gusto, expresar abiertamente que nos entusiasma un grupo de música, decorar nuestra habitación con unos libros y no con los otros, es demarcar un territorio. Dicho de otro modo: nuestro gusto nos define socialmente. Pero, ¿y si el gusto no es más que la pelota con la que se disputa el eterno juego de la lucha de clases? ¿Es realmente posible que aceptar o rechazar determinadas creaciones artísticas nos coloque de inmediato en un lugar u otro dentro de la jerarquía social? Voy un poco más lejos: ¿y si nuestra incapacidad para interpretar el arte contemporáneo tiene antes que ver con nuestra cuna, nuestros ingresos o nuestro barrio y no con el lado del cerebro en el que descansa la sensibilidad?

Alaska y Mario, ejemplo del triunfo de lo kitsch

Aunque existe una amplia literatura que transita alrededor de los sacramentos del gusto, van a ser, sobre todo, los filósofos de la modernidad quienes mayor atención presten a este asunto. Tras el hallazgo de la subjetividad llevado a cabo por Descartes en el siglo XVII, será el escocés David Hume quien finalmente concluya que la base de nuestro conocimiento parte de las sensaciones, lo que a su vez nos aproxima a reflexionar acerca de si los juicios de gusto pueden tener o no su fundamento en el sujeto pensante. Para Schopenhauer la cosa estaba bastante clara: el mundo es nuestra representación. Entonces, si el mundo no existe objetivamente hablando y todo es producto de mi subjetividad, ¿quién narices soy yo para cuestionar los gustos del vecino? Menudo follón. Desde otra perspectiva: si con la modernidad la belleza pasa de pertenecer al objeto para integrarse en los intersticios intravenosos del sujeto que piensa, siente y padece, no me queda otra que asumir que soy yo quien decide si me gustan o no los malditos nenúfares de Monet. Soy yo el último responsable de cultivar mis gustos y soy yo, por tanto, el que elige si quiero ser dueño o no de un gusto literario de mierda. Claro que todo esto empieza a ser un poco peligroso.

Ahora es cuando entran en escena las élites y, con ellas, la figura del crítico.

Si el mundo no existe objetivamente hablando y todo es producto de mi subjetividad, ¿quién narices soy yo para cuestionar los gustos del vecino? Menudo follón.

Como sucede con cualquier forma de liberalismo, la autonomía del gusto va a ser un imán para los arribistas. A estos advenedizos estéticos se los va a denominar esnobs y a menudo se los reconoce porque disfrutan pavoneándose sobre zancos en programas de televisión, suplementos dominicales, tertulias o salas de museo. Me hago ahora la siguiente pregunta: ¿soy un esnob cuando lanzo miradas despreciativas cada vez que me cruzo en el ascensor con mi vecina la del tercero? ¿Me convierto en un tipo despreciable y merecedor de anatemas cuando, después de ponerme fino de cerveza en casa de un amigo empiezo a observarlo con conmiseración porque las estanterías de su salón están repletas de novelistas de templarios y códigos ocultos? Probablemente sí. Soy un esnob porque inmediatamente decido que mi amigo es culturalmente inferior. Retrocediendo hasta la raíz, un esnob no es más que la contracción de una expresión latina: sine nobilitate, que, de acuerdo con la arqueología llevada a cabo por Ortega y Gasset (probablemente el rey de los esnobs españoles), serviría para distinguir a los nuevos burgueses de los decadentes aristócratas de sangre azul que poco a poco se iban yendo a pique a golpe de revolución. Un esnob es, entonces, aquel que imita los gustos de la clase superior. Alguien que, detestando la ópera, decide mimetizar los gestos de ginecólogos, ministros y señoronas vestidas de visón en lugar de emborracharse con sus amigos en el karaoke del barrio. Pero, un momento: ¿de verdad es realmente posible convertirse en un esnob dentro de una época en la que la alta y la baja cultura parecen convivir sin violencia? Bajo la pátina de lo postmoderno, Andy Warhol pudo filmarse, por ejemplo, devorando una hamburguesa de Burger King y elevar el gesto a obra de arte. Ahí están, sin ir más lejos, las películas de John Waters, donde lo kitsch, lo grotesco o lo chabacano se entremezcla con un gusto incuestionable para la composición o la paleta de colores. Y es que de acuerdo con Waters, para tener mal gusto antes hay que tener buen gusto. Ya estamos. Otra vez el problema del gusto.

John Waters lo tuvo claro: “Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles”

Fue precisamente a finales de la década de los setenta, mientras Waters estaba  todavía filmando sus primeras películas trash en su Baltimore natal junto a la reina del glam Divine, cuando Pierre Bourdieu publicó La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (Editorial Taurus). Lo que Bourdieu planteaba en aquel texto ya canónico, es que el gusto no es desinteresado o inocente como unos cuantos años antes habría afirmado Kant, sino que éste es siempre la moneda de cambio con la cual se inicia la diferenciación social. A fin de cuentas, leer a Bernhard me hace poseedor de un capital que la vecina del tercero no ostenta; capital cultural, para ser más exactos. Pero, ¿y si en lugar de atacar indiscriminadamente los hábitos literarios o musicales de mis vecinos (aquí entraría la batalla contra determinados géneros como el omnipresente reguetón), tratase de entender por qué leen lo que leen y por qué escuchan lo que escuchan?  Es hora de apearse de los zancos. Puede ocurrir que, después de pasarse el día fregando escaleras, la vecina del tercero no disponga del tiempo ni de las ganas para enfrentarse a la exigencia que por norma general requieren las novelas, pongamos, de Thomas Bernhard. ¿Por qué aprovechar entonces el capital cultural que en los últimos años hemos ido atesorando algunos? ¿Para diferenciarnos? ¿Para llevarnos a la cama a la chica que nos gusta? Venga. Algunos ni con ésas.

Lo que Bordieu planteaba es que el gusto no es desinteresado sino que es siempre la moneda de cambio con la cual se inicia la diferenciación social.

No solo de capital cultural vive el sujeto de la posmodernidad, para Pierre Bourdieu, esta asimilación de gustos literarios, musicales o cinematográficos va a estar relacionado tanto con el capital económico como con el capital social heredado. Porque no es lo mismo haber sido alumno de la escuela pública en un barrio deprimido del extrarradio que compartir pupitre con un pilarista. Para Bordieu, la asimilación de hábitos culturales va a tener mucho que ver con el nicho social del cual procedamos. ¿Significa esto que la música que escuchamos, la forma en que nos vestimos, los libros que leemos o incluso la colonia que usamos depende del contexto familiar dentro del cual nos hemos formado como individuos? ¿Tan determinante resulta el barrio o el colegio en el que estudiamos? Maldita sea, sí.

A lo mejor deberíamos empezar a relativizar nuestros gustos, como también hizo hace unos años el periodista canadiense Carl Wilson en su célebre libro Música de mierda: un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop (Blackie Books). Wilson, que también solía mirar desde arriba los gustos del prójimo, reflexionaba en aquel libro desde su experiencia como crítico musical acerca de los motivos que lo habrían llevado a despreciar con tanto ahínco la música de Céline Dion. En un ejercicio de comprensión y generosidad, Wilson se propuso entender por qué a la gente le gusta tanto la música cursi y sentimental. Se entrevistó con fans de Dion, buceó en fotos de internet y hasta asistió a un concierto multitudinario de la cantante en Las Vegas. La verdad es que resulta divertido imaginar al periodista canadiense escuchando seriamente la discografía de Céline Dion, incluyendo el famoso tema de la banda sonora de Titanic My heart will go on. Pero a pesar de los esfuerzos, Wilson reconoce al final del ensayo que es incapaz de disfrutar con la música de su compatriota.

Celine Dion, sencillita, en un reciente concierto en Las Vegas.

¿Qué hacemos entonces con el gusto? ¿Sigue éste perteneciendo al resbaladizo terreno de la filosofía? ¿Al laboratorio de los estetas? De veras, ¿qué hacemos con él? ¿Será cierto que en el fondo el gusto se compone siempre de aversiones? Fue otro filósofo, esta vez Platón, quien afirmó que la belleza es difícil. A lo mejor soy yo y los años me están volviendo un blando, pero el descubrimiento de mi propia falibilidad me ha obligado a revisar las pocas certezas que hasta ahora tenía. ¿No se trata en realidad de eso? Si la literatura tiene una misión, ¿no consiste precisamente en desplazarnos y en obligarnos a reexaminar nuestros viejos prejuicios? Creo que era Chirbes quien decía aquello de que si cuando cierras un libro te encuentras exactamente en el mismo punto en el que estabas antes de arrancar la lectura, entonces, el libro, y por ende su autor, habrán fracasado. Desde ese punto de vista, ni Bourdieu ni Wilson fracasan.

Un último apunte: no sean prejuiciosos. Eso es cosa mía.