Historia silenciada de la mujer II: El Cristianismo primitivo

  • Nueva entrega sobre papel que la mujer ha tenido a lo largo de la historia. Esta vez Jesús Ramírez pone el foco en los orígenes del Cristianismo. 

Este artículo es continuación del publicado anteriormente con el título La mujer en las civilizaciones grecorromana y judaica”. Aviso de que, si no me echaran antes los jefes de esta revista (lo cual sería un milagro), tengo intención de continuar analizando desde estas mismas páginas la evolución histórica de la consideración de la mujer en nuestra civilización hasta nuestros días. En esta ocasión trataremos sobre el concepto que tenían de ella los primeros autores cristianos, comenzando ni más ni menos por el mismísimo fundador de la nueva religión.

Curiosamente y contradiciendo la presunta ortodoxia de Jesús, los evangelios narran varios episodios de su vida y predicaciones que no parecen acordes con el trato despectivo y discriminatorio que usualmente daban los hombres judíos de su tiempo a las mujeres.

Es de sobra conocido que el Cristianismo nació en el seno del mundo judío, inicialmente como una secta más de las que proliferaban en aquellos tiempos convulsos en los que Israel estaba sometida al poder de Roma. Jesús de Nazaret, al igual que sus apóstoles y primeros seguidores, era natural de Galilea, región situada al norte. Entre los estudiosos de aquella época (y me refiero a los historiadores que, sin prejuicios religiosos de ninguna clase, han pretendido analizar al personaje que realmente existió, es decir su auténtica figura histórica) parece haber consenso –algo raro, dado de lo que se trata- en la idea de que Jesús fue un judío más o menos ortodoxo y que en absoluto se propuso crear una nueva religión. Vamos, que ni siquiera pudo imaginar lo que se llegaría a montar en su nombre después de morir.

Curiosamente y contradiciendo su presunta ortodoxia, los evangelios narran varios episodios de su vida y predicaciones que no parecen acordes con el trato despectivo y discriminatorio que usualmente daban los hombres judíos de su tiempo a las mujeres. Por citar algunos: el evangelio de Lucas nos revela su amistad con Marta y María (10, 38); Jesús habla de tú a tú con la mujer samaritana, lo que sería chocante para sus contemporáneos, tanto por dirigirse a alguien inferior –una mujer-, como por ser de Samaria, a cuyos habitantes despreciaban los judíos por motivos históricos y algunas diferencias religiosas (Juan 4, 27); dice Jesús a los sacerdotes del templo de Jerusalén: “en verdad os digo que los publicanos (recaudadores de impuestos, que gozaban entonces de tanta popularidad como ahora) y las meretrices (prostitutas) se os adelantarán en el Reino de Dios” (Mateo 21, 23); o la relación más que amistosa que mantuvo con María de Magdala, la Magdalena, recogida por los cuatro evangelistas canónicos, sin que conste que hubiese matrimonio. Estos comportamientos de Jesús respecto a las mujeres, basados en una relación de abierta amistad, lo que implica trato de igualdad, debieron resultar poco menos que escandalosos para sus contemporáneos.

Monica Bellucci interpretó a María Magdalena en La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004)

También sus seguidores más directos (es decir los apóstoles) concedieron a las mujeres una consideración mucho más igualitaria de lo que era la norma en aquella sociedad patriarcal y misógina, permitiéndoles no solo su ingreso en esas primeras comunidades cristianas, sino también ejercer funciones tales como administrar el bautismo o llevar la comunión a los enfermos, tareas propias del sacerdocio. Tan novedoso es este aspecto como lo son estas palabras de Pablo de Tarso (san Pablo): “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,26-28). Con esta afirmación este personaje clave en los inicios del Cristianismo asumía una reivindicación igualitaria en los aspectos cultural o étnico (“no hay judío ni griego”), social (“ni esclavo ni libre”) y sexual (“ni hombre ni mujer”). Claro que ese mismo Pablo también dijo esto otro en su Epístola a los Efesios (5, 22-25): “Las casadas están sujetas a sus maridos, como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer (…). De donde, así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo”. La contradicción de esta ética de la sumisión con lo declarado en la cita anterior es manifiesta.

Pero una cosa es lo que, supuestamente, predicó Jesús de Nazaret respecto a las mujeres, así como sus discípulos directos tras su muerte, y otra muy diferente la difundida por otros autores cristianos posteriores, que mantuvieron y difundieron por regla general una visión muy negativa de la mujer, la heredada tanto de la tradición judaica como grecorromana, aunque no falten excepciones. Les voy a leer la opinión de algunos de estos llamados Padres de la Iglesia (por cierto, ¿no hubo ninguna “Madre de la Iglesia”?), que vivieron en los cuatro primeros siglos de nuestra era, varios de los cuales fueron canonizados. Pero no sin antes advertir que yo me limito a transcribir dichas opiniones sin que ello se pueda interpretar como conformidad. A eso se le llama vulgarmente curarse en salud. ¿Queda claro?

Una cosa es lo que, supuestamente, predicó Jesús de Nazaret respecto a las mujeres, así como sus discípulos directos tras su muerte, y otra muy diferente la difundida por otros autores cristianos posteriores.

Comenzamos con Tertuliano, autor que vivió a fines del siglo II y comienzos del III, quien calificó a la mujer comola puerta del Diablo. Y sigue diciendo: (la mujer) “trajo el pecado al mundo y debe pagarlo sometiéndose al marido y trayendo hijos al mundo con dolor, pues es la sede del mal, causa del pecado y metáfora de la tentación”. (…) “Tú has causado daños al varón, la imagen de Dios” (…). “Es tu mérito, es decir, por haber introducido la muerte, también el Hijo de Dios tuvo que morir” (De cultu feminarum 1, 1-2).

Otro Padre de la Iglesia, Cipriano de Cartago (siglo III), incide en la conveniencia de que las mujeres desempeñen el papel de subordinación que tradicionalmente les correspondía, de manera que desde muy jóvenes han de ser educadas para satisfacer las necesidades del marido, al cual deben aportar en el momento del matrimonio su prenda más valiosa, la virginidad. La mujer ideal ha de ser sumisa y prudente, no debiendo exteriorizar su belleza, ni usar cosméticos o adornos personales ni frecuentar los baños, justificando todo ello con el siguiente argumento: “porque en manera alguna (las mujeres) deben adulterar la obra de Dios, su hechura y vasija, aplicándole colores y polvos amarillos, negros o rojos, o cualquier otro afeite que desfigure la fisonomía natural. Dice Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ (Gen 1,26), y ¿se atreverá alguien a mudar y trastocar lo que Dios hizo?” (De habitu virginum 15; citado por Albert Viciano en El papel de la mujer en la teología de Cipriano de Cartago; Universidad Católica San Antonio de Murcia, 2006).

“Trajo el pecado al mundo y debe pagarlo sometiéndose al marido y trayendo hijos al mundo con dolor, pues es la sede del mal, causa del pecado y metáfora de la tentación”

Tertuliano
San Jerónimo escribiendo. Caravaggio (1605). Galería Borghese (Roma)

Más revelador aún es el pensamiento de san Jerónimo (finales del siglo IV), quien alababa a una discípula suya, llamada Marcela, porque cuando ésta expresaba alguna idea original se la atribuía al maestro (Jerónimo) “para que los hombres no se sintieran ofendidos cuando una mujer hablaba con inteligencia, conocimiento y sentido común”. Muy prudente y modesta, la tal Marcela. Y ya podía sentirse ufano su maestro, henchido de orgullo porque una discípula sabe reconocer la inferioridad intelectual de las de su sexo. ¿Y qué les parece la actitud de los varones de aquel tiempo, que se podían ofender si se tropezaban con una mujer inteligente? ¿Es que puede haber alguna de esa condición?, se preguntaría algún listo.

En cambio, san Agustín de Hipona (siglos IV-V) se  desmarca de la triunfante tendencia misógina y hace hincapié en la radical igualdad entre hombre y mujer, puesto que ambos habían sido creados por Dios “a su imagen y semejanza”, al tiempo que denunciaba la imagen de la mujer como obra satánica que tanto habían propagado otros “Padres de la Iglesia”. Sin embargo el que fue obispo de Hipona y uno de los autores más influyentes de la Iglesia no podía obviar la mentalidad misógina de su tiempo, como se pone de relieve en el siguiente texto en el que, paradójicamente, pretendía defender a la mujer adúltera del violento rechazo social, muy superior al del hombre adúltero. Dice así san Agustín: “¡Como si los varones no debieran más bien refrenar varonilmente las concupiscencias ilícitas cabalmente porque son varones! ¡Como si por ser varones no debieran más bien servir de ejemplo de esa virtud a sus mujeres! ¡Como si el ser varones no les obligase más a no ser esclavos de la carne lasciva! (…) Se los debería castigar tanto más gravemente cuanto es más propio de ellos vencer con la virtud y el gobernar a las mujeres con el ejemplo. Hablo a cristianos que oyen con fe: el varón es cabeza de la mujer” (De con. ad. II 8,6. BAC 121, p. 153; citado por Pedro Langa, en su obra “San Agustín y el progreso de la teología matrimonial”. Estudio Teológico de San Ildefonso. Seminario Conciliar. Toledo, 1984; pág. 130). En resumidas cuentas: la superioridad moral del varón le obliga moralmente a “vencer con la virtud” y a “gobernar a las mujeres con el ejemplo”, para concluir con esa sentencia lapidaria: “el varón es cabeza de la mujer”, tomada –como dijimos- de la Epístola a los Efesios de san Pablo.

En la próxima entrega trataremos sobre la época medieval, aunque, vistos los precedentes, no hace falta ser un lince para suponer por dónde va a ir la cosa.

Glorificación de la Inmaculada. Francisco Antonio Vallejo (1774). Museo Nacional de Arte (México)