El parricidio venezolano: un pueblo que quiere desterrar al padre.

  • ¿Qué está sucediendo en Venezuela? El licenciado en filosofía, Juan Ignacio Molina, reflexiona sobre los orígenes del conflicto. Un relato sobre el paternalismo político que inunda todos los estratos de una sociedad dividida. Una visión latinoamericana para un conflicto latinoamericano.

“Cuba es el mar de la felicidad. Hacia allá va Venezuela”, dijo el entonces presidente, Hugo Chávez en 2000. El difunto padre de la revolución bolivariana y su legado, aparentemente, están por abandonar la hegemonía política de Venezuela. El porvenir geopolítico para el país sudamericano es un rompecabezas, pero la herencia del paternalismo es una verdadera incógnita.  

La coyuntura política internacional ha puesto incansablemente los ojos sobre Nicolás Maduro. El régimen dictatorial no logra dar abasto a las necesidades básicas de los venezolanos. Tras la irrupción de Juan Guaidó, proclamado presidente encargado, y un ejército debilitado parece que los días están contados para el chavismo. Sin embargo, cabe preguntarse si los venezolanos están listos para desterrar este régimen, más allá de sus figuras políticas. Venezuela sobrellevará un acto traumático: un parricidio, el asesinato del padre simbólico. ¿Acaso este país sudamericano sufre el peor de los despotismos?

El gobierno, figura paterna, trata al pueblo como hijo, asumiendo que éste último es incapaz de responsabilizarse.

La figura paterna gobierna Venezuela y coquetea en otras naciones occidentalizadas. El “paternalismo”, derivado de ‘pater’ (padre en latín), apunta a los gobiernos que se comportan como uno. La figura paternalista es una actitud producida por la desconfianza a las capacidades de autogobierno y prudencia de los gobernados. El gobierno, figura paterna, trata al pueblo como hijo, asumiendo que éste último es incapaz de responsabilizarse.

Un simpatizante chavista porta, extasiado, dos retratos de Hugo Chávez: uno como como comandante, y otro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela

“Si alguien del pueblo vota contra Nicolás Maduro, está votando contra él mismo, le está cayendo la maldición de Maracapana”, dijo, con tono juglaresco, el mismo Maduro evocando una leyenda venezolana en una concentración en 2013. El Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, ocurrencia del dictador, está por cerrar. En la actualidad, el hambre y la falta de libertades son los vehículos del hartazgo. Los recursos tanto económicos como espirituales que prometió la figura del padre gobernador no llegarán a puerto.

El fin del chavismo es inminente y este acontecimiento traerá consigo un abrupto cambio político y económico. Sin embargo, lo simbólico de la revolución bolivariana será un fantasma que rondará durante varias noches por Venezuela, más allá de los vaivenes geopolíticos venideros. La autonomía y el paternalismo continuarán en vilo porque las democracias son huérfanas.

El Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, ocurrencia del dictador, está por cerrar. En la actualidad, el hambre y la falta de libertades son los vehículos del hartazgo.

Las llamadas Misiones Socialistas, tarjetas para recibir apoyo alimenticio por parte del gobierno, son el ápice del paternalismo bolivariano. El gobierno como dador de lo básico para la supervivencia, pretende ser el creador y distribuidor de la riqueza dejando a un lado la creación de industria e incentivos para un desarrollo general de la economía del país.

Venezuela, por nombrar a la cúspide de una longeva dictadura contemporánea, está contaminada del peor síntoma del despotismo: el paternalismo. Este mal, aunque no endémico, recorre los principales textos y venas de las naciones latinoamericanas.

Las constituciones hispanoamericanas inician ensalzando la figura del papel patriarcal que el pueblo le ha otorgado al gobierno. Los textos vierten el poder en la abstracción del Estado-nación o en el texto mismo. “Nosotros los representantes del pueblo de Costa Rica”; “El congreso constituyente democrático, invocando a Dios…” se lee en la Constitución de Perú. Por su parte, el caso de Estado Unidos es lacónico y contrastante: “Nosotros, el pueblo…”. El texto firmado por George Washington delimita los poderes del gobierno y apuntala las libertades individuales.

Immanuel Kant, filósofo alemán del siglo XVIII, reprochaba todo signo social que implicara coerción en temas anímicos y de responsabilidad. Kant, en su obra Sobre el dicho común escribió:

“Un gobierno que se constituyera sobre el principio de la benevolencia para con el pueblo, al modo de un padre para con sus hijos, esto es, un gobierno paternalista, en el que los súbditos –como niños menores de edad, incapaces de distinguir lo que es verdaderamente beneficioso o perjudicial— se ven obligados a comportarse de manera meramente pasiva, aguardando sin más del juicio del jefe de Estado cómo deban ser felices y esperando simplemente de su bondad que este también quiera que lo sean, un gobierno así es el mayor despotismo imaginable”.

Immanuel Kant

Kant apuntaba que un gobernado no puede ser obligado a la felicidad de un organismo ajeno a su subjetividad.

En el mismo sentido, de acuerdo con el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, la figura paterna, sea el padre, un dios o un gobierno, siempre vulneran el juego de elecciones y adaptaciones. Los niños, decía Freud, analogando a los gobernados bajo el discurso paternalista, “no pueden recorrer bien su camino de desarrollo hacia la cultura sin pasar por una fase de neurosis.”

Mural de apoyo en la campaña electoral para las elecciones presidenciales en las que se impuso Nicolás Maduro.

¿Será posible que el pueblo venezolano, infantilizado durante décadas, sea capaz de desterrar el paternalismo y dirigirse con la madurez de un mayor de edad? La posible llegada de Guaidó a la presidencia no es garante de la eliminación del paternalismo. Los ciudadanos libres se sirven del propio entendimiento sin guiarse por otro, prescindiendo de alguien que constituya qué debe hacer para ser felices.

El caso venezolano tiene un futuro incierto. Sin embargo, a pesar de que el país sudamericano es un asunto especial en términos económicos, pareciera que los países occidentales están girando con rumbo hacia una “salvación” paterna. La raíz crítica para que suceda un parricidio simbólico está en los individuos y la cuestión de educar o no educar desde una minoría de edad social a los menores.

Manifestantes chavistas con grandes muestras de dolor en una protesta callejera.

Si asumimos que el progreso es un ingrediente esencial en el curso de la humanidad, habrá que examinar con mayor ahínco los simbolismos paternos sobre los individuos, en aras de que las sociedades cumplan la mayoría de edad.