Roma, capital del Imperio Netflix

  • La irrupción de Roma ha provocado un terremoto en la industria cinematográfica. Netflix ha abierto un debate acerca de la política de distribución que han de llevar las películas. ¿Cine en las salas comerciales o en casa? 

De no haberse producido la caída del Imperio romano, hoy en día tendría la forma de Netflix. En los tiempos que vivimos los salones familiares son las regiones a conquistar y la pantalla del televisor es el campo de batalla. Los dioses del Olimpo que ahora veneramos son narcotraficantes con acento latino, personas anónimas que experimentan fenómenos paranormales en un pequeño condado de Indiana o congresistas sin alma que manejan los hilos de la Casa Blanca (al menos así era hasta que decidimos volar por los aires el sentido común y a Kevin Spacey). Pero la capital del Imperio, aunque brevemente, sigue siendo Roma, la última creación de Alfonso Cuarón, la película que ha llegado para cambiar las reglas del cine.

El nuevo Imperio

De la misma manera que en las grandes civilizaciones, el origen de Netflix se asienta sobre una historia con brazos mitológicos. Uno de sus fundadores, Reed Hastin, tuvo la idea de abrir un negocio de alquiler de películas por correo, después de ser penalizado por un retraso en un videoclub de la cadena Blockbuster. Según su planteamiento, los clientes solicitaban el título deseado y al día siguiente recibían en el buzón de sus casas el pedido. Era un concepto comercial novedoso basado en tres puntos: una tarifa fija mensual, una gran oferta disponible, y lo más importante, no había sanciones económicas por demoras. El meteórico ascenso de esta empresa lo tiene todo para que el Virgilio de la edad contemporánea escriba la Eneida del siglo XXI si es que no está ya escrita.

Una visión muy certera de lo que es Netflix hoy en día. Reed Hastin imita las comodidades hogareñas en una sala de cine. Fotografía de Art Streiber para Wired

El paso más decisivo se dio en 2007 cuando Netflix trasladó su política de alquiler de vídeos a la red. Ya no era necesario esperar al día siguiente para ver una película, de forma inmediata se podía acceder a cualquiera de sus productos. ¿No es este el sueño de todo cinéfilo? Cine sin límites, un videoclub abierto a perpetuidad en el salón de casa, la última de Tom Cruise (y puede que la primera) a las tres de la madrugada para combatir el insomnio.

Pero este paraíso fílmico es, a su vez, una manera de arrinconar el culto a los orígenes del cine. Las cinematografías clásicas, las obras históricas sobre las que se levantan las bases de esta forma artística tienen una presencia muy escasa en Netflix y sus semejantes. Si paseamos por esta suerte de biblioteca de Babel nos daremos cuenta de las enormes dificultades que tenemos para encontrar realizaciones anteriores a los años sesenta. Resulta muy complicado dar con algún trabajo de Ford, Wilder o Hitchcock y no digamos si el deseo ronda los nombres de Dreyer, Murnau o Griffith. En el terreno nacional, Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem o Luis Buñuel encabezan la lista de creadores con riesgo de fosilización. El patrimonio cultural que han dejado fuera de su oferta es muy extenso y al igual que no se comprende la literatura sin Cervantes, ni la pintura sin Velázquez, tampoco entendemos el cine sin cualquiera de ellos.

El patrimonio cultural que Netflix ha dejado fuera de su oferta es muy extenso y al igual que no se comprende la literatura sin Cervantes, ni la pintura sin Velázquez, tampoco entendemos el cine sin cualquiera de ellos.

A pesar de que los videoclubs hace tiempo que comenzaron a desaparecer con la llegada del nuevo imperio, existen (cada vez se hace más difícil), varias opciones para rescatar a las grandes figuras del pasado. Desde hace varios años la plataforma Filmin ofrece contenidos antiguos en streaming al más puro estilo de Netflix. Por otro lado, una solución bastante habitual es abonarse al canal TCM, normalmente ofrecido como paquete adicional de alguna televisión, lo que implica un coste más elevado. Los remedios más románticos pasan por acudir a las filmotecas de las grandes ciudades o comprar las películas sin mayores paliativos (el camino más corto y, también, el más prohibitivo). De esta manera, se suele ver a los nostálgicos de aquellas épocas en los ciclos organizados por los cineclubs o rastreando las estanterías de la sección de clásicos de los grandes almacenes con la esperanza de encontrar una oferta imposible de rechazar.

Volviendo a posar la mirada sobre Netflix, hemos de mencionar otro avance determinante en su carrera por dominar el sector: la financiación de sus propias series. En este sentido es conveniente indicar la revolución que ha experimentado este tipo de divertimento desde finales de la década de los 90. Sin duda, estamos asistiendo a su edad de oro. Todo arranca con Los Soprano, una creación de David Chase para HBO (seguramente el canal que más ha contribuido a la calidad de este fenómeno) en 1999. Desde entonces no han dejado de sucederse y la lista de obras de arte para la pequeña pantalla es ya inmensa: A dos metros bajo tierra, Roma (no confundir con la obra de Cuarón), Hermanos de sangre, Pacífico, Mad men, El ala oeste de la casa blanca, Breaking bad, House of cards, True detective. El tsunami que se ha producido en la industria ha sido tan imponente que directores de cine consagrados como Steven Spielberg, Martin Scorsese o David Fincher se han visto involucrados en algún proyecto. En general, personalidades de todos los sectores cinematográficos han cambiado de acera y han terminado trabajando para estas empresas. El resultado es apabullante: muchas de las grandes obras del ya avanzado siglo XXI, al menos si atendemos a las tertulias de los críticos y de las cafeterías, son series de televisión. Incluso las radios y los periódicos han tenido que inventarse nuevas secciones para atender a esta fuerte demanda. No quiere decir esto que no se hayan filmado películas maestras en los últimos años. Million Dollar Babby, Munich y El árbol de la vida son tres ejemplos que invitan a no perder la esperanza.

Kevin Spacey llegó a ser la carta más valiosa de Netflix. Después de los escándalos sexuales de 2017, la plataforma rompió todos los compromisos con el actor de inmediato.
(Cartel promocional de la serie “House of Cards” inspirado en el monumento a Lincoln)

Precisamente es el cine el último de los territorios a conquistar por estos depredadores del espectáculo. Es el momento que estamos viviendo ahora mismo. Desde hace un tiempo estas compañías se han convertido en una seria amenaza para los grandes estudios. Saben muy bien cuáles son las necesidades del público, llevan dos décadas suministrando el mejor entretenimiento posible y es muy difícil que fracasen en sus apuestas comerciales.

Tenemos el ejemplo de Roma aún caliente sobre la mesa. Su presencia no deja de ser otro movimiento de alta precisión financiera de Netflix y una noticia muy trágica para el cine. La película se presentó en el Festival de Venecia y se ha exhibido en alguno de los grandes certámenes del panorama mundial (San Sebastián, Toronto, Nueva York). Durante una semana estuvo en las carteleras de unas salas de México y de España e inmediatamente pasó a formar parte del firmamento del streaming. Con esta maniobra, Netflix se ha asegurado que su nombre vaya a estar presente en la gala de los Oscars de este año, sin duda, el mayor foco mediático del mundo del celuloide. Pero ha sentado un precedente muy peligroso y puede que el futuro del cine, tal y como lo entendemos hoy en día, esté en serios apuros.

Llegados a este punto cabe preguntarse qué tiene Roma que ha puesto patas arriba a una industria centenaria.

Roma, capital del nuevo Imperio

Roma es una película que regresa a la infancia de Alfonso Cuarón, son sus recuerdos convertidos en cine y es un estudio de altura sobre los años fantásticos de la niñez. En este sentido existe una notable añoranza a lo largo de su metraje. Todo, desde el color de su fotografía hasta esos planos giratorios que describen el interior de la residencia familiar, está filmado bajo una atmósfera melancólica con la que resulta imposible no evocar nuestras propias vivencias. Da igual que nosotros no tuviésemos niñera o que el matrimonio de nuestras madres fuese feliz junto a nuestros padres, en el momento en el que entramos en Roma comenzamos a visualizar a las mujeres con las que fuimos creciendo y sentimos ese dolor tan humano que trae consigo el paso del tiempo.

No deja de ser sorprendente que Netflix haya elegido este título para plantarle cara a los grandes estudios. Roma es todo lo contrario a lo que vienen siendo las producciones de esta plataforma. Una obra con un ritmo lento frente a las tramas vertiginosas de sus series. Ya los títulos de crédito auguran la velocidad pausada empleada a lo largo de la película. Es un plano fijo enfocando el suelo con unas ráfagas de agua que vienen y van y el sonido de un cepillo que no podemos ver, que solamente se interrumpe por el reflejo de un avión que surca los aires (¡qué final circular nos aguarda!). Los espectadores no van a encontrar un argumento apasionante hasta pasados unos minutos. En su primera parte no suceden grandes cosas: es la rutina de Cleo tratando de poner orden en el caótico hogar en el que trabaja. Pero Cuarón, de esta manera, está revelando los detalles de su heroína mixteca y está sentando los cimientos sobre los que se desarrollará su historia.

Un momento en el rodaje de Roma.
Fotografía de Carlos Somonte según la cuenta de Twitter de Alfonso Cuarón.

Superado este arranque sosegado, la trama irá subiendo progresivamente de temperatura hasta instalarse en los dramas de sus mujeres protagonistas. La realidad que hay dentro de ese hogar de clase alta va más allá del mundo fabuloso de unos niños, es la vida sin los paliativos de los cuentos, las adversidades que trae consigo la edad adulta. En todo momento el director va construyendo un cine muy personal. Sus escenas desprenden un aire renovado, parece que estuviésemos asistiendo a un lenguaje nunca antes visto en un entorno que nos resulta conocido. Y es que Roma es una especie de cruce de caminos de la extensa cultura mexicana. Durante su desarrollo se van a dar cita la literatura de Juan Rulfo y de Carlos Fuentes, los títulos de Luis Buñuel, los disparatados tropiezos de Cantinflas y las canciones de amor que han acompañado a generaciones de personas en las grandes ocasiones. Para que esta confluencia no se desplome, Cuarón cuenta con unas interpretaciones formidables. Yalitza Aparicio, la niñera, es el dolor y la prudencia, su media sonrisa es el abismo que hay más allá de la infancia. Y luego están esos niños de fondo que juegan, ríen y lloran con una naturalidad asombrosa. Es todo muy real, el director ha conseguido captar eso tan difícil que es la vida y que es tan poco frecuente de ver en una película.

Roma es una especie de cruce de caminos de la extensa cultura mexicana. Durante la película se van a dar cita la literatura de Juan Rulfo y de Carlos Fuentes, los títulos de Luis Buñuel, los disparatados tropiezos de Cantinflas y las canciones de amor que han acompañado a generaciones de personas en las grandes ocasiones.

Por otro lado, existen notables referencias al universo de Fellini. El amante de la protagonista y todo su entorno, en cierta manera, son consecuencia de su obra. A pesar de que representa la cara más cruel, ofrece, igualmente, la parte más fantasiosa. ¿Acaso el hombre desnudo que hace una demostración de karate ante los ojos ingenuos de Cleo, o el entrenador que mantiene el equilibrio frente a un ejército de desarrapados, no podrían formar parte del reparto de Amarcord? ¿No es el hombre bala que sale despedido de la boca de un cañón humano un hipotético compañero de Zampanò en La Strada?

Para Cuarón, Roma es también un billete de vuelta a su país de origen después de su largo periplo en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Convertido ya en una figura de trascendencia mundial gracias a Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, Hijos de los hombres y sobre todo a Gravity, con este nuevo trabajo se aleja de las superproducciones y recupera ese tono personal de las pequeñas historias que había mostrado en Y tu mamá también: la dimensión de México, ese viaje en coche hacia el interior de sus personajes y las figuras femeninas atormentadas. Pero en esta ocasión nos ofrece un cine más depurado, una película de una magnitud superior a cualquier otra de su atractiva filmografía.

La luz que desprende la pantalla del cine mostrado en la película es prodigiosa.
Fotografía de Carlos Somonte según la cuenta de Twitter de Alfonso Cuarón.

El único reparo que ofrece Roma es su política de exhibición, que sea una obra cumbre de los últimos tiempos y que no se proyecte en la gran pantalla. La película de Alfonso Cuarón merecía de una mayor solemnidad. Resulta paradójico que una de sus mejores escenas transcurra en un cine y que, sin embargo, nosotros lo estemos viendo desde casa. Es un sentimiento equiparable a la impotencia del personaje de Charlton Heston en El planeta de los simios en ese plano final maravilloso, cuando descubría la Estatua de la Libertad sepultada bajo la tierra. “Estoy en mi casa otra vez. Durante todo este tiempo no me he dado cuenta de que estaba en ella. Por fin lo conseguí. Maniáticos, lo habéis destruido. Yo os maldigo a todos….” decía el protagonista dando puñetazos sobre la orilla de la playa. No es una comparación desmesurada, todo esto y mucho más puede llegar a pasarle a ese acontecimiento tan extraordinario que consiste en ir al cine.

La conquista de Hollywood

Los Oscars de la última década llevan el nombre de México. Alfonso Cuarón con Gravity (2013), Alejandro González Iñárritu con Birdman (2014) y El renacido (2015) y Guillermo del Toro con La forma del agua (2017) han conseguido hacerse con el selectivo mundo de Hollywood a base de buen cine. Pero la aparición de Roma supone un nuevo hito en esta conquista. Si hay justicia cinematográfica y consigue triunfar en la gala del próximo domingo, será la primera vez que la academia premia a una película que es enteramente mexicana. Desde su creador hasta su historia, desde su idioma hasta su música, todo en ella tiene la esencia de este país magnífico.

Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro en la entrega de los Oscars de una edición pasada.

Las diez nominaciones de Roma vienen a poner de manifiesto la realidad que está viviendo la lengua española en Estados Unidos. Paseas por sus calles, acudes a trabajar a la oficina o haces cola en algún edificio gubernamental y percibes cómo el español está devorando esta geografía. Todo está siendo traducido: las noticias del New York Times, los exámenes de conducir, los ingredientes de los alimentos en los supermercados, incluso los letreros de los baños. Y te das cuenta de la profundidad de esta expansión cuando enciendes el televisor y un aspirante a gobernar algún Estado emplea parte de su discurso en castellano para captar los votos de la comunidad hispana.

Otras naciones con fuertes lazos históricos perdieron la batalla por el idioma al llegar aquí. La gran inmigración que hubo desde Italia a principios del siglo XX, su fornida cultura que va desde la comida hasta el cine, no ha sido suficiente para que el italiano pueda mirarle a los ojos al todopoderoso inglés. Lo mismo ha pasado con el francés, la patria en la que tanto se han inspirado tiene una presencia discreta en este territorio. De las comunidades orientales, la china es la que gana en número de hablantes pero su uso difícilmente supera la intimidad de sus hogares y de sus barrios en las grandes urbes.

No debemos olvidar que esta última victoria que nuestra lengua ha conseguido gracias a Roma, es un arma de doble filo muy dolorosa para el cine. Martin Scorsese reflexionaba sobre estas nuevas estrategias comerciales los días previos a recibir el Premio Princesa de Asturias el pasado octubre en Oviedo. “Los estudios han dejado de apoyar a los cineastas. En mi caso solo lo hace Netflix”, se lamentaba el director neoyorquino al tiempo que anunciaba que estaba en negociaciones para que su última película, The irishman, se proyectase en las salas al mismo tiempo que se emitía en streaming. Esta intervención marcó su paso por Asturias. Por un lado era el hombre diminuto de siempre conversando sobre su larga trayectoria y, por otro, era una figura sagrada de este mundo cercado por la modernidad. Se le veía sin demasiadas esperanzas, abatido.

Alfonso Cuarón dirige a parte del elenco de actores de Roma en una escena.
Fotografía de Carlos Somonte según la cuenta de Twitter de Cuarón.

Desde su nacimiento a finales del XIX, las producciones cinematográficas han sido concebidas para proyectarse en la gran pantalla. Es su medio natural. Un patio de butacas a oscuras, la silueta de varios espectadores al frente y un chorro de luz que da lugar al milagro. No se ha inventado nada mejor para disfrutar de una película. Es como escuchar una sinfonía en los palacios imperiales de Viena, o contemplar Las meninas en el Museo del Prado o estar frente al Moisés de Miguel Ángel en la iglesia de San Pietro en Roma. No solo se trata de deleitarse ante una obra de arte, es el ambiente, la atmósfera, el contexto en el que estamos profundizando con el artista. El salón familiar puede ser el rincón más acogedor del planeta. Seguramente esté decorado a nuestro gusto y a nuestras necesidades y allí habremos pasado los momentos más entrañables de nuestra vida, pero nunca podrá sustituir a la magia de un cine.


Imagen de portada: Alfonso Cuarón dirige una escena de Roma.
Fotografía de Carlos Somonte publicada en la cuenta de Twitter de Cuarón.