En las garras del lobo: el caso del dr. Jekyll y Mr. Hyde

  • ¿Cuántas personas habitan dentro de uno mismo? Pablo Rey analiza las novelas de Stevenson y Herman Hesse, que han supuesto, cada una a su manera, impulsos decisivos en el mundo de la psicología.

Lo curioso de las obras que han configurado el imaginario de la cultura popular en la que vivimos es que se leen mucho menos de lo que se conocen. Vamos a obviar el caso de Nietzsche: el eterno retorno del filósofo de moda. Algunas sentencias y anécdotas de su vida se han convertido en slogans de camisetas, diseños de tazas, canciones, etc., cuando pocos han leído sus obras. Pero quién, de aquellos que han oído hablar de La bella durmiente, de La cenicienta, o Blancanieves, ha leido a los hermanos Grimm. De los fans de Jurassic Park, cuántos han leido la novela de Michael Crichton en la que se basa. Frankestein, de Mary Shelley. Y un larguísimo etcétera. Los mitos modernos que han creado estos autores, entre otros, se han transformado y revisionado una y mil veces. Tanto, que forman parte de nosotros. Todos sabemos en qué consiste un Frankestein, un Zombie, un Mr. Hyde. Tienen ese aire de familiaridad que tienen las cosas que pensamos que llevan ahí desde siempre. Pero no es así. Tuvieron un origen, aunque ya esté borroso, y merece la pena conocerlo.

Merece la pena, en primer lugar, porque siempre choca. Desde una novela a un libro de filosofía, pasando por un periodo de la historia, cuando leemos obras originales o informadas solemos dejar un momento la lectura para mirar al horizonte y exclamar: “¡así que era ésto!”. Una novela de oídas y una novela leída sólo se parecen vagamente. Y cuando pasamos de la nebulosa mental en la que se esconden las ideas vagas y preconcebidas a la claridad perfilada de las lecturas de primera mano, se siente como un choque. Como limpiar el parabrisas. Nuestro conocimiento previo, que forma el horizonte de espectativas cuando nos acercamos a algo, y la realidad fáctica de ese algo, no encajan, luchan, y la antigua arquitectura de nuestro desconocimiento se desmorona para dejar paso a lo nuevo: el origen real de las cosas. Esto es ya un valor por sí mismo, llenar de claridad esas ideas preconcebidas sobre nuestra cultura. Liberarnos de los prejuicios. Comprender por qué esa idea se ha convertido en algo familiar, y hacer así la imagen más rica y detallada. Pero no es el único valor de leer a los clásicos. El clásico lo es por su contenido, normalmente el tratamiento o exposición de un problema que se repite para los seres humanos a lo largo de la historia. Es decir, que apunta a la raíz o esencia. El extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde (Stevenson, R.L. 1886) es uno de esos libros con doble valor, pues tanto retrata un problema esencial de los hombres como leerlo nos acerca al rostro de uno de los personajes más inquietantes de nuestro imaginario cultural: Mr. Hyde.

Doctor Jekyll y el señor Hyde, en un cartel que anuncia la película de 1931

El estúpido sufrimiento humano. Si tuviera que resumir en un solo concepto el tema central de la obra, sería ese. Desquiciados por naturaleza. Al menos por nuestra naturaleza, esa que se ha cocinado en la cultura, la que está mediada por la educación, por nuestros padres, por la orgánica estructura de poder familiar. El bien y el mal, el deber y el deseo, lo humano y lo demoníaco, siempre escindidos y en lucha. ¿Es esa lucha natural? Es una cuestión esencial que se podría analizar desde muchos puntos de vista. Como digo, puede considerarse natural en el hombre civilizado, es decir, el hombre con leyes. Sin duda debía ser el principal problema existencial de alguien que vivió su madurez en el siglo XIX. No hay que olvidar que R.L.Stevenson pertenecía a una familia calvinista, es decir, creían en la depravación total. El ser humano estaba condenado por naturaleza y sólo la gracia de Dios podía salvarle. De acuerdo, Stevenson se declaró posteriormente ateo, pero pervivió en él, como en toda la sociedad, una educación moral sólida, una estructura de interpretación del mundo y las acciones bipolar. El Doctor Jekyll y Mr. Hyde son el resultado de esa educación. Un hombre escindido y angustiado, que se siente a sí mismo como dos seres en uno.

En un sólo cuerpo conviven dos seres completamente separados, que se ven a sí mismos como un otro, siendo acompañada la dualidad psicológica por una metamorfosis física.

No se me malinterprete. El sufrimiento humano me parece estúpido. Es decir, injustificado. Carente de sentido. Pero no por ello hay que restarle importancia. Quién no se ha angustiado alguna vez por las distintas direcciones hacia las que lucha su voluntad. Quién no se ha visto a sí mismo como un otro que no puede controlar. La novela es una alegoría de este problema, donde la dualidad toma forma corpórea debido a una pócima. En un sólo cuerpo conviven dos seres completamente separados, que se ven a sí mismos como un otro, siendo acompañada la dualidad psicológica por una metamorfosis física. Cuenta la introducción que Stevenson le enseñó el primer boceto de la novela a la mujer, su crítica más difícil. “Es un thriller, no está mal. Deberías convertirlo en una alegoría” le dijo ella. Acto seguido tiró el manuscrito para empezar de nuevo, y a la semana ya tenía la obra tal y como se conoce. Un thriller alegórico. Una representación del sufrimiento y la desolación humana. Por cierto, uno sin esperanza. No hay pócima que nos libre de lo que no deseamos. Entre la lucha y el placer de nuestros demonios, tal vez aceptarlos sea la única opción. Pero lo más interesante de la obra no es la solución que da al problema, sino su exposición, lúcida y atmosférica.

El hombre es un ser roto. Dos naturalezas se baten en distintas direcciones, como los caballos del carro alado de Platón. Nosotros, el auriga, el conductor –estamos siendo muy optimistas- somos incapaces de quedarnos con uno solo de los polos. Identificados con los dos, pero con ninguno de forma completa, nos debatimos entre las acciones egoístas, el propio beneficio, el placer sin límites, el puro “hago lo que me da la gana”, y la moral, el pensar en el otro, el entendimiento y la compasión. En definitiva, lo humano y lo animal, lo divino y lo demoníaco. En su planteamiento, la obra de Stevenson es similar al lobo estepario de Hermann Hesse. Éste, autor más dotado para la explicación psicológica de sus protagonistas, nos explica cómo vive Harry Haller, un hombre que se siente mitad hombre –filántropo, bueno, compasivo- mitad lobo estepario –egoísta, malvado, solitario-. ¿No es éste uno de los principales y grandes problemas de la humanidad? La tensión entre el bien y el mal, el deber y el querer. O, más bien, entre dos deseos distintos.

Hermann Hesse, autor de El lobo estepario, publicado en 1927

Pero comprometerse con uno de los polos trae consecuencias. Cada vez que el Dr. Jekyll da paso a Mr. Hyde, tomándose la poción, realiza actos espantosos que le atormentan al regresar de la conciencia ordinaria. A su vez, Mr. Hyde cobra fuerza y odia al Dr. Jekyll cada vez que éste decide reprimirse. También Harry Haller siente que el lobo estepario se ríe de su lado humano. También el humano sufre cuando el lobo resuelve violentamente una situación social.

Tal vez El lobo estepario no llegue a ser un icono de la cultura popular como lo es Mr. Hyde, pero es un libro más profundo y afinado..

¿Quién no se ha sentido así? ¿Quién no ha deseado hacer lo que le diera la gana sabiendo que haría daño a otras personas? Ante esas situaciones, o bien has renunciado a un placer, a un beneficio, y lo has sentido como una pérdida, o bien has cedido ante el deseo, y de algún modo has sufrido viéndote egoísta y deshumanizado. Estas situaciones nos pasan a todos, y por ello las obras mentadas son inmortales. Mr. Hyde es un icono de nuestro imaginario, un compañero de familia, porque todos lo conocemos. Porque nos representa. Porque lo entendemos. Es una figura que describe perfectamente, de forma visual, un estado psicológico. Su valor es el de un arquetipo. Pero si bien, en la obra original, el problema no queda resuelto –sino tan sólo expuesto-, Hermann Hesse, conocedor de los mismos problemas, nos da una respuesta. En otras obras como Demian o Narciso y Goldmundo, Hesse aboga por la unidad del ser humano, entregado a su propio destino: fluir incansablemente entre el no ser nada y no ser otro nada. Pero en El lobo estepario nos muestra otra forma de hacer llevadero el problema. Parece decirnos, al final de la obra: Tranquilo, no eres ni uno ni otro, eres muchos otros más. En realidad tu personalidad está dispersa en millones de fragmentos, en situaciones diversas, que van cambiando con el tiempo y las épocas. No te obsesiones con estas dos piezas de ajedrez, diviértete controlándolas todas. Ríete de ti, ríete de tus problemas, explora distintos caminos. ¿Temes al lobo? Acércate a él sin remordimiento. ¿Te frustra ser un hombre? No te arrepientas de ello. El Dr. Jekyll tantea el lado oscuro del alma, se deja llevar, ávido de poder y deseo de inconsciencia, pero al final, apegado demasiado a una moralidad –esa que Hesse desprecia absolutamente- es completamente incapaz de superar el problema. Tal vez El lobo estepario no llegue a ser un icono de la cultura popular como lo es Mr. Hyde, pero es un libro más profundo y afinado. Ambos tienen su valor, ambos son grandes obras de arte, ambos tratan el mismo problema, ambos debieran ser leídos.

Imagen de Abraxas, pendular en Demian. Diccionario infernal. Louis le Breton