El Carnaval: ¿revolución popular o placebo burgués?

  • ¿Qué esconde realmente el Carnaval? Antonio Rodríguez se adentra en sus orígenes para revelarnos la historia de esta tradición milenaria y reflexiona sobre su impacto social. 
El Carnaval: entre lo grotesco medieval, la perfección renacentista y la apariencia actual

Es el “Martes de Carnaval” la fiesta de la carne, de los desfiles satíricos y la libertad (o el libertinaje) por bandera; mientras, se engalana el Sambódromo de Río de Janeiro, las calles de Nueva Orleans, los canales de Venecia o las plazas de Cádiz. En definitiva, a unas horas de la culminación de otro Carnaval, se convierte en necesario para alguien que las vive intensamente desde que tiene uso de razón, para alguien que toma el disfraz como una segunda piel y que ha devorado las coplas del Carnaval de Cádiz desde antes de comprender el lenguaje, plantearse ciertas cuestiones en torno a esta fiesta popular.

Para bucear en este mar de serpentinas, papelillos y máscaras, y no naufragar entre pasiones infantiles ni sentimentalismos carnales, apoyaré esta reflexión en los conceptos, principalmente, postulados por tres autores: el frío pensamiento de Mijaíl Bajtín en La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, la certera semiótica de Umberto Eco en Los marcos de la “libertad” cómica y la doble filosofía de Eugenio Trías en Filosofía y Carnaval.

El Carnaval de Venecia. Giovanni Battista Tiepolo (siglo XVIII). Museo del Prado
Don Carnal y Doña Cuaresma, enemigos íntimos

Según la mayoría de etnólogos e historiadores el Carnaval tiene su origen en las saturnales, lupercales y bacanales romanas. Algunos, incluso, sitúan su origen en las civilizaciones egipcia o sumeria. Su carácter pagano y profano, al menos en teoría, rinde pleitesía al Dios Momo, a la risa y a la sátira. Pero la lucha de Don Carnal con Doña Cuaresma, como nos representó el Arcipreste de Hita en su Libro de buen amor, es necesaria para que el Carnaval configure su esencia, la cual cambió a partir del surgimiento del Cristianismo.

La lucha de Don Carnal con Doña Cuaresma, como nos representó el Arcipreste de Hita en su “Libro de buen amor”, es necesaria para que el Carnaval configure su esencia, la cual cambió a partir del Cristianismo.

Como postulan tanto Bajtín como Eco, los contrarrituales de la Edad Media como la Misa del Asno, la Coronación del Tonto o la Fiesta de los Bobos, tienen sentido porque van en contra de los rituales eclesiásticos, porque parodian la realidad y porque juegan a romper una ley conocida y respetada por los cristianos. Aunque en este punto ambos autores coinciden, difieren en el carácter revolucionario del Carnaval. Para Bajtín, esta fiesta ayuda a establecer un discurso no-oficial, rompiendo las reglas establecidas por la Iglesia y aboliendo las relaciones jerárquicas ya que detrás de un disfraz desaparecen las diferencias de clase. Por su parte, Umberto Eco valora el carácter revolucionario del Carnaval, aunque dicha transgresión estaría limitada a un tiempo y un espacio concretos y vendría a reforzar las reglas, puesto que nos recuerdan su existencia. Además, para el italiano se daría una contradictio in adiecto: “La carnavalización puede desempeñar el papel de una revolución (…) pero incluso las revoluciones producen su propia restauración con el fin de instalar un nuevo modelo social”.

Cartel del Carnaval de Cádiz de 1904 (Guía de Cádiz)

Actualmente, ¿observamos en el Carnaval un carácter revolucionario que desjerarquiza las relaciones de clase? Por una parte, carnavales como los de Cádiz o el Río de la Plata, con sus comparsas, chirigotas, murgas, etc. siguen profiriendo a sus letras protestas contra el poder, cargando sus gargantas con gritos de aliento a los sectores desfavorecidos y ondeando su bandera que “era la risa en estado de alarma”, como presenta Juan Carlos Aragón; filósofo y autor de agrupaciones carnavaleras. Por otra parte, tradiciones como la veneciana o la carioca realizan una ostentación del lujo, de la espectacularidad de los disfraces remarcando de esta forma la brecha social: “there is no business like show business”. Además, durante estas fechas y en cualquier plaza pública mientras celebramos el llamado “carnaval popular” las diferencias económicas están presentes en el gasto de unos y otros en los diferentes disfraces que lucen frente al resto. Por lo que, ese carácter revolucionario defendido por Bajtín pareciera haberse ahogado en el foso de la Edad Media.

Lo grotesco medieval vs La perfección renacentista

El carnaval se ramifica, principalmente, en dos variedades: el que hunde sus raíces en el Medievo y el que orienta sus copas hacia el Renacimiento. El primero, cercano al “canallismogaditano, bebe de lo grotesco, concepto que nace, según Hegel, en el hinduismo arcaico y que se caracteriza por la mezcla de zonas heterogéneas de la naturaleza, por la exageración de motivos y por la multiplicación de ciertos órganos. Para Fischer la esencia de lo grotesco estaría entre lo risible y lo cómico. Bajtín defiende lo grotesco como una necesidad del Carnaval, tanto en el lenguaje que se muestra en expresiones groseras, blasfemias y obscenidades; lo que acercaría a los iguales, como en el cuerpo: “A diferencia de los cánones modernos, el cuerpo grotesco no está separado del resto del mundo, no está aislado o acabado ni es perfecto, sino que sale fuera de sí, franquea sus propios límites.” Esta fuerza del cuerpo grotesco es ilustrada por Bajtín mediante las célebres figuras de terracota de Kertch, cuyas mujeres viejas y embarazadas nos subrayan con una sonrisa cómo ambos cuerpos se funden en uno, cómo en lugar de separarse del mundo se enredan en él. La ambivalencia grotesca de estas figuras o de la Venus de Willendorf se contrapone a la perfección canónica de la Venus de Milo o el Hombre de Vitruvio, figuras esenciales para comprender los moldes renacentistas y el carácter del segundo tipo de Carnaval, el que nace a los remos de una góndola en el siglo XIII, momento en el que la nobleza veneciana se disfrazaba para mezclarse con el pueblo. Sin embargo, es a partir de los siglos XVI y XVII cuando este Carnaval comienza su época de esplendor gracias, en parte, al surgimiento de la Commedia dell’Arte. Personajes como Arlequín, Colombina o Polichinela se convierten en un valor seguro en cada Carnaval y circulan desde las plazas de los pueblos a los estudios de pintores de la talla de Pablo Picasso o Joan Miró. El Carnaval veneciano es el aristocrático, el de los disfraces de seda y el que termina por encerrarse en los palacios. Es aquel que Bécquer retrató en El Contemporáneo en febrero de 1862 en un artículo titulado “El Carnaval”:

El Carnaval ha abierto las compuertas de la vanidad, y el lujo y el capricho pueden por un momento derramarse en oleadas de luz y de oro, de diamantes y de seda, de gasa y de flores por el aristocrático salón del baile.

Gustavo Adolfo Bécquer (“El Carnaval”)

La contienda entre lo grotesco y la perfección, entre la plaza y el palacio comienza con el nacimiento de la burguesía. Con ella el Carnaval inaugura una nueva época que orilla a la fuerza popular de la fiesta para respirar un nuevo aire más refinado. Actualmente, época en la que lo políticamente correcto sigue ganando terreno, es, a mi juicio, necesario recuperar el valor del Carnaval grotesco, satírico e irónico, aquel de la risa colectiva, ese que no rinde cuentas ante nadie.

El Carnaval de Arlequín. Joan Miró (1924-1925). Albright-Knox Art Gallery, Buffalo (Estados Unidos)
La filosofía carnavalesca: la muerte del hombre

“Entre la sociedad del Orden o de la Norma y los grupos marginales, entre la Razón y la locura, es posible, sin embargo, detectar un espacio intermedio, ambiguo”. Este espacio donde nos quiere situar Eugenio Trías es el del Carnaval, el espacio que se situaría entre el racionalismo cartesiano y su anverso irracionalista (teniendo en cuenta que para Trías toda filosofía encubre a otra: su sombra). Para ello, para ocupar este espacio es necesario que tenga lugar lo que el filósofo llama “la muerte del hombre”, es decir que nos liberemos de ese fetiche burgués que es la identidad personal, el papel social, el self, para con ello abrazar una multiplicidad, desatar a la muchedumbre y “convertir nuestra vida en común en una fabulosa mascarada”. Pero para conseguirlo, obviamente, hay una exigencia nada fácil de cumplir: ser capaces de rechazar la comodidad que nos han “regalado” las instituciones y convertir al “sujeto individual” en un “sujeto colectivo”. Para disfrutar de la libertad carnavalesca durante todo el año deberíamos estar en disposición de romper con nuestro bautismo institucional, con nuestro nombre propio y nuestro ego: “El cogito pasa siempre por la Comisaría de distrito. El “ego” es eso: un trozo de papel, a veces recubierto de plástico”.

El entierro de la sardina. Francisco de Goya (1812-1819). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Nietzsche nos decía lo siguiente en Así habló Zaratustra: “Todo lo que es profundo ama el disfraz…todo espíritu profundo tiene necesidad de una máscara”. Esa profundidad que postula Nietzsche podría ser real en el siglo XIX, pero el bueno de Friedrich no conocía Instagram y el resto de redes sociales, donde, desde que entramos, nos colocamos la máscara y la embellecemos con diferentes filtros y donde más allá de buscar profundidad en nuestras reflexiones, nos dedicamos a desarrollar nuestra superficialidad y alimentar nuestro ego. Quizá la mascarada que sostenía Trías ya haya llegado, aunque en lugar de convertir al sujeto individual en un sujeto colectivo lo hemos engrandecido transformándolo en un “sujeto supraindividual”. Es posible que la revolución carnavalesca ya haya triunfado y haya impuesto sus moldes sociales, alejados de lo grotesco y cercanos a la perfección renacentista. Probablemente, no debamos esperar con ansia a la fiesta popular porque, como decía Larra: “El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval”.


En portada El combate entre don Carnal y doña Cuaresma. Pieter Brueghel el Viejo (1559). Museo de Historia del Arte, Viena.