Como vivir leyendo “Bajo el volcán”

  • Malcom Lowry narró su propio descenso a los infiernos a través del paisaje dibujado por el Popocatépel, el mezcal y la festividad del Día de Muertos.

Dos hombres están sentados en la terraza del Hotel Casino de la Selva. Anochece. Nos indican los zopilotes, en su vuelo casi nocturno, que el crepúsculo está al otro lado de la esquina. No se detiene. Charlan los hombres tranquilamente. Son extranjeros, pero conversan en español. Sus acentos ingleses provocan la risa cómplice de los lugareños. Van vestidos de franela blanca. Elegancia de un tiempo que ya se perdió. En la mesa hay una botella de mezcal medio llena. Los vasos, medio vacíos. Se sucede una comparsa detrás de otra. Niños vestidos de calavera. Una mujer con las formas descarnadas de la Catrina. Mariachis borrachos tocando la guitarra. Lloran, dice uno de los extranjeros al escucharlos. El bosque de en frente se convierte en una sola borrasca de colores indefinidos. En el otro extremo, dominando todo el valle de Cuernavaca, el Popocatépetl se impone rasgando el cielo. Bebamos, responde el otro extranjero. Primero de noviembre de 1939. Un año antes, ese fue el punto exacto donde Geoffrey Firmin conoció el infierno.

Tras casi 10 años de escritura, Lowry publicó la novela finalmente en 1947

La visión apocalíptica que Malcolm Lowry añade en las primeras páginas de Bajo el volcán se ha convertido en todo un clásico de la literatura universal. Las más de cuatrocientas páginas que conforman la mejor novela escrita sobre el sentido de la fiesta de muertos (y fue un británico, ironías perversas de la globalización, el que atinó con la fórmula) son un viaje sentimental por una forma de entender la muerte y la vida en México, la derrota estrepitosa de querer detener el tiempo y un viacrucis personal de su protagonista, el cónsul británico Geoffrey Firmin, trasunto del propio Lowry, ante la traición amorosa.

Porque Bajo el volcán es mucho más que una novela que rastrea los límites humanos de la compasión. Es también la sumisión del hombre a las tradiciones y el peso que estas conllevan. El argumento puede girar perfectamente en torno a una botella de mezcal. Como si se tratase de un Proust alcoholizado, Lowry hace a sus personajes avanzar y retroceder en sus pequeñas tragedias personales a través del alcohol: la soledad e incomprensión de Geoffrey Firmin, abandonado por todos y refugiado en el mezcal; los remordimientos de Yvonne, ex mujer de Firmin, que tras traicionarlo con su hermanastro Hugh, vuelve para intentar salvar su relación; el propio Hugh, un político vanidoso cuya atracción por Yvonne supera cualquier límite sanguíneo; y los amigos innumerables del cónsul, que oscilan alrededor de su persona como buitres ante un futuro cadáver.

Como si se tratase de un Proust alcoholizado, Lowry hace a sus personajes avanzar y retroceder en sus pequeñas tragedias personales a través del alcohol.

Los elementos que conforman la novela son primarios: el mezcal como pañuelo de la derrota y único refugio, el infierno como camino hacia la salvación y el triángulo amoroso que conforman Firmin-Yvonne-Hugh mezclado con la tragedia y el descalabro de la historia oficial mexicana. Despojado el cónsul de todos los elementos anteriores, solamente le queda la ciudad de Cuernavaca, aquel lugar en el que un día pudo ser feliz. Pero la ruptura de relaciones diplomáticas entre Inglaterra y México a causa de un conflicto comercial supone para Firmin mucho más que el final de su etapa en México: es el final de su vida. Y de Firmin a Lowry, se impone solo un manuscrito que desapareció al menos tres veces.

Malcolm Lowry, un escritor que no quiso serlo

Tal vez Malcolm Lowry nunca pensase que su estancia en México lo convertiría en un alcohólico amoroso y en uno de los mejores escritores en lengua inglesa de todo el siglo XX. La juventud de nuestro escritor está impregnada de ese halo de misterio que corresponde a poetas como Rimbaud. Nacido en una familia aristocrática en decadencia, Lowry abandona pronto el calor familiar y recorre medio mundo en barco: trabaja como comerciante marino en el Extremo Oriente, viaja a China y Japón, navega todos los océanos y mares, cambiando de barco cuando el hambre y las peleas acechaban, atraviesa Europa de entreguerras en tren, visitando España y Alemania principalmente. Tras su vuelta, se traslada a vivir a Francia, donde conoce a una actriz de Hollywood, Jan Gabrial (la Yvonne de Bajo el volcán), con quien mantendrá una relación tormentosa durante una década.

Malcom Lowry junto a su primera esposa, Jan Gabrial, quien inspira el personaje de Yvonne.

Juntos viajan a Estados Unidos, donde aparecen los problemas de Lowry con el alcohol, paralelos a las numerosas crisis por las que pasa la pareja. La solución llega en forma de volcán. En 1936 deciden trasladarse a una ciudad rural de México, capital del estado de Morelos. Cuernava, la ciudad entre los dos volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Tan solo un año después, México solamente consigue acelerar su ruptura final. Jan Gabrial abandona definitivamente a Lowry y este se traslada a Oaxaca, donde inicia una de sus etapas críticas con el alcohol, no llegando a despegarse nunca de una botella en todo el día. En 1937, un año después de su llegada, es expulsado de México por las autoridades locales.

Los días de vino y rosas acabaron en naufragio. La vida de Lowry se recompone tras la separación de Gabrial. Viaja a Canadá y conoce a su segunda esposa, Margerie Bonner, con quien alcanza cierta estabilidad. Vuelven a Estados Unidos y se trasladan a Europa, donde Lowry concedió algunas entrevistas. Vivía en una cabaña de madera, escribiendo y borrando lo escrito constantemente. Murió en 1957, con 47 años, a causa de una mezcla de alcohol con pastillas.

El viaje a los infiernos: Virgilio convertido en mezcal
La historia del manuscrito corre paralela a su propia experiencia mexicana. Lowry lo pierde en tres ocasiones, y una cuarta vez es salvado de la destrucción gracias a su editor.

La reinvención de la Divina Comedia que plantea Lowry trasciende lo puramente literario. Es en este punto cuando la ficción y la autobiografía se junta hasta confundirse. Nuestro escritor publica Bajo el volcán en 1947, una década después de abandonar México. La historia del manuscrito corre paralela a su propia experiencia mexicana. Lowry lo pierde en tres ocasiones, y una cuarta vez es salvado de la destrucción gracias a su editor. La reescritura de la novela es continua, dejando en Lowry siempre la sensación de obra inacabada. Su proceso de escritura se convierte en un calvario similar al que Geoffrey Firmin recorre la noche de muertos de 1938.

Un año antes, el escritor y Jan Gabrial se hospedan en el Hotel Casino de la Selva, puerta de entrada al abismo. En la novela, cuando ya todo estaba perdido, el infierno se materializa a través de los cristales de ese mismo hotel:

“¿Quieres que te relate, Yvonne, aquel terrible viaje: la travesía por el desierto en el angosto ferrocarril sentado en el potro del asiento de un vagón de tercera clase?, ¿del niño cuya vida salvamos su madre y yo sobándole la barriga con tequila de mi botella?, ¿o cómo, cuando entré a mi cuarto en el hotel donde una vez fuimos felices, el ruido de la matanza, abajo, en la cocina, me hizo salir al resplandor de la calle?, ¿y cómo, más tarde, encontré aquella noche un zopilote posado en la palangana? ¡Horrores a la medida de los nervios de un gigante! No, mis secretos son de ultratumba y deben permanecer como tales. Y así, a veces me veo como un gran explorador que ha descubierto algún país extraordinario del que jamás podrá regresar para darlo a conocer al mundo: porque el nombre de esta tierra es el infierno.”

Si en la Divina Comedia Dante se extravía de su camino recto (el pecado, el sentido de la vida) y recorre las entrañas del infierno y el purgatorio para llegar hasta el cielo, su Beatrice, en Bajo el volcán no existe salvación posible. Virgilio, el guía psicopompo se vuelve líquido. Pero existe. Es el mezcal. El licor mexicano no es solamente una seña de identidad de la cultura mexicana, es también la sustancia sagrada que provoca el contacto con los dioses. Geoffrey Firmin inicia su camino infernal (a la manera también de un Max Estrella por la calles de Madrid, calles deformadas, como las de Cuernavaca) pegado a una botella de mezcal. El efecto que produce el alcohol en su mente es también el inicio de esa procesión mortuoria que lleva a los protagonistas desde una cantina hasta la cima del Popocatépetl. Cada círculo del infierno de Dante se revierte en una escena cotidiana: la cantina Terminal el Bosque, la feria, la casa de la calle Nicaragua 52, el jardín donde escondía botellas de tequila, la Cervecería Quauhnáhuac, el autobús que los lleva hacia Tomalín, el palacio de Cortés, las pistas deportivas de tenis…

Grabado de La Catrina de José Guadalupe Posada

Sin embargo, a Geoffrey Firmin no le espera ninguna Beatrice al final del camino. Su Beatrice, Yvonne, eligió su destino al lado del hermanastro del cónsul, convirtiendo la salvación en traición. El presagio funesto del indio herido, moribundo, en mitad de la calle y la reacción de los ocupantes del autobús, contemplando su muerte como un espectáculo más de la naturaleza es una declaración de intenciones de lo que espera a los personajes en su ascenso al volcán: el can Cerbero que protege las puertas del infierno.

Ya desde el inicio de la obra, Sófocles, en boca de su Antígona, nos advierte de que el hombre “de solo un mal no escapa: de la muerte”.  El final, con el Popocatépetl dominando toda la panorámica es la consumación de ese camino por el infierno. Al igual que en la mitología grecoromana, Lowry sitúa su Hades particular bajo un volcán, como la guarida de Hefesto bajo el Etna o el lugar donde Eneas desciende a los infiernos, en Cumas, muy cerca del Vesubio.

No es fortuito que Malcolm Lowry escribiera Bajo el volcán leyendo la Divina Comedia. En su proyecto de trilogía, este libro pasaba por ser el infierno, el purgatorio correspondía a otra novela, Lunar Caustic, y el paraíso estaría reflejado en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo. Finalmente, tras haber recorrido medio mundo, Lowry entiende que el infierno se esconde en el corazón de un país de extrañas tradiciones y rostros oscuros, que una vez al año ve resucitar a sus muertos.

La historia es un espejo roto que fragmenta la memoria

Dos son los principales murales que decoran el Hotel Casino de la Selva en sus tiempos de máximo apogeo. El primero es de José Reyes Meza e ilustra un tiempo áureo donde el indio trabajaba los campos y recolectaba sus frutos en completa armonía con la naturaleza. El segundo, pintado por Josep Renau (aunque su realización es posterior al año 39), representa todo lo que trajo la conquista española: desde los filósofos griegos pasando por Cervantes y Sor Juana Inés de la Cruz hasta llegar a la burocracia colonial. El mural se extiende hacia un gran cementerio donde mueren los indios.

Detalle del Mural de la Hispanidad de Josep Renau que adorna el Hotel Casino de la Selva.

La elección de Lowry de situar la obra en Cuernavaca no es casual. La ciudad, en los tiempos precolombinos, rendía tributo a Moctezuma. La conquista de Hernán Cortés no se entiende sin las alianzas que este hizo con pueblos que querían despojarse de la influencia azteca o mexica. En este sentido, Cuernavaca es el origen de un nuevo tiempo para México, donde la historia se moldea y lucha entre dos realidades: la española y la india.

Por eso, justo debajo del Popocatépetl, el Palacio de Cortés siempre ronda el imaginario de la novela. Los personajes deambulan por la ciudad, justo antes de caer la noche, y Cortés actúa como una presencia sobrenatural. De la misma forma, el jardín Borda, antigua residencia de verano de Maximiliano de Habsburgo, breve emperador de México, y su esposa Carlota, se abre a la sinuosidad de la naturaleza salvaje. Ambos personajes, tanto Maximiliano como Geoffrey Firmin, mezclan la brevedad en sus días mexicanos con la tragedia.

Malcom Lowry en una fotografia de archivo.

El peso de la historia se ejecuta en los habitantes de Cuernavaca, que el Día de Muertos parecen repetir la historia como en una comparsa. Las costumbres mexicanas sirven también a Lowry como un desfile patético y surrealista de los recuerdos de Geoffrey Firmin (acaso los suyos propios). A través de la ventana, agarrado a una botella de mezcal, viendo volar los zopilotes sobre el Popocatépetl, el cónsul británico ve pasar sus días felices junto a Yvonne, sus viajes de marino mercante por los mares inhóspitos del mundo, los días felices en Francia, al lado de su hermanastro (la traición antes que el amor) y comprende que la felicidad tal vez sea mirar al pasado de frente, sin ningún miedo, pero con la máscara que el mezcal pone a los recuerdos. Por eso Geoffrey Firmin sobrevive a pesar de su pasado, acosado por la enfermedad. Por eso Malcom Lowry escribió este libro, justo antes de que explotara frente a él la vida bajo el volcán.


Imagen de portada: Santuario de Nuestra Señora de los Remedios en las faldas del Popocatépetl