¿Son realmente malos los populismos? Hablemos de Venezuela

  • ¿Hasta cuándo, Venezuela? A raíz del artículo sobre El parricidio venezolano, Delfina Alonso analiza en profundidad el concepto de populismo, aportando la visión de expertos como Ernesto Laclau y Guillermo O’Donnell.

La situación política en Venezuela es, con certeza, uno de los tópicos de los que más se ha hablado en estas últimas semanas, y cuyo desenlace final parece ser incierto. Para comprender en profundidad algunas de las características particulares del sistema político venezolano y el tipo de liderazgo de Nicolás Maduro, resulta interesante detenerse en dos conceptos típicos – pero sumamente controversiales- de la filosofía política: populismo y democracia. Ambos términos nos resultan ciertamente familiares, pero podemos llegar a sentir cierta incomodidad a la hora de intentar definirlos de manera precisa.

De esta tarea se encargaron dos politólogos argentinos, ampliamente reconocidos en el ámbito de la Ciencia Política, que han dejado un legado más que interesante para poder acercarnos un poco más a fenómenos tan especiales como el de la Revolución Bolivariana. Ernesto Laclau (1935-2014) y Guillermo O’Donnell (1936-2011) han desarrollado, respectivamente, un concepto de populismo y democracia que ayuda a echar luz a escenarios políticos que despiertan pasiones y resentimiento, admiración y odio, todos sentimientos que relucen a la hora de hablar de Venezuela, y que incluso le ha costado la vida a muchos.

No hay consenso sobre el término populismo. Generalmente se asocia a la demagogia, el autoritarismo o incluso al fascismo.

De estos dos conceptos hablaré en las próximas líneas, reflexionando sobre la situación de Venezuela desde un posicionamiento más bien teórico, con el objetivo de ilustrar al lector acerca de algunos conceptos claves para entender qué está pasando en el país latinoamericano.

El más temido: el populismo

Pocos conceptos son tan controvertidos y difíciles de definir como el de populismo. De ello se deriva el hecho de que no existe un consenso sobre su significado, el cual se asocia, generalmente a la demagogia, el autoritarismo o incluso al fascismo.

Los economistas, por ejemplo, se refieren habitualmente al populismo como una forma de hacer política que implica llevar adelante métodos macroeconómicos que producen inflación y déficit fiscal. Para otros académicos, es un fenómeno que aparece como una enfermedad recurrente del cuerpo político: los líderes populistas corrompen las democracias y utilizan un lenguaje demagógico para complacer a las masas y lograr apoyo político.  El concepto está, en este sentido, asociado a la manipulación, a una desviación o anomalía.

Beppe Grillo, fundador del Movimiento Cinque Stelle.

En términos generales, la noción de populismo se asocia normalmente con cierta forma de hacer política en algunos Estados latinoamericanos en diferentes períodos históricos. Sin embargo, en la última década, su uso comenzó a ser frecuente también en Europa, a partir de la aparición de movimientos y partidos políticos – tanto de derecha como de izquierda- en el seno de la Unión Europea, como es el caso de Syriza en Grecia, Podemos en España, el Movimento Cinque Stelle en Italia, o Agrupación Nacional en Francia.

A pesar de la connotación negativa que en la mayoría de los casos tiene el concepto, el filósofo argentino Ernesto Laclau, considerado uno -sino el máximo- exponente sobre el populismo, propone una definición “positiva” del fenómeno, en tanto lo entiende como aquella forma de hacer política necesaria para la conformación de un régimen democrático radical, a partir del cual el pueblo se constituye como  el portador de la soberanía política. De esta forma, el populismo y la democracia estarían estrechamente vinculados, siendo el primero un modo de hacer política necesario dentro de un régimen democrático.

En su libro La razón populista (FCE – 2005) Laclau explica que, cuando en una sociedad hay una mayoría importante de la población excluida de las decisiones políticas, se comienza a gestar un proceso de frustración que provoca un quiebre en el orden social. Esta frustración de una serie de reclamos sociales hace posible que esas demandas se conviertan en equivalenciales. Sólo cuando se establece un lazo equivalencial entre ellas es que puede ser erigida una subjetividad popular.

Esta situación de exclusión era en la que se encontraba una parte significativa de la población venezolana en los años previos a la aparición de Hugo Chávez en la escena política nacional. Según Instituto Nacional de Estadística (INE), más de la mitad de los venezolanos eran pobres, y cerca del 25% de ellos se encontraba en condiciones de pobreza extrema. También era baja la tasa de alfabetización de la población, las condiciones de salud pública, educación y servicios del Estado en general.

La ruptura social, en este contexto, implica que no toda la comunidad se siente asistida ni sus demandas reflejadas dentro del entramado institucional del Estado. Llegada una sociedad a este punto de insatisfacción, surge el populismo como una racionalidad política que busca crear un orden nuevo en vez de reconstruir el armazón institucional vigente.

Laclau propone una definición positiva del populismo,como aquella forma de hacer política necesaria para la conformación de un régimen democrático radical .

En este nuevo ordenamiento, es el pueblo el detentor de la soberanía política, en una sociedad que, a su vez, necesita de un líder – encarnado en la figura del presidente por ejemplo – que se esgrime como el representante que por excelencia aglutina y administra todas las demandas sociales.

El populismo entonces implica:

a) la dicotomización de la sociedad a partir de la constitución de una frontera política entre el pueblo – los más débiles – y el antipueblo, es decir, sus opresores (normalmente denominados como “la élite” o “la oligarquía”)

b) la ruptura con el orden institucional vigente.

c) la aparición de un líder que se hace responsable frente a la comunidad.

Hugo Chávez se convirtió en el líder del pueblo venezolano, desde 1999 hasta su muerte en 2013.

Siendo la sociedad eminentemente heterogénea, la cualidad del populismo tiene que consistir en generar la homogeneidad. La comunidad homogénea, por tanto, no existe, sino que el populismo tiene que constituirla. Con este objetivo se esgrimió la Revolución Bolivariana, con Chávez a la cabeza.

Por su parte, otros académicos afirman que el populismo es una degeneración patológica de la lógica democrática, en tanto es incompatible no sólo con el componente liberal de la democracia liberal, sino con la democracia como tal.

Aquellos que resienten el populismo manifiestan que este implica la ficción de la voluntad del pueblo como una identidad homogénea, y, por tanto, apunta a eliminar la pluralidad.

Aquellos que resienten el populismo manifiestan que este implica la ficción de la voluntad del pueblo como una identidad homogénea, y, por tanto, apunta a eliminar la pluralidad y a clausurar el espacio del poder, siendo esto claramente antidemocrático.  

Sumado a lo anterior, muchos consideran que el populismo niega la pluralidad, la disidencia y la oposición, y que en el fondo, lo que oculta, es una faceta fascista. También que hace de los actos de gobierno una mera estrategia propagandista, transmitiendo ideas y mensajes que los líderes quieren establecer como verdades. Otras posturas sostienen que el populismo rechaza la democracia en tanto la limita a elecciones periódicas, mientras el líder intenta concentrar la mayor cantidad de poder público, así como monopolizar los medios de comunicación.

En este contexto, una de las críticas más comunes es al tipo de discurso que el populismo supone, el cual apela a lo sentimental, a lo afectivo, y que, supuestamente, subestima la racionalidad de los individuos. Lo que estaría detrás de esta estrategia sería la manipulación de las personas.

El populismo y la crisis

Más allá de las valoraciones positivas o negativas, en lo que sí pareciera haber consenso, es en la idea de que la condición de aparición del populismo se da en el contexto de una crisis orgánica. Lo que padece la sociedad en ese escenario es el deterioro de la representación popular de los partidos tradicionales y de los canales legales de participación política, muchas veces por casos de corrupción, crisis económica, incapacidad para resolver la conflictividad social, entre otros.

En síntesis, cuando se presenta un marco como el descrito líneas arriba, se reaviva la controversia entre aquellos que están a favor del populismo como una forma de hacer política que refuerza la emancipación política y potencia la participación de la gente- en detrimento de la concentración de poder de una élite encargada de tomar las decisiones-, y aquellos que consideran al populismo como un modo de dirigirse a los individuos que lo que busca es manipularlos a través del discurso y la retórica para, una vez en el poder, tomar medidas que responden a intereses particulares y que pueden ser de corte autoritario y discrecional.  

En lo que sí pareciera haber consenso, es en la idea de que la condición de aparición del populismo se da en el contexto de una crisis orgánica

La Venezuela “prechavista” ya había sufrido fuertes vaivenes económicos producto de las políticas de austeridad impulsadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), crisis de abastecimiento de alimentos, inflación y protesta social, entre otros.

El populismo siempre viene precedido por una época de crisis orgánica.
El gran antagonista: el neoliberalismo

En el libro Hegemonía y estrategia socialista Ernesto Laclau y su esposa, la politóloga belga Chantal Mouffé, se refirieron a la ideología neoliberal como la productora de las condiciones de posibilidad para que acontezca un momento populista en una sociedad determinada. Dentro de este modelo económico, es el mercado y no el Estado el ente encargado de regular la vida económica, política y sociocultural de los países, a voluntad del capital financiero, minimizando de esta forma las estructuras estatales y limitando la capacidad de participación política de la ciudadanía, es decir, provocando el desmantelamiento del Estado de bienestar.

Ernesto Laclau y Chantal Mouffé apuntan al neoliberalismo como la clave para que surja el populismo.

A juicio del filósofo español José Luis Villacañas, el neoliberalismo ha implicado la desarticulación de las sociedades, donde la brecha entre pobres y ricos se ha ido acrecentando cada vez más, donde sólo se invierten los recursos si existen beneficios para el mercado – expresables en dinero-, y donde el sistema busca construir sujetos cuyas relaciones sociales estén mediadas por las reglas del sistema financiero a partir en un cálculo individualista basado en el principio de costo-beneficio.

El neoliberalismo, que ha venido promoviendo desde sus orígenes la idea de que el mercado crearía las condiciones óptimas para que “todos ganen”, lo que en verdad ha creado es un sistema que realza el individualismo, la meritocracia, la competencia, el consumismo, y el distanciamiento de la ciudadanía de las decisiones de la vida política, delegadas ahora a técnicos “expertos”.  

No es mi intención hacer una extensa referencia acerca de las críticas al neoliberalismo, pero sí deseo mencionar que lo más alarmante, a mi juicio, es la progresiva desigualdad que se está extendiendo a lo largo del planeta y la alienación que se ve padecemos, pues pareciera que no nos indignan realidades tan hostiles como que el 1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global, o que mientras en algunas partes del mundo se están desarrollando complejos artefactos robóticos que poseen inteligencia artificial, en otras todavía hay grandes masas poblacionales que no pueden acceder siquiera a una vivienda, vestimenta, alimentos o agua potable.

¿Puede el populismo ser verdaderamente emancipatorio en sociedades con una cultura caracterizada por el personalismo, el hiperpresidencialismo y por un republicanismo débil?

En este contexto, el populismo aparece para muchos de sus promotores como una intervención que propone una alternativa progresista al neoliberalismo, con el objetivo alterar radicalmente los sentidos que orientan la vida política de una comunidad y constituir otros nuevos que prioricen la soberanía popular y la igualdad.

Sin embargo, teniendo en cuenta las características del sistema político venezolano, el interrogante que surge es si puede el populismo ser verdaderamente emancipatorio en sociedades con una cultura política que se caracteriza por el personalismo, el hiperpresidencialismo y por un republicanismo débil.

La democracia delegativa

Respecto a los regímenes políticos, el debate sobre la forma de caracterizar a cada uno es una constante dentro de la filosofía política. La cuestión gira en torno principalmente a dos tipos de regímenes: el autoritarismo y la democracia, que a pesar de tener características elementales que sientan las bases para definirlos y diferenciarlos, varían según el sistema político en el que se desarrollan. Nunca se llegará a una respuesta única acerca de cómo puede ser entendida la democracia en nuestros días, pues sus características varían de un país a otro según el contexto político, económico y social de cada sociedad, sujeto además a variantes históricas, demográficas, culturales, entre otras.

A este respecto, se han desarrollado en el seno de la filosofía política conceptos como “régimen híbrido”, “democracia iliberal”, “democracia delegativa”, para hacer referencia a regímenes que no son democracias plenas, pero tampoco llegan al extremo del autoritarismo cerrado. Lo que existe más bien es una suerte de “zona de gris” que separa ambos regímenes, es decir que la democracia en sí misma, y sobre todo en algunos países en particular, dista de ser ideal, lo cual supondría contar con instituciones políticas que garanticen la participación efectiva de la sociedad en las cuestiones de carácter público, el control ciudadano de los programas de acción del gobierno, los derechos fundamentales de las personas, y la presencia de información confiable y objetiva para el electorado. Estas características no se encuentran presentes en el régimen político impulsado por Maduro.

La democracia delegativa hace referencia a un
tipo de democracia menos liberal y republicana que la representativa.

La noción de democracia delegativa, concepto propuesto por O’Donnell, hace referencia a un tipo de democracia menos liberal y republicana que la representativa. En este tipo de régimen, la manera típica de adopción de políticas públicas es abrupta e inconsulta, justificada en la retórica de que los líderes emprenden una gran causa -como la “salvación de la patria”-, o alivian significativamente las crisis, encausando a la nación hacia su “verdadero destino”.

Según el politólogo argentino, la democracia delegativa es democrática por dos razones principales:

a) por su legitimidad de origen, es decir por su surgimiento de elecciones razonablemente limpias y competitivas.

b) porque durante ella se mantiene vigentes ciertas libertades políticas básicas, tales como las de expresión, reunión, prensa, asociación y movimiento.

Sin embargo, es menos liberal y republicana que la democracia representativa; esto implica no reconocer los límites constitucionales/legales de los poderes del Estado. Por ello, la resultante de este tipo de democracia es la trasgresión o extralimitación de las fronteras institucionales.  

La democracia delegativa separa esa “zona gris” entre regímenes que no son democracias plenas, pero tampoco llegan al extremo del autoritarismo cerrado.

En este tipo de régimen, el líder es generado por medio de las elecciones y se erige como el principal intérprete, sino la encarnación de los principales intereses de la nación. Una de las características de estos líderes es que se le delega la atribución – entendida como un derecho, pero también como una obligación- de tomar las decisiones que juzga como las mejores para el país, dejando muchas veces de lado a las otras instituciones, que se consideran un “estorbo”. De esta manera, los presidentes delegativos no son omnipotentes, aunque buscan serlo.

Lo que resulta interesante es indagar hasta qué punto las atribuciones de un líder delegativo podrían potenciar o vulnerar la calidad democrática de una comunidad, y qué rol juega el populismo como herramienta emancipadora en ese contexto, si es que efectivamente cumple alguna función.

La importancia que el sistema presidencialista per se otorga al Poder Ejecutivo en Venezuela, sumado a las características propias del régimen delegativo, hacen que muchas veces el presidente concentre más poderes que los fijados constitucionalmente, lo que puede provocar discrecionalidad en las decisiones o, incluso, abuso de poder. En este contexto, es necesario examinar si un líder inserto en un sistema político con estas características podría llevar adelante un proceso populista “auténtico”, es decir, donde verdaderamente el pueblo constituido se convierta en el legítimo portador de la soberanía política.  

Para ir concluyendo…

Muchas veces se utiliza peyorativamente el adjetivo “populista” para describir liderazgos demagógicos o autoritarios. Si se piensa con rigor, el uso que se le da al término no es correcto, en tanto un verdadero líder populista debería ser aquel que encabece y facilite la transición de la ciudadanía al pueblo soberano. En este sentido, “populismo” y “demagogia” no deberían ser utilizados como sinónimos.

Si pensamos en el caso venezolano, y siguiendo la línea propuesta por Laclau, quizás sería más apropiado “echarle la culpa” al régimen democrático delegativo más que al populismo. Esa perspectiva abre el debate sobre la acusación de que Venezuela es una dictadura. Podríamos pensar que en realidad no lo es, pero claramente roza los límites del autoritarismo cerrado, alejándose cada vez más de la democracia.

Pareciera no haber “malos versus buenos” en esta historia, sino más bien víctimas: el pueblo venezolano.

Cuesta creer entonces que Venezuela, por las características de su sistema político, se despoje totalmente del chavismo (su herencia cultural y política se ha ido enraizando a lo largo de dos décadas). La Revolución Bolivariana tiene muchos adeptos en el país caribeño y el apoyo de importantes Estados, como Rusia. También resulta un poco idealista pensar que la alternativa neoliberal o de derechas devolverá prontamente la estabilidad al país. Tampoco podemos hablar del triunfo de la Revolución Bolivariana si analizamos la situación actual de Venezuela. Al contrario, Maduro ha demostrado ser un presidente más que incompetente.

De todas formas, los fenómenos sociales nunca son unicausales. La intervención de Estados Unidos en Venezuela, por ejemplo, no es inocente ni casual, pero ese es tema para otro artículo… Pareciera no haber “malos versus buenos” en esta historia, sino más bien víctimas: el pueblo venezolano.


En portada, cartel publicitario de la inédita serie documental Populismo en América Latina.