Historia silenciada de la mujer III: la sociedad medieval (I)

  • Tercera entrega de la serie Historia silenciada de la mujer. En esta ocasión, Jesús Ramírez Álvarez se detiene en la Edad Media para profundizar en la sociedad musulmana y judaica. 

En las dos primeras entregas de esta serie dedicada a analizar cómo evolucionó históricamente la consideración social de la mujer en nuestra civilización, serie que hemos titulado Historia silenciada de la mujer, se abordó la Edad Antigua. En el presente capítulo y en el siguiente trataremos sobre la etapa que le sigue, es decir la Edad Media. En aquellos tiempos continuó la discriminación femenina y el desprecio o menosprecio hacia la mujer (misoginia), aunque también es cierto que podemos señalar algunos matices que diferenciaron su situación en las tres comunidades étnico/culturales/religiosas que coexistieron en la península Ibérica. Dadas las limitaciones de espacio, en esta ocasión trataremos sobre la mujer en las sociedades islámica y judaica, dejando para la siguiente entrega a la cristiana.

La mujer en la sociedad musulmana medieval

La llegada de los musulmanes a la Península Ibérica a comienzos del siglo VIII, el dominio que ejercieron en gran parte de su territorio y la posterior islamización de la mayoría de la población hispanogoda (muladíes), supusieron la plena integración de al Ándalus en los modelos sociales, religiosos y culturales del mundo árabe. Se impuso el tipo de familia patriarcal y poligámica, que permitía al hombre tener hasta cuatro esposas, aunque ello estaba en función de su capacidad económica. Incluso, por si cuatro no fueran bastantes, los más potentados podían sumar sin límites concubinas a su harén. De hecho, el prestigio de estos hombres poderosos estaba en consonancia con su tamaño (el del harén, se entiende). Según explica el escritor Jesús Greus (en su obra Así vivían en al Ándalus; Madrid, Biblioteca El Sol, 1991), solo las concubinas que daban un hijo a su señor conseguían el codiciado título de “princesas madre”, lo que les confería dos derechos o, más bien, dos privilegios respecto a las demás mujeres andalusíes: poder tener una fortuna personal y emanciparse cuando muriese su señor. Pero ¡atención! esto solo ocurría si la criatura que nacía era varón, lo que ya resulta indicativo de la misoginia que caracterizaba a aquella sociedad.

Con la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica a comienzos del siglo VIII se impuso el tipo de familia patriarcal y poligámica, que permitía al hombre tener hasta cuatro esposas. Incluso, por si cuatro no fueran bastantes, los más potentados podían sumar sin límites concubinas a su harén.

La educación de las hijas quedaba a cargo de sus madres y también el de los hijos varones en sus primeros años, hasta que éstos alcanzaban cierta edad, momento a partir del cual era el padre el que se encargaba de esa labor, así como de acompañarlos a la mezquita, que además de lugar de oración también tenía la condición de centro de enseñanza del Corán y de la doctrina islámica en general. Se deduce que muy pocas mujeres musulmanas tuvieron ocasión de aprender a leer y escribir. Y muchas menos las instruidas en las artes, las ciencias, la música o la poesía.

Cuando las mujeres andalusíes salían de casa generalmente lo hacían para acudir a la oración en la mezquita o a los baños públicos (hammam), a lo que eran muy aficionados tanto hombres como mujeres, que asistían en horarios distintos. Además de la función meramente higiénica, los baños cumplían otras para sus usuarias: el cuidado del pelo, recibir masajes y perfumes, la depilación y, en suma, eran lugar de encuentro, de ocio y de charla. Desempeñaban un papel similar a las antiguas termas griegas y romanas, en las que encontramos su antecedente directo. Las musulmanas en la Edad Media, especialmente las de clase alta, cuidaban mucho su aspecto exterior. Adornaban sus cuerpos con ropajes de colores vivos, aunque siempre mantenían cubierta la cabeza, y lucían numerosos adornos y complementos: brazaletes, collares, diademas, broches, etc.

Escena del Harén. Fernand Cormon (1877). Museo de Arte e Historia de Narbona (Francia)

Pero lo cierto es que las mujeres musulmanas salían poco a la calle. Muy al contrario, pasaban días y días sin salir de sus casas. Cuando el tiempo era bueno, solían permanecer en un patio interior porticado (como los famosos que se han conservado en Córdoba o también en el Albaicín granadino). Allí podían sentirse a sus anchas, en la intimidad, a salvo de miradas indiscretas.

Las musulmanas en la Edad Media, especialmente las de clase alta, cuidaban mucho su aspecto exterior. Adornaban sus cuerpos con ropajes de colores vivos, aunque siempre mantenían cubierta la cabeza, y lucían numerosos adornos y complementos: brazaletes, collares, diademas, broches, etc.

Conforme al Ándalus fue cediendo territorios ante el empuje militar de los reinos cristianos, en el proceso conocido tradicionalmente como “Reconquista”, muchos musulmanes quedaron bajo el dominio político de las nuevas autoridades y tanto hombres como mujeres sufrieron leyes discriminatorias (lo mismo que había ocurrido hasta entonces con los mozárabes, es decir los cristianos que habitaban en al-Ándalus, solo que al revés). Muchos de estos musulmanes emigraron hacia el sur peninsular, es decir a las regiones que aún seguían en poder de sus correligionarios, o también al norte de África, pero otros se mantuvieron inicialmente en sus aldeas, pueblos y ciudades. Se denominó “mudéjares” a quienes permanecieron fieles a la religión islámica y “moriscos” a los que se bautizaron, con lo que se hicieron oficialmente cristianos, aunque la mayoría de ellos mantuvieron de forma discreta su lengua, usos, costumbres y hasta su religión, lo que suponía un obstáculo insalvable para su plena integración en la nueva sociedad dominante, la cristiana. Tras diversas rebeliones sucedidas entre los siglos XIII y XVI, y que quedan fuera de nuestro objeto de estudio, finalmente los moriscos fueron expulsados a comienzos del siglo XVII, durante el reinado de Felipe III.

La mujer en la sociedad judaica medieval

Ya sabemos que desde tiempos remotos la sociedad judaica o judía se fundamentaba en un régimen estrictamente patriarcal, en el que el varón ejercía una autoridad absoluta e indiscutible. De ello se deriva la posición de inferioridad jurídica de la mujer, cuyo papel social se reducía normalmente a encargarse de los trabajos domésticos, además de la reproducción. Por ello las niñas eran educadas por sus madres para prepararlas de cara a su futuro matrimonio. De ellas se esperaba que tuviesen muchos hijos, pues para una mujer casada suponía una gravísima deshonra el no tenerlos, dado que ello significaba el incumplimiento del mandato divino, el célebre “creced y multiplicaos” (Génesis 1,28). La esterilidad incluso podía ser causa legal de disolución del matrimonio, pues en el caso de que diez años después de celebrarse éste siguiera sin haber embarazo, el marido podía entregar a la esposa una “carta de repudio”. Por otro lado, la Ley judía no consideraba condenables las agresiones del padre a la hija o del marido a la mujer, ya que se daba por sentado que tenían una finalidad perfectamente justificada, cual era corregir o enmendar su conducta. Además cuando una mujer judía se casaba, entregaba como dote unos bienes que de ese mismo momento pasaban a ser propiedad del marido. Y lo mismo sucedía con otros que pudiese aportar posteriormente, tanto si los había heredado como si eran fruto de su trabajo fuera de la casa. En cualquier caso el esposo podía disponer libremente de todos ellos.

El papel social de la mujer en la sociedad judaica se reducía normalmente a encargarse de los trabajos domésticos, además de la reproducción. De ellas se esperaba que tuviesen muchos hijos.

La vida de los judíos en las ciudades cristianas estuvo marcada por su segregación: se les obligaba a vivir en barrios separados y aislados del resto (las juderías o aljamas, aunque este último término también se podía utilizar para referirse a las morerías o barrios habitados por musulmanes), a vestir ropas de paño basto y color oscuro de manera que fuesen fácilmente identificables, les estaba rigurosamente prohibido hacer proselitismo y, naturalmente, cualquier contacto sexual con cristianos. El gran medievalista y filólogo Américo Castro (en su clásica y erudita obra España en su historia; Barcelona, Círculo de Lectores, 1988; pp. 521-522) explica y analiza un caso muy revelador de la mentalidad de la época, el de una viuda judía de Coca (Segovia) que en 1319 mantuvo relaciones con un cristiano, cuyo fruto fue el nacimiento de dos hijos mellizos de los que uno murió al nacer y el otro fue entregado a cristianos para ser bautizado. El judío Yéhuda ben Wakar, que era médico del infante don Juan Manuel, hondamente preocupado por la repercusión negativa que para los de su raza podía tener un hecho tan escandaloso, consultó a un rabino de Toledo llamado Aser, el cual le hizo la siguiente recomendación: “Se me ocurre, siendo tan notorio el caso, cortarle la nariz a fin de desfigurarle el rostro con que agradaba a su amante”, dado que “todos los pueblos de los alrededores de Coca hablan de ello, y las conversaciones sobre esa perdida han corrido por todas partes, con lo cual nuestra religión se ha hecho despreciable”. Don Américo, que no revela si se hizo realidad el propósito del rabino (confiemos en que no), hace notar que la mayor inquietud que producía el caso era la divulgación del escándalo y no la falta (¿?) cometida por la viuda (“esa perdida”).

El Código de las Partidas, escrito a lo largo del reinado de Alfonso X el Sabio de Castilla en la segunda mitad del siglo XIII, castigaba a las cristianas que yacían con moros o judíos a perder la mitad de sus bienes la primera vez; si reincidía, lo que perdían era de la totalidad de su patrimonio; y en caso de volver a reincidir, la condena era a muerte. No deja de ser curioso cuando se trataba de una mujer casada, la misma ley dejaba a voluntad del marido la sentencia: matarla o absolverla.

Mishné Torá (Maimónides, 1180). Manuscrito hebreo copiado en Sefarad en 1340 e ilustrado por Matteo di Ser Cambio en Perugia en 1400

El profesor de la UNED Enrique Cantera Montenegro (en una comunicación titulada «Actividades socio-profesionales de la mujer judía en los reinos hispanocristianos de la Baja Edad Media», que fue publicada en el libro colectivo El trabajo de las mujeres en la Edad Media hispana, Colección Laya, núm. 3, Madrid 1988, págs. 321-345) señala que otras formas de discriminación de las mujeres judías eran su inadmisión como testigos en los juicios, ni tampoco estaban obligadas a participar en la oración comunitaria que se celebraban en las sinagogas. De hecho las ceremonias en la sinagoga se pronunciaban en hebreo, lengua que desconocían las mujeres judías de Sefarad (“España” en lengua hebrea), pues hablaban en romance y nunca habían podido acudir a una escuela para aprender la lengua hebrea (como sí hacían los niños varones desde los cinco años). El Talmud, la obra sagrada que recoge las tradiciones, obligaciones y prohibiciones de los judíos, rechazaba radicalmente la educación femenina y su desarrollo intelectual. Lo que sí era práctica corriente era que las niñas aprendieran a realizar alguna actividad artesanal, generalmente relacionada con la confección de tejidos, que pudieran desarrollar profesionalmente en el futuro: tejedoras, colcheras, tintoreras, costureras, pañeras…, aunque siempre se trata de una actividad secundaria respecto a la función primordial a la que estaban predestinadas: las tareas domésticas y la procreación y cuidado de la prole.

Expulsión de los judíos de Sevilla. Joaquín Turina y Areal (siglo XIX). Centro de interpretación de la Judería de Sevilla.

En suma, en las comunidades musulmana y judía en la Edad Media la mujer padeció un trato discriminatorio en todos los aspectos: económico, educativo, jurídico. Nada que nos pueda sorprender, pues ya estamos curados de espanto. En nuestra próxima entrega analizaremos la situación de las mujeres cristianas, que tampoco era para tirar cohetes.


Portada: El exorcismo. André Brouillet (1884). Musée des beaux-arts de Reims (Francia)