Stephen King: amor a América

  • La literatura puede ser fuente de reconciliación. Gracias al maestro de la novela de terror, Antonio Marcelo Beltrán supo encontrar un rostro desconocido y autocrítico de Estados Unidos. 

Cuando era más joven odiaba a los Estados Unidos. Me crié en los años del referéndum de la OTAN —que en mi casa y mi entorno directo fue «contra la OTAN»—, la crisis con Libia, las dictaduras made in Kissinger, las bases militares, Ronald Reagan, la VI Flota y todo lo demás, y durante mucho tiempo asumí que en los Estados Unidos no había más que gente agresiva, descerebrada, inculta y peligrosa.

Y luego llegó Stephen King…

Descubrí al maestro del terror a los 19 años, junto a otro escritor aparentemente en las antípodas como fue Manuel Vázquez Montalbán, y al principio, tanto con uno como con otro, me quedé en la superficie. Recuerdo haber leído a Pepe Carvalho en el bar de la facultad de Derecho mientras mis compañeros se metían en clase a tomar apuntes sobre la usucapión y la prescripción extintiva; recuerdo sumergirme, fascinado, en las primeras páginas del ladrillo de 1.500 del Apocalipsis, en el aparcamiento destartalado de un polideportivo, retrasando el momento de enfundarme el kimono para hacer katas.

Había pasado mi adolescencia leyendo y releyendo a Agatha Christie y sus venenos, estaba acostumbrado a que en aquellas novelas de tapas blancas moría hasta el apuntador.

De Carvalho me frustraba que ahí no había novela negra. Había pasado mi adolescencia leyendo y releyendo a Agatha Christie y sus venenos, estaba acostumbrado a que en aquellas novelas de tapas blancas moría hasta el apuntador —mientras sus parientes seguían haciendo vida normal, como piezas de ajedrez—, y ahora me encontraba con aquel detective que de golpe y porrazo se ponía a cocinar un potaje o una oreiller de la belle Aurore… ¡y aún encima nos escribía la receta! A mis ojos impacientes, cargados de hormonas, ávidos de acción, aquello equivalía a cortar Los violentos de Kelly en mitad del ataque de los tanques para ponernos a Elena Santonja con las manos en la masa. Creo que fueron Los mares del Sur o el Asesinato en el Comité Central, posiblemente donde la crítica social era más evidente, los que me ayudaron a llegar a la conclusión de que en el fondo Carvalho, Biscuter y Bromuro no eran más que una excusa, las víctimas de una trama cuyos tipos duros vestían trajes de marca y no necesitaban llevar pistola habiendo talonarios de cheques.

Y ahora llego a Stephen King.

Stepehen King lleva aterrorizando con sus novelas desde mediados de los 70.

Lo primero que leí fue Cementerio de Animales, la historia sobre una parcela donde los niños enterraban a sus animalitos. En un momento dado King se puso a describir una tarde alegre en la vida de cualquier familia con niños pequeños, uno de esos ratos mágicos que se recuerdan para siempre, y de repente…


«… Gage, a quien quedaban menos de dos meses de vida, soltó una risa muy feliz».

Dejé la lectura. Abrí mucho los ojos. Releí la frase. Miré en la contraportada la foto de aquel individuo feo, bizco, de rostro simiesco… y supe que a Gage le quedaban dos telediarios —y un reenganche—, pero que SK y yo íbamos a estar juntos durante el resto de mi vida.

Los siguientes libros siguieron la misma línea, una trama corta y contundente en la que no parecía haber nada más que el susto y la muerte, muchos sustos y muchas muertes.

  • Maleficio: un tío adelgaza por una maldición gitana.
  • Carrie: se burlan de una chica borderline y ésta tiene poderes y se los carga.
  • Cujo: un perro rabioso vigila una furgoneta donde se han refugiado una madre y su hijo.
  • Christine: un marginado se compra un coche con poderes malévolos.
  • Ojos de fuego: el propio título lo dice… Pero, ¡alto!

Que de pronto Stephen King empieza a meterse con los Estados Unidos. Con sus Estados Unidos. Que ahí está la CIA buscando a esa pobre niña y a su padre… que el Gobierno americano es tan canalla como llevo yo intuyendo desde que papá y sus amigos volvieron a casa cabreados por la entrada en la OTAN… pero que al final esa niña entra en la redacción de un periódico sabiendo que se ha salvado; la Prensa libre le va a dar en los dientes a los agentes de la CIA

A ver si aquí iba a pasar como con Vázquez Montalbán, que por debajo de las muertes y los sustos había un segundo mensaje…

Resulta que los americanos no eran todos tan ignorantes y violentos como el presidente Reagan de las bases; y allí estaba el mismísimo SK para darme la razón, avalado por sus millones de Lectores Constantes que le seguían la marcha. A ver si aquí iba a pasar como con Vázquez Montalbán, que por debajo de las muertes y los sustos había un segundo mensaje

El terrorífico payaso de It fue llevada por primera vez a la gran pantalla en los años 90.

El siguiente libro que leí fue It. En aquellos tiempos yo escribía mis propios relatos de terror, una sana costumbre que he seguido manteniendo, y además de la narración a veces era capaz de valorar la propia trama. Leí el millar de páginas de aquella novela en un fin de semana largo y no entendí mucho lo de los dioses en forma de tortuga, pero me quedé fascinado por la manera de desarrollar en paralelo la vida de los cinco o seis protagonistas, en su infancia y en la edad adulta. Aquello era como disfrutar de las Fogueres d’Alacant viendo al mismo tiempo los ninots y el entramado de maderas que los sustentan…

Y aún encima me permitía ver cómo era la vida en los Estados Unidos cuando no estaban ocupados derrocando a Allende ni lanzándole bombas a Gadafi.

El siguiente ladrillo —en el sentido literal del término— fueron los Tommyknockers, donde hablando por boca de un escritor borracho, Stephen King —que también tuvo su época de escritor borracho— sacaba los colores a los defensores de la energía nuclear, recordándoles Chernobyl y determinados incidentes que podrían haber convertido condados completos en un erial de los que brillan en verde a medianoche. Ahí estaba SK, aprovechando el principio de una novela de marcianos para atacar la ignorancia, la codicia y la temeridad de los defensores de las centrales nucleares. Sirviendo de portavoz de una legión de americanos cultos, comprometidos, avanzados: a lo mejor no eran todos como se nos había vendido.

Ahí estaba SK, aprovechando el principio de una novela de marcianos para atacar la ignorancia, la codicia y la temeridad de los defensores de las centrales nucleares.

Stephen King siguió escribiendo y yo seguí leyendo y releyendo, tratando de llevarle el ritmo e introduciéndome más en aquella América a la que estaba claro que él amaba profundamente, quizás con ese patriotismo de la bandera, la mano al pecho y el pavo en Acción de Gracias, pero con una visión lúcida. En Mientras escribo conocí su biografía, escrita en parte mientras convalecía del gravísimo atropello que tuvo en los últimos meses del siglo. «Ha estado a punto de matarme uno de mis propios personajes», llegó a decir; y no se refería a ningún escritor rabioso escapado de las fauces del infierno, sino a uno de esos típicos vejetes suyos —con braguero, cerveza a mano y dentadura postiza comprada por correspondencia—, que llevaba en el asiento trasero un paquete de carne congelada y dos perros con hambre que le hicieron separar la mirada de la carretera y las manos del volante… Su biografía, digo, habla de un niño cuyo padre se marchó de casa y no volvió, que fue criado por una curranta dura y sin un duro, que conoció en la universidad a su compañera de toda la vida y que escribió su primera novela, Carrie, en una mesa coja en un rincón de la caravana en la que se fueron a vivir, hasta que un buen día —¡viva el sueño americano!— le dijeron por teléfono que le iban a dar por aquella novela una cifra de cinco o de seis ceros

Carrie, primera novela de Stepehn King, fue publicada en 1974.

Hubo un momento en que las novelas de Stephen King empezaron a cambiar claramente. O quizás fuera yo el que estaba acostumbrando mi vista. Y creo que donde mejor se nota es en 22/11/1963.

Para cualquier americano, esa fecha es tan familiar como para nosotros el 23-F, para nuestros abuelos el 14 de Abril o el 18 de Julio —según— y para los más frikis el 4 de Mayo o el Día de Pi. El 22 de noviembre de 1963 es la fecha en que fue asesinado el presidente Kennedy. ¿A manos de quién? Pues eso es lo que querría saber con certeza la inmensa mayoría de norteamericanos, es el primer destino que escogerían muchos en la máquina del Tiempo —o el segundo, porque muchos se irían directamente a Braunau a cantarle las cuarenta a cierto cabo de Bohemia—… y esa fecha es el destino del protagonista de la novela, un profesor que consigue viajar al pasado gracias a un agujero en el Tiempo. El problema —y ahí empieza lo bueno— es que ese tobogán en el Tiempo, como el resto de toboganes del mundo, sólo permite aterrizar en un único lugar: un solar vacío junto a una fábrica ruidosa a mediodía del 9 de septiembre de 1959; el equivalente al hoyo en el barro que suele haber a los pies de todos los toboganes. Puedes quedarte en el pasado un día entero, un mes, un año… pero si una noche te gana la nostalgia y regresas a tu casa a ver una serie en Netflix o cabrearte con ese tuit de Pérez-Reverte que no has acabado de entender, cuando vuelvas a utilizar el tobogán volverás a encontrarte en el punto de partida.

Kennedy, junto a su esposa Jacqueline, mintuos antes del asesinato.

Es decir: tendrás que vivir cuatro años y pico en el pasado, sin interrupciones, si quieres llegar hasta el 22 de noviembre de 1963 y detener a los asesinos reales de JFK.

Esta novela es un auténtico homenaje a la América que ama Stephen King, la que algunos hemos aprendido a querer, o al menos a no odiar, gracias a la viveza con la que nos transmite sus descripciones, la credibilidad de sus diálogos y lo original —y a la vez entrañable— de ciertas situaciones. No es oro todo lo que reluce: en la novela hay aseos humillantes para gente «de color», fábricas que vierten la basura en los ríos, maridos que dan palos a sus mujeres «cuando se lo merecen»… pero el cielo sobre el campo es limpio y azul, la cerveza cuesta diez centavos y puedes ir por la carretera llevando un Ford Sunliner rojo descapotable y escuchando a Glenn Miller mientras recorres una América que aún no sabía lo que eran la crisis de los misiles o Vietnam. Es indudable que viajar abre la mente; que leer rompe fronteras… y que si lees a alguien que te permite viajar, tu pequeño mundo adquiere unas dimensiones y una riqueza que no podías imaginar. Me considero un privilegiado por formar parte de esa legión de Lectores Constantes de SK. Porque además me gustan los vampiros, los payasos con globos que salen de la alcantarilla y las gemelitas que acechan en medio del pasillo de un hotel.


En portada, fotograma de la adaptación que Stanley Kubrick hizo de El resplandor en 1980.