La noche americana II: La quimera del oro

  • La noche americana se detiene en La quimera del oro, la película con la que Charles Chaplin se reencontró con el público y una de sus obras que mejor han sobrevivido al paso del tiempo.

A mediados de los años veinte, Charles Chaplin era la mayor estrella del mundo del cine. Había inventado un personaje perfecto para la comedia, Charlot, una especie de criatura de Dickens que tenía que enfrentarse continuamente a todo tipo de situaciones inverosímiles (pelear contra un peso pesado, salir de la jaula de un tigre, rescatar a una chica de un edificio en llamas). Era un vagabundo simpático con una extraña habilidad para meterse en problemas, una persona que siempre estaba en el lugar equivocado, y que demostraba una inteligencia desbordante para ponerse a salvo ante cualquier contratiempo. Era también el rostro amable del hambre que pese a vivir en la miseria  jamás perdía la dignidad: sus modales con la gente y su forma de vestir estaban más cerca de los altos estratos sociales que de sus ambientes depresivos habituales. El planeta se había enamorado de esta celebridad y los teatros se llenaban cada vez que su nombre aparecía en los carteles publicitarios.

Pero las posibilidades de Chaplin sobrepasaban los límites de su ilustre protagonista. Su figura esconde un caso de una extraordinaria naturaleza: un hombre que producía, dirigía, escribía, protagonizaba, montaba y componía la gran mayoría de sus películas. Un creador, en el amplio sentido de la palabra, capaz de prodigarse en campos tan diferentes y de conseguir la excelencia en cada uno de ellos. Todo esto no hubiera sido posible sin ser uno de los propietarios de la United Artist, uno de los estudios míticos de Hollywood fundado en 1919 junto a otras figuras claves del mudo (Douglas Fairbanks, Mary Pickford y David Griffith), y donde consiguió la independencia suficiente para darle rienda suelta a su talento.

Los fundadores de la United Artist. De izquierda a derecha: Fairbanks, Pickford, Chaplin y Griffith, en una fotografía tomada en 1919.

Es muy posible que el mejor ejemplo para comprender la dimensión de Chaplin sea La quimera del oro (1925), una de sus obras más redondas. Para ello fue trascendental el enorme fracaso de Una mujer de París (1923). Él había querido hacer un obra abiertamente dramática, “su primera película seria” según sus propias palabras y tomó la comprometida decisión de prescindir de Charlot. Pretendía de esta manera cambiar de registro y demostrar que sus posibilidades iban más allá de su personaje. Pero esta idea no sedujo al público de aquel tiempo, que insistía una y otra vez en los avatares del más querido de todos los vagabundos. Los números en taquilla fueron catastróficos y el director londinense tuvo que hacer frente a su primera derrota comercial. Este hecho lo sumió en una profunda reflexión y se vio forzado a retomar los caminos abandonados. El mundo no comprendía el cine sin Charlot.

Las dificultades del regreso de Charlot

El regreso de Charlot a la gran pantalla no fue nada fácil. La quimera del oro es el resultado de un proceso largo y tormentoso. Un rodaje de algo más de cuatrocientos días sometido a continuas interrupciones por la falta de inspiración de Chaplin, que se embarcó en una nueva película sin tener el guion escrito. Le habían impresionado los testimonios de los buscadores de oro en Alaska de finales del siglo XIX, y había divisado a su cómica figura en las montañas nevadas del oeste. Esta especie de alucinación cinematográfica y una posición privilegiada en la United Artist era todo cuanto tenía en el momento en el que se decidió por este proyecto.

“La quimera del oro” es el resultado de un proceso largo y tormentoso, un rodaje de algo más de cuatrocientos días sometido a continuas interrupciones por la falta de inspiración de Chaplin.

Él ya había demostrado con El chico (1921) y con Una mujer de París que le interesaban las historias de un calado más profundo, un cine más maduro en la línea de Stroheim o de Murnau superando así los metrajes de corta y mediana duración por los que era mundialmente conocido.  Sin embargo, comenzó la filmación de La quimera del oro siguiendo los hábitos de esas piezas menores del principio de su carrera donde se plantaba delante de la cámara y su ingenio hacía el resto. Esto tuvo fatales consecuencias. Pasó meses rodando escenas deslavazadas sin ningún tipo de conexión entre ellas y concediendo días libres a su equipo mientras él se retiraba a meditar sobre el curso que debía tomar su película.

Tampoco faltaron los escándalos sexuales. Lita Grey, la actriz que había interpretado el Ángel en El chico y que estaba destinada a ser la protagonista (llegaron a grabar varias secuencias), se quedó embarazada de Chaplin con tan solo dieciséis años de edad. Este episodio removió los cimientos de la producción en un Hollywood aún adolescente. Fugitivos de la ley, se casaron en México y hubo que buscar una sustituta para el papel principal (aquí es donde surge el nombre de Georgia Hale).

Para Chaplin, la comedia es en realidad un drama. La escena donde se come una de sus botas es desgarradora.

Con estos antecedentes, que La quimera del oro no terminara por sepultar la trayectoria de Chaplin es, cuanto menos, un milagro. Es difícilmente explicable que, a pesar del ambiente crispado y de la lentitud del rodaje, sea una obra maestra. En 1925, Charlot no era ningún descubrimiento. Se podría afirmar que el público lo conocía de memoria, pero su vuelta a la gran pantalla ofrecía ciertos matices que dotaban al personaje de una sorprendente frescura. Es a partir de aquí cuando se pueden apreciar las secuencias más brillantes de toda su filmografía. Los slapstick  que mejor han sobrevivido al paso de los años y que aún hoy en día son aplaudidos. Todo lo que sucede en ese invierno desapacible de las montañas de Alaska forma parte de la historia del cine. ¿Acaso la imagen de Charlot devorando con exquisitas maneras una de sus botas no es uno de los mitos del siglo XX? No se puede hacer un tratado más corrosivo sobre los confines del hambre.

Existían voces en aquella época (puede que aún quede alguna) que calificaban a los títulos de Chaplin de obras cuya fuerza recaía exclusivamente en la interpretación. Pero con argumentos como el que ofrece La quimera del oro estas opiniones se desmoronan. Más allá de inventar nuevas encrucijadas, del humor y del drama, lo que la convierte en una película inolvidable es su labor de dirección que aún hoy desprende modernidad. Y para probarlo, basta con seleccionar algunas de sus escenas.

La civilización y el Western

Después de sobrevivir a la odisea del invierno en Alaska, Charlot regresa a la civilización. La historia se traslada a un burdel donde hay chicas que suben y bajan las escaleras en compañía de clientes, borrachos que apuran sus tragos acodados en la barra y otros, también borrachos, que bailan alguna música de violines y de piano o que juegan una partida de cartas bajo una humareda de tabaco. Entonces aparece nuestro vagabundo, de espaldas a la cámara, en un plano general que describe todo lo que está sucediendo en el interior del salón. La quimera del oro ha dejado de ser una película de aventuras para convertirse en un Western.

En este mundo de desenfreno, un hombre menudo como él es invisible. Lo va a confirmar a continuación Georgia, que no repara en su presencia a pesar de batir la cabeza a escasos centímetros de su rostro. Pero aquí entra en juego la genialidad de Chaplin que empieza a enredarlo todo con sus ocurrentes números para darle la vuelta a lo que en un principio parecía un universo inaccesible. Baila con Georgia y tumba al tipo más apuesto del lugar con una suerte de puñetazo. Este es el momento más significativo de toda la escena. Charlot abandona el salón con el mismo plano citado al principio (en este caso la cámara está algo más adelantada, tal vez para dotar al personaje de una mayor luminosidad), mostrando una imagen totalmente opuesta. Ahora camina de frente, bajo el asombro de todos los asistentes y plenamente convencido de que ha dejado huella.

Con estos dos planos, Chaplin está demostrando ser un extraordinario director de cine.

Charles Chaplin ha planteado dos ideas enfrentadas a partir de un sencillo juego de planos gemelos: la sociedad que le da la espalda a un vagabundo anónimo frente a la sociedad que admira al héroe que golpea a los símbolos más poderosos.

La fiesta de fin de año

Charlot vive su propia quimera. No es una quimera de oro, es una quimera de amor. Georgia y las demás chicas le han prometido pasar la noche de fin de año en casa y él lo ha preparado todo como si se tratase del más cálido de los hogares. Su pobreza no ha sido impedimento para cuidar hasta el mínimo detalle. Incluso ha comprado unos regalos con el dinero conseguido limpiando las entradas de unos establecimientos del pueblo y poniendo de manifiesto la picaresca de su protagonista.

Pero las chicas no se presentan y la espera es tan larga que se queda dormido. Es aquí cuando aparece uno de las imágenes con la que más se ha identificado a Chaplin: el baile de los panecillos. Charlot sueña que cena con las invitadas y les ofrece un espectáculo de danza hecho con unos tenedores y unos panes. El resto es obra de su mímica. Tanto es así que creemos estar asistiendo a la representación de un bailarín y nos olvidamos de que aquello está elaborado con herramientas caseras.

Charles Chaplin recreando el número de los panecillos.

A Charlot lo despierta el ruido que viene del burdel. De esta manera, descubre que esa noche sus invitadas faltarán a la cita. En este momento, con la solemnidad del Auld Lang Syne, Chaplin encadena una serie de planos que alternan la escena en la casa con la del salón donde Georgia y sus amigas celebran la Nochevieja rodeadas de la multitud habitual. Hay un contraste abismal entre ambos escenarios. Si uno es austero, apagado y solitario, el otro es abundante, luminoso y hay un corro con decenas de personas que se cogen de la mano. Sobre esto dijo José Luís Garci en su programa ¡Qué grande es el cine!, que no solamente se estaba filmando el nacimiento de un nuevo año, sino que se estaba filmando el nacimiento del cine. Es una metáfora muy hermosa sobre la trascendencia de esta película y hace justicia a la creatividad de Chaplin.

La realidad de la quimera del oro

Charlot y Big Jim han dado con el oro y ahora son millonarios (antes hemos asistido a una secuencia memorable a los pies de un precipicio que desafía los efectos especiales de la época). Visten ropas elegantes, van aseados y reciben las atenciones de la tripulación. Se trata de una escena en la que ambos caminan por la cubierta del barco y que está rodada mediante un traveling. Es una de las pocas ocasiones en la que la cámara tiene una clara intención de movimiento. Resulta llamativo que se utilice este desplazamiento después de haber filmado casi la totalidad la película en planos fijos. Parece que después de tantas adversidades en forma de nieve y desamor, la exaltación haya alcanzado también al equipo técnico.

Coincidiendo con este momento, Charlot descubre una colilla en el suelo y acude, de manera instintiva, a recogerla. Big Jim se lo recrimina y le ofrece una pitillera llena de cigarros. Los tiempos de la miseria ya han quedado atrás, pero por mucho que hayan cambiado las cosas, el protagonista no puede desprenderse de sus orígenes tan fácilmente. Charlot no puede ser otra cosa que Charlot.

Charlot y Big Jim pasean por la cubierta del barco hacia el final de la película.
Más allá de La quimera del oro

La quimera del oro fue el reencuentro de Charles Chaplin con el público. A diferencia de Una señora de París, la película sí tuvo la respuesta esperada y alcanzó unos grandes resultados en taquilla. Esta fue la prueba irrefutable de que con Charlot sus éxitos estaban garantizados y él se abrazó a su personaje hasta exprimirle la última gota. En mayor o menor medida y salvo excepciones, sus siguientes producciones estarían ligadas a él y a su inconfundible manera de entender la comedia. El circo (1928), Luces de la ciudad (1931), Tiempos modernos (1936), El gran dictador (1940) y Candilejas (1952) obedecen, en esencia, a ese mismo espíritu chaplinesco. El hecho de interpretar siempre el mismo papel no es una característica exclusiva suya, se ha dado con cierta frecuencia en todas las épocas. Posiblemente Clint Eastwood y Woddy Allen sean los ejemplos más recientes.

“La quimera del oro” fue la prueba irrefutable de que con Charlot los éxitos estaban garantizados y Chaplin se abrazó a su personaje hasta exprimirle la última gota.

El resto de la carrera de Chaplin es una batalla quijotesca contra las nuevas tendencias  cinematográficas. Al igual que entendió a la perfección que el mundo necesitaba más historias de Charlot, no quiso ver que el futuro de la industria estaba en el sonido. Él siempre creyó que sería una moda pasajera y que el mudo terminaría por imponerse definitivamente. De esta manera,  mientras que el séptimo arte pasaba del Antiguo al Nuevo Testamento en escasos años, él seguía filmando sus obras, plantándole cara a las nuevas tecnologías, convencido de que el alma del cine estaba en el silencio. Luces de la ciudad (1931) y gran parte, de Tiempos modernos (1936), son dos películas anacrónicas en un momento en el que el sonoro era ya una realidad asumida.

Para su siguiente proyecto, El gran dictador, Charles Chaplin terminó cediendo y aceptó hacerla de acuerdo a los medios establecidos. Sin embargo, no fue la suya una rendición en términos absolutos. Si repasamos la gran mayoría de los últimos títulos de su filmografía nos daremos cuenta de que jamás abandonó las singularidades del mudo y que el sonido, en ciertas ocasiones, quedó relegado a un segundo lugar.

Charles Chaplin se transforma en Charlot ante el equipo de rodaje de “La quimera del oro” en una fotografía publicada de su archivo.

Aunque quizás, el mayor drama de Chaplin no fuera la llegada del sonoro, ni una vida personal tormentosa, incluyendo persecuciones políticas a un lado y otro del Atlántico. Su verdadera tragedia se está viviendo en estos días, porque su obra está dejando de tener interés y está desapareciendo a un ritmo acelerado. Su presencia en los programas culturales es cada vez menor, solo hay que ver los espacios que las televisiones le dedican. Con este panorama no puede sorprenderle a nadie que comience a ser conocido casi exclusivamente por las fotografías de Charlot que decoran los marcos de las tiendas de casa, o por las paredes de ciertas cafeterías nostálgicas, y que se ignore la verdadera trascendencia de uno de los máximos creadores del siglo XX. Esta es una de las infamias de nuestro tiempo, condenamos a los clásicos al olvido.


Imagen de portada: Charles Chaplin con el equipo de rodaje de La quimera del oro en una fotografía publicada de su archivo.