Culebrones de calidad

  • Las series viven su época dorada y quieren competir cara a cara con las producciones cinematográficas. ¿Pero están a la misma altura? Mercedes Mendoza reflexiona sobre ello a colación del estreno de la última temporada de Juego de Tronos. 

Spoiler, quizás la palabra que más se repetirá de aquí al 19 de mayo, cuando por fin, tras ocho años de espera, se desvele quién ocupará el trono de hierro. Será un largo mes en el que todas las conversaciones quedarán eclipsadas por las historias de esta superproducción de HBO. Quienes no trasnochen para ver los episodios a la hora de su estreno en Estados Unidos tendrán que convertirse en parias sociales. Cualquiera puede ser el enemigo. Las redes sociales serán un campo de minas infranqueable, plagado de ingeniosos y repetitivos memes, mientras que los grupos de whatsapp se convertirán en una batalla, en la que los amigos lucharán por ser los primeros en ver el episodio y presionarán a los demás integrantes para verlo lo antes posible y así poder comentar cada detalle.

Spoiler a un módico precio.

La interacción face to face también está desaconsejada en estos días. En la cafetería de la oficina, el bar de la esquina, en la frutería del barrio… todo escenario es bueno para que algún listillo empiece a comentar los últimos pasos de los caminantes blancos y termine arruinándole los 50 (o incluso 80) minutos de absoluta intriga que lleva esperando casi dos años. Porque esos abusones de la HBO se han permitido incluso el lujo de dejarle 21 meses sin su dosis anual de la guerra abierta entre Lannisters y Starks y no va a permitir que nadie se la juegue. Encontrará el momento perfecto, se sentará en el sofá de su salón, apagará todas las luces, encenderá el ordenador/televisor y, ya sí, habrá pasado la prueba de fuego. Ahora usted también podrá volver a unirse a las conversaciones de los bares sin peligro alguno, podrá disfrutar de esos memes que inundan las redes, incluso mirar por encima del hombro a los desgraciados que aún no han visto el último episodio. Pero su felicidad durará poco. El domingo ya se estrenará un nuevo capítulo y tendrá que volver a empezar con el ritual.

Un producto que quiere presentarse como algo elevado y artístico no puede envolverse en un concepto tan vulgar. Lo delicado se arruina, no se destripa.

¿Qué ha pasado para llegar a esta situación en la que una serie marca nuestro ciclo vital? ¿Siempre fue así? ¿Cuándo comenzaron a postularse las series como el enésimo arte? Seguramente en el mismo momento en el que empezamos a utilizar el aséptico y anglosajón concepto del spoiler y dejamos atrás nuestro castizo destripar. Piénselo, ahora “echamos a perder” las series, mientras que antes se nos abrían en canal y se llegaba hasta las mismísimas entrañas. Todo mucho más gráfico, rudo y tosco. Pero tiene su explicación. Un producto que quiere presentarse como algo elevado y artístico no puede envolverse en un concepto tan vulgar. Lo delicado se arruina, no se destripa.

No se da cuenta de que está embarazada hasta que comienzan las contracciones. Un recurso nunca antes utilizado. Mad Men, AMC.

Vivimos la época dorada de las series: Mad Men, Breaking Bad, Homeland, Black Mirror, Orange is the new black, True Detective, Borgen… Incluso el denostado concepto del spin-off está viviendo su mejor momento con una serie como Better Call Saul que poco tiene que envidiar a su progenitora. Hasta las productoras españolas se han querido sumar a la fiesta con La casa de papel, que tras su adquisición por parte de Netflix se ha convertido en la serie de habla no inglesa más vista de la plataforma.

Gran parte del prestigio actual de las series es debido precisamente a Netflix. Ya en un artículo anterior de esta revista se explicó la historia de esta empresa líder del entretenimiento en streaming. Durante un tiempo se dedicó a distribuir el contenido que otros producían, como fue el caso de Breaking Bad, pero en 2013 decidió embarcarse en la creación de contenido propio y lanzó House of cards¸ el drama político que, a través del maquiavélico personaje Frank Underwood, muestra el lado más oscuro de la Casa Blanca. La apuesta tuvo su recompensa. 9 nominaciones a los Premios Emmy, convirtiéndose en la primera serie web en competir por los grandes galardones de la industria. Fue la primera de muchas series que el gigante online nos ha ofrecido. Y también ha sido la primera en volverse en su contra tras el escándalo de Kevin Spacey. Juzguen ustedes quién lleva razón en esta disputa.

¿Nos habla Frank o Kevin?

Pero si nos centramos en el caso de Juego de tronos hay que buscar los orígenes de su éxito en su propia casa, con Los Soprano y Roma. Un mafioso de New Jersey sufre una crisis de ansiedad tras presenciar cómo una bandada de patos abandonan su piscina. Con esta primera escena comenzó el auge de las series que querían competir al mismo nivel que las producciones cinematográficas. El éxito de Los Soprano fue gracias a la arriesgada apuesta de la HBO. Lejos de rodar un culebrón sobre gánsters, David Chase creó un drama con tintes cómicos en el que su protagonista se enfrenta a sus dilemas morales derivados de su modo de vida y su asfixiante relación con su madre, acudiendo semanalmente a charlar con su psiquiatra. Un enfoque totalmente novedoso, rodado con un ritmo pausado, algo impropio del formato televisivo y un altísimo presupuesto que permitió traer buenos directores y guionistas. El resultado: una serie que, aun quedándose en la pequeña pantalla, puede competir en otro nivel.

Así nos cautivó Tony Soprano. HBO

La HBO recogió buenos frutos durante las seis temporadas que duró Los Soprano y siguió produciendo grandes éxitos como A dos metros bajo tierra. Quizás Roma no sea de sus series más famosas, pero sin duda tuvo mucho que ver en la gestación de Juego de tronos. Sólo duró dos temporadas, pero ya tenía muchos de los elementos que tan “rompedores” nos resultan en la libre adaptación televisiva de las novelas de George R.R. Martin: desnudos integrales, violencia descarnada, relaciones incestuosas, intrigas palaciegas contadas en inteligentes diálogos y una interesante reflexión sobre la corrupción humana por sus ansias de poder. ¿Pero qué falló en esta serie? Su elevadísimo presupuesto. Para la primera temporada la HBO invirtió 85 millones de dólares, mientras que la BBC, también coproductora, ofreció 15 millones. La serie consiguió un pasaporte directo al podio de las series más caras de la historia. Pero el fallo estuvo en que sólo se habían acordado dos temporadas y la compañía británica no renovaba para una tercera. Además, los estudios en los que se rodaba se destruyeron en un incendio, por lo que HBO decidió cancelarla tras 22 episodios.

El personaje de Atia en Roma, claro precedente de Cersei. HBO.

Esta experiencia hizo que la productora estadounidense aprendiera de sus propios errores y que afrontara el nuevo reto de Juego de tronos con nuevas y mejores estrategias. Además, teniendo en cuenta la nueva coyuntura que se abría para las series y contando con una legión de fans que ya eran seguidores de las novelas, el éxito estuvo asegurado desde sus inicios y continúa intacto (o incluso incrementado) 8 años después.

No hay duda de que las series han experimento una revolución astronómica en los últimos 20 años. Son productos de calidad, con guiones cuidados, buenas interpretaciones y grandes directores a sus espaldas. No es extraño que suframos esa fiebre irracional cuando se acerca el final de uno de sus mayores y mejores especímenes. Pero las series nunca serán cine, pues siempre serán esclavas de los cliffhangers (el clásico “continuará”). No son un producto terminado y perfecto, sino que se secuencian en entregas y necesitan la fidelidad del espectador. Y para ello tienen que seguir utilizando el mismo recurso que los culebrones de toda la vida.

Las Atarazanas de Sevilla abrieron las puertas para los habitantes de Desembargo del Rey. Quizás pronto abran también para los sevillanos. HBO

Además, las series van temporada a temporada. No tienen escrito su final. Dependen de su éxito y de su audiencia para continuar produciéndose. Lo que puede hacer que acaben eternizándose y que las productoras estiren la trama mientras sigan generando beneficios. Todos tenemos algún ejemplo en mente. Para mí, uno de los más claros en los últimos años es Mad Men. Una serie que reúne todos los requisitos formales para ser un refinado producto televisivo, pero que al final acaba siendo un culebrón. Eso sí, un culebrón de calidad.

Las últimas temporadas han dejado de centrarse en luchas y pasiones humanas y han preferido dedicarse a algo más palomitero: dragones, zombies y eternas escenas de batallas.

Termina Juego de tronos. El hijo ha matado al padre. La serie ha adelantado a la saga de novelas y está creando su propia historia. No he leído la obra de George R.R. Martin, pero creo adivinar dónde comenzó el desligue. Las últimas temporadas han dejado de centrarse en luchas y pasiones humanas y han preferido dedicarse a algo más palomitero: dragones, zombies y eternas escenas de batallas. Ha seguido la calidad de la producción, pero se ha vuelto un culebrón fantasioso y predecible. Veremos qué nos depara esta última entrega. Yo mientras haré el ritual cada semana y me convertiré en una paria social. Pero serán sus capítulos los que determinen si finalmente es merecedora de la categoría de spoliers o de destripes.


En portada Jon Snow y Daenerys Targaryen. Juego de Tronos, HBO.