Guillermo Altares: “Ningún país puede estar orgulloso de su historia”

  • La historia de Europa como una crónica personal. Guillermo Altares atiende a Pílades para conversar sobre su último libro, Una lección olvidada. 20 postales de una historia personal a través de un continente tan violento como hermoso.

Se escuchan los teclados de fondo y los teléfonos no paran de sonar. La redacción de un periódico es emoción pura. A escasos minutos de que cierre su último artículo en EL PAÍS, Guillermo Altares nos atiende al otro lado del auricular. A pesar de un leve resfriado, nos concede esta entrevista con la mayor de las simpatías. Su voz suena a radio.

Hablar de Una lección olvidada, publicado en la editorial Tusquets, es conversar sobre Europa, el viejo continente cuya historia se repite. Confrontar sus retos futuros y sus desafíos presentes. Su libro, que con menos de un año de vida ya ha alcanzado cinco ediciones, se ha convertido en una guía personalísima por el territorio europeo. Mezcla la aventura y la rigurosidad. Hablar con Guillermo Altares es volver a viajar. Es volver a leer Una lección olvidada.

Una lección olvidada. Pero…¿alguna vez aprendida?

Sí y no. Yo creo que sí ha habido momentos en los que Europa ha sido muy consciente del peso de su herencia y de las catástrofes que podían aparecer, como cuando se construyó la Unión Europea. Fue un momento donde los dirigentes europeos, tras las cenizas de la II Guerra Mundial, en un continente devastado con problemas de vivienda, con minorías expulsadas, deciden que esto no podía seguir así. Entonces Alemania y Francia se reúnen y se crea la Unión Europea. Pero también fue una lección cuando en noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín. Se produce un acercamiento que culminará con la ampliación de 2005, pero que se sostiene antes con la unificación de Alemania, donde todos los países decidieron unirse para cambiar la desunión histórica.  

Ha habido momentos en los que Europa ha tenido el coraje de enterrar todas sus pulsiones nacionales para reconstruirse. El libro se pregunta si nos estamos olvidando de la esa lección.

Su libro es una mezcla entre un diario personal, una crónica de viajes y un ensayo histórico… en definitiva, una radiografía de Europa. Pero uno tiene la impresión de que lo que une cada capítulo, y la historia de Europa en sí, es la guerra.

Hasta 1945, sin duda. Y ahora tendemos a olvidar que en Ucrania hay una guerra. Hay un país europeo en guerra en estos momentos. Así, desde el inicio de los tiempos, porque no sabemos cómo los homo sapiens expulsaron a los neardentales o si se expulsaron solos. Hasta 1945, cuando empieza la construcción europea, todo se ha hecho con guerras, aunque es algo general en todo el mundo. La historia asiática, la Unión Soviética, la americana, todas ellas se han cuajado así. Es la historia de la humanidad.  Solo en la última parte del siglo XX la situación se ha calmado, y no del todo.

Una lección olvidada. Editorial Tusquets. Guillermo Altares

Poniendo la atención en el mundo clásico. ¿Usted cree que la esencia de Europa ya está en Grecia y en Homero?

Sin duda. Creo que Homero tiene varios aspectos fundamentales. El primero es la guerra. Pero también es la primera vez que se habla de compasión, de relaciones entre enemigos, en esa famosa escena cuando Príamo va a buscar a Aquiles para que le entregue el cadáver de su hijo Héctor. Príamo le dice que no puede tratar así el cadáver de su hijo. Habla como padre, de su obligación de enterrar a su hijo, tras ser arrastrado ante las murallas de Héctor. Luego Aquiles se compadece y se lo entrega. Es uno de los momentos bellos de la historia de la literatura. Una de las más grandes muestras de piedad.

Y también Ulises. Lo tiene todo: el sentimiento de nostalgia, el viaje por el Mediterráneo, la inmensidad, la aventura, la diversidad y la variedad de este mar. Siempre hemos estado viviendo de estas dos historias.

Tal vez los griegos han sabido estilizar la guerra, y Europa ha heredado esto. Eneas, por ejemplo, es uno de los primeros refugiados.

Sí. Eneas es el hombre que huye y funda la nueva Troya, los cimientos de Roma. Pero yo no diría que fueron solamente los griegos, sino también los romanos. Las huellas griegas son también importantes, aunque menores. Si uno va al puerto viejo de Marsella se encuentra con restos griegos. Pero si viaja desde el sur de Francia a España hallará carteles que indican antiguas calzadas romanas. Y cuando se recorre Cerdeña de norte a sur coincide perfectamente con una vía romana. No solamente ahí. También lo tenemos en la Castilla más profunda, con las villas romanas, donde se demuestra que ya era una potencia agrícola inmensa. Como Sicilia. Por eso es cierto que nuestras raíces se deben a Roma y Grecia.

“En la Ilíada es la primera vez que se habla de compasión. Un aspecto fundamental de nuestra cultura europea”

Como Britania. Le suelen preguntar sobre el Reino Unido… Lo cierto es que uno de los capítulos más bellos de su libro es el dedicado a Cirencester y el pasado latino de Inglaterra. Y de ahí, al Brexit.

Estuve en Cirencester y tengo una visión contradictoria. Por un lado, me encanta Inglaterra y forma parte de la historia de Europa de manera intrínseca. Cuando uno va a Penzance, el famoso lugar de los piratas, en las cosas de Cornualles, justo al lado de donde tiene la casa John Le Carré, encuentra la costa llena de carteles que conmemoran la invasión de los españoles, como venganza de los ingleses contra el asedio de Cádiz. Y si se viaja por la región de Perigord, en el centro de Francia, descubrirá que numerosos castillos ingleses de la guerra de los Cien Años. Uno se pregunta sobre esos castillos y se queda sorprendido al descubrir que son ingleses. Es también la historia de Juana de Arco. Europa está llena de ingleses. Y Cirencester es un ejemplo. Fue la segunda ciudad tras Londres durante la romanización. Pero cuando se marcharon los romanos, la ciudad fue abandonada para huir al campo, ya que era peligroso quedarse en las urbes. Ocurre lo mismo con el muro de Adriano, donde uno encuentra testimonios arqueológicos. Incluso cartas.

Pero por otro lado, los británicos nunca han estado a gusto en la Unión Europea. De hecho, De Gaulle les dijo dos veces que no. Los británicos tienen una mirada atlántica, diferente con respecto a Europa. Clarísimamente. No aceptaron Schengen ni la moneda única. En este contexto, el Brexit tampoco es una aberración. Pero lo que plantea esta situación es que algunas ciudades se comportan como países diferentes, en muchos puntos de la historia de Europa. No tengo claro que Londres sea la capital de Inglaterra, sino un país dentro de Inglaterra. También podría suceder con Madrid, Barcelona, Valencia, Nueva York, Los Ángeles… ¿Son ciudades o países? Es difícil responderlo.

La mayor parte de Inglaterra está a favor del Brexit, pero Londres no. Igual que en E.E.U.U., ninguna ciudad de más de un millón de habitantes votó a Trump. Ni siquiera Dallas o Houston, que son ciudades tradicionalmente republicanas.

En Europa, las diferencias entre campo y ciudad se agudizan. El otro día charlaba con una amiga historiadora y llegábamos a la conclusión de que es un hecho que ya sucedía en Roma y en la Edad Media. Las ciudades eran otra cosa.

Avanzando en el tiempo, hablamos mucho del pasado islámico que ha tenido Europa, sobre todo en la Edad Media. Si se observa la actualidad, ¿son indisociables la tradición islámica y cristiana en el continente?

Han convivido mucho más de lo que pensamos. Se están estudiando los intercambios comerciales entre Al-Ándalus y la España cristiana y eran gigantescos. España fue musulmana durante setecientos años. Si uno va a un cafetín en Marruecos y a un bar de pueblo en España, salvo el detalle del café por la cerveza, se parecen muchísimo. Y no solo en España. En todos los Balcanes hay una presencia musulmana enorme. Se sabe poco, pero en Bulgaria hay una minoría turca búlgara que suma en torno al 15 por ciento. Fue determinante en la entrada de Bulgaria en la Unión Europea porque apoyaron muchísimo al gobierno para que pudiesen negociar el ingreso. Por no hablar de Bosnia, Albania y Kósovo. El Sandžak es una región serbia de mayoría musulmana.

Mas luego, hay muchos países europeos donde hay musulmanes de tercera, cuarta y hasta quinta generación. Y que Argelia fue un departamento francés, y no una colonia. Era tan francesa como Aquitania. Hay una herencia religiosa monoteísta que se impuso sobre el politeísmo (hecho con el que yo creo que salimos perdiendo, pero eso es otra cuestión). Pero luego está la herencia de las dos religiones, que impregna toda la historia de Europa. En mayor parte con los cristianismos, porque no solamente fue la religión católica, sino también la protestante. Así que podemos decir que el Islam es una religión europea. Muchos europeos, musulmanes, han nacido en Europa.

“Podemos decir que el Islam es una religión europea. Muchos europeos, musulmanes, han nacido en Europa.”

¿Y la convivencia actual entre ambas?

Comparado con lo que hemos visto, es relativamente buena. Hay un debate entre los historiadores sobre si el terrorismo del ISIS responde a una tradición nihilista o yihadista-islamista. En Europa siempre ha habido terrorismo, de muchas formas, que ha querido destruir la sociedad. Nosotros en España lo hemos vivido, desde el siglo XIX con los movimientos anarquistas. En el Úlster también. Pero en general, hay muchas ciudades europeas donde se produce una buena convivencia entre las religiones. No es siempre fácil. Digamos que hay un fenómeno que a mí me parece especialmente preocupante, que es el antisemitismo. Hay un problema grave de antisemitismo en Europa. Los judíos se sienten cada vez menos seguros, y tienen razones para pensarlo. Hay barrios donde ir con la kipa sería un problema. Es el síntoma de algo que, evidentemente, no funciona. Y parte de ese antisemitismo tiene que ver con el islamismo radical y el yihadismo. Pero si miramos la gran pintura, y sobre todo, si comparamos la Europa actual con la de las guerras de religiones o la reconquista, la convivencia es bastante ejemplar. Siempre hay una minoría que la envenena. Pero observando las grandes urbes europeas, lo comprobamos.

Guillermo Altares.

Ahora ya no hay obispos que digan: “Matadlos a todos…”

Que Dios elegirá a los suyos”

Ese capítulo de su libro, el número 6, dedicado a Albi y la herejía cátara, me ha resultado muy interesante. Se narran acontecimientos espantosos, pero uno tiene la necesidad de coger la mochila y visitar todos aquellos lugares.

Sí, en efecto.

Hablamos de la gran ausente en su libro, Estambul. ¿Se renuncia a hablar de ella como ciudad europea?

No. Pero te confieso que no conozco Estambul. He estado dos veces en Ankara por cuestiones de trabajo, y te confieso que es una ciudad que no me gusta nada Me planteé incluirla en el libro, pero era empezar de cero. Necesitaba estudiar mucho para encontrar una historia de la ciudad que me interesase. Todos tenemos asignaturas pendientes en la vida, y yo no conozco ni Buenos Aires ni Estambul. Espero solucionarlo en breve. Iría encantado a Estambul. Si alguna vez hago una segunda parte del libro, sin duda la incluiría. Al igual que me hubiese encantado incluir Sofía, como ejemplo de convivencia multicultural que funciona muy bien.  

Visitar Estambul tiene fácil solución. Pero según usted, ¿Qué ciudad o lugar responde mejor al espíritu europeo?

Hay varios. Me gustan mucho los lugares donde han desaparecido las fronteras. Te diría la frontera entre Francia y España, que ya no existe, cuando suponía una odisea cruzarla. Yo lo recuerdo de niño, en los años setenta. Ahora uno camina tranquilamente de Port Bou hasta el otro lado, Cerbère. Pero creo que la urbe más europea de todas es París, y por muchos motivos. Es una ciudad multicultural desde hace mucho tiempo, donde se mezclan todas las culturas de Europa y todas las influencias que tienen un profundo lado oriental, por la presencia musulmana. Donde hay restaurantes de todo el planeta. Y ha sido un imán para artistas y pintores desde hace mucho tiempo. Sin duda sería París.

Usted cubrió para el diario EL PAÍS los atentados del Bataclan en París…

Sí, allí estuve.

“Me parece un disparate tratar de juzgar con el punto de vista del nacionalismo del siglo XXI cosas que ocurrieron en el siglo XV”

Centrándonos en España, vivimos en los últimos años una polarización extrema entre los que piensan la historia de nuestro país como una atrocidad histórica constante y aquellos que justifican todo como una manipulación de la Leyenda Negra.

Lo veo una polarización del siglo XIX y un completo disparate. Y soy un admirador del libro de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra (Siruela) y lo leí con muchísimo gusto. De hecho le pedí que colaborase en EL PAÍS. Pero hay discursos que no puedo entender. Una cosa es decir que la Leyenda Negra tiene una parte de invento del norte de Europa para perjudicar a España como país católico y otra cosa es blanquearla y que parezca que la Conquista de América es lo mejor que le pasó a los indios, cuando sólo sobrevivió uno de cada 25 a causa de las enfermedades.

Lo que me parece un disparate es tratar de juzgar con el punto de vista del nacionalismo del siglo XXI cosas que ocurrieron en el siglo XV. Claro que los españoles fueron unos salvajes. Pero también los ingleses y los alemanes. Durante la Guerra de los Treinta años, que fue la gran explosión de las guerras de religión, en algunas ciudades europeas murió el 40% de la población. Fue tan salvaje, que en la Paz de Wetsfalia se dijo por primera vez que no tenía sentido pelearse por la religión, porque no había remedio. Se dan cuenta de que si no, destruyen la población de Europa.

Igual que lo que hicieron los españoles en Flandes. Los alemanes en las partes católicas de Alemania y en la República Checa. Los países nórdicos en Alemania. De hecho, hay una palabra alemana, que es el nombre de una ciudad, que significa saqueo. Realmente, interpretar el pasado de una forma gloriosa es absurdo. Evidentemente, la Conquista de América fue una salvajada. Pero es que todas las conquistas lo son. Es una polémica que nos supera totalmente. ¿Yo por que voy a ser responsable de la España del siglo XVI? ¿Por qué voy a estar orgulloso? Ningún país puede estar orgulloso de su historia. ¿Cómo era la España del siglo XVI? Acababa de expulsar a los judíos, estaba a punto de iniciar las guerras contra los moriscos. Conquistaba medio mundo mientras lo destruía. Todos los países han generado esos mitos, el problema es que lo han hecho en el siglo XIX y XX. En la edad dorada del Western, primero en la literatura y luego en el cine, hasta los años sesenta, es cuando se empieza a vislumbrar la destrucción que se le hizo a los indios. En ese momento se refleja muy bien este hecho. Es un debate absolutamente anacrónico. La historiografía no va por ahí. No se trata de glorificar el momento. Eso lo hace Kipling, que es un autor de hace siglo y medio.

¿Está de acuerdo con la idea que ya apuntaba Unamuno de que España tiene una historia diferente y aislada de la Europa?

No. España es absolutamente un país europeo. Como Inglaterra, cuyas relaciones han estando siempre en conexión con el continente. Ha sido invadida por los franceses y se ha disputado medio mundo con las otras potencias europeas. Ahí tenemos las guerras de Flandes. Pero hay un hecho definitivo para entender las relaciones y la implicación de España con Europa. Es el románico. Cuando uno observa el románico y el gótico se da cuenta de que forma parte de la misma Europa. El Camino de Santiago es un claro ejemplo. Son las mismas corrientes, presentes en el centro de Francia, en Italia, y también en España. Luego es verdad que hay un momento, después de la Guerra Civil, donde Europa avanza muchísimo hacia la democracia, y España y Portugal quedan atrás hasta los años setenta. Pero es un país Europa con una historia imbricada en Europa.

San Martín de Frómista, ejemplo de románico en la ruta hacia Santiago.

Tal vez nos falte a las nuevas generaciones esa perspectiva de la historia. Hemos nacido en plena democracia y tenemos todos los privilegios que tanto ha costado tener. ¿Cómo lo ve usted?

Tiendo a ser muy optimista. Ahora sabemos más de lo que hemos sabido nunca. Por eso me preocupa tanto esta especie de oleada de manipulación que está viviendo la historia. Yo creo que tenemos acceso a más fuentes de información, a más libros, a más capacidad de estar al día que nunca. En los temarios de historia, cuando yo era niño, nunca se llegaba al presente. A mí siempre me interesaba la II Guerra Mundial y no se estudiaba. Si uno mira los índices de analfabetismo en España de hace cincuenta años comprueba que eran espeluznantes. En la actualidad, creo que no conozco a ningún analfabeto. Los santos inocentes es un libro que trascurre en los ochenta, y pone los pelos de punta. Es muy importante examinar las cosas en perspectiva. El aumento de la educación hace que seamos un país más culto que antes, lo que no evita que no nos metamos en líos.

Le quiero hablar de dos países que aunque no son protagonistas en el libro, sí están latiendo en él. El primero es Israel. ¿No es el Estado de Israel una proyección de Europa en Oriente Próximo?

Sí, bastante. De hecho, hay toda una parte de la cultura judía europea que, junto a Cracovia, Budapest y París, uno encuentra en Israel. Yo he escuchado ladino en Bulgaria. Pero el lugar donde más se habla es en Israel. Es una proyección de Europa, pero también tiene un peso oriental importante. La mayoría de los fundadores del Estado de Israel provienen de una Europa de la que tuvieron que huir.

El siguiente es Rusia. Su libro empieza con una experiencia personal en un tren de Budapest, hace treinta años, antes de la caída del Telón de Acero, donde necesitó el pasaporte en una estación.

Ha sido una de las veces que he visto cambiar la historia. Yo estuve con veintiún años en la U.R.S.S. y visité Leningrado y Moscú. He visitado también Europa del Este, Hungría y Yugoslavia. Y la Budapest comunista con respecto a la actual da la perspectiva perfecta de los cambios de la historia. Otro mundo diferente al de ahora.

Hablando de la cultura, el viaje que nos propone en su libro es también un viaje a través de su arte y de los artistas que ha tenido el continente.

Hablo mucho de sus escritores y pintores… pero me falta la música. Esto no lo pongas en la entrevista.

¿No lo pongo, entonces?

Sí, es una broma, lo puedes poner. Me di cuenta de que me hubiese gustado incluir algo de música, a Bach o a Mozart. Pero sobre todo es un viaje a través de la literatura y de los grandes historiadores europeos. Yo no soy historiador, sino un escritor, y por eso me he apoyado en muchos de ellos. Mi libro está tan lleno de libros porque mi deber era citar a los que me han ayudado a descubrir esos hechos. Cualquier viaje por Europa es un viaje cultural.

“Mi libro está tan lleno de libros porque mi deber era citar a los que me han ayudado a descubrir esos hechos.”

Ha dicho que su libro está lleno de libros. Precisamente, cuando uno lo lee, tiene la sensación de estar leyendo también otros libros…

Es algo que me gusta mucho que me digan. Cuando terminé de escribirlo tenía muchas dudas por si tenía demasiadas citas, pero siento que funciona con los lectores. Es algo de lo que me siento orgulloso: poder haber desarrollado tantos años de estudio sin que se haga pesado.

Me refiero incluso a algo más profundo que trasciende las citas. Cuando, por ejemplo, se lee el capítulo de 11 “La ciudad de las revoluciones, París”, uno se siente muy ligado a Zola y a Víctor Hugo.

Sí. El otro día leí a Andrés Trapiello y dijo que muchos historiadores cuando querían de verdad saber lo que había ocurrido en momentos clave del siglo XIX recurrían a los Episodios Nacionales de Galdós. Al final, Galdós hace lo mismo que Zola o Balzac. Trazan un perfil de las sociedades en las que viven mucho más inspirador que los propios historiadores. Es verdad que si uno quiere entender la España del siglo XIX, las novelas son instrumentos tan útiles que cualquier historiador. Y lo mismo podemos decir de los escritores franceses, incluido Víctor Hugo.

“Galdós traza un perfil de las sociedades en las que viven mucho más inspirador que los propios historiadores”

Pero no siempre la cultura en Europa ha sido sinónimo de libertad y democracia. Tenemos el ejemplo en la República de Weirmar.

Cuando decía anteriormente que las sociedades más cultas pueden engendrar monstruosidades me refería a Alemania. La república de Weimar es uno de los momentos de mayor libertad que ha existido nunca en Europa, entre los años veinte y treinta, hasta que llega Hitler al poder. Se tardó mucho en encontrar una libertad similar a la de Weimar, y todo eso queda arrasado por personas que en muchos casos eran muy cultas. A veces la cultura ha sido absolutamente peligrosa. Pero, en líneas generales, si uno piensa en los grandes novelistas europeos, en Cervantes, en Dickens o en Zola, se demuestra que han hecho avanzar nuestro mundo. Nuestra sociedad no sería la misma sin Dickens. Es el que nos dice que tenemos un problema, que lo que estamos haciendo está muy bien, pero como sociedad tenemos un problema. Sin ellos nuestra conciencia ante los problemas sería peor. Incluso Víctor Hugo. Los miserables es una gran obra sobre la desigualdad. El protagonista es alguien que nace pobre y que está condenado a esa condición. Vive huyendo. Incluso cuando llega a ser rico debe seguir huyendo.

En muchos fragmentos de su libro tenía la sensación de que me iba a encontrar a Corto Maltés.

Soy un fanático de Corto Maltés. De hecho, el primer artículo que escribí en EL PAÍS, en el año 92, fue sobre Corto Maltés. He leído todos sus libros infinidad de veces. Sé muchísimo sobre Hugo Pratt. Me alegra que me lo digas porque es una profunda fuente de inspiración, en la vida y en todo. No sé concebir el mundo sin haber leído Corto Maltés.

La última es compleja… ¿Qué le ha sido más difícil, reunir toda esta cantidad de información en Una lección olvidada, o debatir todos los viernes en LA CULTURETA con Rosa Belmonte, Sergio del Molina, Rubén Amón y Carlos Alsina?

Debatir en LA CULTURETA es facilísimo. Nos llevamos muy bien. Además, cada uno ha adoptado un rol. Me he hecho amigo de Sergio y de Rosa, pero con Rubén la amistad me llega a través de nuestros padres. Para explicarte el grado de complicidad que tenemos, llevo toda mi vida conociendo a Rubén. El libro, más que escribirlo, lo que más me ha costado ha sido documentarme.

Gracias Guillermo por su tiempo.

A ti.

“No sé concebir el mundo sin haber leído Corto Maltés.”

Foto de portada: Cristóbal Manuel. EL PAÍS