Historia silenciada de la mujer IV: la sociedad medieval (II)

  • Cuarta entrega de la “Historia silenciada de la mujer”. En esta ocasión Jesús Ramírez Álvarez se detiene en la Edad Media para mostrarnos las luces y las sombras de la sociedad cristiana.

En esta cuarta entrega de la serie en la que estamos tratando sobre la evolución histórica de la condición femenina en nuestra civilización toca hablar sobre las mujeres cristianas en la Edad Media. Tras realizar algunas consideraciones generales, recorreremos de arriba abajo la escala social, puesto que, como puede suponerse, en la Europa cristiana la situación de cada mujer dependió en buena medida de su posición social y nivel socioeconómico, al igual que en cualquier época histórica, la nuestra incluida.  

Las mujeres cristianas en la Edad Media padecían una situación discriminatoria y opresiva, aunque en honor a la verdad también hay que añadir que se observa alguna diferencia favorable en lo que se refiere a su estatus jurídico, si lo comparamos con el de las musulmanas y judías de su tiempo.

En líneas generales, y perdonen ustedes la obviedad, se puede afirmar que dichas mujeres padecían una situación discriminatoria y opresiva, aunque en honor a la verdad también hay que añadir que se observa alguna diferencia favorable en lo que se refiere a su estatus jurídico, si lo comparamos con el de las musulmanas y judías de su tiempo. Y es que el Derecho Canónico reconocía oficialmente la plena igualdad de ambos sexos, proclamada desde los comienzos del Cristianismo. Ello suponía, entre otras cosas, la exigencia del libre consentimiento de ambos contrayentes en la celebración de los matrimonios, por más que éstos hubieran sido concertados por el padre de la novia y el de su futuro marido. O sea, la mujer tenía que dar el “sí, quiero”, exactamente igual que el hombre. Además las mujeres cristianas tenían una alternativa de vida en la que el hombre no desempeñaba papel alguno, que era dedicarse por completo a Dios, como monjas. Ciertamente a las personas de nuestro tiempo nos es difícil digerir esta idea, la de concebir el apartamiento del mundo, la voluntaria renuncia a cualquier forma de placer o, en una palabra, la elección del convento entendido como recurso de liberación femenina en contraposición a la servidumbre o subordinación hacia el hombre. Pero, por extraño que parezca, así se lo parecía a no pocas mujeres de hace quinientos, mil o incluso más años.

Las damas ocupaban el estrato social más alto en la Edad Media

En la cúspide de la escala social se encontraban las pertenecientes al estamento nobiliario, las damas. Esta palabra procede del latín “domina” (“dominus” en masculino) y significa “ama, señora”. “Madame” o “madama” se traducen de forma literal por “mi señora” en francés e italiano, respectivamente. Es fácil suponer que estas damas, nacidas en el seno de familias aristocráticas, contaban desde su infancia con ciertos privilegios, pues recibían una formación que incluía el aprendizaje de la lectura y escritura, rudimentos de aritmética, economía y música, así como los modales propios de su estatus superior (la cortesía). Cuidaban mucho su imagen para diferenciarse del resto de mujeres, por lo que vestían lujosos vestidos y se adornaban con joyas. Numerosas criadas estaban a su servicio y cuando la dama era soltera o viuda, ostentaba un gran poder pues ejercía de “señora feudal” a todos los efectos, encargándose de la administración y protección de las posesiones familiares.

El matrimonio Arnolfini, Jan van Eyck (siglo XV). National Gallery, Londres (Inglaterra)

Solamente un escalón por debajo de las anteriores estaban las mujeres burguesas. Nos referimos a las hijas, hermanas, esposas o viudas de los dueños de negocios artesanales, comerciales o financieros que daban vitalidad económica a las ciudades, a quienes había que añadir a los que hoy denominamos “profesionales liberales” especializados en determinados servicios de alta cualificación a la sociedad (abogacía, medicina, escribanía). También estas mujeres debían contar con la formación necesaria para hacerse cargo del negocio en caso de ausencia temporal o permanente del hombre. Debemos aclarar que en los estados hispánicos medievales eran pocos los cristianos que se dedicaban profesionalmente a dichas actividades, pues éstas estaban muy desprestigiadas por estimarse como propias de moros o de judíos, muy en particular la labor de prestamista (recordemos que el Cristianismo condenaba la práctica de la usura como un grave pecado). Esta consideración social tan negativa permaneció en la conciencia colectiva largo tiempo después de la expulsión de los judíos (1492) y tuvo una notable incidencia en el atraso español respecto a Europa Occidental en la aparición de la Revolución Industrial y el desarrollo del capitalismo.

Las monjas eran, con diferencia, las mujeres que más posibilidades tenían de acceder a la cultura, algunas incluso podían aprender el latín y el griego y escribir obras literarias. Este es el caso de Hildegarda de Bingen o de Santa Teresa de Jesús.

Las monjas eran en la Edad Media mucho más abundantes de lo que son en la actualidad. Con independencia de su vocación espiritual, algunas de ellas elegían ese tipo de vida apartada del mundo porque eran “segundonas” en una familia de pocos recursos, de ahí que no pudieran contar con la dote suficiente para casarse. O también porque fuese una mujer que había cometido lo que entonces se consideraba un grave pecado, por lo que para redimirse la “pecadora” se encerraba en un convento. Y no era infrecuente que se tratase de una fémina que no estaba conforme con el matrimonio que habían negociado sus padres para ella y, como no se avenía a transigir con la voluntad paterna, el monjío era su única salida honorable, y también para su familia. Las monjas eran, con diferencia, las mujeres que más posibilidades tenían de acceder a la cultura, algunas incluso podían aprender el latín y el griego y escribir obras literarias. Este es el caso de una alemana del siglo XII, Hildegarda de Bingen, que puede citarse entre las personas más cultas de su tiempo. Fue abadesa, compositora, escritora e impulsora de reformas en la Iglesia. Por cierto que hace bien poco, en 2012, el papa Benedicto XVI la canonizó (es desde entonces “santa Hildegarda de Bingen”) y le otorgó el título de “Doctora de la Iglesia”. Otra monja que desarrolló una labor extraordinaria en distintos campos culturales, especialmente la Teología y la Literatura, fue Santa Teresa de Jesús (o de Ávila), aunque su vida transcurre ya al comienzo de la Edad Moderna (siglo XVI).

Retrato medieval de Hildegarda de Bingen.

Una situación muy especial era el de las llamadas “beguinas”, que eran mujeres laicas aparecidas en el siglo XII. Pese a no ser monjas, solían hacer vida en común y dedicaban su tiempo a labores humanitarias, como cuidar enfermos, pobres y huérfanos. Su máxima aspiración era llegar a tener una relación directa con Dios, en lo que es un claro antecedente del futuro misticismo. Ese planteamiento vital tan diferente y alejado de la Iglesia oficial les ocasionó múltiples problemas y condenas por parte de la jerarquía eclesiástica  (incluso le costó la vida a una célebre beguina francesa, la escritora Margarita Porete, acusada de herejía y ejecutada en la hoguera en 1310). Las beguinas hicieron además una aportación de extraordinaria importancia a la cultura: traducir a las lenguas vulgares los libros religiosos que estaban en latín. De hecho, están consideradas por los filólogos como un elemento clave en la aparición de la literatura en algunas lenguas modernas, como el alemán o el francés.

En cuanto a las mujeres campesinas, la inmensa mayoría, lamentablemente para ellas sus posibilidades de recibir educación eran escasísimas, por no decir nulas. A lo más que podían aspirar era a acceder a alguna de las escuelas elementales ubicadas normalmente en conventos de ciudades y pueblos, donde aprendían oraciones, canciones y costura.

En cuanto a las mujeres campesinas o menestrales (obreras urbanas), que eran la inmensa mayoría, lamentablemente para ellas sus posibilidades de recibir educación eran escasísimas, por no decir nulas. A lo más que podían aspirar era a acceder a alguna de las escuelas elementales ubicadas normalmente en conventos de ciudades y pueblos, donde aprendían oraciones, canciones y costura. Tanto si eran casadas como en las demás situaciones personales y familiares, debían compaginar las labores domésticas (que se consideraban propias de su naturaleza femenina, idea que sigue coleando hoy en día en nuestra “moderna e igualitaria” sociedad) con el trabajo fuera de la casa, bien en el campo o bien en talleres o comercios. Muy habitual era el oficio de criada o empleada doméstica, que entonces, al igual que ahora, estaba poco reconocido y peor remunerado. La construcción fue otro sector que dio trabajo a muchas mujeres, como se demuestra en los libros de cuentas de las obras de varias catedrales de los siglos XIV y XV, en los cuales aparecen los nombres, oficios y salarios que percibían quienes intervenían en la edificación. Es significativo que en esas relaciones o listas unas veces aparezca únicamente el nombre de las obreras (sin apellido), pero aún más habitual era el anonimato. Esto es lo que sucede en los libros de cuentas de las obras de la antigua Catedral de Zaragoza (“la Seo”), correspondientes al periodo que va desde 1376 a 1401, que fueron estudiados por el catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza Germán Navarro Espinach, y en los que encontramos apuntes como los siguientes: “mujer que lamina el yeso”, “mujer que ayuda en la obra”, “mujer que limpia donde se empareda el ladrillo”. Es decir, las mujeres obreras estaban tan menospreciadas que en esas listas no figura ni siquiera su nombre, a diferencia de los varones. Y, naturalmente, es algo obvio que se encargaban de las faenas menos cualificadas, las más duras y peor pagadas, pues sistemáticamente su salario se reducía a la mitad de lo que cobraban los peones varones.

En este rápido y breve análisis de los distintos grupos sociales en la Edad Media no podíamos dejar de citar a las mujeres que ocupaban el último escalón, el más bajo, el de las prostitutas. Vivían normalmente en barrios extramuros y estaban permanentemente expuestas a las enfermedades venéreas y a sufrir violencia y escarnio público. Además debían vestir ropas diferentes a las de las demás mujeres, de colores llamativos. A pesar de constituir un grave pecado, la prostitución estaba considerada por la sociedad medieval como un mal necesario (nada menos que San Agustín de Hipona, el más influyente y respetado de los “Padres de la Iglesia”, opinaba que “si se eliminase la prostitución de la sociedad, se desestabilizaría todo debido a los deseos carnales”). De ahí que fuese tolerada y sometida a reglamentos municipales. Incluso hubo concejos (ayuntamientos) que llegaron a fundar sus propios prostíbulos, de cuya lucrativa actividad se llevaban un porcentaje de los beneficios. Ya se sabe que “business are business, aunque estos negocios estén reñidos con la moral.

Representación de un burdel de la Edad Media.

Cabe preguntarse hasta qué punto las mujeres medievales cristianas aceptaban de buen grado su condición discriminada. Los datos objetivos inducen a pensar que la inmensa mayoría de ellas opinaban que sí: todo, absolutamente todo, les hacía considerar “normal” o “natural” esa situación subalterna que padecían, empezando por los valores que recibían de sus propias madres. Pero hubo alguna excepción a esa regla general, siendo el caso más sonado el de la veneciana Christine de Pizán, que vivió entre los siglos XIV y XV y que está considerada como precursora del feminismo. Sí, por difícil que parezca, hubo algunas que fueron auténticas heroínas en un universo conformado por y para los hombres y, en consecuencia, tan poco propicio para ello.

De Christine de Pizán y de otras mujeres medievales que contra viento y marea destacaron en diferentes campos de la cultura, la política, la ciencia y las artes, trataremos en nuestro próximo encuentro, si tienen ustedes la bondad de seguir leyendo esta serie.


Imagen de portada: María en el huerto cerrado con santos, Anónimo (1410). Museo Städel, Fráncfort del Meno (Alemania)