Yasunari Kawabata: El rumor de la montaña

  • La novela del premio Nobel japonés muestra con un estilo sutil y delicado el valor de aquello que se esconde tras la cotidianeidad y la rutina.

Cierro el libro con un pequeño golpe. El olor del papel me llega a la nariz. Los libros viejos huelen a vainilla, los nuevos a tinta y papel industrial. Pero todos me gustan. Levanto la mirada y me quedo pensativo, mirando el reflejo del sol en el bloque de edificios que tengo enfrente de mi ventana. El rumor de la montaña –Kawabata, Yasunari. Planeta, 2007, original de 1954 – es una fuerza de la naturaleza que atrapa a los despistados. Para escucharlo es necesario empezar a tener alzheimer, estar embobado, alelado, o sentir alguna tristeza profunda. En cualquier caso es un sonido que no escucha cualquiera.

Los valores milenarios japoneses brillan en esta novela como reflejos en la nieve. Místicos pero secos.

Ogata Shingo la escucha. Es un anciano lúcido y senil, frío y sensible, un patriarca japonés en toda regla. Dueño de una solvente empresa en la que trabaja su hijo, se siente responsable de los problemas e inmoralidades del mismo, de las de su nuera, de las de su hija… Es esa figura de cabecilla familiar a la que todos acuden cuando tienen un problema, y si no acuden, no pasa nada, porque será él el que se encargue de meter sus narices en todos los asuntos, sin importar si son bienvenidas o no. Porque Shingo es un anciano, pero aún tiene fuerzas para cuestionar y dirigir todas las relaciones de su familia, a pesar de su constante fracaso. Por eso escucha el rumor de la montaña. Por eso se queda embobado. Además, los problemas familiares no son los únicos que le atosigan. La antigua belleza femenina -esa eterna Beatrice, esa máscara juvenil y perversa, ese aroma que tantas veces se repite en la literatura, en los hombres mismos, de una mujer como salvación, como pureza-, esa mujer que dejó atrás, cuando murió su amor juvenil, vuelve ahora para asentarse en su propia casa, pero en forma de un pájaro salvaje; de una nube; inalcanzable.

Paisaje de Kamakura, ciudad donde se desarrolla la historia. Kuroda Seiki, Tokyo National Museum.

Estos japoneses, siempre igual. Sus valores milenarios brillan en esta novela como reflejos en la nieve. Místicos pero secos. Apasionados en los sentimientos, contenidos en las acciones, sutiles en las palabras. Toda la novela es una ceremonia del té. Parsimoniosa, delicada. Un poco fría. Me parece que Yasunari Kawabata es consciente de esto en alto grado, y lo explota. ¿Por qué occidentalizarnos? parece decir. Constantemente debemos sacar nuestras propias conclusiones, porque el lenguaje de la novela no es claro en cuanto a la intención del autor. La prosa sí lo es, sin duda. Breve, rápida, bella pero contenida. Nada de Wagner, nada de Nietzsche, nada de Lorca. Sobria y perfecta como el pescado crudo: no necesita más. Pero la intención del autor permanece igual de opaca. Creo que a los japoneses les gusta más insinuar que enseñar. Mostrar que decir. Al menos en los que cumplen con el arquetipo de japonés que vemos en las muestras de su cultura: cine, literatura, poesía. No es la primera vez, cuando leo una novela de Kawabata, que me pregunto: ¿Qué estoy leyendo? ¿Por qué me cuenta ésto? A ver, la novela es costumbrista. Una familia tradicional se enfrenta a problemas sencillos: infidelidades, embarazos no deseados, matrimonios rotos. Nietos, problemas económicos, qué hacemos con las crías de la perra. Mientras, el anciano –sinónimo de consciencia, de reflexión, de espíritu sin apenas ya cuerpo- reflexiona sobre la vejez, sobre la belleza perdida y ya inalcanzable, sobre su vida y la naturaleza. Poco más encontramos explicitado en la novela. ¿Dónde radica su mayor virtud entonces? En que su costumbrismo forma parte de la meta-novela. La forma misma en la que está escrita, la silenciosa belleza del lenguaje, el lento desplome familiar, como el otoño del cerezo. Todo ello es bello y exótico, sobre todo para nosotros, occidentales, acostumbrados a la tragedia griega, a la picaresca española, a las pasiones desmedidas, Juana la loca, los arrebatos, ¡arg! al joven Wether. Ésta novela está tan lejos de estas referencias occidentales como lo está el sushi del cocido.

Creo que a los japoneses les gusta más insinuar que enseñar. Mostrar que decir.

No conozco demasiado de la literatura japonesa, lo confieso. He leído a Yasunari Kawabata, a Yukio Mishima, a Haruki Murakami, Junichiro Tanizaki y algo de Natsumi Soseki. No es demasiado para hacer un juicio sobre la literatura japonesa que se acerque siquiera a ser válido. Pero qué coño. De lo que he leído, me parece que Kawabata, y concretamente El rumor de la montaña, es el que mejor representa el espíritu japonés, al menos en la expresión de su identidad tradicional. Cada libro que leo de Kawabata me hace sentir que conozco más qué es eso de ser japonés, en la medida en que eso es posible. Como novela en sí, tal vez no posea el valor de otras grandes obras. No es revolucionaria, ni ambiciosa, ni renueva el lenguaje. Pero como novela que nos adentra en la forma en que puede sentirse un padre/abuelo de familia del japón rural del siglo XX, tiene un valor inigualable, tanto en el contenido como en la forma.


Yasunari Kawabata fue el primer escritor japonés galadornado con el Premio Nobel, en 1968.

Ogata Shingo no es un héroe inolvidable. No se rebela contra el estado ni contra lo establecido. No abandona su familia en busca de sí mismo. No intenta suicidarse por amor, ni es solitario, ni es un hombre de acción. Pero en eso mismo radica su valor. Es un hombre cualquiera, uno que, a través de la prosa cristalina de Kawabata, reflexiona con claridad sobre su vida y lo vivido. El valor de la novela es el valor de lo cotidiano. A menudo, deslumbrados por los grandes héroes y villanos, reales y ficticios, de nuestra cultura, se nos olvida aquello que más importa: el hombre corriente; el hombre aburrido; nosotros mismos. Nadie desearía ser Ogata Shingo, pero todos somos Ogata Shingo. Los grandes héroes suelen hablar más de lo que deseamos ser, de nuestra mejor versión, que de quienes somos en realidad. La vida se compone, normalmente, del valle de la cotidianeidad, y sólo a veces los picos nevados de la grandeza nos transforman en seres heróicos, poderosos, o siquiera llamativos. A través de la literatura podemos crear personajes que vivan siempre entre cumbres, siguiendo el mandato de Baudelaire: “Hay que ser sublime sin interrupción”. Pero obras como esta, el rumor de la montaña, nos recuerdan, con su valor costumbrista, que eso no siempre es posible –de hecho es algo muy extraño de presenciar-. Kawabata nos enseña al hombre común, ese hombre masa de Ortega, el hombre unidimensional de Marcuse, al nadie, tomado como algo, no como un despreciable prototipo de ser humano, sino como una vida que se preocupa, que va y viene, que piensa, que se pierde, en fin, que vive.  

Cierro el libro con un pequeño golpe. El olor del papel me llega a la nariz. Miro por la ventana las hojas de los árboles mientras pienso. Me compadezco del pobre Ogata Shingo, pero a pesar de todo me alegra haberle conocido porque a través de él he conocido una cultura.