Con B de Barcelona

  • ¿Conocen en realidad Barcelona? De la mano de Cristina Mirete, descubrimos una ciudad diferente a la que habíamos visto en los recorridos turísticos. Una ciudad literaria, que vive en las canciones y en el cine. Una Barcelona imprescindible. 

Siempre que he de deletrear, especifico con B de Barcelona.

He caminado Barcelona desde la infancia. La he caminado sin ser consciente de lo que ofrecía en mis primeros paseos. He crecido admirándola, descubriéndola. Hoy decimos como Hemingway, Adiós a las armas. No nos gusta la connotación que entraña lo militar porque somos gente de paz. Porque si de fusiles se trata, mejor que tengan claveles y no balas. Preferimos las escuelas a los cuarteles. Preferimos defender la patria tomando los libros como el arma más poderosa. Así debió entenderlo Juan Marsé cuando rechazó la guerra, salvo la de piedras que libraba con diez o doce años con otros muchachos de su edad. Y es que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los niños jugaban en la calle pese a que en esta época de tanta tecnología pueda parecer impensable.

Marsé se vuelca en la literatura para reflejar la marginación y la pobreza de una Barcelona de posguerra.

Marsé se vuelca en la literatura para reflejar la marginación y la pobreza de una Barcelona de posguerra, recurriendo con frecuencia en sus novelas al barrio del Carmel como escenario en el que ubicar sus ficciones. A este barrio venía a jugar en su niñez.

Y no nos movemos del Carmel para comprobar la historia reciente de la ciudad, la cual ofrece rincones con diversos refugios antiaéreos que todavía se conservan. Son los hoy conocidos como búnkers, testigos de un pasado doloroso y convertidos en un mirador que, dejando Barcelona a nuestros pies, muestra su inagotable belleza.

Subir a los Búnkers del Carmel no tiene precio. Lo que sí tendrá son consecuencias, pues puede resultar cansado. Aun así, vale la pena poner a prueba nuestro estado físico para observar unas magníficas vistas. Entre la multitud siempre se encontrará el huequecito para hacer la ansiada fotografía, ese agujero donde respirar la ciudad entera y pensar, “qué bonita eres”.

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Vistas a Barcelona desde los Búnkers del Carmel

Un trocito de la infancia de Marsé se perdió por estas calles empinadas y estrechas recreadas a menudo en sus libros. Esas calles que desde aquí me parecen tan pequeñas y por las que tantas veces he deambulado, me muestran lo pequeños que somos. Mi Barcelona se mueve deprisa, por eso necesito detenerme un poco y disfrutarla desde otra perspectiva.

Tres son multitud

Vicky Cristina Barcelona reza el título de una película de Woody Allen. El cineasta pretendía filmando en la ciudad condal escribirle una carta de amor. Yo me llamo Cristina, y si hay un lugar al que siento que pertenezco, es Barcelona. Por ello entiendo que no hay ninguna Vicky con cabida en nuestra relación. Esto es un asunto de dos. Así están las cosas entre Barcelona y yo, cantaba Joan Manuel Serrat.

El amor hay que cuidarlo. El amor se celebra con flores, pero también con libros. Los primeros brotes de la primavera engalanan las ramblas de Barcelona.

Pero Gràcia no es lo que adjetiva a Barcelona de multicultural y bohemia simplemente, Gràcia es un pueblo pequeño.

Me gusta citarme en la plaza de San Felipe Neri. Se me antoja un respiradero oculto al que ir a parar tras escapar del laberinto de calles y de la afluencia turística que supone el Barrio Gótico. Hay un halo de hechizo en esa plaza. Sentarse en la fuente, bajo la sombra de los árboles y esperar a que me traigan flores. Vengo con Nada de Carmen Laforet y Caligrafía de los sueños de Juan Marsé para intercambiar. Traficar con libros y rosas, que maravilla ¿verdad? Adoro las hortensias, cuestión de herencia materna esta predilección, y la nomeolvides. Recomiendo ese título de Marsé porque nos lleva a una taberna del barrio de Gràcia, y entre sus protagonistas nos presenta a Violeta. Mejor si se tiene nombre de flor, ésa es mi opinión. Tampoco rechazaría un ramito de violetas. Aquí entro en el peligro de ponerme sentimental al evocar esa frase en boca de la dulce Cecilia. Otra mujer de impresionante personalidad, como Carmen. Y esa música también es herencia materna, y mi madre se llama Carmen. Se pone una a escribir y le crecen las mujeres admirables. Lo que yo pretendía era instalarme en Gràcia, y contar que es uno de los barrios más bohemios y multiculturales de Barcelona. Abusamos del concepto multicultural y cosmopolita cuando describimos las grandes ciudades, soy consciente. Pero Gràcia no es lo que adjetiva a Barcelona de multicultural y bohemia simplemente, Gràcia es un pueblo pequeño. Son plazas llenas de terrazas. Es un lugar donde el comercio local manda. En Gràcia se derrocha creatividad. Es la “Fiesta Mayor de Gràcia” la que ayuda a sofocar el extenuante calor de agosto en la ciudad con sus vecinos decorando las calles, con conciertos, bailes y cenas populares.

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Vicky Cristina Barcelona, Woody Allen (2008)
Yo me bajo en Sants, yo me quedo en Barcelona

Me disculpo por la escasez de originalidad adaptando el “yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid” del maestro Sabina, que bien me vino escucharle antes de sentarme a escribir.

Continúo en el estado de evocar melodías

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.

Joaquín Sabina

Este extracto de canción lo prefiero en labios de Chavela Vargas. Qué dama. Por supuesto cantó en el Palau de la Música Catalana. Otro lugar extraordinario de la ciudad condal. Qué lástima Chavela que no te pudieras subir a Juan Rulfo, Frida Kahlo, Diego Rivera y Agustín Lara contigo. Seguramente te acompañaban en espíritu.

El Palau de la Música Catalana fue construido por el arquitecto Lluís Domènech i Montaner como sede del Orfeó Catalá. Pertenece a uno de los estilos arquitectónicos más reconocibles y característicos de la ciudad, el modernismo. Arquitectos como el mencionado Domènech i Montaner o Antoni Gaudí, han hecho que el Palau de la Música se haya convertido junto a, entre otros, la Pedrera o la Casa Ametller, en monumentos de gran interés artístico, cultural y turístico.

En Barcelona me han pasado cosas y no me ha pasado nada. Y aún sin ocurrirme nada, me ocurría Barcelona, al igual que le sucedió a Carmen Laforet.

En Barcelona me han pasado cosas y no me ha pasado nada. Y aún sin ocurrirme nada, me ocurría Barcelona.

Mis rutinas barcelonesas parten de la estación de Sants. Para la Andrea de Nada, todo comenzaba en la gran estación de Francia. El tren irrumpía y después de manera parsimoniosa, los primeros pasajeros comenzarían a descender parándose a mirar su fabulosa bóveda de aire catedralicio. Difícil no compararla con la mítica estación de Orsay en París. La estación fue inaugurada por el rey Alfonso XIII el 2 de junio de 1929 con motivo de la Exposición Universal.

Andrea abandonaba la estación con una gran maleta y el aire marino y fresco de la ciudad. Barcelona vista desde sus ojos:

La ciudad, cuando empieza a envolverse en el calor del verano, tiene una belleza sofocante, un poco triste. A mí me parecía triste Barcelona, mirándola desde el estudio de mis amigos, en el atardecer.

Nada, Carmen Laforet
Importaciones de París

¿Cuántos cárteles de Le Chat Noir habré visto? Una infinidad. Los he visto en hogares de mi entorno, en locales de todo tipo y colgados de las paredes en incontables películas y series de televisión. La inconfundible imagen de un elegante gato negro y sus letras rojas están presentes en multitud de lugares, entre ellos mi propia habitación. También sucumbí a ese icono cultural. En ocasiones la masa tiene buen gusto. Pero Le Chat Noir es más que ese cartel tan famoso, fue la imagen publicitaria de un establecimiento donde se encontraba un cabaret parisino. En pleno barrio de Montmartre llegaría a convertirse en el cabaret más exitoso del mundo, frecuentado por famosos como Picasso. Y fue a semejanza de este lugar, que Pere Romeu ideó la creación de Els Quatre Gats.

Pablo Picasso 1899. Menú Els 4 Gats

Un nuevo espíritu cultural importado de París se instalaba en Barcelona. Un café-restaurante o más concretamente, una taberna para artistas regentada por el propio Pere Romeu y financiada por el dibujante Ramón Casas.

Romeu habló con sus amigos de abrir una cervecería que a su vez albergase un restaurante en la calle Montsió pero éstos, entre ellos el pintor Santiago Rusiñol, lo tomaron como una idea descabellada. Fue precisamente Rusiñol quien dijo aquello de que al local sólo irían “cuatro gatos”. Este comentario fue acogido con simpatía por Romeu, tanta que decidió llamar al restaurante Els Quatre Gats, abriendo al público el 12 de junio de 1897.

En poco tiempo se convirtió en punto de reunión de artistas modernistas y bohemios como el mismo Rusiñol, Ramón Casas, Picasso, Utrillo, Rubén Darío, etcétera.

Ubicado en la calle o carrer de Monstió, nos conecta con el Portal de ángel. Popular y muy transitada avenida de la ciudad que se convierte en una buena puerta de entrada al Gòtic desde la plaza de Catalunya.

“…y en sitio y en belleza, única…”

Miguel de Cervantes hizo pasar por Barcelona a su Quijote, quien se referiría a ella en estos términos:

…y, así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única…

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes

Un manchego rendido a los encantos de Barcelona. Es curioso, pero, quien mejor me ha mostrado esta ciudad precisamente han sido personas de otra parte. No pongo en duda el amor que le tienen los nativos, los oriundos del lugar. Sin embargo, y es una regla de sobra conocida, con frecuencia tienen que llegar de fuera para ayudarnos a apreciar y valorar lo nuestro. En mi caso me refiero a personas de otro continente incluso, con acentos que hacen pensar en Carlos Gardel y Víctor Jara, en Mercedes Sosa o Violeta Parra, y eso es ya otro cantar, y esos nombres pertenecen a otros cantares. Barcelona albergue de extranjeros como bien diría Don Quijote. Así es como llegué a un parque y me tumbé al sol. Más concretamente al Parc de la Ciutadella. ¿Llueven flores? Mi pregunta nacía, no sé si a consecuencia del entorno que me rodeaba o por el efecto embriagador del lugar y la compañía. Tal vez por ser el inicio del verano y tratarse de los vestigios de la primavera. Me quedé con mi pregunta y obtuve mi respuesta. Allí, en un parque precioso de ocio y contemplación. Un museo vivo de escultura, arquitectura y jardín botánico impresionantes.

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Invernadero del Parc de la Ciutadella (1884)

No he hecho referencia a la Sagrada Familia. Tampoco al Parc Güell. Ni me he centrado en la figura de Antoni Gaudí. Para eso están los turistas capturando sus momentos vacacionales en fotografías que verán la luz en las redes sociales. De un tiempo a esta parte el asedio a la ciudad no parece tener fin.

De un tiempo a esta parte el asedio a la ciudad no parece tener fin.

Me dejo por el camino tantos rincones espléndidos. Me dejo tanta historia, tanto. Es más, me dejo muchos de mis sitios favoritos. No cabe todo lo que tengo para decir. El recorrido de la ciudad real y de la que yo tengo en mi cabeza, necesitarían demasiadas páginas, rozaría el hartazgo para cualquier lector.

Estimado Woody Allen, ni usted supo recoger en su cinta la belleza barcelonesa ni yo he sabido darle su lugar en estas líneas. Únicamente puedo agradecerle que haya inmortalizado de alguna manera el nombre de la ciudad y el mío en un mismo renglón.

Estáis locos si no veis esta ciudad como la veo yo. O es posible que la loca sea yo. Aunque hace tiempo entendí como Alonso Quijano, que la locura puede servir como forma de evasión hacia una felicidad. Feliz visita a Barcelona lectores.