Sven Hassel, el desmitificador

  • Sven Hassel combatió en la Segunda Guerra Mundial y años más tarde inició un recorrido literario por las profundidades de aquel conflicto, dejando una serie de novelas que han ilustrado a toda una generación de lectores. Antonio Marcelo Beltrán nos ofrece una panorámica de su obra y reivindica su figura. 

Si empiezo estas líneas diciendo que considero que Sven Hassel es un maestro de la literatura seguramente muchos diréis que dónde me he dejado el criterio; y si añado que a mi juicio su obra debería estudiarse en los institutos seguro que más de uno empieza a buscar la cámara oculta.

Pero no lo digo por decir, ni ando buscando la boutade —o, por usar términos de ahora: no me gusta el “postureo”.

Cuando pienso en los libros de Sven Hassel, lo primero que me viene a la cabeza es un café con leche. No dejéis de leerme, por favor, quedaos conmigo un poco más, que ahora lo arreglo. Un café con leche y una docena de galletas maría, que es lo que solía merendar en mi casa de Denia cuando estudiaba el Bachillerato, en aquellos maravillosos 14, 15, 16 años en los que devoraba —además de las galletas— todo cuanto o libro que caía en mis manos. Incluyendo, por supuesto, aquellas novelitas de pequeño formato y papel amarillento de Libros Reno, con títulos tan sugerentes como Gestapo, La legión de los condenados o Los vi morir.

Un joven Sven Hassel ataviado con el uniforme del ejército alemán posa en 1932. (Comrades of war / Fawcett Publications)

Sven Hassel formó parte de la Wehrmacht, el Ejército alemán, pero él no era alemán y ni siquiera se llamaba Sven Hassel sino —lo leo en la Wikipedia, ya puestos a ser acusado de falto de estilo— Børge Willy Redsted Pedersen, que tampoco es un mal nombre. Nació en Dinamarca, se fue a Alemania a trabajar siendo un adolescente, se enroló en el Ejército… y allí le encontró la Segunda Guerra Mundial. En fin, escogió un mal día para dejar de ser danés. En los años sucesivos sirvió en la práctica totalidad de los frentes bélicos de Europa: Polonia, Francia, Grecia, Italia… y, por supuesto, Rusia, en ese terrorífico frente del Este al que muchos nos acercamos por vez primera de la mano de sus personajes, absolutamente irreales y completamente seductores y entrañables.

Después de la guerra recaló en Barcelona; en 1953 publicó una novela basada en las experiencias vividas en combate, a la que llamó de manera muy expresiva La legión de los condenados… y tal fue el éxito que decidió resucitar a sus compañeros —que en La legión… habían muerto, como murieron en la vida real—, dando origen a una saga de cerca de una docena de títulos.

Sven Hassel nació en Dinamarca, se fue a Alemania a trabajar siendo un adolescente, se enroló en el Ejército… y allí le encontró la Segunda Guerra Mundial. Escogió un mal día para dejar de ser danés..

El denominador común de la obra de Hassel no son sus personajes, si bien los principales son los mismos a lo largo de todas sus novelas: el cabo Joseph Porta, un individuo feo, escuchimizado, extremadamente inteligente y capaz de vender neveras en el Polo Norte; Hermanito, un gigante noble y descerebrado; el Viejo, líder del grupo de combatientes que se recorre media Europa a mayor gloria de un Reich en el que hace mucho que dejaron de creer; el Legionario, un pequeño y letal asesino curtido en las arenas del desierto; además del propio Sven, que en la ficción es un personaje que aparece de tarde en tarde.

Este «Quinteto de la Muerte» se complementa por una serie de personajes secundarios más o menos arquetípicos, que entran y salen de sus novelas hasta que en el momento más inesperado encallan para siempre al otro lado de la trayectoria de una bala: así, Barcelona Blom, bautizado en homenaje a los muchos años que pasó Sven Hassel en esta ciudad en la que falleció en 2012; Wolf, el gordo y corrupto responsable del parque móvil y la intendencia; Julius Heide, un nazi convencido —posiblemente el último que quedaba en el frente del Este al empezar 1942, si no antes—, cuyas convicciones y rigidez castrense rozan el surrealismo y son un recordatorio del fanatismo miope y agresivo que los llevó a todos a morir allí; Gregor Martin, antiguo chófer de un general que echa de menos la vida lujosa de los mandos militares; o el coronel Hinka, un veterano al que los galones no se le han subido a la cabeza y que sabe apreciar el valor de aquel puñado de soldados sucios, harapientos, con el uniforme embarrado y lleno de sangre propia y ajena… pero con los fusiles en perfecto estado de revista.

Sven Hassel frente una máquina de escribir en una fotografía de IMS.

El denominador común de la obra de Hassel tampoco es la Segunda Guerra Mundial, aunque su obra se desarrolla en la mayor parte de escenarios de la contienda, como le sucedió al propio soldado Redsted Pedersen: por ejemplo, Los vi morir y Los panzers de la muerte cuentan sus andanzas en Rusia, Ejecución se centra en las batallas de Finlandia, Comando Reichsführer Himmler narra las masacres en Varsovia, La ruta sangrienta se desarrolla en Grecia y en los Balcanes, Monte Cassino es la lucha por la defensa del monasterio italiano, ¡Liquidad París! nos lleva a los combates contra la Resistencia francesa, mientras que otras como Gestapo se adentran en la brutalidad del sistema policial nazi…

La guerra la diseñan los poderosos, los grandes políticos, los generales, y la sufren tanto la población civil como los soldados, de uno y otro bando, sin distinción de uniformes, credos ni banderas.

… y en todos estos escenarios nos encontramos, ahora sí, con el auténtico denominador común de la obra de Sven Hassel, el mensaje que decía al principio que debería estudiarse en los colegios: la guerra no es heroica, la guerra es una mentira. La guerra la diseñan los poderosos, los grandes políticos, los generales, y la sufren tanto la población civil como los soldados, de uno y otro bando, sin distinción de uniformes, credos ni banderas. La guerra no son los himnos gloriosos que se enseñan a los escolares, ni el supremo sacrificio de un pueblo, como puede cantarse en los cuarteles. Es agachar la cabeza en una trinchera llena de barro, sangre y excrementos mientras a tu alrededor vuelan los «órganos de Stalin» segando las vidas de los infantes alemanes, o rusos, o finlandeses, o italianos, de cien en cien; la guerra es que el Mercedes de un general pase a toda velocidad, en dirección contraria y salpicando barro, junto a las filas de soldados exhaustos que se disponen a inmolarse bajo las bombas a mayor honra de ese mismo general; la guerra es que un matrimonio de granjeros rusos, o polacos, o yugoslavos, sean torturados y ahorcados por los SS de Dirlewanger, que antes de 1939 era un delincuente común; o que un comisario político con una cruz verde en el gorro de piel fusile en nombre de Stalin a los míseros habitantes de una aldea ucraniana acusada de haberle dado agua a los soldados alemanes; o que Gustavo de Hierro y sus secuaces torturen hasta la muerte a una anciana senil por haberle comentado a una vecina que Hitler debería asumir que está perdiendo la guerra.

Sven Hassel con su perro.

Pero la guerra es también perdonarle la vida a un soldado ruso que ha caído en la trinchera equivocada mientras trataba de volver a su aldea para ayudar a sus padres en las labores de la siega, es jugarte la piel por tus compañeros, compartir con ellos hasta el último pedazo de pan, negarte a fusilar a un anciano que se escondía en un granero, llamarle Adolf a un gato al que estás enseñando a hacer el saludo nazi… Frente a la brutalidad y las mentiras de la Guerra con mayúscula, los seres humanos están obligados a la solidaridad, la lucidez y el afán por no convertirse en una bestia uniformada. Ése es el auténtico mensaje que transmiten las obras de Sven Hassel, la lección de ciudadanía que a mí y a tantos jóvenes de los años setenta y ochenta nos dieron aquellas páginas de letra apretada, llenas de tanques, machorkas y katiuskas, de rusos que gritaban «¡Hurra Stalin!» y «Job tvoju mat» —con perdón—, de timbas en las letrinas, cigarrillos hilarantes, burdeles con nombres disparatados, peleas sin morigeración y alcohol destilado a partir de patatas podridas.

Los biógrafos no están de acuerdo sobre los combates exactos que libró el soldado danés, reconvertido en alemán, Redsted Pedersen; afirman que ninguna unidad militar estuvo en tantos frentes de batalla como los que aparecen en las historias del «Quinteto de la Muerte»; pero lo que sí está claro es que el escritor Sven Hassel recorrió palmo a palmo todas las interioridades de un conflicto que se saldó con sesenta millones de muertos, y que lo hizo para darnos un mensaje, que ojalá fuéramos capaces de llevar a la práctica: la guerra es una palabra de seis letras que empieza por M.

Y por eso, a mi juicio, merece un puesto de honor entre los grandes escritores.


Fotografía de portada: imagen de perfil de Facebook de la cuenta The Official Sven Hassel Page.