Notre Dame: una noche y muchas vidas

  • El incendio y la parcial destrucción de Notre Dame el pasado lunes santo ha conmocionado el mundo del arte y la identidad europea. A raíz de ello, Pepe Pérez-Muelas recuerda sus vivencias parisinas al lado del monumento.

Recuerdo que ya hacía horas que había pasado el último metro. Tocaba volverse a casa andando o en bicicleta, pero aún conservaba la esperanza de realizar ese camino acompañado. O tal vez variar la dirección para ir a la suya. A esas alturas de la vida todo se enmarcaba en una especie de improvisación dulce. La juventud desbarata siempre las líneas rectas. Les juro que éramos inmortales. Una chica de Venecia y yo, con algunas copas de vino de más, recorriendo la ciudad para demostrarnos que los finales no siempre acaban bien. Y de repente, sin saber cómo, nos hallábamos sentados justo enfrente de la fachada de Notre Dame. Sus dos torres entre la oscuridad del cielo. Apenas unas velas encendidas en el suelo. Plegarias de aquel atardecer pasado por Bercy Village. Ni un alma por la plaza. Ochocientos años de catedral para nosotros. Un ejército de sombras, de figuras retorcidas, de ángeles trompeteros, apóstoles embravecidos, juicios finales y vírgenes pensantes, ancianos sabios y peregrinos descarriados, todo el Apocalípsis en forma de piedra, el libro de la vida abierto ante nosotros. La inmortalidad sujeta en un abrazo. El que nos dimos sin suspense.

Panorámica de Notre Dame desde la Rivera izquierda del Sena.

Aquella fue solamente una de las veces en las que Nuestra Señora formó parte de mi cotidianidad. No siempre fue tan silenciosa. Yo la he visto, en días de tormenta, volverse azul oscuro y casi confundirse con las tranquilas aguas del Sena que la rodean. También ha adquirido otros nombres. Todos iluminados ahora por el umbral de los tiempos heroicos, que por pasados se hacen insuperables. Elías la solía contemplar mientras bebíamos una botella de vino sin vasos, sentados en el quai d’Orleans. La señalaba con el dedo, mientras nuestros pies se descolgaban del muelle, queriendo tocar el agua. Veíamos pasar los barcos cargados de materiales, o los yates donde los ricos celebraban fiestas con champán. Era la parte trasera de la catedral la que se vislumbraba. Nosotros aún no sabíamos que aquella aguja no había salido del imaginario de su época. Nada nos decía el nombre de Viollet-le-Duc, aquel arquitecto del siglo XIX que la había restaurado y había añadido imaginación gótica a un edificio al que no le cabía más medievalismo. Por eso, lo tenían que inventar.  Su mayor innovación fue la aguja, la misma que se derrumbó el pasado lunes santo entre llamas. Los monumentos son caparazones a los que se le van sumando vidas e historias.

El hombre actual ha cambiado la memoria por el turismo. La observación por el selfie

Ahora observamos Notre Dame envuelta entre cenizas y escombros. El hombre actual no contempla la historia como un proceso del que forma parte y del cual es responsable. Ha cambiado la memoria por el turismo. La observación por el selfie. Piensa que los monumentos llegan a él como artificios de tiempos remotos, y no como testimonios de la grandeza humana, ecos y advertencias de otros tiempos. Nuestra Señora ha estado en peligro otras veces. Sentado en el café “Le Reflet”, Vincenzo y yo solíamos discutir sobre qué ciudad era mejor: Roma o París. Entre debate y cerveza, sacaba de vez en cuando su ejemplar de segunda mano de Notre Dame de París. El libro de Víctor Hugo trasciende lo literario. Fue, ante todo, una advertencia de lo que sucedería si observamos los monumentos como obras estáticas y no las integramos en nuestras vidas. Aquella obra fue el principal alegato contra el abandono y la desidia de los tiempos hacia el gótico. Tras el éxito, las autoridades decidieron valorar el símbolo que suponía para la ciudad. Fue así como apareció Viollet-le-Duc y algunas gárgolas y quimeras más de las que había en los tiempos medievales. Pero con Víctor Hugo, no solo se salvó la catedral, sino que se convirtió en mito. El corazón latente de una ciudad en pleno cambio y revolución.

Fotograma de El jorobado de Notre Dame, película de 1939, dirigida por William Dieterle

Hablar del tiempo. Comprender que en la ciudad solo estamos de paso. Pepe Rodríguez me esperaba en la puerta de la Sorbona a que terminaran mis clases. Ya no hablábamos latín, pero entre la rue Dante y el Sena, nos gustaba encontrar rarezas bibliográficas en las librerías del río. De esta forma, supimos que durante los procesos revolucionarios de la última década del siglo XVIII, Notre Dame fue desacralizada y convertida en el templo de la razón. Poco duró la broma, pero las consecuencias fueron nefastas: los tesoros y reliquias guardados en su interior fueron, en parte destruidos o vendidos. Aunque otros edificios de la ciudad sufrieron peores estragos. La basílica de Saint-Denis, primer edificio gótico jamás construido, fue vandalizada y sus tumbas (el panteón real de toda la historia de Francia) profanadas. La Saint-Chapelle, a apenas dos calles de distancia de Notre Dame, ya llegó a la Revolución en un estado de abandono total. Sin embargo, la mayor oleada anticlerical que vieron los tiempos desembocó, años después, en la coronación de Napoleón como emperador en manos del Papa, en el interior de la catedral. Los caminos revolucionarios llegaban, después de todo, al mismo punto de partida: la Iglesia y el Emperador. Fue también la única parte gótica que respetaron las reformas de Haussmann. La época de los grandes bulevares, que destruyeron gran parte del París medieval, no pudo con Nuestra Señora. En plena modernidad, la catedral se convirtió en un fósil.  

Destrucción de la parte medieval de la Ile de la Cité. Fase del proyecto de Haussmann para potenciar Notre Dame

Porque solamente en los tiempos más oscuros, era ella la que iluminaba la ciudad. Cuando los campesinos abandonaban los bosques de Ile de France para buscar trabajo en la urbe, miraban atónitos hacia el cielo y encontraban el color morado y azul de sus vidrieras. Innumerables, imposibles de distinguir desde el suelo, el vidrio fue el lenguaje que encontraron los artesanos del siglo XIII para hablar con Dios. Son pasajes de una Biblia escrita solamente para ser leída en las plazas, simplificada en los colores de los rosetones, donde Cristo recibía a los peregrinos invocando su corte celestial y celebrando el Juicio Final cada mañana hasta la caída de la noche. Desde un apartamento de la rue Saint-Germain des Pres, Francesco me invitaba a salir a su minúscula terraza. París, desde una novena altura, parece una ciudad más calmada. Cuando se hacía de noche y celebraban misas, desde el apartamento apreciábamos cambiar las vidrieras de color. Las velas del interior formaban espejismo. Algunas escenas cobraban vida propia. Así se debían sentir los primeros hombres que la contemplaron, aquellos que venían de un mundo de bosques hacia un mundo de piedra.  

Vidriera del crucero sur de Notre Dame
Notre Dame está dentro de todos aquellos que amamos el arte, de todos los que hemos recorrido París, enamorados del suelo que pisábamos, movidos por la fuerza del gótico.

Nuestra Señora encierra tantas historias como personas han vivido entre ella. Es también la de una noche, en la “Fiesta de la música”, a las dos de la madrugada y el órgano sonando, mientras temblaban los arcos ojivales, con las luces apagadas e iluminado el templo solamente con tenues velas. Trágica ironía la que pensamos aquella noche Andrea y yo: la luz que mejor le sienta a Notre Dame es sin duda la del fuego. O con Marcos, el mexicano que mejor me supo enseñar la ciudad, paseando por sus capillas y ábsides como si nos perdiésemos por un laberinto de símbolos, descubriendo, de repente, la bandera mexicana junto a la española, y la virgen de Guadalupe rodeada de incienso, justo al lado de la escultura de Juana de Arco. Es también, Notre Dame, la historia de Antonio y la subida a una de sus torres, peregrinando como ateos convencidos para que entrase aquel gol en el minuto 93 en Lisboa. Es la historia de unos años en los que todo parecía posible. Y en parte lo fue.

Vista del interior de Notre Dame tras la noche del incendio.

Por eso, el fuego no la hizo arder del todo. Notre Dame está dentro de todos aquellos que amamos el arte, de todos los que hemos recorrido París, enamorados del suelo que pisábamos, movidos por la fuerza del gótico, como si ella misma impulsase la sangre que mueve todas las calles de la ciudad. Y por eso, el impacto del fuego trasciende lo artístico. Es una herida abierta en nuestros recuerdos más sinceros. Esa persona que camina por París, que es mi yo de veinte años, que se encuentra con el Elías de entonces, con el Vincenzo de otra época, el Pepe Rodríguez de antaño, el Francesco más infantil, el Andrea más pintoresco, el Marcos más tímido, el Antonio más descarado, todas esas personas que se encuentran una y otra vez, cada tarde, cada noche, a los pies de Nuestra Señora, guardan siempre dentro de ellos un edificio escrito en sus memorias, que compone también la parte más esencial de sus vidas. Y quién sabe, si al final, aquel abrazo con la veneciana de las tres de la mañana, una noche en la que el metro ya estaba perdido, no se convirtió en un beso entre las llamas.  

El autor de este artículo, tal vez posando o en un descuido, con Notre Dame al fondo. Fotografía de José María Núñez Gimeno.

Foto de portada: Vigía de EugMg