Historia silencia de la mujer V. La mujer en la sociedad medieval III

  • La larga marcha de la Edad Media por la historia cumple su último episodio. Jesús Ramírez culmina este período investigando a aquellas mujeres que sobresalieron en un mundo dominado por hombres. De Juana de Arco a Leonor de Aquitania.

En nuestro último encuentro, que fue la cuarta entrega de esta serie titulada Historia silenciada de la mujer, tratamos sobre su situación en la sociedad cristiana medieval. En esta ocasión añadiremos algunas otras consideraciones sobre el mismo asunto.

Siguiendo la explicación magistral que hace el historiador Ricardo Walter Orleto (en un artículo titulado La mujer en la Edad Media, que publicó la revista “Teología” nº 91 diciembre de 2006), vamos a diferenciar dos visiones muy distintas que se tenían de la mujer en aquellos tiempos medievales: la ideal o teórica y la real, imágenes dispares que se personifican en las figuras bíblicas de la Virgen María y Eva, respectivamente.

La Virgen María es el compendio de todas las virtudes y perfecciones físicas y espirituales, el Bien Absoluto.

De acuerdo con el ideal caballeresco, la Virgen María es el compendio de todas las virtudes y perfecciones físicas y espirituales, el Bien Absoluto. Antes del siglo XII era un personaje de importancia relativamente menor, como se pone de relieve en su escasa presencia en el Arte. Además, en esas pocas ocasiones en que aparecía en pinturas y esculturas, siempre lo hacía junto a su hijo, de lo que se deduce que la única razón de ser era por su condición de “Teotokos”, término griego que significa “Madre de Dios”. El modelo a seguir en las representaciones románicas de la Virgen con el Niño es el creado por artistas bizantinos, que la muestran habitualmente sentada (más raramente de pie), con el niño en su regazo, el cual hace la función de un trono (es el tipo iconográfico denominado “Kiriotissa”, palabra también griega que significa “trono del Señor”). Sus caracteres eran bastante arcaicos (frontalidad, hieratismo, escaso interés por la proporcionalidad o los detalles anatómicos) y -muy importante- sin que se estableciera relación alguna entre ambos personajes. La pintura central de la bóveda del ábside de la iglesia leridana de Santa María de Tahull, que data de la primera mitad del siglo XII y que actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona, sigue fielmente este modelo de origen bizantino.

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Ejemplo de Virgen con niño. Ábside de Santa María de Tahull

Sería ya en los siglos finales de la edad Media cuando María comenzó a adquirir un protagonismo creciente, tanto en la devoción popular como en el culto, lo que se refleja en el Arte. Por eso en el estilo triunfante en esa etapa tardomedieval, el Gótico, son abundantísimas las representaciones pictóricas y escultóricas de la Virgen con el Niño, y lo mismo se puede deducir de la dedicación a Santa María de infinidad de templos, conventos, catedrales y demás edificaciones religiosas. Además no hace falta ser un experto para apreciar la evolución del tratamiento del tema a lo largo del tiempo, que se caracteriza por una progresiva humanización de la escena, para lo cual era preciso resaltar la maternidad de María. El resultado final es la representación de unas figuras –madre e hijo- cada vez más bellas, de formas armoniosas y dinámicas, creciente expresividad y, sobre todo, con una relación de intimidad entre ambas. Ejemplo perfecto es la Virgen Blanca de la catedral de Toledo, esculpida en alabastro en la segunda mitad del siglo XIV, que representa a María de pie, en una postura muy natural sosteniendo con el brazo izquierdo al niño, en tanto que éste juguetea con la barbilla de la madre, la cual muestra una amplia sonrisa de felicidad. Se trata de una situación profundamente humana. Esta tendencia al protagonismo de María se acentuará aún más en el estilo artístico que sigue al Gótico, el Renacimiento, ya en el comienzo de la Edad Moderna.

Pero no olvidemos un dato fundamental: María es virgen, es pura. Su hijo, Jesús, había sido concebido milagrosamente por obra y gracia del Espíritu Santo. Así lo ha venido proclamando la Iglesia desde el concilio de Éfeso del año 431. Por tanto, su maternidad no es natural. De ahí que María no fuese verdaderamente representativa de la mujer real, la de carne y hueso.

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Ejemplo de Virgen con el niño. Gótico tardío. Virgen Blanca de la catedral de Toledo
Las artes figurativas nos muestran a una Eva pecadora y culpable, a veces de una forma tan explícita que la figura demoniaca de la serpiente adquiere una fisonomía femenina.

Por el contrario, Eva sí era vista como alguien auténtico y, como ya sabemos (recuerden aquel viejo asuntillo de la serpiente y la manzana en el Paraíso Terrenal), digno de toda desconfianza, por su tendencia innata a la perfidia, el rencor y la indiscreción. Ningún defecto, vicio o maldad le era ajeno, según era el sentir general de la época. Esa es la idea de la mujer que frecuentemente nos transmite la literatura medieval, literatura que –no olvidemos- estuvo casi íntegramente escrita por hombres, bastantes de ellos sacerdotes o frailes, cuyo punto de vista acerca del sexo femenino solía ser especialmente negativo. Seguramente el celibato, al que estaban obligados los miembros del clero, tuviera mucho que ver en ello. Igualmente las artes figurativas nos muestran a una Eva pecadora y culpable, a veces de una forma tan explícita que la figura demoniaca de la serpiente adquiere una fisonomía femenina, como podemos observar, por ejemplo, en un relieve de la Catedral de Notre Dame de París, de estilo gótico, que representa la escena del Pecado Original descrita en el Génesis. Una iconografía que se repite en el fresco pintado en la capilla Brancacci de la iglesia del Carmine de Florencia por un pintor, llamado Masolino, en los comienzos del Renacimiento (hacia 1426). La sociedad de aquel tiempo daba por supuesto que esos caracteres atribuidos a las mujeres eran consustanciales a su débil naturaleza, de ahí que debieran ser permanentemente custodiadas y vigiladas por un hombre, primero el padre o el hermano, a quienes tomará el relevo el marido tras contraer matrimonio.

Para ser objetivos en nuestro análisis deberíamos recordar que la misoginia que caracterizaba a la sociedad medieval no era algo nuevo u original, sino que hunde sus raíces en los mismos anales de nuestra civilización (y de las demás). Y que en las otras comunidades humanas que coexistieron en la península Ibérica en aquellos tiempos, la judaica y la islámica, a sus féminas no les iba mejor que a las cristianas, más bien lo contrario.

Pecado original. Relieve gótico de la catedral de Notre Dame. París

Por eso lo extraño y sorprendente es que hubiese algunas mujeres que lograsen superar la condición subalterna a la que la condenaban los varones y destacasen en distintos ámbitos. En el capítulo anterior ya mencionamos a la monja alemana del siglo XII Hildegarda de Bingen, escritora y compositora de música, entre otras facetas. Y también a Christine de Pizán, que vivió entre los siglos XIV y XV, mujer de amplia cultura, hija de un físico y alquimista veneciano que llegó a trabajar en la corte del rey francés Carlos V. Christine fue autodidacta y aprendió varios idiomas. Tras enviudar a los 25 años cuando tenía a su cargo a tres hijos pequeños, se dedicó a escribir obras literarias con gran éxito de ventas, lo que le permitió dedicarse profesionalmente a ello. En algunos de sus libros denunciaba la desigualdad entre sexos, animaba a sus congéneres a concienciarse de la injusticia que padecían y trataba de demostrar que su naturaleza -la de las mujeres- no era perversa, contradiciendo la opinión general. Por ello se la considera precursora del feminismo. Su obra más célebre se titula La ciudad de las damas, la publicó en 1405 y obtuvo una gran difusión, y eso que entonces aún no estaba inventada la imprenta (Gutemberg construyó la primera en 1440).

Otra mujer medieval destacada fue Sabina von Steinbach, de quien se cree que a comienzos del siglo XIV fue maestra de obras de la catedral de Estrasburgo y autora de algunas de sus esculturas. Al parecer también intervino en la construcción de las catedrales de Magdeburgo y París.

Trótula de Ruggero escribió “Las dolencias de las mujeres”, en la que defendía que la infertilidad podía ser debida a problemas del hombre,

Trótula de Ruggero está considerada como la primera ginecóloga de la historia. Vivió en el siglo XII y estudió en la Escuela Médica Salernitana (en Salerno, cerca de Nápoles, tal vez la más antigua institución médica medieval de Europa), cosa absolutamente excepcional en mujeres, puesto que el ejercicio de la Medicina les estaba vedado, excepto el oficio de comadrona. Escribió en latín una amplia obra, Las dolencias de las mujeres, en la que defendía ideas muy novedosas (y atrevidas) para su tiempo, como que la infertilidad podía ser debida a problemas del hombre, y no solo de la mujer; o también el uso de hierbas para mitigar los dolores del parto, contraviniendo así el mandato-castigo divino (“con dolores de parto darás a luz los hijos”; Génesis 3,16). Ojo, no crean ustedes que ese debate sobre la legitimidad o moralidad de aliviar los dolores de las parturientas se cerró hace mucho tiempo, pues todavía seguía coleando bien entrado el siglo XX. Porque ¿quiénes son los humanos para enmendar la plana a Dios?, se preguntaban escandalizados algunos individuos cuya mentalidad se quedó anclada en el Paleolítico Inferior, más o menos.

La alsaciana Herrada de Lansdberg, del siglo XII, abadesa de la abadía de Hohenburg, cerca de Estrasburgo, fue otra mujer de amplísima cultura que escribió una obra titulada Hortus deliciarum (“El jardín de las delicias”), que constituyó una especie de compendio de los saberes de su tiempo. Algo así como las Etimologías de san Isidoro (siglo VII) o la futura Enciclopedia de los filósofos ilustrados del XVIII.

El seno de Abraham. Ortus deliciarum. Herrada de Lansdberg

La lista de mujeres que tuvieron un papel importante en la política en la Edad Media es amplia, pues en los reinos cristianos hispánicos y del resto de Europa hubo numerosas reinas que ejercieron de tales (dejando aparte a las simples consortes), sin olvidar a algunas otras que fueron amantes de un rey, posición que les permitió influir en los asuntos de gobierno (es el caso de Leonor de Guzmán, amante del monarca castellano Alfonso XI, del siglo XIV, de quien fue su principal consejera). Resulta casi una obviedad citar como la más decisiva de las reinas hispánicas a Isabel I de Castilla, la reina Católica, mujer de fuerte carácter y firmes ideas, como se demuestra en el hecho de que fuese ella quien eligiese a su marido, el entonces príncipe Fernando de Aragón (les recuerdo que en los asuntos matrimoniales los miembros de las familias reales eran una especie de piezas de ajedrez manejadas por los reyes, que les servían para sellar alianzas o firmar acuerdos con sus colegas de otros estados). Ya sabemos que una vez en el trono, Isabel dirigió con firmeza la política castellana y su opinión fue definitiva en asuntos tan trascendentes y controvertidos como el apoyo a la expedición de Colón, la guerra de Granada, la expulsión de los judíos o la creación del Tribunal del Santo Oficio.

Hubo incluso mujeres que se dedicaron a la guerra, la actividad masculina por excelencia. Como la reina francesa Leonor de Aquitania, que participó en la segunda Cruzada a mediados del siglo XII. O la reina consorte de Inglaterra, Berenguela de Navarra, casada con el célebre Ricardo Corazón de León, participantes ambos en la tercera Cruzada a fines de la misma centuria. O, más aún, la que con seguridad es la más famosa de las mujeres guerreras de toda la Edad Media: Jeanne d´Arc (beatificada en 1909 como santa Juana de Arco), nacida en la región francesa de Lorena, que solo vivió 19 años, pero suficientes para tener ocasión de dirigir con éxito al ejército francés enfrentado a Inglaterra en la Guerra de los Cien Años. Detenida y acusada de herejía, fue condenada a morir en la hoguera en 1431.

Detalle de la tumba de Leonor de Aquitania. Abadia de Fontevrault

En resumen, naturalmente que hubo mujeres que destacaron en muy diversos campos durante la Edad Media, lo que, dada la discriminación que sufrían en todas partes, fue especialmente meritorio. Pero ello no invalida que se trata de excepciones a la regla general: que fueron los hombres quienes monopolizaron el poder en todos los ámbitos (el familiar, el social, el político, el económico, el cultural y el religioso). Y que en ese mundo masculino a las mujeres les tocaba ejercer un papel muy secundario, el que le reservaron los varones.

¿Creen ustedes que con el cambio de era –de la Edad Media a la Moderna- y la llegada de un espíritu nuevo y humanista, el Renacimiento, cambiarían mucho las cosas? Pues no, como podremos comprobar en nuestro próximo encuentro.


Foto de la portada: Juana de Arco, la ejecución de Ruán. Patrois. 1867.  Museo de Bellas Artes, Ruán