Tumbas y héroes: Cementerio civil de Madrid

  • Andrés Galán pasea entre las sobrias lápidas de escritores ilustres, políticos de hoz y martillo y figuras anónimas que ya nadie recuerda.
Un extraño cortejo

Cementerio de San Nicolás (Madrid)

En el invierno de 1901, una comitiva de recios varones enfila la calle de Méndez Álvaro a su paso por la estación de Atocha. El conjunto, que avanza enlutado, está compuesto por fisionomías de todo tipo; del calvorota de barba rubia al gordinflón de bigote estrecho. Todos visten sombrero de copa y todos sostienen un ramo de violetas de jardín entre los dedos. El grupo resulta tan estrafalario que inmediatamente capta la atención de los madrileños pobres que por entonces malviven amontonados en los chamizos del extrarradio. Actualmente las calles Méndez Álvaro, Ancora, Bustamente o Vara del Rey no son más que un conjunto de urbanizaciones, oficinas y centros comerciales que poco o casi nada desvelan al visitante acerca de las historias que una vez tuvieron lugar allí. Nada en estas calles conmemora a la comitiva que una tarde fría y borrascosa decidió encaminar sus pasos hasta el cementerio de San Nicolás. Nadie se pregunta por lo tanto qué pretensiones tenían aquellos individuos tan singulares ni qué aciaga empresa los habría de empujar a colarse entre las hierbas del desaparecido camposanto madrileño.

Consideremos la vida de un artista que vivió atormentado por ansias inapagadas de ideal; y consideremos la muerte de un hombre que murió por anhelos no satisfechos de amor.

Si Quentin Tarantino hubiese dirigido la escena ahora escucharíamos el carraspeo desencantado en el gaznate de Johnny Cash. La estampa, monocroma,  aparecería atravesada por ocasionales destellos de luz y, sobre ésta, unos rótulos amarillos nos indicarían uno a uno el nombre de los diferentes personajes que componen el cortejo. En cabeza, Pío Baroja señala el camino con paso firme. Lo sigue su hermano Ricardo, quien a su vez precede a una pléyade de individuos menos conocidos pero adscritos de igual modo al malestar del noventa y ocho. La infografía gualda nos informa de que el resto de la comitiva la forman Ignacio Alberdi, José Fuixá, Antonio Gil, Camilo Barquieta y José Martínez Ruiz, al que posteriormente conoceremos como Azorín. La tarde se ha puesto desapacible y un airecillo frío sacude los huesos de una vieja que aguarda a las puertas del cementerio; su misión no es otra que la de mostrar el camino hasta la tumba del poeta. Sesenta años atrás, Mariano José de Larra se había pegado un tiro en la cabeza desecho por cualquiera sabe qué demonios interiores. Tenía veintisiete años.

Mariano José de Larra, una de las voces del romanticismo español.

Los restos de Fígaro, seudónimo con el que el célebre escritor romántico firmaba sus artículos en periódicos como El mundo o El redactor General, viajarían todavía por un par de cementerios antes de reposar en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Justo; primero en el también desaparecido cementerio de Fuencarral, luego en la real, ilustre y muy antigua archicofradía sacramental de San Nicolás de París y Hospital de la Pasión donde, en medio de un jardín abandonado, Azorín se dispone a leer un discurso que empezaba más o menos así: “Amigos: consideremos la vida de un artista que vivió atormentado por ansias inapagadas de ideal; y consideremos la muerte de un hombre que murió por anhelos no satisfechos de amor. Veintisiete años habitó en la tierra. En tan breve y perecedero término, pasó por el dolor de la pasión intensa y por el placer de la creación artística. Amó y creó. Se dio entero a la vida y a la obra; todas sus vacilaciones, sus amarguras, sus inquietudes están en sus vibradoras páginas y en su trágica muerte”. Y mientras el discurso sigue, los Baroja se quitan el sombrero. La vieja, que observa la escena al fondo, se santigua y exclama:  “¡Ay, Señor!”, “¡Ay, Señor!”.

La busca

Cementerio Civil (Madrid) – Mayo de 2017

Al otro lado de la avenida de Aroca, a escasos metros de la estación de metro de La Almudena, asoma el cementerio civil de Madrid. La tarde se ha puesto fría y un cielo encapotado amenaza el cogote del visitante, por lo que éste no duda en localizar la garita del guarda, donde en caso de tormenta, siempre se puede implorar refugio. No muy lejos de la garita está la tumba de Maravilla Leal González, cuya lápida asoma carcomida por la humedad y el abarquillamiento. Aunque Maravilla se quitó del medio el nueve de septiembre de 1884 (apenas había cumplido los veinte), el visitante identifica la sepultura gracias a la restauración que el ayuntamiento de Madrid llevó a cabo con motivo del centenario de su fallecimiento. El hecho de que Maravilla fuese la primera persona inhumada en el recinto del cementerio civil empuja al visitante a reflexionar acerca de dos motivos importantes: el primero tiene que ver, naturalmente, con el paso del tiempo. La muchacha, piensa éste, lleva tanto tiempo bajo tierra que ni siquiera vivió para ver lo de las colonias. Cuba y Filipinas, Maravilla. Por si no lo sabes, se acabó eso de ser imperio.

No quiero, cuando me muera, nada con el otro mundo. Quiero quedarme en la tierra. No quiero cielo, ni infierno, ni purgatorio siquiera.

La segunda reflexión, que también encuentra en el devenir su núcleo temático, tiene que ver con el epicúreo proceso de desintegración. Sorteando los viejos mármoles del camposanto, el visitante divaga de la siguiente manera: Maravilla Leal lleva tanto tiempo en el hoyo que su viaje de regreso a la polvareda arrancó hace más de un siglo. Átomos por aquí y átomos por allá. “Nada hay después de la muerte”, se lee en una de las tumbas que aparecen diseminadas por las apenas seis hectáreas del camposanto, evidenciando, por otro lado, que los muertos del cementerio civil de Madrid rechazan cualquier forma de metafísica. “No quiero, cuando me muera, nada con el otro mundo. Quiero quedarme en la tierra. No quiero cielo, ni infierno, ni purgatorio siquiera”, lee el visitante en otra piedra. Recuerdan, por qué no decirlo, a las últimas palabras del marqués de Sade, quien atisbando el final, escribía: “una vez recubierta la fosa, será sembrada de bellotas a fin de que el terreno y el soto vuelvan a encontrarse tupidos como eran antes y las huellas de mi tumba desaparezcan de la superficie de la tierra, como espero que se borre mi memoria de la mente de los hombres, excepto un pequeño número de los que han querido amarme hasta el último momento y de los cuales me llevo a la tumba un recuerdo muy dulce”.

Hay algo de terrible en las palabras del filósofo francés. Algo hermoso. Algo exageradamente humano, quizá. Se trata de la voluntad de un hombre que vivió anegado por el resentimiento. Alguien que murió creyendo en la imposibilidad última del altruismo, el afecto o la compasión. A decir verdad, Sade estaba convencido de que la mayoría de nosotros habitamos atrapados al otro lado de la epidermis. Lo que también quiere decir que nuestro Yo más íntimo reside aprisionado entre pliegues de carne, vísceras y tendones. A esta imposibilidad de tender puentes con el mundo exterior, la filosofía le ha dado un nombre: solipsismo. Se trata, en realidad, de una idea muy moderna. Y es que para Sade, si somos incapaces de saltar afuera de nuestra propia carne, entonces, el más ínfimo de mis placeres estará siempre por encima del más horrible de tus padecimientos. ¿No es así como se conducen los tiranos? ¿No está el pensamiento de Sade más o menos presente en el desfile de crueldad humana que cotidianamente presenciamos con el rostro desencajado en informativos y periódicos? ¿No ha sido el último siglo un tiempo de crímenes y barbaries? Sade se apoyaba en la historia. En la violencia de los hechos y en la destrucción natural. Por eso el francés es recordado hoy como uno de los escritores más pesimistas de su época.

El marqués de Sade, pesimismo y soledad hechos palabra.

Para el célebre aristócrata, el reino de los hombres es el reino del egoísmo y, por lo tanto, el reino de la soledad. Simone de Beauvoir escribirá algunos años más tarde, no sin ironía, que para Sade, el pene es el camino más corto de un corazón a otro. Pero si de verdad el filósofo tenía razón y la compasión no es más que una invención del cristianismo, si el egoísmo es consustancial al individuo, si encerrados en nuestra propia piel resulta imposible la comunicación afectiva con lo otro, entonces, para qué compadecerse de los muertos. “¡Déjenme en paz!”, grita Sade desde la tumba, porque Sade todo lo dice gritando, con un sarcasmo alevoso que duele; duelen mucho los libros del divino marqués. “¡Qué nadie me recuerde ni me eche en falta!”. Se trata una vez más de la última voluntad de un individuo cuya existencia fue desgraciada. Sade adquiere un tono afectado y pide que su nombre sea borrado de la memoria de los hombres, pero fracasa. De hecho, fracasa estrepitosamente. Sin ir más lejos, el visitante deambula ahora alrededor del pensamiento sadiano. Piensa que tal vez el filósofo tenía razón. Quizá no hay nada en absoluto que recordar. “Oleadas incesantes de seres inútiles vienen desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros y, sin embargo, seguimos ahí, esperando cosas…Ni siquiera para pensar la muerte servimos”, escribirá algunas décadas después Louis Ferdinand Céline. De todos modos, una cosa está clara: Sade se habría sentido cómodo en el cementerio civil de Madrid. A fin de cuentas, su rabioso ateísmo encajaba a la perfección con algunas de las figuras que actualmente descansan al otro lado de La Almudena. Envuelto en estas reflexiones, el visitante deja atrás los sagrados panteones. Primero el sepulcro de Dolores Ibárruri, Pasionaria, después, el impresionante mausoleo de Nicolás Salmerón, cuyo epitafio afirma que “dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte”. A medida que avanza, oscurecen los sepulcros de quienes se dejaron las ganas en aquel naufragio que fue la primera de nuestras repúblicas. El visitante alcanza entonces el panteón de Pablo Iglesias Posse, fundador del Partido Socialista Español y, según progresa entre los estrechos caminos de guijarros, una amalgama de símbolos marca la piedra de las tumbas. En el cementerio civil de Madrid apenas existe la imaginería religiosa; todo son hoces y martillos. Se podría decir que reina una hegemonía de puños cerrados. De rosas. “Luché por el socialismo y la libertad”, dice otro de los epitafios. Existen tumbas que pertenecen a la izquierda republicana y lápidas cuyos apellidos llaman la atención del visitante. Aquí están, por ejemplo, los Loewe y los Schindler. En una misma alienación de tumbas yacen Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y Gumersindo de Azcárate,  inscritos los tres a la Institución Libre de Enseñanza. No muy lejos descansa Antonio Machado Núñez, padre del folklorista Antonio Machado y Álvarez y abuelo de los poetas Antonio y Manuel Machado; a Machado Núñez se lo considera, además, el introductor del darwinismo en España, que no es poco.

Por encima de las grandes figuras, la tumba de Maravilla Leal González continúa ocupando un lugar privilegiado en la conciencia del visitante. ¿A qué viene plantarse de nuevo ante el sepulcro de la suicida?.

Pero por encima de las grandes figuras, la tumba de Maravilla Leal González continúa ocupando un lugar privilegiado en la conciencia del visitante. ¿A qué viene plantarse de nuevo ante el sepulcro de la suicida? ¿Por qué empeñarse en recordar el malogrado final de esta enigmática muchacha? A fin de cuentas no sabemos qué aspecto tenía ni cuáles fueron las circunstancias que la empujaron a tomar tan errática decisión. Para qué regresar a una tumba que aparece rodeada por todas partes de nombres que sí dejaron verdadera huella sobre la historia política, artística y sentimental de nuestro país; figuras que acariciaron la gloria y que, en algunos casos, incluso cayeron en nombre de las ideas por las cuales lucharon. Desaparecidos los padres de Maravilla, borrados del mapa aquellos parientes y amigos más cercanos, cercenados de la tierra los vecinos que una tarde de septiembre presenciaron (algunos con inconfesable placer luctuoso) el cortejo fúnebre que habría de trasladar los restos todavía calientes de la joven madrileña al cementerio; desvaído el tiempo de un plumazo, poca memoria queda entonces por hacer de la muchacha que hace más de un siglo formó parte de esa caravana de seres incesantes que existió y pereció de una y mil formas en la villa de Madrid. ¿Se acuerda alguien de ellos? La verdad: todos nombran a los ínclitos, pero qué hay de quienes no llegaron nunca a nada. Qué pasa con los que, enredados en el camino de la vida, cavaron la fosa de su propio olvido. Quién recupera la memoria del limpiabotas, de la prostituta, del morito que a diario se carga una decena de alfombras a la espalda. ¿Alguno se acuerda del zapatero remendón cuyo taller quedaba al otro lado de la calle de Alcalá? ¿Quién da voz hoy a sus ingenuas fantasías? ¿Quién atestigua sus mezquindades? ¡Sus arrojos heroicos! ¿Nadie en la sala para recordarnos que aquel mismo zapatero evitó una vez que cierto perro vagabundo acabase hecho papilla bajo las ruedas de un tranvía? ¿Quién nos devuelve los padecimientos de aquellos golfos adscritos a la bohemia que, tratando de ganarse las habichuelas, malvivían vendiendo quincalla y poemitas infumables en las inmediaciones del Rastro? ¿Quién se acuerda de Armando Buscarini extorsionando a los hermanos Quintero? “¡O hay limosna, o me tiro desde lo alto del viaducto!”.

Los empleados de la sucursal bancaria que actualmente deniegan créditos donde antes el zapatero reparaba lo irreparable, rara vez piensan en sombras o fantasmas. Ignoran, por ejemplo, que de chico, el remendón se echó a la carretera desde San Breixo, su pueblo natal, con una mano delante y otra detrás para espantar el hambre y la desesperación. Ni Silvia Suárez ni sus trajeados compañeros de mesa están al tanto de la importancia que en ocasiones tiene salvaguardar la memoria de los muertos. Silvia Suárez piensa que tampoco resulta particularmente útil preocuparse por el más allá, porque cuando esté muerta, dice, ya no seré, y mientras soy, la muerte no es. Silvia prefiere dirigir el pensamiento en otra dirección. Cuando las ideas lúgubres revolotean su cabeza como pajarracos alrededor de un campanario, Silvia solo tiene que acceder al catálogo de entretenimiento sin fisuras que ofrece Netflix o HBO. Ficción. Ficción. Ficción. Un vaso de leche con galletas y a la cama. No le importa tampoco que Madrid ya no se parezca al Madrid que describen los libros de Valle o Gómez de la Serna. Le da igual que donde antes estuvo el café Pombo hoy se levante el Registro Auxiliar de la Consejería de Presidencia, Justicia y Portavocía del Gobierno. A Silvia le da igual que Kafka tuviese razón o no, le trae sin cuidado que la poesía haya sido sustituida por la burocracia. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. A lo mejor Céline no iba del todo descaminado y ni siquiera para pensar la muerte servimos.

Maravilla Leal González, la joven suicida enterrada en el Cementerio Civil de Madrid.

Pero volvamos a la sepultura de Maravilla Leal (1864-1884).

A finales del siglo XIX, las autoridades eclesiásticas prohibían la inhumación en suelo católico a quienes decidían atentar voluntariamente contra su vida. Junto a los masones, pecadores públicos o muertos en duelo, los suicidas eran enterrados en espacios anejos a los muros del cementerio, en los llamados corrales o corralillos. Habitualmente, y bajo el poder que les otorgaba el Obispado, los curas párrocos emitían documentos en los que quedaba registrada dicha prohibición. Así, en archivo de la época perteneciente a la parroquia de Ibahernando, leemos: “(…) que entre los documentos encontrados en uno de los bolsillos del fallecido, éste manifiesta que atenta contra su vida por los padecimientos y que no culpe a nadie de su muerte. Declaramos, pues, no ser digno de ser inhumado en el cementerio católico de este pueblo, oficiando acto seguido al señor alcalde presidente para que mande se dé al cadáver sepultura en el cementerio profano”.

En cualquier caso, a finales del XIX, algo estaba cambiando en España. Una nueva sensibilidad empujaba lenta pero infatigablemente tratando de abrirse camino hacia la superficie. No es más que el sangriento parto de la modernidad. El progreso se quiere venir encima, y con éste, el consiguiente proceso de secularización, la abolición de la pena capital y la aprobación del sufragio universal. No será un parto fácil. Lo que sí parece más o menos evidente es que Maravilla ha decidido poner fin a su vida en un momento concluyente. Tanto es así, que el día en que su cuerpo llega a la morgue, el cementerio civil de Madrid todavía no ha sido inaugurado. Los restos de la muchacha tendrán que esperar aún unas horas hasta que un jovencísimo Alfonso XII corte la cinta del nuevo camposanto. Como bien señalaba Álex Niño en artículo para El país “los aires anticlericales que por entonces sacudían a España iban a tener mucho que ver con la creación de los cementerios civiles”. Lo que también quiere decir que se acabaron los corrales y las fosas comunes. Niño añade que la República equipará estos cementerios a los confesionales, derribando los muros que separaban a unos muertos de los otros. Pero como la historia nunca progresa, antes bien, zigzaguea, renquea, juega al quiebre, los muros volverán a reconstruirse con la llegada al poder del nacionalcatolicismo.

La República equipará estos cementerios a los confesionales, derribando los muros que separaban a unos muertos de los otros.

Con tanto vagabundeo, el visitante casi se olvida del verdadero motivo que lo ha llevado hasta el cementerio. Las piruetas de la imaginación, los recovecos de sentimientos que despiertan en nosotros emplazamientos como el camposanto madrileño han distraído a éste en su empeño por encontrar la tumba de Pío Baroja. No cesan los personajes que, surgiendo como sombras desde el fondo de sus sepulturas, le salen al paso exigiendo memoria. El último en apelar al recuerdo no es otro que el teniente Castillo, quien desde el fondo de una piedra gris, reconstruye con voz invisible aquel fatídico 12 de julio de 1936 en que fue acribillado por un grupo de pistoleros en las inmediaciones de la calle Fuencarral. Regresaba de pasear con su esposa cuando, del mismo modo que en una de esas viejas películas de gánsteres de los años treinta, un grupo de tiradores lo exterminó a balazos; junto al posterior secuestro y asesinato de Calvo Sotelo, el atentado contra el teniente Castillo supondrá el detonante de la Guerra Civil Española.

Ante la tumba de Baroja, el visitante experimenta una impresión sin embargo distinta a la experimentada frente a los panteones de las viejas personalidades políticas. La sobriedad de la lápida bajo la cual descansa el novelista donostiarra contrasta con la monumentalidad de los mausoleos que presiden la entrada al cementerio. Solo hay un nombre, Pío Baroja, y dos fechas: 1872-1956. Es como si el autor de Zalacaín no hubiese querido legar ningún tipo de sabiduría práctica a quienes arrancaron en la empresa de la vida después que él, o a lo mejor es que Baroja pensaba que de vivir no se extrae aprendizaje alguno. Quizá el contenido moral de la existencia no sea más que un batiburrillo de ideas y filosofías a medio edificar, una acumulación de falsas impresiones, desengaños y malos tragos de los cuales no se saca absolutamente nada. ¿Cuántos, como Sade, se mueren irreconciliados, resentidos o perplejos? ¿Cuántos se consumen a diario en una cama de hospital sin estar al tanto del verdadero significado de las cosas? El significado. El sentido. Lo absurdo.

La sobria lápida del escritor noventayochista.

Inmóvil frente a la tumba del escritor, el visitante piensa en dos momentos que se grabaron en su memoria de lector. El primero corresponde al inicio de aquella aventura marítima que el novelista vasco tituló Las inquietudes de Shanti Andía. Allí, Baroja nos sugería que las condiciones de la vida moderna hace a la mayoría de la gente opaca y sin interés. En contraste con la vida aventurera de sus personajes finiseculares, la mayoría de hombres y mujeres de nuestro tiempo nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos, afirmaba el escritor, tienen hoy bastante interés para ser comunicados a los demás. Y añadía: “la sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos”. Que Baroja escribiera así a principios del siglo XX, es decir, mucho antes de la instalación de la cultura de masas, no hace sino confirmar la lucidez de aquel muchacho que una vez presidió el homenaje a Mariano José de Larra en el cementerio de San Nicolás.

El otro momento barojiano procede de las páginas de El árbol de la ciencia, aquella novelita que casi todos los niños españoles tuvimos que leer en el instituto. El visitante reproduce las conversaciones entre el malogrado protagonista Andrés Hurtado y su tío. ¿Acaso la verdad en bloque es buena para la vida?, se preguntaba el tío Iturrioz. ¿Es el conocimiento incompatible con el impulso vital? Quizá sea cierto y vivir implique engañarse. Pero, ¿qué dosis de mentira es necesaria para la vida? Baroja nos recuerda a través del tío Iturrioz que esta idea ya estaba en el Génesis, y que por algún motivo Dios habría obligado a Adán a comer del árbol de la vida. Ni te asomes al árbol de la ciencia, le dirá Dios. Conocer es sufrir. “Sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”. “¿No es un consejo admirable?”, se preguntaba Iturrioz.

El visitante, que ahora se aleja de la tumba de Baroja bajo un rojizo atardecer primaveral (finalmente no ha tenido que refugiarse en el interior de la garita), se pierde en la espesura de sus recuerdos literarios. Repasa líneas que con el tiempo adquieren nuevos significados y que, a la luz de las experiencias vividas, lo ayudan a poner orden dentro del estupor con el que normalmente se maneja en la vida.

Luego se escucha el sonido urgente de un silbato. Es hora de cerrar, amigo, exclama el guarda. Lo que también significa que ha llegado la hora de volver al mundo de la vida. Se acabaron las contemplaciones.


Imagen principal: Pío Baroja pasea por el Parque del Buen Retiro, Madrid.