Alfonsina Storni: poeta de la libertad

  • Delfina Alsonso se adentra en la vida y obra de la poeta argentina que desafió todas las convenciones sociales de su época.

Hace unos meses, una amiga me regaló un libro excelente acerca de algunas artistas y pensadoras mujeres de la generación del 27. Yo, devota de García Lorca, conocía a la Generación sólo a partir de las historias relatadas por y sobre los hombres, ignorando personalidades que ahora me resultan exquisitas y merecedoras de reivindicación, como María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, entre muchas otras. El nombre que más resonaba en mí, de ese grupo tan amplio, era el de la filósofa española María Zambrano, a quién había leído y estudiado. El libro en cuestión (que recomiendo profundamente) se llama Las Sinsombrero, escrito por la cineasta catalana Tània Ballò, y resulta indispensable para aquellos que se interesan por la cultura española del siglo XX, sobre todo por las historias de aquellas brillantes mujeres silenciadas.

A pesar del descubrimiento de aquellas mujeres estupendas, hacía varios días que en mi cabeza resonaba un único nombre: Alfonsina Storni.

Este año 2019, a propósito de la conmemoración del día de la mujer, se organizó en Granada un concierto titulado  Paco Damas canta a las Sinsombrero – Concierto didáctico por la visibilidad de la Mujer, la Igualdad y contra la violencia de Género, cuyo objetivo era, en parte, homenajear – casi en forma de reclamo- al grupo de mujeres que formó parte del núcleo intelectual y artístico de esa España de principios de siglo que se había propuesto radicalizar las formas y la concepción del arte existentes hasta entonces.

De más está decir que con mi amiga Giulia – una italiana estudiosa y admiradora de las mujeres de la Generación- estábamos radiantes de alegría por la noticia y fuimos esa noche al teatro Isabel la Católica con la misma expectativa con la que una niña o un niño va a un parque de diversiones.

Retrato de la rebelde poeta argentina.

Sin embargo, y a pesar del descubrimiento de aquellas mujeres estupendas, hacía varios días que en mi cabeza resonaba un único nombre. Nombre adorado, admirado, dolido, añorado…Un nombre también femenino: el de Alfonsina Storni.

Mujer de letras. Poeta. Feminista. Moderna. Independiente. Artista con mayúsculas. Todo eso fue Alfonsina, considerada la poeta más importante de la literatura argentina y contemporánea de la generación del 27, con alguna de cuyas integrantes entabló amistad. Su personalidad trascendió fronteras y hoy en día es una de las escritoras más leídas en América Latina.

La vida de Alfonsina es sumamente interesante, por su intensidad y por la forma en que la poeta desafió todas las reglas de una época caracterizada por el conservadurismo y la ausencia de derechos políticos y sociales de las mujeres, cuyo rol en la sociedad estaba relegado a la vida doméstica o, como mucho, a la enseñanza primaria (es decir, a ser maestra).

A pesar de ser una escritora prolífica y ampliamente reconocida por los intelectuales de su época es más bien recordada por lo trágico de su muerte.

A pesar de ser una escritora prolífica y ampliamente reconocida por los intelectuales de su época -ganó el primer Premio Municipal de Poesía y el segundo Premio Nacional de Literatura-, en la actualidad Alfonsina Storni es más bien recordada por lo trágico de su muerte: se suicidó arrojándose al mar a la edad de 46 años, víctima del profundo dolor físico y emocional que le produjo ser diagnosticada de cáncer.

La muerte de Alfonsina -cuyo nombre significa “dispuesta a todo”-, ha sido de alguna forma romantizada y exacerbada, y cuesta a veces sacarla del rol de “poeta suicida” en el que algunos la han puesto. Hay además en toda su historia un componente de “rebeldía” que la posiciona como una verdadera pionera en la lucha por los derechos de las mujeres y la igualdad de género, característica que atraviesa toda su obra literaria y periodística.

Su pluma, de hecho, causó no pocas indignaciones, tanto por parte de los hombres como de las mujeres. Quizás nos cueste imaginar en esta época, aún con todos las desigualdades que todavía restan por eliminar, que se formen grandes debates en torno a qué puede escribir o sobre qué puede hablar una mujer, y sobre qué no. En la Argentina de mediados del siglo XX, la situación era muy distinta. Alfonsina comenzó a ser cuestionada y considerada como “demasiado audaz”. En uno de sus poemas más famosos, de temática claramente feminista, reza:

 Yo seré a tu lado,
silencio, silencio,
perfume, perfume,
no sabré pensar,
no tendré palabras,
no tendré deseos,
sólo sabré amar.

Extracto del poema “Perfume”

Lo cierto es que la poeta no nació en Argentina, sino en el pueblito suizo Sala Capriasca, en 1892, en el cual vivió hasta los cuatro años.  Luego la familia se trasladó definitivamente a la Argentina para dedicarse al comercio.

La infancia de Alfonsina se desenvolvió en un ambiente desfavorable que oscilaba entre las cada día más intensas borracheras del padre, que era adicto a la bebida, y la pena de verse obligada a dejar la escuela para ayudar a mantener la frágil economía del hogar, atendiendo el bar de la familia como mesera, repartiendo panfletos en la calle o trabajando de costurera en una fábrica de gorras. Los juegos, el colegio, la paz tierna de la infancia, no tenían cabida en la vida de Alfonsina, que no puedo siquiera terminar la primaria.

La poeta luego recordará la adicción de su padre, que falleció siendo ella pequeña, con estos terribles versos:

 Que por días enteros, vagabundo y huraño
no volvía a la casa, y como un ermitaño
se alimentaba de aves, dormía sobre el suelo
y sólo cuando el Zonda, grandes masas ardientes
de arena y de insectos levanta en los calientes
desiertos sanjuaninos, cantaba bajo el cielo.

Ante la tragedia, sin embargo, sucede a veces lo impensado: Alfonsina tenía un profundo mundo interior, lleno de curiosidad y deseos de progresar, y a muy corta edad se volvió autodidacta, autónoma e independiente. Su madre, Paulina, intentaba contribuir en la enseñanza de la pequeña futura artista dándole clases ella misma, que era maestra, en una escuela domiciliaria que montaron en su propia casa.

Alfonsina comenzó a empaparse con los clásicos de la literatura y de la música. A los 12 años disfrutaba de escribir poemas -que publicaba una revista de su ciudad- y de cantar ópera. Ella misma testimonia de manera muy bella aquellos inicios:

A los doce años escribo mi primer verso. Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso; a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce. Desde entonces, los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan.

En el año 1909, Alfonsina dejó el hogar materno para mudarse a la ciudad de Coronda, donde se matriculó en la carrera de maestra rural. Tenía 17 años. Formalmente no estaba en condiciones de realizar estudios porque no había terminado la escuela primaria, pero sus ansias de progreso y su conocimiento sobre literatura hicieron que los directivos de la institución hicieran una excepción. La joven artista trabajaba y era independiente económicamente. Finalizó su carrera y se recibió de maestra, profesión que no abandonaría nunca. Aquella Alfonsina adolescente asistía a los congresos feministas, donde se discutía el rol de la mujer en la sociedad y donde eran los socialistas, a quienes la poeta observaba cada día con más admiración, los que fervientemente exigían un cambio de mentalidad en aquella sociedad argentina tan conservadora. Esos cambios, lamentablemente, tardarían en llegar y ella no estaría viva para verlos.

Alfonsina junto a su hijo Alejandro.

El acontecimiento más importante de esta época en la historia de Alfonsina Storni fue su embarazo. Nunca quiso revelar la identidad de su amado, pero lo cierto es que llevó adelante la maternidad bajo la mirada prejuiciosa y altanera de los demás. ¡Es que Alfonsina tenía todos los males! Era madre soltera, feminista, y sus poemas incitaban a las mujeres a rebelarse frente al orden patriarcal.

A aquellos que criticaban su estilo de vida, Alfonsina les regaló un maravilloso poema; una declaración de intenciones:

 Yo soy como la loba. 
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.
Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral.
¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!
Yo soy como la loba. Ando sola y me río
Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
Donde quiera que sea, que yo tengo una mano
Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

Precioso, ¿verdad?

A partir de todo el revuelo que causó su embarazo, y con objeto de cambiar de aire y alejarse de la conservadora sociedad en la que vivía, Alfonsina se mudó a Buenos Aires, donde nació luego su hijo, Alejandro, y donde se encontraba el núcleo fuerte de la actividad cultural nacional. Ya instalada en la capital, comenzó a trabajar como cajera en una farmacia, a la vez que colaboraba escribiendo artículos para la famosa revista Caras y Caretas. Entre el trabajo, la crianza de Alejandro, la redacción de sus artículos y la vorágine de la vida en la metrópoli, Alfonsina se sentía agotada, pero eso no fue impedimento para que siguiera escribiendo, cuando encontraba el tiempo, sus versos.

Alfonsina también criticaba el machismo de mujeres, que por comodidad, se quedaban en el lugar que la sociedad les otorgaba: esposas, madres, sumisas, amas de casa y obedientes al marido.

El trabajo en la revista le permitió entablar poco a poco relación con algunas figuras destacadas del núcleo artístico de la época, como Juana de Ibarbourou, Amado Nervo y Horacio Quiroga. Buenos Aires era el centro cultural de Argentina, y fue allí donde, en 1916, a la edad de 24 años, Alfonsina publicó su primer libro de versos de amor: La inquietud del rosal, que incluye una nota inicial en el que la autora confiesa “escribí este libro para no morir”.

Pasado el tiempo, Alfonsina consiguió trabajo como maestra en el Instituto de Lenguas Vivas, donde era titular de la cátedra de declamación, y como periodista en algunos medios gráficos. De a poco, la joven escritora empezó a estrechar vínculos con algunos intelectuales de la época y con políticos afiliados al partido socialista; era invitada a tertulias artísticas y se empapaba de la vida cultural porteña, donde era cada vez más reconocida por la calidad de su escritura. En los próximos años, Alfonsina  publicaría dos libros más: Irremediablemente y El dulce daño.

Algunas voces maliciosas comentaban ¡Pobre Alfonsina! Siendo tan buena escritora, tuvo la desgracia de nacer mujer. ¿Os suena un pelín actual este pensamiento? A mi lamentablemente sí.

A partir de 1918, los artículos de Alfonsina Storni comenzaron a causar malestar en los sectores más conservadores de la sociedad, incluso entre los intelectuales, quienes la consideraban una suerte de “niña” rebelde, demasiado osada, bastante imprudente. Lo mismo que dirían algunos de Federico García Lorca y sus obras de impronta republicana. Y es que la poeta criticaba no sólo el machismo de los hombres, sino también el de las mujeres, que muchas veces, por comodidad, elegían quedarse en el lugar en el que la sociedad las colocaba: esposas, madres, sumisas, amas de casa y obedientes al marido.

De izquierda a derecha: Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Eduardo Victor Haedo.

En 1919, Alfonsina estuvo a cargo una sección en la revista La Nota, y más adelante en el periódico La Nación, donde se le encargó que escribiera acerca de tópicos femeninos. La poeta adoptó una forma bastante combativa de ejercer el periodismo, muchas veces escribiendo artículos irónicos (recomiendo leer  “Diario de una niña inútil”), y otras tantas manifestando ideas revolucionarias para la época como “llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán”. También escribía sobre el derecho al voto femenino, que llegaría recién en 1946, y sobre la necesidad de que sean en primer lugar las propias  mujeres las que cuestionen las bases del orden patriarcal y el rol que ese orden les imponía desempeñar en la sociedad.

La obra poética de Alfonsina se divide en dos etapas: a la primera, caracterizada por la influencia de los románticos y modernistas, corresponden La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920) y Ocre (1920). La segunda etapa, caracterizada por una visión oscura, irónica y angustiosa, se manifiesta en Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). También publicó obras de teatro para adultos y para niños que se estrenaron en el teatro.

En la década de 1930, Alfonsina viajó a Europa y participó de las reuniones culturales donde participaron figuras importantes de la literatura como Federico García Lorca (sé que ya nombre tres veces a Federico, pero mi amor por él me impide no hacerlo) y Ramón Gómez de la Serna. En 1938 participó en el homenaje que la Universidad de Montevideo brindó a las tres grandes poetas de América: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbouro y Alfonsina Storni.

Gabriela Mistral, que había conocido a Alfonsina en la década del 20, diría de ella:

“La admiro por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin transcendentalismos. Y sobre todo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo.
Extraordinaria la cabeza, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años.
Su cabello, más hermoso no he visto; es extraño, como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura”.

Alfonsina ejerció paralelamente su trabajo como escritora con la docencia, llegando a ser directora de un colegio. Sin embargo, padecía de ataques de neurosis y era excesivamente nerviosa. A veces tenía la sensación de estar siendo perseguida por enemigos imaginarios que estaban siempre al acecho. También sufría episodios de depresión. Alguno de sus biógrafos hacen referencia a un exagerado idealismo que provocaba que Alfonsina, al enfrentarse “a la vida real”, a la sociedad, a los hombres y mujeres de su época, con sus comportamientos y el bagaje histórico y cultural que los atravesaba, sintiera una profunda decepción frente al mundo, una desmotivación generalizada.

A pesar de todos sus éxitos artísticos y profesionales, cuando estaba en la cúspide de su carrera como escritora, Alfonsina, alertada por un fuerte dolor en el pecho, se enteró de que estaba enferma de cáncer. Era el año 1935 y la noticia la perturbó. Comenzó a partir de allí un proceso de tratamientos que fueron minando su salud física y emocional, y comenzó a encerrarse cada vez más en sí misma y a refugiarse en el amor de unos pocos amigos y de su hijo Alejandro. Alfonsina no pudo afrontar el profundo sufrimiento que la enfermedad le ocasionó. Se operó pero fueron cada vez más recurrentes los ataques de pánico y las dolencias físicas.

Imagen tomada por la revista Caras y Caretas en 1924 – Archivo General de la Nación.

Como consideraba que el suicidio era una elección concedida por el libre albedrío, Alfonsina se “preparó” para acabar de una vez por todas con su martirio. Había decidido disponer de su propia vida. Poco a poco fue despidiéndose de su hijo, quien no sabía pero sospechaba la decisión de su madre. Para aquella época, Alejandro ya se encontraba establecido económica y profesionalmente.

Alfonsina se trasladó a la ciudad balnearia de Mar del Plata, donde redactó una última nota para el diario La  Nación: “Voy a dormir”.

Dientes de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme prestas las sábanas terrosas  y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera; una constelación; la que te guste;  todas son buenas; bájala un poquito. Déjame sola: oyes romper los brotes… te acuna un pie celeste desde arriba  y un pájaro te traza unos compases para que olvides…

Gracias. Ah, un encargo:  si él llama nuevamente por teléfono  le dices que no insista, que he salido…

Las últimas cartas escritas por Alfonsina fueron para Alejandro. El dolor no le permitía escribir, así que su nodriza fue la encargada de redactarlas. El suicidio fue en la madrugada de 1938. Alfonsina tenía 46 años. Era primavera y había tormenta. La poeta caminó hasta la escollera del mar, del mar que amaba, y se arrojó en el, frente al Club Argentino de Mujeres. Fue la única batalla que no pudo ganar. La única.

Si has llegado hasta aquí y la biografía de Alfonsina te ha resultado interesante, te sugiero escuchar la increíble versión de la canción Alfonsina y el Mar interpretada por Mercedes Sosa. ¡Vale absolutamente la pena!


Imagen de portada extraída del Archivo General de la Nación Argentina.