Bombay (que no Mumbai): otro mal artículo de viajes

  • Rubén Herrera es un viajero sin quererlo. Un día, sin saber por qué, amaneció en Bombay, seguro de estar todavía en territorio colonial británico. Buscó a Nelson entre vertederos y divinidades pétreas  Ahora nos habla de aquellos días.

Unilateralmente, similar a un Decreto Ley y sin párase-usted-a-pensar-el-destino-escogido, tomé la decisión de viajar a la India. Empujado a vela por las aventuras de Phileas Fogg compré un vuelo directo a Bombay, que es la ciudad que yo quería visitar; el resto de turistas me cuentan iban a Mumbai, pobres míos.

Aouda venía conmigo, lo que me evitaría tener que salvar a una esposa ya viuda parsi en el entierro de su marido. Fue un desahogo, pues esa semana no me sentía demasiado valiente como para intentarlo. Además, por la limitación de peso en el avión, no traje conmigo los zapatos adecuados. Tampoco sé si soy alérgico a los elefantes y ya saben que para este tipo de rescates se requiere ese medio de transporte. O tempora, o mores.

Campo de cricket abandonado. Mumbay. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Un servidor, que vive en Doha (Catar, donde juega Xavi ahora) habituado a un orden y limpieza que ni el del hogar materno, aterrizó en Bombay. Nos bajamos del avión y decidimos cambiar de personaje, recordando entonces que las aventuras las vivía Passepartout y no el señor Fogg.

Solo tardamos hora y pico entre pitos y atascos, y algún que otro susto, en llegar al destino.

Aunque en mi oh patria querida quieran prohibirlo, tuvimos el valor de subirnos a un Uber para ir a nuestro hotel. Ni Gea ni el Tártaro ni el Divino Santo Espíritu de Tres Cabezas: aquí quien dominaba con mano dura era Caos, o Chaos para los más puristas o Χάος para quien lo entienda. Solo tardamos hora y pico entre pitos y atascos, y algún que otro susto, en llegar al destino. Las pobres 400 rupias que nos cobraron por tal trayecto nos hizo replantearnos el “¿compramos 20.000 rupias para pagar en efectivo allí?”.

Hotel, sinónimo de habitación de dos metros cuadrados, baño con cal incluido. Mi mesa de noche era la pared. Espacio limitado en el suelo para dejar las maletas. Bueno, aceptable. Tres noches aquí, tres días para visitar la ciudad. Excursiones concertadas mañana y pasado mañana. Vamos a perdernos por la ciudad, un paseo por el collar de la reina. Qué es eso. No sé, pero vamos. Comemos antes, que me muero de hambre. Y yo. Échale picante a la comida, pichita mía, que no pica nada. Qué poca humedad, qué bien huele esta ciudad, nadie usa el claxon. Dos días después sabremos que el Collar de la Reina es esto, porque ahora ni idea, verdad. Bonita playa, bonitas vistas, no metía un pie ni por tres millones de rupias pagadas en euros a buen cambio.

Vertedero frente al mar. Mumbay. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

El último día hábil visitamos las cuevas de Elephanta. Maravilloso viaje en barco a través de una preciosa bahía, alejándonos de la populosa ciudad desde de la Puerta de la India. Las cuevas resultaron ser una maravilla, expoliadas y dañadas por los portugueses (desde que ganaron la Eurocopa se creen omnipotentes), pero conservando un olor y un sabor que nos transportaron a lo más puro de la cultura hindú. Nuestro guía, con un inglés semejante al de Sergio Ramos y con una insana costumbre de hurgarse la nariz, se preocupó ante todo en que pareciésemos un matrimonio junto a la imagen marital de Shiva y Sati. Nuestras caras de no queremos esta maldita foto quedará plasmado para la posteridad. Dimos de comer a los monos.

Todo recuerdo colonial británico se escondía tras escombros, enredaderas u odio al inglés, muerte a Nelson.

Esa tarde visitamos Haji Ali Dargah, una mezquita situada en un islote al que se accede mediante una lengua de tierra. De estar todo un poco más limpio y con sonidos de 3×4 a la caja -descansa en paz, capitán-, la semejanza a la Caleta y al Castillo de San Sebastían habría sido mayor. Vimos una puesta de sol hermosa, digno final para nuestro viaje.

Viaje que empezó mal: ciudad maloliente, sucia, dejada, superpoblada. Todo recuerdo colonial británico se escondía tras escombros, enredaderas u odio al inglés, muerte a Nelson. Reconozco que nuestro trabajo nos costó adecuarnos a la zona. Si algo ayudó fue el paseo que nos dimos por el Sagar Upvan Garden, un parque en las postrimerías de la ciudad con vistas al mar y con mucho color verde. De ahí nos sumergimos en lo más puro de la India, en calles abarrotadas de personas y tenderetes de comida, sobre todo fruta. Acogimos con cariño la ciudad.

La encrucijada. Mumbay, Pepe Pérez-Muelas Alcázar

No quiero concluir lo que no he empezado: un artículo de viaje por Bombay. Sin embargo, no queda mejor conclusión que defina lo que es esta ciudad y este país que nuestra última visión de camino al aeropuerto: militares haciendo deporte en las afueras, pero en vez de correr junto a sus compañeros, un chico decidió montarse en un rickshaw y avanzar entre risas y sin esfuerzos. Un país que avanza por castigo. Además, nos faltaba ver una vaca, y la vimos.


Foto de portada: Vertedero frente al mar. Mumbay. Pepe Pérez-Muelas Alcázar. Las demás fotos son del mismo autor.