Colores de entreguerras

  • Un paseo por la ribera del Sena y dos láminas de estilo Art Déco de la revista Vogue. Cristina Mirete escribe su particular homenaje a la obra del ilustrador Eduardo García Benito. 

¿Cuántos puentes tiene París? No puedo contarlos con los dedos de una mano, tampoco bastan las dos.

Si hay uno que me sobrecoge por su belleza, es el Pont des Arts. Real y mágico al mismo tiempo. Cruzo el Sena a través de este puente y me detengo ante los puestos de los bouquinistas con la gabardina bajo el brazo. París no la concibo con otra prenda. Existe un idilio entre París y la gabardina, ambas de elegancia atemporal, ambas con una fascinante personalidad.

Me la pongo y me creo poseedora de un enigmático pasado. Me imprime cierta serenidad, independencia. Es impermeable y resistente al dolor…y a la lluvia. Con gabardina Humphrey Bogart nos convenció de que Rick e Ilsa vivieron la historia de amor más inmortal del cine.

Existe un idilio entre París y la gabardina, ambas de elegancia atemporal, ambas con una fascinante personalidad.

Decido colocarme la gabardina, un rayo de sol en París no es suficiente para sortear el frío, es entonces cuando atravieso el puente en el que Horacio Oliveira se topaba con La Maga. Esos encuentros no fueron tan casuales, sino el producto de una sutil coincidencia relatada por Julio Cortázar. Pero de casualidades, coincidencias y encuentros, puedo yo hablar cuando inmersa en el paisaje del Sena, me dejo tentar por lo que los bouquinistas instalados en sus orillas tienen para ofrecer. En ese deambular sosegado iba a descubrir algo que llamaría poderosamente mi atención.

El bouquinista suele ser un vendedor de libros, discos, también dibujos y pinturas diversas, incluso de partituras musicales o cualquier tipo de objeto que entrañe cierta antigüedad. Vende aquello que está ya fuera del mercado habitual.

Surgía ante mí un cautivador escenario en el que hallé dos hermosas láminas de estilo Art Déco.

Las láminas se correspondían con portadas de la, todavía hoy exitosa, revista de moda Vogue y pertenecían a los felices años veinte. Me hice con ellas deslumbrada por su paleta de colores. El flechazo fue inmediato. París, la gabardina, las láminas Art Déco. Elementos suficientes para dejar volar la imaginación e inventarme, por un momento, otra vida.

Se trataba de carteles que imprimían dinamismo y movimiento, obra de un insigne ilustrador español que decidió que a él iba sucederle algo diferente. El estilo Art Déco fue el escogido para el diseño gráfico de grandes publicaciones como la ya mencionada Vogue o Vanity Fair, publicaciones que recogerían toda la luminosidad de su creatividad. Dueño de un enorme talento, colorearía el atrevimiento, y por qué no, el humo que desprendían las chimeneas de los tejados de Saint-Germain-des-Prés.

Aquellas láminas de la revista Vogue tenían firma española. De ese modo fui a dar con Eduardo García Benito. Un sobresaliente artista español afincado en París. Emigrar a París o morir en el intento. París que era efervescencia, vanguardia intelectual y artística. París que abrazaba el ingenio y la bohemia. París poseedora de gran belleza, lugar donde ser lo que se anhela ser, incluso puede uno desafiar la grandilocuencia parisina y sentirse infeliz, la derrota siempre tuvo buena acogida en la comunidad de creadores y artistas.

Aquellas láminas de la revista Vogue tenían firma española. De ese modo fui a dar con Eduardo García Benito. Un sobresaliente artista español afincado en París.

Ese París recibió a este ilustrador vallisoletano de gran reputación, que se ganó el calificativo de ser uno de los más brillantes.  Me disculpo si llego a sonar pretenciosa pero, durante los años veinte la visión y el estilo de Benito influenciaron el arte y el diseño en todo el mundo.

Tenía entre mis manos un pedazo de los magníficos denominados como años locos. Ello implicaba tener el jazz sonando en mi cabeza, sentir el glamour merodeando a mi alrededor. Añoranzas de tiempos pasados, idealizados probablemente por no haber sido vividos.

Fue aquella una sociedad de entreguerras que gritaba cuáles eran sus inmensas ganas de vivir y esa manera de ver y sentir el mundo la reflejó perfectamente en su novela  titulada El Gran Gatsby, el novelista y escritor estadounidense Francis Scott Fitgerald. La gente más guapa de la ciudad quería beber champán y dejarse embriagar por la música swing. Eran muchas las ganas y las ansias por lo que la vida pudiese brindar.

Buscadores de placer

El arte es toda una proeza. El creador de arte se somete a una prodigiosa dificultad. No escuchamos al mundo pidiendo que se escriban libros o se pinten cuadros. Además, hay que ganarse el pan y la salud puede fallar. Todo en medio del estruendo, con la gente interrumpiendo. Por qué llenaremos los silencios de charlatanería cuando es mejor dejar a la música sonar. Sin embargo, pese a las vicisitudes, el arte siempre se abre paso del mismo modo en que me abro paso yo entre la muchedumbre del metro, temerosa de que mis posters Art Déco sufran algún daño.

El arte cuenta con infinidad de maneras para expresarse. Una atmósfera de risa y velocidad donde vivir escandalosamente también podía considerarse un arte. Así debió pensarlo Zelda Fitzgerald, quien, junto con Scott, jugaba a la pasión y a la locura. Ambos radicados en París desde finales de la primera guerra hasta la depresión de 1930, borrachos de éxito y entretenimiento. Los días transcurrían como en una montaña rusa y en sus fiestas cada uno decidía quien quería ser, mientras el jazz sonaba y los litros de ginebra y whisky se derrochaban con deleite.

El Gran Gatsby 1949, Elliott Nugent

Pero ninguna fiesta se prolonga eternamente, tampoco en París con permiso de Ernest Hemingway, para el que París era una fiesta, aunque no perpetua. Los nubarrones de una guerra en Europa ya se percibían, lo que no parecía motivo suficiente para flaquear, al contrario, sobraban los motivos para brindar por tiempos mejores.

Los Fitzgerald se rindieron al París del Art Decó. Los más observadores se rindieron a Eduardo García Benito. Se rindió el público a las líneas rectas, sencillas, a las figuras de pocos recovecos, a las ornamentaciones refinadas y al diseño urbano. El arte buscaba evolucionar al compás de los nuevos tiempos. Llegaba la época de la simplicidad y la simetría.

Modernidad con pretensiones nostálgicas

Que algo es más moderno cuanto más nos recuerda al pasado, no debería sorprender. Eso representa este arte, una contradicción más. Inmersos en esa contradicción volvemos a París por ser motor de los acontecimientos más sublimes. París de cielo gris. El mismo París y la Gran Exposición Internacional de las Artes Decorativas e Industriales Modernas entraban en conflicto con el Art Nouveau, ya sin nada que ofrecer. Llegaba el Art Déco, cargado de eclecticismo, con sus raíces en Francia y propagándose por el diseño, la moda, el cine, la fotografía y la arquitectura desde los años 1920 hasta los 1930. Sus características formas geométricas inundaban desde mobiliario a joyería, vidriería o cartelismo.

Folleto Exposición Internacional de las Artes Decorativas e Industriales Moderna de 1925

Mientras que con el Art Nouveau nos vendrían a la cabeza nombres como el de Toulouse-Lautrec o Klimt, la naturaleza, las formas vegetales y los animales, con el Art déco miraríamos a modelos artísticos de la vanguardia bebiendo del colorido. No obstante, continúa existiendo el riesgo a la confusión. Mencionar a Gaudí es hablar de Art Nouveau y en el caso del Empire State, es hacerlo de Art Déco.

Un Art Déco fruto de la evolución del Art Noveau y el Modernismo, con influencias del cubismo y reflejando el espíritu más monumental del antiguo Egipto, introdujo el glamour en la moda y el mobiliario de la mano de la opulencia y el lujo rectilíneo. También las joyas abrazaron su geometría.

Lo que merece la pena permanece, razón por la cual genios españoles como García Benito permanecen.

Hoy todo esto nos puede parecer perteneciente a un viejo Hollywood, al que sin embargo se continúa volviendo. Mi pretensión es la de mirar con nostalgia aquel espíritu de los “maravillosos años veinte” y, siendo consciente de que la vida no es una película, considero que revisitar ese cine es un motivo para regresar a lo que nos hizo (y nos hace) amarla. Son las reminiscencias de una sociedad elegante que mantiene intacta su huella seductora.

Coco Chanel decía, “la moda es efímera, pero el estilo permanece”. Asimismo, los tiempos son efímeros y lo es también la ciudad, París, que permanece. Lo que merece la pena permanece, razón por la cual genios españoles como García Benito permanecen.


Ilustración de la portada: Exposición Internacional de Artes Decorativas, 1925 – París.