Historia silenciada de la mujer VI. La mujer en la Edad Moderna

  • Una nueva época pero costumbres todavía medievales. Jesús Ramírez Álvarez explica el contexto misógino al que se tuvieron que enfrentarse las mujeres entre los siglos XV y XVIII.

Acabábamos el artículo anterior indicando que sería razonable suponer que al finalizar la Edad Media e imponerse las ideas humanistas y racionalistas del Renacimiento la misoginia dejaría paso a una mentalidad más igualitaria en cuanto a la relación hombre-mujer. Pero no fue eso lo que realmente sucedió, demostrándose así que los prejuicios, complejos y estereotipos profundamente arraigados en la tradición tardan mucho tiempo en superarse.

Esto es lo que se observa durante la Edad Moderna, etapa histórica que va desde mediados del siglo XV hasta fines del XVIII, en la que en nuestra civilización occidental se produjeron importantes innovaciones, progresos y adelantos en casi todos los órdenes: descubrimientos geográficos (América, Oceanía) y científicos (Newton, Galileo, Copérnico, Servet, Kepler), cambios económicos (mercantilismo, aparición de formas de organización precapitalista), políticos (sustitución de las monarquías feudales por los estados modernos, nacimiento de grandes imperios), religiosos (Reforma protestante, Concilio de Trento), y artísticos (Renacimiento, Barroco, Neoclasicismo), entre otros. Sin embargo, estos cambios materiales o culturales no trajeron consigo ninguna modificación apreciable en cuanto al tradicional estatus de subordinación de la mujer. Ése es el asunto que nos proponemos abordar en este capítulo. Dejaremos para el siguiente conocer a algunas mujeres que destacaron en facetas diversas en los primeros dos siglos y medio de dicha era. Y habrá un tercero dedicado al XVIII, la época de la Ilustración, en la que ya por fin en algunos elitistas círculos femeninos empezará a abrirse paso la toma de conciencia de su sometimiento al varón, lo que constituye la semilla del futuro movimiento feminista que trataremos en entregas posteriores.

Uno de los aspectos que en la Edad Moderna sobrevivió a los tiempos medievales es la dicotomía entre María, mujer ideal y Eva, mujer real.

Uno de los aspectos que en la Edad Moderna sobrevivió a los tiempos medievales -y del que nos ocupamos en nuestro encuentro anterior- es la dicotomía entre María (mujer ideal) y Eva (mujer real). Lo vamos a comprobar a través de dos obras artísticas distintas: la primera pertenece a la serie de pinturas más famosa de todos los tiempos: los frescos del techo de la Capilla Sixtina (1508-12) cuyo autor es Miguel Ángel Buonarroti. De las numerosas escenas representadas destaca la del Pecado Original, en la que vemos de nuevo al Demonio (Diablo, Lucifer, Luzbel, Belzebú, Maligno, podemos elegir entre infinidad de nombres referidos al Mal) en forma de serpiente, pero con una fisonomía femenina que no deja lugar a la duda sobre cuál de los dos sexos era el culpable de las desgracias de la humanidad. Y eso que Miguel Ángel vivió cuando ya la filosofía humanista y antropocéntrica se estaba imponiendo sobre la mentalidad medieval. Pero la fortaleza de la tradición misógina y su resistencia a desaparecer quedan bien patentes en esa imagen.

Detalle de “El pecado original y la expulsión del paraíso” de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel Buonarroti.

También el arquetipo de la mujer ideal, la Virgen María, está muy presente en el arte renacentista. Cualquiera de las Madonnas pintadas por Masaccio, Filippo Lippi, Sandro Botticelli o Rafael Sanzio (u otros muchos) nos serviría de ejemplo. Pero no hay necesidad de cambiar de artista, porque el propio Miguel Ángel es autor de la Piedad, grupo escultórico que se encuentra en la basílica de San Pedro del Vaticano y que data de 1496. En esa trágica estampa que muestra a María con su hijo muerto entre sus brazos podemos apreciar los rasgos de lo que se consideraba entonces la mujer perfecta: juventud, belleza, serenidad, elegancia, dulzura. María es, como ya se dijo, la encarnación de la idea esencial y platónica del Bien y la Bondad, con mayúsculas. Por cierto, que el célebre artista florentino se obsesionó con este tema de la Piedad en la época final de su vida, del que esculpió otras tres versiones más, aunque con formas bien diferentes del clasicismo que emana de esta primera.

La Piedad de Miguel Ángel. Juan M Romero

De un siglo más tarde es la obra capital de la Literatura española y universal, El Quijote, del que hemos seleccionado un pasaje magistral en el que están presentes las dos imágenes femeninas heredadas de la edad Media. Estamos en el capítulo 31 del libro primero, publicado en 1605. La escena discurre en forma de diálogo entre los dos protagonistas, don Quijote y su escudero Sancho Panza, en el que éste le cuenta a su amo el resultado de su fingido encuentro con Dulcinea, a quien tenía que haber entregado una carta escrita por el caballero, aunque nosotros –los lectores- sabemos que esa entrevista nunca se produjo y que lo que cuenta Sancho es inventado, pura superchería. Pregunta impaciente y nervioso don Quijote:

“- Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas o bordando alguna empresa con oro de cañutillo para este su cautivo caballero. – No la hallé –respondió Sancho- sino ahechando (cribando) dos hanegas (fanegas) de trigo en un corral de su casa. – Pues haz cuenta –dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos (…)”.  

Continúa la conversación en la que Sancho, con mucho ingenio y cierta dosis de maldad y crudeza, desmiente una por una las fantasías de su señor respecto a su idealizada dama. Pregunta don Quijote: “(…) – Pero no me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella ¿no sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a dalle nombre? Digo, ¿un túho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún curioso guantero? – Lo que sé decir –dijo Sancho- es que sentí un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa.  – No sería eso –respondió don Quijote-, sino que tú debías estar romadizado (resfriado) o te debiste oler a ti mismo, porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído”. Más adelante prosigue el interrogatorio de don Quijote: “¿Qué hizo cuando leyó la carta? – La carta –dijo Sancho- no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir, antes la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos…”.

Todas las respuestas de Sancho son inventadas, pero realistas, verosímiles. Es decir, si Sancho realmente hubiera hablado con la aldeana Aldonza Lorenzo (que la loca imaginación de don Quijote había convertido en Dulcinea del Toboso, a la que denominaba con toda solemnidad Emperatriz de la Mancha), muy bien la conversación pudiera haber ido por ahí, en cómico contraste con el idealismo sumo del caballero. En definitiva: frente a la visión idealista y mitificada que don Quijote tenía de su dama (recuerden el modelo de la Virgen María), está como contrapunto la descripción realista de una mujer campesina que ofrece Sancho Panza (es decir, Eva) y que con toda seguridad era la misma que tendría Cervantes y la gente de su tiempo.

Monumento a Don Quijote y Sancho Panza en la Plaza de España de Madrid. Obra de Lorenzo Coullat Valera.

Y es que en la época de la que hablamos la mujer continuó teniendo una consideración social sumamente negativa y un papel muy secundario en todos los aspectos de la vida. Las obras del pedagogo valenciano Luis Vives (Instrucción de la mujer cristiana, 1523), Luis de León (La perfecta casada, 1538) y Antonio de Guevara (Epístolas familiares, 1539-42) son reflejo de esa mentalidad misógina. Del último de los libros citados les mostramos dos reflexiones bien elocuentes al respecto: “Ni en burlas ni en veras nunca en muger debéis confiar cosas secretas. (…) Por muy bobos tengo yo a los maridos que absconden de sus mugeres los dineros y les confían los secretos, porque en el dinero no hay más pérdida que la hacienda, mas en el descubrirle el secreto, a las veces les va la honrra” (libro I capítulo 41). “Las propriedades de la muger casada son que tenga gravedad para salir fuera, cordura para gobernar la casa, paciencia para sufrir al marido, amor para criar a los hijos, affabilidad para con los vecinos, diligencia para guardar la hacienda, cumplida en cosas de honrra, amiga de honesta compañía y muy enemiga de liviandades de moza” (libro I, capítulo 55). No deja de ser curioso que quien habla con tanta propiedad de la mujer y del matrimonio fuese un monje, franciscano para más señas, fray Antonio de Guevara, a quien se le supone el voto de castidad y, por tanto, nula experiencia personal en la materia.

Solo existía para ellas una alternativa a ese principio general de sumisión al varón: hacerse monja recluyéndose en un convento.

En cualquier caso seguían siendo los hombres quienes determinaban las normas de comportamiento de las mujeres, normas que pueden resumirse en un primer, principal y único mandamiento: estar siempre a su servicio, bien como esposas, queridas (“barraganas” era el despectivo término usado en la época) o prostitutas. Solo existía para ellas una alternativa a ese principio general de sumisión al varón: hacerse monja recluyéndose en un convento (“apartarse del mundo”). Ese era el destino de algunas de clase alta que se hallaban en diversas situaciones: tal vez el padre no consiguió encontrar un marido acorde con su posición social, o ellas no aceptaban al elegido, o habían enviudado, o eran hijas naturales o ilegítimas. Todo ello con independencia de su mayor o menor vocación religiosa. Ser abadesa de un convento o monasterio de prestigio y buenas rentas no era una mala salida, sino todo lo contrario. Pero la inmensa mayoría de las monjas (las de a pie, no las procedentes de familias aristocráticas o burguesas) ingresaban huyendo de la miseria o porque su familia no podía reunir la dote para su matrimonio. Ya ven que en esos tiempos supuestamente modernos –recordemos que estamos hablando de la edad Moderna– bien poco había cambiado la condición femenina respecto a los medievales.

Las doncellas estaban sometidas a una exhaustiva vigilancia por parte de sus parientes: no debían salir solas a la calle, sino siempre acompañadas de alguien de total confianza; nunca establecer contacto con hombres; ser recatadas y obedientes; y, lo más sagrado, conservar su virginidad hasta el momento del matrimonio. No es necesario advertir que esta regla de la castidad no afectaba a los varones, de quienes no estaba mal visto que llegasen al casamiento con una amplia experiencia sexual. El futuro de la muchacha que había dejado de ser virgen –no importaba mucho si por propia voluntad o forzada por un hombre- se presentaba peor que negro, y más oscuro aún si había embarazo siendo soltera.

No es necesario advertir que esta regla de la castidad no afectaba a los varones, de quienes no estaba mal visto que llegasen al casamiento con una amplia experiencia sexual.

Poquísimos eran los jóvenes que se casaban por mutua atracción y deseo, pues los padres respectivos se encargaban de elegir a los futuros yernos y nueras, así como negociar las condiciones mediante un contrato escrito y firmado ante notario que establecía las cláusulas económicas, llamadas “capitulaciones”, la principal de las cuales era la cuantía de la dote que debía aportar el padre de la novia. Las responsabilidades de cada uno de los cónyuges en la familia estaban perfectamente delimitadas: el hombre era quien la representaba y tomaba las decisiones más importantes, además de encargarse de generar los recursos económicos necesarios para su sostenimiento. A la esposa correspondía el gobierno del hogar, el servicio doméstico (cuando existía) y la crianza de la prole. Tener gran cantidad de hijos –mucho mejor varones que hembras, naturalmente- era lo que se esperaba de ella, aunque los frecuentes partos la ponían en grave riesgo de muerte. Por otro lado, las madres de familias ricas no solían amamantar a sus criaturas, sino que contrataban para ello a amas de cría.

Representación de una ceremonia nupcial

Si antes del matrimonio era exigible la virginidad a la novia, una vez casada la obligación primordial de toda mujer consistía en ser fiel al marido. Las leyes de la época, como son las Ordenanzas Reales u Ordenamiento de Montalvo de 1484 (OO.RR. VIII,15,2) o la Nueva Recopilación de 1567 (N.R. XII, 28,2), mantuvieron la vigencia del derecho del marido a matar a la esposa adúltera y a su amante en el caso de sorprenderlos in flagranti delicto, sin incurrir por ello en ningún tipo de responsabilidad penal. Tal derecho, conocido como “privilegio de la venganza de sangre”, cuenta con numerosos antecedentes en la legislación medieval (Fuero Juzgo, Código de las Siete Partidas, Ordenamiento de Alcalá) e incluso anterior (Derecho Romano).

Probablemente ustedes, amables lectores, se hayan escandalizado de que en aquellos siglos los hombres casados -insistimos en que las mujeres no- tuvieran pleno respaldo legal para cometer semejante disparate. De ser así se encuentran en serio peligro de que les dé un patatús cuando sepan que tal situación se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XX. Cierto es que la II República abolió la venganza de sangre en 1932, pero la Dictadura franquista que siguió a la Guerra Civil la reimplantó en la práctica: “El marido que, sorprendiendo en adulterio a su mujer matare en el acto a los adúlteros o a alguno de ellos, o les causare cualquiera de las lesiones graves, será castigado con la pena de destierro. Si les produjere lesiones de otra clase, quedará exento de pena. Estas reglas serán aplicables, en análogas circunstancias, a los padres respecto de sus hijas menores de veintitrés años, y sus corruptores, mientras aquéllas vivieren en la casa paterna” (Código Penal de 1944, art. 428, BOE del 13 de enero de 1945, p. 459). De su lectura se deduce que el hombre casado seguía facultado legalmente para ajusticiar a su esposa (uxoricidio honoris causa) y al amante, aunque, eso sí, ahora podría ser condenado a una leve pena, la de destierro, consistente en expulsar de un lugar por un tiempo determinado al autor de ciertos delitos. Por tanto, el homicida ya no tenía la absoluta impunidad de que dispuso en el pasado. Esta norma fue definitivamente erradicada de nuestras leyes por medio de una nueva reforma del Código Penal que se realizó ¡¡¡en 1963!!! (BOE del 8 de abril de 1963, pp. 5.871 y ss.). No hay error en la fecha que están leyendo: hasta hace poco más de medio siglo la única sanción que se podía aplicar a los maridos que cometieran homicidio contra su esposa adúltera y el amante de ésta era el destierro. Mientras se reponen del pasmo o soponcio que imagino estarán ustedes padeciendo, les advierto que no será ésa la única sorpresa que se llevarán cuando tratemos sobre el pasado más reciente. El que avisa no es traidor.

En nuestro próximo encuentro continuaremos hablando sobre algunas mujeres de la edad Moderna que, superando las inmensas trabas de todo tipo impuestas por los varones dominantes, consiguieron destacar en diversos campos de la cultura, las artes o la política.


Imagen de portada: “El matrimonio Arnolfini”, de Jan Van Eyck