Héroes, superhéroes y algunos seres humanos

  • Nunca antes se hicieron tantas películas de superhéroes como ahora. El género vive, sin duda, su época de mayor esplendor. Llegado este momento, cabe preguntarse por el alcance de estos héroes del siglo XXI.

Llevamos miles de años al abrigo de los héroes. En todas las civilizaciones y en todas las épocas (la nuestra incluida) hemos sentido la necesidad de fabricar superhombres capaces de alcanzar todo tipo de historias extraordinarias, imposibles para el común de los mortales. Es este un sentimiento muy humano, una de nuestras debilidades más ancestrales. Por mucho que ahora tengamos internet en nuestros teléfonos o que hayamos sido capaces de fotografiar un agujero negro, nuestra devoción por ellos sigue siendo la misma. Podemos leer en La Ilíada el feroz manejo de la espada de Aquiles avanzando por las playas de Troya o ver en un video de Youtube a Usain Bolt corriendo los 100 metros lisos como un rayo en una tormenta. La sensación de estar ante una acción titánica, de poder contemplar a los hijos de los dioses un poco más de cerca, nos sigue acompañando.

Aún no se ha inventado nada tan poderoso para venerar a los ídolos como la literatura o la escultura. Tenemos cientos de ejemplos a nuestro alcance, afortunadamente el universo se fraccionó en pequeñas porciones para nuestro mayor deleite.

El culto a los héroes se ha transmitido de padres a hijos hasta instalarse en nuestro ADN. Es algo así como un idioma en el que todos nos entendemos, como una religión universal que todos practicamos. Para lograr esta especie de milagro, el arte en cualquiera de sus manifestaciones se ha convertido en una herramienta infalible. Aún no se ha inventado nada tan poderoso para venerar a los ídolos como la literatura o la escultura. Tenemos cientos de ejemplos a nuestro alcance, afortunadamente el universo se fraccionó en pequeñas porciones para nuestro mayor deleite. Paseen por la ciudad de Roma, visiten los Museos Vaticanos, o mucho más asequible, abran cualquier obra de Homero, lean a Virgilio. Y si creen que esto de los héroes es algo del pasado les animo a consultar cualquier periódico. Cada día tenemos a una estrella nueva en portada. No les garantizo que su paseo por el firmamento vaya a ser perpetuo (esto quiero dejarlo bien claro). Nos hemos propuesto premiar la mediocridad, y nuestros referentes de hoy están hechos de humo. La célebre profecía de Andy Warhol, lamentablemente, se ha cumplido.

Usain Bolt es el último gran héroe del atletismo. Esta imagen icónica muestra su superioridad en los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Si volvemos a posar la mirada sobre los héroes sólidos debemos hablar de cine. Con su aparición a finales de siglo XIX, se vivió una especie de renacimiento de estas figuras. De repente, los mitos de papel y mármol se convirtieron en personajes de carne y hueso que se podían ver y casi tocar en ese acontecimiento de luces y sombras que fueron los orígenes de la cinematografía. Basta con preguntarle a nuestros mayores (ellos están más cerca del principio). Seguro que en sus memorias más tempranas abundan los indios y americanos, los piratas y todo tipo de figuras forjadas con el fuego de la eternidad.

Los efectos especiales experimentaron su gran revolución a partir de los años 70 gracias al desarrollo de la tecnología. Esto dio lugar a héroes cada vez más sofisticados y acercó el cine a la orilla de los superhéroes. De forma gradual, todo ese universo existente en los cómics se fue trasladando a las salas comerciales hasta llegar a los tiempos actuales donde vivimos la década, o el siglo, de este género. Las carteleras de los últimos tiempos han sido invadidas por hombres voladores con todo tipo de poderes que poco o nada tienen que ver con lo humano. En un momento histórico en el que las salas comerciales caminan por el borde del desfiladero y que las ideas parecen estar agotadas, los gigantes Marvel y DC han acudido a socorrerlas. Suyos son los mejores números de taquilla.

Pero este fenómeno ha sobrepasado lo estrictamente cinematográfico. Se ha creado una especie de mitología alrededor del superhéroe que ha conquistado prácticamente cualquier rincón del planeta. No solamente los niños sueñan con estos seres fantásticos, los adultos también se han apuntado a esta corriente. En muchos casos disfrutan de ellos con la misma pasión ciega de los menores y esto, llevado al extremo, nos ofrece situaciones insólitas. Aquí, en Estados Unidos, a los viernes los llaman “casual day”. Se trata de una especie de recompensa por haber completado la semana. Los empleados podemos saltarnos el protocolo de vestuario y acudir a trabajar según nuestros propios criterios. Después de casi dos años en este lugar, no termino de acostumbrarme a ver desfilar por la oficina a hombres como templos con camisetas del Capitán América, calcetines de Spiderman y gorras de los X-Men. El mal gusto nos está devorando.

Tim Burton fue uno de los pioneros en el cine de superhéroes. En la imagen dirige a Michael Keaton y a Jack Nicholson en Batman.

No quiero dar la impresión de que rechazo a los superhéroes. Sería muy injusto por mi parte. Entre su extensa población hay ciertos personajes (en realidad no son tantos) que están a la altura de los héroes clásicos de Grecia y Roma, y que para mí siempre formarán parte de mi niñez. Yo no quería ser de mayor ni policía, ni astronauta, ni siquiera futbolista. Yo quería pertenecer a esta distinguida clase sobrehumana. Tener los pectorales de Sansón, surcar los cielos con una capa y luchar contra los peores monstruos del planeta.

Leyendo “Historias de Nueva York” de Enric González, caí en la cuenta de que tuve dos infancias muy bien delimitadas, y que ambas se habían desarrollado en Manhattan: la de Metrópolis de Superman, y la de Gotham City de Batman.

Recientemente, leyendo Historias de Nueva York de Enric González, caí en la cuenta de que tuve dos infancias muy bien delimitadas, y que ambas se habían desarrollado en Manhattan. La primera parte sucedió en la Metrópolis de Superman. Es la versión diurna de la isla: la luz del día, el reflejo del sol en los rascacielos, los colores vivos de la mañana. Descubrí al hombre de acero en una serie de dibujos animados y fui muy feliz frente al televisor de mi casa tratando de imitar sus superpoderes. Más tarde vendrían los cómics y, cómo no, la película de Richard Donner.

La segunda versión de Manhattan, y por lo tanto de mi infancia, es Gotham City. La ciudad nocturna, los edificios iluminados, los callejones sin salida, las criaturas de la noche, el universo de Batman. Yo lo conocí de la mano de Tim Burton en el patio de butacas de un cine. Creo que dejé de ser un niño en el mismo momento en el que vi la escena en la que los padres de Bruce Wayne son asesinados por el Joker. Contemplando el revólver y la sonrisa de ese personaje siniestro comprendí que algún día yo también me quedaría solo, que tarde o temprano mis progenitores se marcharían porque esas son las leyes de la naturaleza. Fue como sumergirme en la oscuridad de repente. Mi mundo de juguete se cubrió de tinieblas y ya nada volvió a ser lo mismo.

Errol Flynn, uno de los mayores héroes del siglo XX, en la película Robin de los Bosques.

Si regresamos a los héroes más terrenales, existe una tercera infancia que nada tiene que ver con Manhattan. La infancia que no viví y que reside en la filmografía de Errol Flynn. Hace unos meses descubrí Robin de los bosques y comprendí que mi niñez podría haber sido la de esta película. ¿No fueron aquellos años del color verde del bosque de Sherwood? ¿No era la vida un torneo de tiro con arco con enemigos del tamaño de Juan sin Tierra y el sheriff de Nottingham? ¿No era Lady Marian aquella niña a la que secretamente perseguía todos los domingos a la salida de misa? Yo crecí con la versión de Kevin Costner, que no estaba nada mal, pero Robin Hood no entraba en palacio con un ciervo enorme sobre los hombros, no terminaba con ese duelo de espadas con las sombras proyectadas sobre los decorados de la Warner y, sobre todo, no tenía la magia ni desprendía aquellas ganas por la vida de la obra de Michael Curtiz y William Keighley. Si algo buscaba un niño en el cine eran aventuras, desafíos, batallas y conquistas amorosas. Y todo esto lo encarnaba Errol Flynn a la perfección. Su carrera está llena de historias de piratas, de caballeros españoles, de incursiones en la alta sociedad y de guerras históricas, incluyendo al oficial Custer en Murieron con las botas puestas. Sin duda, Errol Flynn fue uno de los grandes héroes del pasado siglo.

Ese lugar en las alturas fue ocupado, en mi caso, por una larga lista de nombres: Steven Spielberg (E.T., el extraterrestre, más que una película, es un mito), Clint Eastwood, Harrison Ford, Bruce Willis, Tom Hanks, Michael J. Fox en el papel de Marty McFly, cualquier integrante de Los Goonies (incluido Gordi, o mejor dicho, sobre todo Gordi), y por supuesto las animaciones de Walt Disney. Pero hay dos figuras que brillan con una luz especial en aquellos años lejanos. Se trata de Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger. Las primeras tertulias sobre cine que tuve giraron alrededor de ellos. Recuerdo estar en el patio del colegio describiendo el salto de John Rambo desde lo alto de esa montaña inhóspita en Acorralado, o hablando sobre cómo el malo de Conan el Bárbaro se convertía en una serpiente gigantesca. Nos quedábamos paralizados ante estas escenas, asumíamos que aquellos eran los héroes verdaderos y que nunca llegaríamos a ser como ellos.

Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone en una fotografía de los 80.

El final de mi infancia no supuso el abandono de todas estas películas. Aún pienso en ellas y cada cierto tiempo necesito verlas para reencontrarme con aquella época que difícilmente volverá. Sin embargo, observo que mis necesidades han evolucionado y que mis héroes de hoy en día ya no son los de antes. Los superpoderes, los músculos, y los mundos fantásticos han dado paso al hombre corriente que tiene mucho más que ver con la persona que soy yo en estos momentos. Quizá sea este el motivo por el que me siento tan alejado de las nuevas entregas del séquito Marvel y DC. Salvo contadas excepciones como es el caso de los Batman de Christopher Nolan, suelo huir de estas producciones.

Lo que no ha cambiado en mi vida es Manhattan. Es como si no pudiera escaparme de sus márgenes. Han pasado los años, los héroes son diferentes, Superman ahora se llama Woody Allen, pero el lugar donde sucede todo sigue siendo el mismo. Esa ciudad de cine, la última versión de la acrópolis de Atenas, una isla de cristal y de sueños.

Woody Allen apareció a finales de los 60 e inmediatamente se convirtió en un referente cinematográfico. La imagen corresponde al cartel promocional de Manhattan (1979).

Imagen de portada: Christopher Reeve en una imagen promocional de la película Superman.