Muerte en Sarajevo

  • Se cumplen 104 años del asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek en Sarajevo. Pepe Pérez-Muelas reconstruye paso a paso aquel atentado que mandó a 31 millones de personas a la muerte en las trincheras de la I Guerra Mundial.

El siglo XX empezó con un disparo en la yugular de un archiduque de un imperio obsoleto. Un casco de plumas de faisán coloreadas rodando por el suelo. Reuniones diplomáticas hasta altas horas de la noche. Cigarros mal apagados y botellas de vodka sin vasos. El siglo XX vestía con levita y corbata. Con espesa barba y bigotes refinados. Paradas militares y valses rítmicos en salones llenos de espejos. Cruceros por el Báltico, champán mediterráneo y hoteles de montaña donde escalar en pantalones cortos. 

Las crónicas de aquellos días nos sitúan en las calles de Sarajevo. Nos permiten observar aquella mañana del 28 de junio de 1914 como si hubiésemos presenciado el magnicidio; contemplar sus rostros detenidos en las fotografías; sus huellas en la acera; el sonido de sus voces a través de las radios; el testimonio de un tiempo muerto que se dirige hacia el presente. 

Saliendo del Ayuntamiento de Sarajevo, esta fue la última fotografía con vida tomada a la pareja imperial.

La mañana de Sarajevo se despierta más de cien años después y nos llena de inquietud. ¿Por qué aquella ciudad insignificante, más allá de los Alpes, se convertiría en el teatro del abismo? ¿Por qué las víctimas de aquel atentado llevaban el nombre de Francisco Fernando y Sofía Chotek? ¿Por qué un paseo en auto? ¿Por qué el Graef und Stift en el que se desplazaban no tenía la capota echada? ¿Por qué continuaron con la visita programada después de haber sufrido un primer atentado? ¿Cuántos avisos debía dar la muerte para detener su avance? ¿Por qué 1914, con las innumerables cifras que presenta el azar de los siglos? ¿Por qué se escondía el nombre de Gavrilo Princip detrás de aquel joven bosnio desnutrido? Solo un momento prevalece sobre todos: la respiración cortada de Francisco Fernando, frente al Puente Latino, al ver los ojos que perdían la pulsión de la vida de Sofía Chotek: “Sofía, Sofía, no te mueras, hazlo por nuestros hijos”, dijo. Y el cielo se apagó ante ellos.

El asesinato

El tren proveniente de Ilidza llegó puntual a la estación central el 28 de junio de 1914. Una multitud de sarajevenses colmaba las calles con sus trajes de gala. Se había decretado día festivo. La ciudad se entregaba al amable recibimiento de sus nuevos huéspedes. Con aire grave, el gobernador de Sarajevo, el austriaco Oskar Potiorek, aguardaba impaciente en el andén de la estación. Del vagón hotel descendió lentamente Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio austrohúngaro. Unos pasos más atrás, con un vestido blanco de vals, Sofía Chotek leyó el cartel colgado en grandes letras que anunciaba su llegada.

La comitiva que debía llevarlos al centro de la ciudad estaba formada por seis coches. El primero de ellos estaría presidido por el alcalde, Fehim Effendi Curcic, y por Edmund Gerde, comisario de policía. El segundo vehículo estaba destinado a la pareja imperial y al gobernador: un Graef und Stift cuya capota permanecería recogida para mayor vanagloria del público. El resto de coches formaban una escolta personal de policías locales y diplomáticos. 

Plano del atentado de Sarajevo.

El muelle Apple discurría por el margen izquierda del río Miljacka. El recorrido, estudiado con precisión, debía realizarse en pocos minutos, hasta la puerta principal del Ayuntamiento. A ambos lados del bulevar engalanado, los ciudadanos mostrarían un frío recibimiento y una alegría contenida ante aquel hombre de bigote robusto que debía regir los destinos de Bosnia en pocos años. Un extraño, decían, que ni siquiera sabía hablar su idioma.

A la altura del puente Cumurija aguardaba Muhamed Mehmedbasic. Vio acercarse el coche del archiduque desde lejos. Sacó de su bolsillo la bomba que le habían dado al cruzar la frontera de Serbia, y justo cuando se disponía a lanzarla, un presagio le impidió hacerlo. Masculló algunas palabras entre dientes y el miedo lo paralizó. Aquel fue el primer atentado frustrado de la mañana.

Un muerto que camina, dijeron cuando apareció en las escaleras del consistorio. La confusión era total en una Sarajevo con olor a pólvora.

A pocos pasos, Cabrinovic, un joven serbobosnio, sí reunió el valor necesario para lanzar la bomba que llevaba adherida a su chaqueta. La arrojó entre la multitud, directa al coche descapotable del archiduque, pero la bomba rebotó en la capota y se introdujo debajo del coche que los seguía, explotando en ese instante. El resultado fue menos escandaloso que el caos originado. Nadie murió, pero el desconcierto y las imágenes de los heridos sangrando causaron un estupor generalizado. Francisco Fernando, con pintas de sangre en el uniforme, había burlado al destino, eso que para los griegos era ineludible. La archiduquesa había sido herida en la mejilla por una esquirla. Cabrinovic se había tragado una cápsula de cianuro y se había tirado al río para guardar el secreto de su fracaso. Ni las aguas poco profundas ni la dosis, insuficiente, provocaron su muerte, pero sí atroces dolores. No había sido capaz ni de matarse a sí mismo.

A pesar de los consejos de los diplomáticos y del jefe de la policía de Sarajevo, Francisco Fernando decidió continuar el desfile con destino al Ayuntamiento. Frente al Puente Latino, la pareja descendió del coche y se introdujo en el edificio. La gente que colmaba las calles pensaban que el archiduque había muerto. Un muerto que camina, dijeron cuando apareció en las escaleras del consistorio. La confusión era total en una Sarajevo con olor a pólvora. 

Una vez dentro, se sucedieron los discursos y los nervios. Francisco Fernando se presentaba furioso por el exceso de confianza que había cometido su gabinete de seguridad. “¡Vengo como invitado y ustedes me reciben con bombas!”, le dijo al alcalde de Sarajevo. Este, nervioso, tuvo que leer su discurso, preparado anteriormente, donde describía un pueblo entregado en amor sincero con su futuro monarca.

Retrato De Francisco Fernando.

Cuando concluyeron los discursos, el archiduque y Sofía abandonaron el edificio. Los consejeros recomendaron dejar la ciudad lo antes posible, pero Francisco Fernando quiso ir al hospital a visitar a los heridos del primer atentado. Bajando las escaleras del Ayuntamiento, los herederos del Imperio austrohúngaro fueron retratados por última vez. El fotógrafo captó el aire militar de Francisco Fernando, su prudencia al bajar las escaleras, el saludo de cortesía ante la comitiva que, engalanados con el atuendo bosnio, se mostraban nerviosos. Sofía, a su lado, con un traje blanco, buscaba la mano de su esposo antes de volver a montar en su Graef und Stift descapotable. Son los rostros de dos cadáveres que evocan sus últimos momentos, directos hacia el abismo de la historia. Sus últimas miradas congeladas en las escaleras hacia un coche que los encerraría para siempre en aquel 28 de junio de 1914.

La comitiva partió de nuevo. Francisco Fernando insistió en acudir al hospital para visitar a los enfermos. A pesar de las recomendaciones, el archiduque lo había ordenado. El coche deshizo el camino de primera hora de la mañana. La gente seguía abarrotando las calles. Un rumor recorría los bulevares. El escalofrío se había posado en el nombre de Sarajevo. A la altura de la calle Francisco José (su tío, el emperador), el coche se equivocó de dirección y giró a la derecha. Avisado del error, el conductor detuvo el auto en mitad de la calle y puso el punto muerto. El coche no disponía de marcha atrás y debían empujarlo hasta la ribera del río. 

Entre el público, un joven bosnio llamado Gavrilo Princip había pensado apenas dos horas antes que el atentado de Cabrinovic había sido un éxito. Su sorpresa fue mayúscula al ver a los archiduques atravesar de nuevo la calle, intactos, como si estuvieran hechos de una sustancia inmortal. Princip se tocó el bolsillo de su chaqueta. Descartó la bomba que llevaba atada a su cintura. En ese momento, la pistola le pesaba demasiado a altura de su pecho. La tocó y ya no hubo marcha atrás. Salió de entre la multitud y fue directo hacia el coche, que maniobraba torpemente entre un silencio estrepitoso. 

Foto policial de Gavrilo Princip tras su captura.

Gavrilo Princip miró fijamente a los ojos de Francisco Fernando. Eran claros como el día. No parecía tan imponente como en las fotografías de los periódicos. El aire marcial de su uniforme azul se dulcificaba con la cercanía. No lo dudó un instante: sacó su pistola y sin apuntar, a quemarropa, disparó sobre el coche en dirección a aquellos dos cuerpos reales. La primera bala atravesó el abdomen de Sofía, hiriéndola mortalmente. La segunda había acertado plenamente en el cuello del archiduque Francisco Fernando, perforando la yugular. 

Dos balas para acabar con una generación de hombres en las trincheras de media Europa. Dos balas, apenas, para destruir un Imperio que había superado los siglos y había vencido a las revoluciones. Dos balas en los cuerpos moribundos de dos archiduques, en el centro de Sarajevo, una ciudad rural y olvidada entre el avispero de pueblos de los Balcanes. Un laberinto de voces y puñetazos en la cara de Gavrilo Princip, el hombre que había detenido la Historia.

El asesino

El Graef und Stift descapotable se perdía a toda velocidad en dirección al hospital, con dos cuerpos moribundos. A él le temblaban las manos. No supo hasta bien entrada la tarde que las balas habían encontrado las partes decisivas del cuerpo de los archiduques, ante los interrogatorios de los policías. Intentó sacar de su bolsillo una dosis de cianuro segundos después de haber disparado. El suicidio era la única salida para el héroe que creía haber liberado los Balcanes. Pero los escoltas del archiduque y la multitud enloquecida lo detuvieron. Gavrilo Princip, desarmado, parecía solamente un chico asustado incapaz de levantar la voz.

La corta vida de Gavrilo Princip había estado marcada por el resentimiento y el odio hacia Austria-Hungría.

Aquella mañana estaba a punto de cumplir veinte años. Su corta vida había estado marcada por el resentimiento y el odio. Austria-Hungría se había anexionado su Bosnia natal en 1908, impidiendo la construcción de la gran Serbia, aquel estado mítico que debía unir a todos los pueblos eslavos de los Balcanes. Se había criado entre leyendas medievales donde los serbios vivían en libertad. Así rezaban las letras de las canciones que los rapsodas cantaban a la puerta de su casa, en una aldea cerca de la frontera con Croacia. 

El día del atentado le rondaba la cabeza otro 28 de junio, pero en 1389, en el que las tropas serbias fueron derrotadas en los campos de Mirlos, en la actual Kosovo, por el ejército otomano. El nacimiento del mito nacionalista. Nada peor que un nacionalismo basado en la derrota y en el resentimiento, que celebra sus días de gloria con fracasos y las muertes de una batalla perdida.

Con este espíritu, Gavrilo Princip entró a formar parte de La mano negrauna organización anarconacionalista que hundía sus raíces en lo más profundo del ejército y la burocracia serbia. Sus componentes se comportaban como soldados disciplinados y fanáticos, capaces de inmolarse en pos de la nación que estaban por construir. El hambre y las banderas hicieron el resto.

El proceso de Sarajevo. El juicio que debía condenar a los integrantes de La mano negra, organizadores del atentado.

Belgrado iba a convertirse para el joven bosnio en el caldo de cultivo necesario para sus aspiraciones activistas. La capital serbia, a principios del siglo XX, era un hervidero de conspiraciones y de violencia desatada, que contaba a sus reyes por derrocamientos (mutilaron al rey Alejandro y su esposa en 1903). En sus cafeterías aprendería al mismo tiempo a leer y a utilizar un arma, a componer versos y fabricar bombas, a beber vino y la solución mortal del cianuro. 

Y de los disparos al martirio. Gavrilo Princip fue detenido inmediatamente y puesto a disposición judicial. Representaba para las autoridades austriacas el símbolo de la traición y la prueba más palpable del odio serbio hacia el Imperio. Pero también la cabeza visible de una organización criminal con multitud de brazos, que se extendía desde el mismo parlamento de Belgrado hasta el ejército serbio, representado por el hostigador Apis, un alto mando del ejército serbio. 

La suerte, en otro sentido bien distinto, jugó una mala pasada a Princip. A falta de un mes para cumplir veinte años (menor de edad para las autoridades austriacas), no pudo ser condenado a muerte y durante los siguientes tres años fue trasladado a diferentes presidios, siendo llevado a su destino final, en Terezin, la actual República Checa. Allí tuvo que soportar torturas de todo tipo. Compaginó estas con el intento de suicidio, pero ni las fuerzas ni el ingenio le fueron suficientes. Murió de tuberculosis, según la versión oficial, meses antes de la claudicación de Austria-Hungría en la guerra y de la desaparición del Imperio. 

Durante el juicio, ni la fiscalía ni la alta política austriaca pudieron probar que Serbia había participado en el atentado de Sarajevo.

Durante el juicio, ni la fiscalía ni la alta política austriaca pudieron probar que Serbia había participado en el atentado de Sarajevo. Pero poco importaba. Aquello era un secreto a voces que no necesitaba constatación. El asesinato desencadenó una reacción tan potente que nadie pudo escapar de ella. Víctimas y verdugos sucumbieron a la ira de aquellos años que la historiografía llama I Guerra Mundial.

Una vez muerto Princip, cuando fueron a retirar su cadáver, encontraron una inscripción en la cuchara de su celda. Rezaba: “Nuestras sombras andarán por Viena, se pasearán por la corte, atemorizarán a la aristocracia”. En aquellos días, no quedaba en Viena ni una orquesta que pudiese interpretar los viejos vals para que bailasen las sombras. 

El asesinado

Hasta esa fecha, Francisco Fernando no pasaba de ser un actor secundario en una familia real famélica de honores, reducida a la insignificancia política tras el ascenso de Prusia, de Italia, de los nacionalismos, de Rusia y de tantos otros factores que convertían a Austria-Hungría en un fósil viviente en una Europa en constante cambio.

La relación con su tío era tensa. Condenados a soportarse, Francisco José, el longevo emperador que había visto morir a su mujer, a su hijo y a su hermano, todos de forma violenta, no tenía más remedio que aceptar a aquel sobrino mediocre que se empeñaba en actuar al margen de las exquisitas tradiciones imperiales. De esta forma, la boda con la condesa Sofía Chotek nunca fue aceptada por Francisco José, suponiendo una afrenta para la alta política del imperio. 

Funeral De Francisco Fernando y su esposa, la condesa Sofía Chotek.

Francisco Fernando debía heredar un Imperio muy extenso, multiforme hasta el extremo, con más de veinte lenguas, gobernado por un conglomerado entre Austria y Hungría, cada uno con sus parlamentos y sus políticas independientes y con la acuciante presión de los pueblos eslavos en las fronteras con el Imperio Otomano. Una hidra de cabezas casi infinitas que se atacaban las unas a las otras. 

A la muerte de Francisco José a finales de 1916, a los 86 años de edad, le sucedió Carlos, último emperador de una dinastía moribunda. Si un día la familia Habsburgo vio toda Europa sometida a sus brazos, con el final de la I Guerra Mundial el despertar de la Historia no podía ser más amargo: se creó Checoslovaquia, con los antiguos territorios de Bohemia, Moravia, Chequia y Eslovaquia. Croacia, Eslovenia y Bosnia se unieron al gran reino de Serbia, una proto-Yugoslavia que unía por fin a los países balcánicos. Hungría se separaba definitivamente de Austria. La región de Timisoara se anexionaba a Rumanía, y las provincias de Trento finalmente pasaban a formar parte del Reino de Italia. La propia Austria se convertía en una República, y Carlos, último emperador de una dinastía grande como Europa, se exiliaba rumbo a Suiza y Portugal. Nunca antes una bala había significado tantos exilios y migraciones, tantos cambios de pasaporte y tantos idiomas revueltos en la gramática de la geografía. Tal vez Francisco Fernando, con la respiración cortada por la muerte, fuera consciente de estas circunstancias, observando el cielo tumultuoso de Sarajevo.

Nunca antes una bala había significado tantos exilios y migraciones, tantos cambios de pasaporte y tantos idiomas revueltos en la gramática de la geografía.

¿Pero qué queda de aquello en la ciudad hoy en día? ¿Qué recuerda Sarajevo? ¿El inicio de una masacre, uno de los acontecimientos más funestos de la cronología de Europa? ¿O la hazaña individual de un héroe condenado a morir por su patria? Para una ciudad tan acostumbrada a la guerra y a las desgracias durante todo el siglo XX, no es fácil hablar de memoria. Recordemos que para llegar a la Bosnia actual, desde aquella mañana del magnicidio, han debido sucederse ocho cambios de estado, modificando siempre sus fronteras al capricho político, pasando del imperio al reino, del estado-títere nazi al gobierno comunista de Yugoslavia, desembocando en la traumática desmembración final hasta la actual Bosnia y Herzegovina. Y en tan solo cien años.

Placa conmemorativa de Gavrilo Princip, en la Sarajevo de los años sesenta.

Visitar Sarajevo hoy en día es revivir la mañana del 28 de junio de 1914. Durante los duros años del comunismo, Sarajevo se convirtió en la celebración y peregrinación de un martirio. La figura de Princip ocupó los principales lugares de la ciudad: el Puente Latino pasó a llamarse Puente Gavrilo Princip. En el antiguo café Moritz Schiller, esquina donde disparó su arma contra Francisco Fernando, se erigió un museo (durante la época yugoslava) que relataba aquellas horas cruciales y que exaltaba a la Joven Bosniaorganización terrorista relacionada con la Mano Negra. Ahora, el museo ha rebajado sus pretensiones políticas, y ha cambiado su nombre por el de Museo de Sarajevo 1878-1918. Allí se conservan los detalles pormenorizados de aquel día: uniformes, el coche Graef und Stift sin capota… Al bajar del edificio, frente al Puente Latino, ya no se pueden ver las huellas de los pies de Princip que, a modo de reliquia, como un “Quo vadis? Moderno” recordaban el momento exacto del asesinato. 

A pesar de los más de cien años transcurridos de aquella mañana de 1914 que mandó a Europa y a medio mundo a la devastación, con 31 millones de muertos aún debemos seguir mirando con un ojo a Sarajevo. Sería, al menos, útil para leer el presente. Las víctimas de aquellos años no habrán sido en vano. 


Fotografía: momento de la detención de Gavrilo Princip.