Escrito en el agua: Octavio Paz y Galta

  • Primer capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas sigue los pasos de Octavio Paz en su peregrinación a Galta, en el corazón de Rajastán, la India profunda.

Yo he caminado a las afueras de Jaipur, donde la ciudad se convierte en vasija de barro, en pleno desierto del Rajastán. He caminado por senderos de piedra y serpientes, en plena estación seca, justo antes de la llegada del monzón. He ascendido la colina que lleva hasta Galta, con apenas un libro y unas botas pesadas. Conforme subíamos la ladera, la tierra se llenaba de árboles. Dejábamos las casas atrás, los automóviles ruidosos. Nos adentrábamos en una ciudad olvidada. Galta, con mis botas y un libro de Octavio Paz. A seis mil kilómetros del mundo conocido. A millones de años de evolución, solo con una voz mexicana entre mis manos. Y se abrió ante nosotros la ciudad de los monos. El mundo que olvidó al hombre y decidió vivir aún sobre los árboles. Unas gotas de repente. Una tormenta de verano preciosa y monzónica. La victoria de los simios sobre una humanidad abandonada.

Cientos de simios escalan las torres de los más de treinta templos. Se zambullen en las aguas de las cascadas y piscinas que rodean el complejo religioso.

La primera vez que visité Galta, Octavio Paz llevaba muchos años muerto. Fue en la Saint-Genevieve, en el corazón de París. Entre títulos franceses, uno iluminó la estantería. El mono gramático. Había oído hablar de él en numerosas ocasiones. Fue el libro que Octavio Paz escribió tras su contacto con la ciudad perdida. En efecto, Galta es una ciudad santuario, en pleno centro de Rajastán, al oeste de la India. Construida en el siglo XV en honor al dios Vishnú, una de las tres divinidades principales del hinduismo, fue abandonada por los hombres. El ser humano acostumbra a dar la espalda a sus dioses. Pero llegó el momento de los monos. Fueron ellos los que ocuparon sus espacios. Sustituyeron los rituales religiosos por una danza constante de juegos y dominación. Cientos de simios escalan las torres de los más de treinta templos. Se zambullen en las aguas de las cascadas y piscinas que rodean el complejo religioso. Gracias a la invasión, Galta se ha convertido en un estrato anterior a la humanidad. ¿Cómo era el mundo antes de bajar de los árboles? “Lo mejor será escoger el camino de Galta…”

Las ruinas del hombre. Falta. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Octavio Paz fue nombrado embajador de México en la India entre los años 1962 y 1968. Aunque ya había estado anteriormente en el país, será en esta etapa cuando interiorice la cultura hindú con más intensidad. Vivirá en el número 13 de Prithviraj Road, muy cerca de Indian Gate, el centro moderno de Nueva Delhi. A unos pocos pasos, los jardines de Lodhi servían de refugio intelectual al poeta que más lejos había llevado la lengua española. Lodhi es hoy en día el lugar donde los jóvenes indios se pasean cogidos de la mano, huyendo de las rígidas costumbres, y entre árboles, al lado de la tumba de Mohamed Shah, del siglo XV, se besan. 

Los años de Paz en la India se recogen en tres libros de poesía. El primer de ellos, Ladera Este, es una guía de viajes, íntima y bella. El autor recorre de norte a sur el país, visita sus templos, habla con sus gentes, bebe en secreto de jardines prohibidos, observa las curvas tras los saris y contempla la noche intensa, la de los mil olores. Hacia el comienzo es el segundo libro de poesía escrito en tierras indias. Se puede entender como una continuación del anterior, pero con un lenguaje más críptico. Blanco, sin embargo, su tercer libro, es un reto y un sacrificio. Un extenso poema que se puede leer de seis formas diferentes. Ideado como un todo, en una sola página de pergamino enrollado, sus versos son también la geografía personal de un país interior que le había calado hasta los huesos. 

La tumba de Mohamed Shah, en los jardines de Lodhi. Nueva Delhi. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Pero sin duda, el momento culminante de la estancia de Paz en la India será ante los templos vacíos de Galta. ¿Vacíos? Para nada. Habitados por unos seres primitivos. Recoge el poeta esas vivencias en un libro memorable y difícil de calificar. El mono gramático es una peregrinación a Galta, pero es también una reflexión sobre el lenguaje, inherente en el ser humano. Las páginas se convierten en una metáfora del camino como escritura. Se contraponen el mundo y el lenguaje. Lo simio y lo humano. En un mundo rodeado de desierto y de funestos monzones, solamente sobreviven cientos de monos que prolongan la estirpe de la piedra. Galta, Galta, parecen gritar en lo alto de las torres, justo antes de tirarse en plancha a las pozas de agua sucia. 

Acababa mayo y el tuc-tuc nos prometió esperarnos antes de ganar la colina. La última vez que miramos el termómetro marcaba 48 grados. El cielo se había cubierto. Se nos van a caer las nubes encima, le decía a mi compañero. Ascendimos la colina y circundamos unos pasillos estrechos que había formado la roca por azar. Unas escaleras culminaban la peregrinación. Y de repente, en una especie de valle, en el punto más alto de la montaña, vimos el mundo tal y como debía haber existido antes de la llegada de los humanos. Los templos se confundían, numerosos y puntiagudos. Caminábamos con miedo entre los altares, el incienso y los jardines. Familias de monos aparecían por todas partes. Crías de apenas unos días de vida se agarraban al pecho de sus madres como si llevaran toda una vida aferrándose a los movimientos de la vida. Entramos en algunos templos. En las salas principales, también había monos. Tumbados a la hora de la siesta, ni siquiera nos miraban. El hombre había dejado de ser necesario en aquel mundo. No había ni recelo ni extrañeza en los ojos de los monos. Solamente indiferencia. Aquel era su territorio y nosotros una parte del pasado que no podía arreglar la memoria. Con El mono gramático abierto, intenté leer unas páginas. Aquel era la culminación de mi viaje que años atrás había proyectado en una biblioteca parisina. Fue entonces cuando cayeron las primeras gotas de agua. Al fin había llegado el tan esperado monzón. Un agua fría caía del cielo, haciendo bailar las charcas y los sapos. Vibrar las hojas. Los monos buscaban refugio dentro de los templos. Aquel era su hogar, y los hombres nos tuvimos que marchar. Elegimos entre la invasión o la humedad. 

Así se hace la vida. Entrada a Galta. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Tras encarar de nuevo la colina, Galta desapareció entre el desierto y la roca. ¿Habría existido alguna vez? En el camino de regreso, volvimos a recorrer el desfiladero. Jaipur se veía a lo lejos, bulliciosa como un hormiguero. En mitad del camino encontramos una lucha a muerte. Al menos veinte monos agarraban palos y peleaban hasta la extenuación. Al sentir nuestros pasos, se detuvieron en seco y nos miraron fijamente. Mi compañero y yo apenas podíamos respirar de miedo. El mono gramático no daba ninguna solución a tamaña situación. Vi los ojos de uno de los monos. Su mirada de ira, con un palo aún temblando entre sus manos. Vi la Humanidad reflejada en esa mirada. El mal, como el fuego, encontrado de repente en mitad del camino. Lo que nos hizo hombres. El sentimiento que mueve al mundo.

Nos salvamos aquella vez gracias a la intervención de dos indios, que con un silbido gutural espantaron a los monos. Bajo la colina, a la sombra de un baniano, el tuc-tuc nos había esperado. Estaba durmiendo en una postura de estatua de bronce. Galta ya había desaparecido. La lluvia arreció. 150 rupias por mojarse, nos dijo el conductor. “Oh India, country os missed opportunities…”

Dominando la ciudad. Vistas de Jaipur desde Galta. Pepe Pérez-Muelas Alcázar