La sombra de los árboles

  • Un extraño fenómeno se apodera de la gente la noche del domingo al lunes, pero nadie se atreve a hablar de ello.

Las luces de la ciudad parpadean y retroceden. Hasta ellas cierran los ojos, pues nadie quiere saber. Todos los domingos a las tres de la mañana aparece, se lleva a los que toca, y se va, dejando la ciudad confusa y aterrorizada. Nadie habla de ello, como si no fuera extraño. Nadie lo ha visto, nadie sabe lo que es. Sentimos su presencia, su aplomo. La gravedad aumenta cuando aparece. A veces hasta da náusea. Si te sientes enfermo un domingo por la noche y no sabes por qué, es que ha llegado. Algunos cambian de la noche del domingo a la mañana del lunes. Su carácter se vuelve agrio y somnoliento. El resto lo contemplamos desde la distancia. Sentimos dolor si eso le ocurre a nuestros conocidos, pero seguimos llegando puntuales al trabajo.

“No a mí, por favor”, es algo que me he repetido muchos domingos, como un mantra desesperado. Incluso he rezado. No a mí. Nunca pensé “No a Juan”, mi hermano. “No a mis padres”. “No a Andrea”, mi pareja. Siempre temí por mí. Al ver esos rostros inertes, los ojos de basalto, las sonrisas de metal, los peinados de revista, sólo podía pensar en el final. ¡Eso es estar muerto! No hay vida en ellos. Hablan, se mueven, hasta cantan. Algo les insufla movimiento, pero no vida. Preferiría morir. Hasta que murió mi hermano, Juan. Y el siguiente domingo él se los llevó a todos, de golpe. A mis padres, y luego a Andrea.

“No a mí, por favor”, es algo que me he repetido muchos domingos, como un mantra desesperado. Incluso he rezado. No a mí. Nunca pensé “No a Juan”, mi hermano. “No a mis padres”. “No a Andrea”, mi pareja. Siempre temí por mí.

Lloré y lloré hasta que me salió una tormenta de arena por los ojos. Le grité tanto a mi almohada que perdió su firmeza y dejaba mi cabeza a la altura del colchón. Teñí de dolor todo lo que existía. Todos mis seres queridos se habían convertido en abandonados, y no podía hablarlo con nadie. Traté de hacerlo con mi amigo Álvaro, pero no quiso escucharme.

-Eso son tonterías tuyas, Pablo. A nadie le pasa nada de eso.

-Álvaro, es más que evidente que la gente cambia de la noche a la mañana. ¡Cómo podéis negarlo todos! – dije irritado.

-Nadie cambia de la noche a la mañana, ¡es imposible! ¡ojalá cambiaran algunos así!

-¿Y qué pasa los domingos, Álvaro? ¿Eso también me lo invento?

-Reconozco que algo pasa los domingos. Pero es el clima. Lo han dicho en todos los medios. La atmósfera está cambiando, y eso altera la presión.

-Curiosamente todos los domingos. A la misma hora.

-Tiene que ver con los ciclos lunares. No sé muy bien de estas cosas, cuando lo explican lo comprendo, pero no puedo ponerlo en pie. El caso es que tiene una explicación científica. Sí, es raro, pero poco más, Pablo.

-¡Y que sólo ocurra en nuestra ciudad! ¡Eso también te parece normal!

-No seas conspiranoico.

Y así terminó la conversación, él victorioso y yo ahogado. Conspiranoico es lo más suave que me dijeron mis amigos. Mis padres y Andrea, cuando traté de hablar con ellos, me llamaron loco. Más clavos para mi silencio. Al final, decidí enterrar el tema. No hablarlo con nadie más. Nunca. Cuando uno trata de tender puentes con la gente y éstos, una vez tras otra, los destruyen, acaba uno por convertirse en una isla.

Recuerdo la noche en que mis padres y Andrea desaparecieron. El velatorio de Juan había tenido lugar aquella misma tarde. Cuando llegamos al tanatorio, estaba expuesto tras una vitrina. Su rostro era libre y sereno. Parecía menos muerto que los otros, y eso me daba miedo. Cuando llegamos a casa, Andrea y yo cenamos con mis padres y después la acompañé a casa. La noche era fría y húmeda. Andrea lloraba mucho. Pensé que demasiado. Al abrazarnos para despedirnos, una sensación extraña atravesó mi cuerpo. Se quedó pegada a mí, sin soltarme, varios minutos. Al fin nos despedimos y se metió en su casa. Cuando llegué a la mía, mis padres estaban viendo la televisión, cada uno en un sillón, en silencio. No di las buenas noches porque probablemente no hubieran contestado. Esa fue la última vez que les vi. Al día siguiente mis padres no lloraban ya. Y no eran mis padres.

Fui a ver a Andrea. También era otra. ¿Por qué había cambiado? Por supuesto, alguien que no admite el cambio, no puede hablar de ello. Fue inútil tratar de hacerle ver que estaba distinta, que era extraño, que estaba muerta. Al final terminó nuestra relación. Es lógico, pues no la dejaba en paz. Yo la amaba. Quería traerla de vuelta. No acepté la situación y eso la volvió loca. Cuando me dejó, estuvo fría y distante. Parecía más enfadada que triste. “Es mejor dejarlo ya. Estoy harta de fingir que te quiero. Y no soporto que tú lo finjas también”. No sé a qué se refería. No contesté. Salían palabras de mi boca, pero nunca fueron iguales. Era como si antes las palabras llenaran el espacio, como si fueran líquidas, y ahora son de humo. Apenas las noto moverse. No volví a verla más.

Desesperado, estoy recorriendo las calles sin dirección. Hay una forma de sentir la ciudad cuando estás roto. Creo que las calles cambian de orden.

Eso pasó hace dos meses. Dos dolorosos meses. Llevo dos días sin dormir. Ni siquiera pensé que se me pasaría con el tiempo. Sencillamente dejé que el veneno hiciera su efecto. Lentamente me convertí en piedra. Pero el insomnio me desquicia. Tengo tanto estrés, que hace rato que dejé de sentir dolor. Desesperado, estoy recorriendo las calles sin dirección. Hay una forma de sentir la ciudad cuando estás roto. Creo que las calles cambian de orden. Todo se mueve y las tiendas, las personas, los bares, aparecen de la nada, llaman mi atención, me desvelan del ensueño que es el movimiento. Varias veces ha corrido arena por mi cara. Llegué, sin saber bien como, al callejón del Buen Fin, cerca de la calle Franco. Allí hay un árbol con unos bancos que me gustan mucho. Miro el árbol, en silencio. Siento que me está mirando. Esas ramas parecen consistentes. Le doy vueltas a una idea. Una voz que proviene de mi interior me interrumpe. Parece la mía: “A mí, por favor”. Y entonces cayó.

Nunca he sentido una presión en el pecho tan grande. Parece que voy a explotar. La náusea es tan fuerte que todo da vueltas. He perdido el equilibrio del golpe, y la respiración está totalmente fuera de control. El terror está cobrando un significado completamente nuevo para mí. A pesar de todo logro girar la cabeza y le observo. Mide unos 5 metros. Su forma es humanoide, pero completamente etérea. Es como si no le estuviera mirando. Pero está ahí. Puedo sentirlo. Da un ingrávido paso hacia mi, y noto cómo es de él de donde proviene toda esta fuerza de atracción. Es una puta locura.

-Me has llamado – me dice. Y sus ojos brillan, diabólicos, en la noche.

-N… no… – titubeo.

-Oh, sí, ya lo creo que sí…

Al fin y al cabo, no estaba loco. No era el cambio climático. Aquí estaba. El devorador de almas, el Flautista de la ciudad, el terror de los vivos. Parpadeo, y ahora estoy en sus hombros. Veo la ciudad desde lo alto. Nuestra ciudad. La urbe de los locos, de los perdidos. La urbe de la radiación, cuna de los más extraños fenómenos. Hay cientos de ellos, llevándose a cientos de personas, al igual que a mi. Me lleva y, de repente, pierdo el miedo. Su toque es cálido. Templa el estómago. Lo que trae no es dolor, sino alegría. Nos están llevando a un mundo mejor. Van a cuidar de nosotros. Siento que me lleva, y ya he perdido totalmente el control de mí mismo. Al fin y al cabo, quería morir. Esto es mucho mejor que la muerte.

Me despierto en mi cama. Parece que he dormido tres años. El tiempo ha hecho su efecto. Al fin he dejado de sufrir. He curado mis heridas. Lo que antaño parecía tan terrible, ahora parece una niñería. He tenido un sueño muy raro, pero apenas lo recuerdo. Lo mejor será despejarse, hoy es lunes y me espera un día duro de trabajo. Enciendo la radio y me hago un café. Hola papá, qué tal, hola mamá. Sí, estoy bien. Dicen que ayer el agujero de la capa de ozono se hizo un poco más grande. Todos sentimos una náusea especialmente intensa. A ver si terminan ya estos fenómenos de una maldita vez.


Imagen de portada: ilustración de Michèle Novovitch original para el relato “La sombra de los árboles”.