Escrito en el agua: Elsa Morante y San Lorenzo

  • Segundo capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas reconstruye El Barrio de San Lorenzo tal y como lo pensó Elsa Morante durante el fascismo y la guerra, a través de Ida, un personaje imprescindible en la literatura italiana.

“Cabrones, estáis acabando con Roma”. Ya era noche cerrada en Roma, aunque todavía pasaban coches por vía del Plebiscito. Y ese era el problema. El tráfico, que estaba ahogando Roma y convertía sus fachadas en un humo pétreo. Tumbada en mitad de la calzada, colapsando el tráfico, ella se había tumbado. No paraba de gritar. “Habéis matado a Roma. A mi Roma”. Sus amigos la esperaban en la calzada, sosteniendo aún su copa de vodka, alegrándose por la última excentricidad de la mayor escritora que ha visto nacer Italia. “Elsa, vamos, que viene la policía”. Y dando la espalda a la iglesia del Gesù, se levantó como una princesa para volver a ser mundana.

La Morante es la escritora de Roma. Pero no de la ciudad. Es la escritora de los romanos.

Porque si hay un nombre en la ciudad eterna que debe estar asociado, ese es el de Elsa Morante. ¿Qué ha hecho Fellini, Pasolini, Moravia, sino otra cosa que estar cerca de ella? Hablamos, por supuesto, de la escritora con mayúsculas que supo como nadie percibir esa idiosincracia romana tan inestable en nuestros días. La Morante es la escritora de Roma. Pero no de la ciudad. Es la escritora de los romanos. Sus obras hablan romano. Se refugian en las trattorias, en las fruterías de barrio. Conversan con los tenderos. Acompañan el alcohol de las depresiones. Y se elevan por encima de los flamantes monumentos. La Roma de Morante es la Roma verdadera. Las grandes barriadas que se extienden más allá de Termini. Donde viven los últimos romanos y apenas han llegado los pisos de alquiler. Ese lugar se llama San Lorenzo. 

Enredadera en una casa de Monti. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Lo que en el inicio del Estado Italiano (media el siglo XIX) iba a ser un tranquilo barrio de casas bajas para trabajadores, se convirtió con el devenir de los años en un refugio sentimental para una ciudad que no se encontraba en el espejo. El barrio de San Lorenzo, que toma su nombre de la basílica ha sido una ciudad dentro de la ciudad más grande de todas: atea en mitad del cielo celeste, ciudadana donde los turistas no llegan ni aún perdiéndose, obrera sin patrones ni anillo, y sobre todo, fea entre tanta belleza. En efecto, no busquen en San Lorenzo la estética de la Roma Imperial, ni las curvas barrocas e intrigas vaticanas. Ni siquiera el aire bohemio del Trastevere. A San Lorenzo uno va a trabajar o a pasárselo bien. Se va a protestar sin ser escuchado. A ver el fútbol. O se va para nunca más volver a salir. San Lorenzo, como sus vecinos del Verano, son los habitantes más fieles de la urbe.

Y no hay mayor reflejo del barrio que el salido de la pluma de Elsa Morante. En España apenas es conocida La storia (traducida como La historia). Publicado en 1974, cuenta el largo camino de supervivencia de Ida, una italiana de ascendencia judía, que habita el barrio de San Lorenzo. Las primeras cien páginas pertenecen al Olimpo de las letras italianas. Son una descripción atroz y hermosa de un barrio devorado por el fascismo, por la carestía del pan, por el miedo, y por las bombas. Ida ha perdido a su marido en la guerra de Etiopía. Es una mujer aún joven, que debe salir adelante con un niño pequeño. Pero una noche encuentra el destino fatal, en el portón de su casa.

Calle típica del Trastevere. Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Horas antes, un jovencísimo soldado alemán de apenas veinte años había salido a pasear buscando restos de templos antiguos. Al día siguiente sería mandado a África a luchar. Entre taberna y taberna, el vino había terminado por dominarlo. No estaba acostumbrado a beber ese vino fuerte de Frascati. Perdido, como andando por un laberinto, se encuentra con Ida en el portal de su casa. Él intenta hablar con ella. No sabe italiano. No hay ningún idioma común entre ellos. Ella tiene miedo. Él también. Tras una conversación algo torpe, él sube a su casa. Ida está aterrada. Al poco de entrar, él se abalanza sobre ella. Ella intenta detenerlo, pero colapsa. Sufre un ataque epiléptico. Silencioso y dulce, como entrando lentamente en un sueño profundo. El soldado alemán piensa que ella se está dejando. El amor se consuma. Una violación desfigurada. Un malentendido humillante. El soldado sale de casa besándole la frente. Cree, tal vez, que podrán volver a verse, acabada la guerra. Ella despierta al poco tiempo. No sabe lo que ha pasado, pero teme lo que ha pasado. Él morirá en los primeros días. Olvidado en un desierto absurdo. Ella, a las pocas semanas, descubrirá que está embarazada.

El San Lorenzo que describe Morante es sin duda un fiel reflejo de los tiempos de guerra.

Embarazada. Una mujer viuda, de un héroe caído en Etiopía. ¿Qué dirá el pueblo, que vive en silencio pero si hablasen morirían todo? La pobre Ida debe sacar adelante a dos niños pequeños, ante la incomprensión de una sociedad envenenada y la ayuda de unos vecinos, ya de por sí faltos de vida propia. El San Lorenzo que describe Morante es sin duda un fiel reflejo de los tiempos de guerra. Es un tranvía que pasa, atestado de gente, a última hora de la tarde, con el calor aún por sofocar. Son las calles donde los vecinos se llaman por su nombre. Se fían un trozo de carne o una botella de vino. Es la Italia donde bulle la guerra civil, donde fascistas y partisanos compartían bicicleta solo con algunas sospechas. 

En efecto, el barrio de San Lorenzo es el lugar escogido por Elsa Morante porque es un reflejo perfecto de toda Italia. La guerra pudo haber transcurrido solamente entre sus muros, porque San Lorenzo es un trasunto del mundo. Incluso hoy en día, a setenta años de la contienda bélica, las heridas aún siguen abierta. Unas heridas que se abrieron el 19 de julio de 1943. 

Pío XII, rezando ante la Iglesia de San Lorenzo, tras el bombardeo americano en 1943.

Estados Unidos acababa de desembarcar en Sicilia. La caída de Mussolini era cuestión de tiempo. ¿Pero cuántas vidas costaría ese tiempo? Para acelerar la marcha de la historia, la aviación aliada decide bombardear Roma. ¿Qué lugar sagrado de una ciudad intocable? El barrio de San Lorenzo. Las bombas norteamericanas costaron al menos tres mil muertes. En San Lorenzo, las muertes, paradójicamente, las pusieron los liberadores. La casa de Ida, en La historia, es destruida totalmente por una bomba. La novela, a partir de ese momento, deriva hacia otras geografías que comparten la miseria y el hambre. 

Hoy en día, si uno pasea por el barrio, llena sus plazas o se detiene en sus bares encontrará estampas curiosas: la bandera estadounidense colgada del revés en muchos locales, grafitis que juran venganza, hoces y martillos… Es un barrio que se ha separado de la ciudad, pero que mantiene una personalidad sublime. Se resiste al tiempo. A veces parece detenido en aquella mañana de 1943. La rabia cumple su herencia genética. 

Ahora viven estudiantes y ya son pocos los trabajadores que continúan llenando los bloques de edificios fabricados con ladrillo visto. El barrio ha quedado reducido a un espectáculo anacrónico. En los límites del barrio, el cementerio del Verano ilumina cada noche otra ciudad, más hermosa que a la luz del día. En alguna tumba, entre el bosque de lápida, Elsa Morante descansa, tan cerca del barrio que solamente ella supo narrar. El tráfico, paradójicamente, también se ha comido sus encantos. Si Elsa Morante viviese, se tiraría al suelo, en vía degli Equi, cerca de la antigua casa de Ida. Y gritaría: “Cabrones, estáis acabando con San Lorenzo. Otra vez”.