Escrito en el agua: Ramón Chao y París

  • Tercer capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas revive sus experiencias parisinas al lado de Ramón Chao, en la Biblioteca del Cervantes, entre café y libros.

Fueron años en los que aún yo estaba subscrito a Le Monde Diplomatique. Me afectaba tanto lo que pasaba en una pequeña aldea africana como lo que acontecía en la otra esquina. Palabra de Dios era para mí aquel periódico que se publicaba cada mes. Acudía al quiosco con una fe casi religiosa. Otro mundo era posible en sus páginas. Allí se reunían las mejores firmas independientes del momento. Corresponsales de guerra que se jugaban la vida por contar una historia lejana y justa. Y puntuales, los artículos de Ignacio Ramonet y de Ramón Chao me hacían soñar con que algún día fuese yo el que escribiera desde una selva amazónica o un país del este. 

Llevaba una camiseta de tirantes que le dejaba al descubierto varios tatuajes.

Mis años parisinos se movieron siempre en una calculada soledad. Los amigos, en determinadas épocas, no llovían del cielo. Rodearse de libros siempre era una opción apetecible. Qué remedio. Sería a través de ellos la entrada en la sociedad parisina. Imagínense un joven de apenas veintidós años, con la arrogancia de todos los jóvenes, y por partida doble, con la arrogancia impostada de los parisinos. Una mañana de septiembre, visitando cual peregrinaje la sede de la biblioteca del instituto Cervantes, la Octavio Paz. Un caserón antiguo, perteneciente a una antigua familia vasca. Con el suelo enmoquetado y las paredes llenas de cuadros (sí, allí encontré el famoso rostro de Manuel de Falla). Tres plantas decimonónicas y una escalera que solamente he visto en El Gatopardo. Un patio medio gótico y un salón de espejos a lo Versalles pero sin militares. Un palacio al que le salían goteras por todos lados y al que no le cabían más libros. Lectores éramos pocos. Tal vez algún turista despistado. 

Y en una esquina de la gran mesa del salón principal, un hombre casi enterrado en libros. Me acerqué con cierta cautela. Uno no estaba para escatimar en posibles amigos. Aquel hombre vestía con un deje informal, como esos marselleses que se preparan para pasar una jordana dominical en el paseo marítimo. Llevaba una camiseta de tirantes que le dejaba al descubierto varios tatuajes. El que más sobresalía era una especie de gitana vestida de flamenca que iniciaba unos pasos de baile. El hombre tenía la cabeza cana y movía con entusiasmo un par de gafas bastante grandes. Ni siquiera percibió mi llegada. Yo no sabía si era francés y uno de esos medio artistas latinoamericanos que viven en este laberinto cultural en el que se había convertido París. 

Sala de estudio de la Biblioteca “Octavio Paz”, del Instituto Cervantes de París.

Entonces, a mi espalda, noté la voz alegre de la recepcionista. Era una mujer que superaba los cincuenta años. Su habla, al igual que Salvatore en El libro de la rosa, era un crisol babélico. Mezclaba el francés, el español, el valenciano y el italiano. Sin embargo, esta característica dotaba a su acento y a su discurso de un encanto único. Qué años más buenos me hizo pasar aquella mujer de lengua indomable, que hablaba de noches mágicas y que había conocido a medio París, desde los años sesenta.

Rompiendo el silencio de la biblioteca, gritó unas palabras que apenas pude entender. El hombre, enfrascado en su lectura, despertó de un letargo de años, y se le iluminó el rostro al ver a la recepcionista. -Ramón, qué guapo estás, coño-, le dijo. Este se puso de pie, haciendo una reverencia que solamente he leído en ciertos libros del siglo XIX. Tras una breve conversación, ambos me miraron con cautela. ¿Y este quién es, un turista? Intenté presentarme como buenamente pude. Yo estaba llamado a escribir la mejor novela de mi tiempo, y había venido a la biblioteca a documentarme. Tras varias torpezas más, llegaron las presentaciones. Aquel hombre de aspecto marítimo era nada más y nada menos que Ramón Chao, el rostro que escondían todas aquellas líneas de Le Monde Diplomatique.

Desde ese mismo día, los encuentros en el Cervantes se hicieron una costumbre. Una vez a la semana (a veces incluso dos) coincidíamos en la mesa de la gran sala, ante la atenta mirada de Falla. Ambos seguíamos nuestras investigaciones. Pasábamos horas y horas en silencio, hasta que él levantaba la mirada y curioseaba en mis libros. Siempre tenía un comentario para cada título. “A este autor lo conozco, es un capullo.” “Este título es bueno, yo estuve presente cuando terminó de escribirlo.” “Algún día te presentaré a este hombre, te va a caer bien.” Así, las mañanas en el Cervantes se convirtieron en un universo de letras y anécdotas, donde Ramón Chao me contaba intimidades de todo el mundo conocido y me enseñaba, caso a caso, que las cosas no son como parecen.

Ramón Chao. Fotografía de Diario Sur.

De esta forma, me contó que una de sus aficiones era el piano. Ramón Chao fue un gran pianista. Un enamorado empedernido de la música. Y la política. Y esas dos altas pasiones le valieron un exilio y una amistad. Se había metido en su juventud en líos políticos. No recuerdo si había escrito un artículo que cruzaba ciertos límites. El caso es que estaba siendo perseguido, cuando Manuel Fraga le habló un día y lo mandó a París con una beca para estudiar piano, hasta que las cosas se calmasen. También fue por su intercesión que empezó a colaborar en Triunfo, casi la única revista con cierta oposición a Franco que existió en la última década de la dictadura. Sea como fuere la historia, Ramón Chao tuvo siempre palabras elogiosas para Fraga. 

Un enamorado empedernido de la música. Y la política. Y esas dos altas pasiones le valieron un exilio y una amistad.

Algunos días me hablaba de sus hijos y sus preocupaciones. De Antoine, que estaba por el mundo cubriendo alguna guerra para una radio francesa. Y de Manu, que en esos días se había trasladado a Brasil para visitar a no sé qué hijo. Yo aún no tenía de eso, ni preocupaciones ni estirpe. Pero sí unas ganas de aprender de aquella ciudad inmensas. Llegó el día en que, envuelto en un sobre usado de Hacienda me dejó encima de la mesa un libro. Lo abrí con cierto rubor. Era aquel mítico libro incontrable en las librerías, tanto de España como de París. Guía secreta de París, publicada en 1979.

Fue un libro raro que causó cierto impacto en los días en los que empezó a circular. Hablaba de una ciudad oculta, que estaba delante de todos nosotros pero que no se dejaba ver. Entre sus páginas uno encontraba sótanos oscuros donde se reunían sectas nostálgicas de la Edad Media, habitaciones ocultas que daban a una gran biblioteca de libros prohibidos y restaurantes que mantenían su vajilla intacta, desde aquella mañana del siglo XVIII en la que se tomó la Bastilla. Pero también se abría a un universo de prostitución en los arrabales de Pigalle, de calles estrechas donde aún quedaban nazis y sobre todo, una ciudad viva que empezaba ante mis ojos. Ya tenía entre mis manos el mapa y la brújula que necesitaba para conocerla toda, palmo a palmo. 

Guía secreta de París, escrita por Ramón Chao.

Me recomendó especialmente que visitará Le Manoir, un centro de documentación de lo paranormal. Se trataba de un antiguo edificio semiabandonado, donde se guardaba con escrupuloso celo cualquier caso paranormal acaecido en Francia desde el siglo XVIII. En sus archivos convivían tanto las apariciones de Lourdes como las profanaciones de tumbas del sargento Bertrand.

“Guía secreta de París” hablaba de una ciudad oculta, que estaba delante de todos nosotros pero que no se dejaba ver.

Con el tiempo, encontré mi sitio en la ciudad. Cada vez tenía menos tiempo para acudir al Cervantes. Mis clases habían empezado y Ramón Chao también se recluyó con la llegada del frío en su casa, a las afueras de París. Aunque al menos una vez al mes volvíamos a coincidir en la biblioteca, tomábamos un café, charlábamos de libros y criticábamos a algún profesor mío. Pero la ciudad que nos había unido también nos alejó, y París, como los mejores sueños, terminó.

Hoy ya no estoy subscrito a Le Monde Diplomatique. Ni siquiera estoy de acuerdo con la mayoría de artículos que publican. Mi fe se convirtió en hastío hasta llegar a un ateísmo combatiente. Tampoco escribe Ramón Chao. Murió hace poco más de un año, en su casa de París. Me enteré por un periódico español, país que apenas conoce sus novelas y que ni siquiera reconoce su nombre en una esquela. Me queda lo mejor de aquellos días. El hombre que me descubrió París, a través de las palabras de su guía, ya descatalogada, que guardo en mi biblioteca como un tesoro. Y una dedicatoria que habla de libros compartidos, mesa y fascinación secreta por aquella recepcionista del Cervantes que nos enamoró a ambos. Mujer que nos rechazó a los dos, a él por viejo, a mí por joven. A los dos por aburridos. 


Fotografía de portada: Ramón Chao para La Vanguardia