Temblores

  • La historia de un hijo y una madre en Valparaíso, ese lugar insólito donde conviven terremotos, guitarras, canciones, el deterioro y la bohemia.  

Adán fue el primer hombre creado por Dios. Para Javiera era éste un hecho más que verídico, la fe mueve montañas y dirige vidas. Motivo de peso para bautizar a su primer hombrecito con el nombre de Adán. A ‘la Javiera’ le iba a temblar todo cuando el pequeño Adán decidiera salir al mundo. Y a qué mundo. Temblaba una joven madre a consecuencia del desconocimiento y la incertidumbre. Temblaba en tierra no menos temblorosa, y es que todo aconteció en Valparaíso. Se abría paso una vida más, una de tantas otras que solo tienen importancia para los de la casa que esperan. A veces ni se la espera, y es cuando surge el problema. Un llanto se hacía sentir en el puerto de Valparaíso, un llanto musical que parecía vaticinar un talento por descubrirse. Un llanto apenas perceptible para una joven madre aturdida entre ruidos indistinguibles. Porque a Javiera Huerta le fue bien difícil salir adelante, pero tremendamente fácil dar con un desgraciado.

Las palizas que recibió de su ex pareja, le causaron la pérdida parcial e irreversible en ambos oídos. En estas condiciones se enfrentaría al complicado reto que le planteaba la vida. Hacer de madre y padre con un sentido menos, pero con el desarrollo feroz de ese sentido ignorado por tantos, muy extendido entre mujeres, un amor maternal desmesuradamente protector. Y echándole coraje a la vida, y a sus vicisitudes, cual fémina aguerrida, valerosa y sufridora a la que no alcanzaba el tiempo para perderlo lamentándose, se inició en la aventura de la crianza.

Un llanto se hacía sentir en el puerto de Valparaíso, un llanto musical que parecía vaticinar un talento por descubrirse. Un llanto apenas perceptible para una joven madre aturdida entre ruidos indistinguibles.

Irrumpía Adán en esta tierra sacudida por la brusquedad de la naturaleza. El chileno nace valiente, pues tarde o temprano vivirá un temblor. Pero ese 15 de octubre se sintió el sismo de un modo especialmente virulento. A Javiera le pareció como si una culebra azotara la casa, convirtiendo su hogar en el menos seguro de los sitios. Y con todo, ‘el Adán’ nació sano, y fue desarrollando su niñez y su adolescencia. Crecería subiendo y bajando las vertiginosas escaleras de esta ciudad portuaria de la costa de Chile. En Valparaíso todo parece que va a desmoronarse viéndolo desde el puerto, aunque también ofrece una imagen cautivadora gracias a las coloridas casas asentadas sobre los acantilados. Mientras los chilenos desafiaban a los desastres naturales, Valparaíso desafiaba una loca geografía.

La personalidad de Adán se forjó de acuerdo al carácter de la ciudad. Con frecuencia llegaba el temporal con la llovizna para desteñir las escaleras, y un manto de tristeza cubría los cerros. Una tristeza que a él empapaba, calándole hasta los huesos. Poseedor de una complexión más bien delgada, como la de un rockero, y establecer esta comparativa no tiene otra razón de ser que la de acudir al imaginario colectivo respecto al estereotipo del rockero, con frecuencia se les piensa flacos. Y tan flaco, y mojado por una melancolía con regusto a tedio, percibía que todo guardaba en ‘Valpo’ un aire decadente y romántico a la vez. 

Una fachada en Valparaíso

En el hogar firmaron ‘la Javiera’ y él una tregua silenciosa desde que podían tener memoria. De costumbre se encontraban instalados en un silencio forzoso que aisló a su madre, e hizo de él una persona introvertida. En ocasiones se comunicaban cosas inesperadas, cosas sencillas. Ella no escuchaba apenas. Nunca tuvieron la certeza de que se produjese una verdadera aproximación.

El talento artístico de Adán brotó a edad temprana, al igual que su incapacidad para prestar atención en todo aquello que no tuviese relación con la música, la pintura o la escritura. Precisamente fue su virtuosismo, de raíces ignoradas, con la guitarra, lo que le alejaba un poco más de estrechar el vínculo familiar. No rendía académicamente como toda madre espera y desea. Esas carencias las suplía con algo realmente especial que, sin embargo, eran incapaces de disfrutar ambos en plenitud. Ése fue el motivo por el que pintó la cubierta de su guitarra, haciendo de la madera un lienzo. Así mamá Javiera pudo ver, pese a no oír, la particularidad artística de su muchacho. Pudo entender el importante papel que cobraba la guitarra en la vida de su hijo y por qué iba acompañado de ella a todas partes. Se perdía su andrógina voz tan característica, sus dotes interpretativas inventando melodías. A cambio fue partícipe de lo que era capaz de expresar combinando colores. El porteño ve en todas partes el arco iris.

Se repetía no ser de Valpo ni de ningún otro punto del mundo. Se preguntaba dónde andaría el sentido de pertenencia. Quizá fuese preferible habitar antes que pertenecer. Habitar en el corazón de una madre, y en las canciones.

Ya siendo grande, Adán iba a sentir que un día nació en Valparaíso, sencillamente. Iba a sentir que aquel viejo puerto le había estado vigilando durante su infancia con rostro de fría indiferencia. También iba a sentir un miedo inconcebible a quedarse atrapado en ese lugar. Se repetía no ser de Valpo ni de ningún otro punto del mundo. Se preguntaba dónde andaría el sentido de pertenencia. Quizá fuese preferible habitar antes que pertenecer. Habitar en el corazón de una madre, y en las canciones. 

Con las canciones salió a las noches de Valparaíso. Noches de carácter bravío, aventurero y sentimental, junto a la atmósfera marina, liviana y seductora de la ciudad. Eran noches para salir a compartir su música en los bares. Dentro de ellos era frecuente hallar a una Violeta Parra y un Víctor Jara dibujados en las paredes. Recordar a los grandes cantautores, recordar a Amanda tal vez, recordar que había lugares para la esperanza, le animaba a no desistir. Tocaba en los clubes, en las calles, en las escaleras. La vida callejera de Valparaíso era muy rica. Por un momento parecía posible jugar con la idea de ser feliz viviendo de la guitarra y las composiciones.

Mural de Violeta Parra y Victor Jara (soychile)

Luchaba porque cada melodía tuviese un acorde bien trazado por una mano zurda sin temblor, de principio a fin, y lo conseguía junto a las letras de sus canciones, muy alejadas de la típica postal porteña. Prefería acercarse a los perros vagos, las cabezas de pescado, los anónimos personajes callejeros, los pisos gastados o los almacenes que ya no existían, a las zonas menos glamurosas, a los íntimos detalles de hogares sencillos, y a la vida cotidiana en el puerto y los cerros.

Pero el sueño de conseguir logros y grandes metas, siendo dueño de sí mismo y su camino, planeaba incesantemente. También la culpa de dejar, o dicho de un modo más doloroso, abandonar, abandonarla a ella, a mamá. No se trataba de romper el hilo, siempre estarían unidos, simplemente lo estiraría infinitamente más. El “delito” del abandono le golpeaba, como también lo hacía la sensación de sentirse cual pez en tierra al que falta el aire, arriesgándose a morir asfixiado. Decidió dejar su Valparaíso puerto herido, cansado de la confusión entre el deterioro y la bohemia, del querer poetizar la falta de oportunidades. No había más opción que partir.

Marchó con la promesa de escribir cartas repletas de palabras, dibujos y pentagramas. Tal vez desde Madrid o Nueva York, no precisó bien el destino, ya que la música está en todas partes si se lleva con uno mismo sin el miedo a desarraigarse. La decisión llegó bailando a temblores. Se vio solo con ella, salió a toda prisa, guiado por el viento. La guitarra Amanda quedaba en la casa, con mamá Javiera. Llamada de esta manera para cantarle un ‘te recuerdo Amanda’, y tener siempre presente que ser zurdo, si acaso pone las cosas más complicadas, no las tiene porqué convertir en imposibles. Se atrevería pues, con ninguna certeza y sin saber por dónde empezar, temblando de nervios y emoción, pensando en la letra de una futura canción, a la que tal vez titularía, Terremoto.


Fotografía de portada: mural de una vivienda en Valparaíso.