Escrito en el agua: Stefan Zweig y Salzburgo

  • Cuarto capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas explora la Salzburgo de entreguerras a través de las memorias de Stefan Zweig. Un lúcido testimonio antes de la catástrofe que asoló Europa.

Desde el bosque de Kapuzinerberg uno tiene la sensación de estar viviendo en otro tiempo. Desaparecen el ruido y las colas turísticas que afean los cafés. No hay atascos. Todo se enmarca en una paz ancestral, donde los árboles y los minerales se conjugan para formar un paisaje perfecto. A pocos metros, bajando por la ladera, el río Salzach discurre tranquilo, con aguas frías del deshielo alpino. Toda la ciudad se amansa en un impulso de paz. Se escucha respirar al viento. Nadie me creería si les digo que estamos en el centro de Europa, tal vez el lugar que más guerras ha soportado en los últimos cinco siglos. 

“Memorias de un europeo”. No de un austriaco, ni de un escritor, ni de un famoso ni de un genio. No. De un europeo. Como lo soy yo y como lo son la mayoría de los que lean esto.

Caminábamos sin rumbo desde hacía algunas horas. Salzburgo no era una meta sí. Solamente una ciudad en la frontera con Alemania que no quedaba muy lejos de Munich. Tomamos un tren de apenas dos horas y entre montañas blancas y lagos helados cruzamos la frontera. Apenas lo noté. El paisaje seguía siendo idéntico. No había cambiado el idioma. Los rostros de los paisanos contenían aún esa tonalidad roja en las mejillas que los hace tan simpáticos. Sin saber por qué, había decidido ascender aquella colina en medio de la ciudad. El lugar donde se impone la naturaleza a la piedra tallada. Y sin buscarlo, encontramos una casa con una placa en la puerta. A la postre sabría la importancia de aquel encuentro: era la casa de Stefan Zweig.

Porque en aquel momento, ese autor era solamente un nombre impronunciable para mí. Un escritor más que sumar a la lista de libros pendientes. El viaje prosiguió su ritmo. Yo estaba más interesado en otras partes de la ciudad, en las huellas que Karajan había dejado, siendo el mejor músico tras Mozart en vivir allí. O el pasado nazi de sus calles, estando tan cerca el Nido del Águila, donde Hitler y sus amigos descorchaban champán y jugaban al risk mientras a Europa la consumía el gas.

Pasaron los años, sin embargo, y fue a través de otros libros. Primero una mención. Stefan Zweig. Este nombre me suena. Después otra vez. En un libro de la I Guerra Mundial, tal vez Sonámbulos.Este nombre lo he escuchado más veces. El de la casa en Salzburgo. A la tercera coincidencia fui a la librería más cercana. Allí estaba, no exagero si digo que en el escaparate. El mundo de ayer. Y con un subtítulo que no podía estar más de moda. Memorias de un europeo. No de un austriaco, ni de un escritor, ni de un famoso ni de un genio. No. De un europeo. Como lo soy yo y como lo son la mayoría de los que lean esto.

Panorámica de Salzburgo.

La lectura de sus memorias fue un doble viaje, ambos con retrospectiva. Sobre todo, es un ajuste de cuentas con la Europa de las dos Guerras Mundiales. Es un grito de espanto ante un continente que se devoraba a sí mismo, con los inventos más atroces jamás creados. El libro de Zweig capta a la perfección la síntesis de la historia europea: un salón hermoso, lleno de obras de arte, donde se va a celebrar una cena de gala mientras unos músicos en frac tocan el violín y el piano, y que en determinado momento, los comensales se levantan, a la altura de los postres, y empiezan a matarse con los sofisticados cuchillos italianos y las copas de cristal de Bohemia. Una decadencia fratricida en donde amigos, hermanos y amantes desaparecieron al compas del nacionalismo. Porque la historia de Europa ha sido, sobre todo, un círculo amargo entorno al nacionalismo. Porque el libro de Zweig es, ante todo, un alegato en contra del nacionalismo. Una voz clarividente de quien escribe aprisionado entre las trincheras, a uno y otro lado, en el exilio interior (también físico), mientras se desmoronaba el continente que vio nacer el mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

Porque el libro de Zweig es, ante todo, un alegato en contra del nacionalismo, mientras se desmoronaba el continente que vio nacer el mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

Por eso leer El mundo de ayer es también viajar a Salzburgo, antes de la tormenta, después de la tragedia. Apenas habían cesado las balas en las trincheras de la I Guerra Mundial. El imperio Astrohúngaro se estaba descomponiendo a pasos acelerados. Había perdido Hungría, todos los territorios de los Balcanes, parte de la República Checa y las escasas regiones italianas. Era como volver al lugar de la explosión para comprobar el tamaño y color del cráter. Stefan Zweig cruzó la frontera con Suiza en tren. En el primer pueblo de Austria detuvieron su tren. Nos cuenta que la pobreza del lugar era poderosa. Los vagones ya no tenían luz y las ventanillas estaban rotas. Todo el espacio olía a alcohol. ¿Por qué?, preguntó. Porque esos trenes habían transportado heridos, del frente al cementerio. En esa misma estación, nuestro escritor presencia como el último emperador Habsburgo tomará el definitivo tren del exilio. Adiós Carlos I de Austria. Un imperio que le había durado apenas un año. Dejaba el hambre y la inflación, las casas vacías de hijos y maridos. La guerra, como la peor de las extravagancias. 

Stefan Zweig en su casa de Salzburgo.

Pero es el momento de Zweig. Vuelve a su país, y no por sentimiento patriótico, sino por compromiso sentimental. Vuelve con su gente a reconstruir el mundo conocido. El mundo de ayer. Pero el ayer jamás volvió a Europa. Las heridas habían sido tan profundas que en apenas veinte años todo volvería a saltar por los aires. Son los años que Zweig pasa en Salzburgo. Los más fructíferos de su vida. Los de mayor paz interior. Los que lo consagran como uno de los mejores escritores en lengua alemana del momento. 

Y no les exagero si les confieso que leer sus memorias fue, en cierto sentido, volver a visitar de nuevo Salzburgo, pero esta vez con las gafas apropiadas. La ciudad vive encantada por el hechizo de Mozart. Sus calles limpias, de piedra pulida y blanca recuerdan una melodía cientos de veces escuchada. Es la perfección europea llevada al extremo. Las cafeterías con sus tazas de chocolates rebosantes de vapor. Transeúntes en bicicleta con un violín a las espaldas. Fuentes que cantan la eterna canción de Julie Andrews y un ejército de turistas que siguen, en fila, con una cámara fotográfica al hombro, a pies juntillas la misma explicación de locomotora averiada. 

La ciudad de Zweig es diferente. Es una urbe que se está levantando de nuevo. Si bien no vivió de cerca los sonidos de la guerra, sí sufrió sus consecuencias: el hambre, la hiperinflación, los suicidios, el paro… la Salzburgo de Zweig es una ciudad culta que se lame sus heridas. Allí, en los bosques de Kapuzinerberg, paseaban James Joyce, Paul Valery. Son el café Mozart y Bazar junto a H. G. Wells y Thomas Mann, de camino a Venecia. Todos pasaban por el jardín de Zweig, con vistas al río y a la colina, mecidas las cúpulas de las iglesias en un ensueño de invierno. También fueron los años de la música. Salzburgo se puso en pie gracias a Ravel, Richard Strauss y Bartok. Una ciudad que lo había perdido todo, pero que encontró en la fraternidad y en la cultura el mejor aire que respirar para seguir adelante. 

Casa de Stefan Zweig en Salzburgo.

El mundo de ayer es la crónica de una muerte anunciada. Sabemos el final desde la primera linea. Es la destrucción calculada de Europa. La más absurdas de las ironías posibles. Y la ciudad que mejor encarna el precipicio europeo es Salzburgo. La ciudad de la música, de Mozart, donde Stefan Zweig había elegido su residencia en la posguerra, también sucumbió a los años locos del nazismo. ¿Cerraron sus café, se dejó de tocar música en los malditos años treinta? No. La caída europea sabía leer como nunca y sonaba de fondo la mejor pieza que jamás se haya interpretado en suelo europeo.

Zweig deja la ciudad cuando la situación se vuelve insostenible. Se exilia en Brasil, donde le espera un callejón sin salida, un suicidio en la anodina ciudad de Petrópolis. Su Salzburgo, la de sus páginas, la de su memoria, dejó de existir. Fue fugaz pero intensa, como la llama de una cerilla. Recordaba el escritor, con amarga ironía, que justo en frente de su casa, nada más acabar la I Guerra Mundial, se había mudado un joven que había sido herido en la guerra. Zweig era judío. ¿A quién le podría importar? Aquel vecino luego se metió en política y gustaba llevar camisas pardas. Escuchaba, sin embargo, a Mozart, como él. En Salzburgo, la muerte y la doncella fueron vecinos.