El sueño americano

  • Un espectador despierta del sueño americano justo en el momento en el que la selección española de fútbol cae derrotada ante Italia en los cuartos de final del Mundial de Estados Unidos de 1994.

Se acabó. El árbitro ha pitado el final del partido y el Foxboro Stadium de Massachusetts se convierte en el Coliseo de Roma. A los tifosi no los para nadie. En estos momentos son un volcán en erupción: saltan, bailan, se besan, algunos incluso se burlan de nosotros y nos insultan. Hay de todo en esta fiesta. Los futbolistas azzurri mientras tanto se abrazan en el terreno de juego. No terminan de creérselo. Sueñan, por qué no, con ese cielo de verdes praderas donde viven los goles de Pelé y la imaginación de Diego Maradona entre otras muchas obras de arte.

El Foxboro Stadium de Massachusetts se convierte en el Coliseo de Roma. Los futbolistas azzurri sueñan con ese cielo de verdes praderas donde viven los goles de Pelé y la imaginación de Maradona entre otras obras de arte.

Nuestro anfiteatro, sin embargo, ha enmudecido. Nos han robado el alma y aquí no se mueve nadie. Todos, incluído mi amigo Cameron por muy extraño que parezca, nos hemos convertido en un museo de cemento y ni siquiera parpadeamos. No debemos gustarle a los libros de historia, las puertas se nos cierran de nuevo. 

Veo a Javi Clemente felicitando a Arrigo Sacchi. ¿Qué se estarán diciendo? Después se marcha cabizbajo y desaparece. Se lo traga el estadio. Varios de nuestros jugadores caminan con la mirada perdida y otros caen desplomados en el césped como cuerpos inertes. Lo han dado todo, están vacíos. Pero la imagen de la derrota es la de Luis Enrique que va llorando sangre escoltado por un séquito de enfermeros. Qué doloroso es esto. Qué manera más triste de marcharnos.

Creo que a mí también me ha alcanzado el codazo de Tassotti. Estoy noqueado, con la extraña sensación de estar pisando otra tierra. La gravedad, los colores, todo lo que tengo a mi alrededor me resulta desconocido. De repente, no sé muy bien por qué, tengo la necesidad de volver a casa. Cuando se ha armado el revuelo en el área de Italia me he acordado de mi familia y mis amigos y no consigo quitármelos de la cabeza. Los imagino dándose un baño en la playa, comentando el partido y haciendo planes para aliviar la derrota con alguna aventura nocturna. Es sábado y es julio. ¿Qué demonios estoy haciendo en Massachusetts? 

Integrantes de la Selección española en el terreno de juego (Mundial del 94)

Yo ni siquiera debería haber venido a Estados Unidos. Aún no he conseguido entender cómo pudieron concederme una beca para estudiar aquí con el expediente que tengo. Llevo toda la universidad copiando en los exámenes y aprobando en los despachos. Soy un miserable, no lo niego. Sé que esto no sentó nada bien en mis círculos de la carrera y puede que más de uno continúe despellejándome. Pero qué quieren que le haga si tengo a los dioses de mi lado. Yo me limité a rellenar los formularios y alguien seleccionó mi nombre. Eso fue todo. 

Llegué a Indianápolis la noche del 1 de enero y aquello fue una de las cosas más terribles que me ha sucedido en mi vida. -18 grados Farenheit, a saber la equivalencia en Celsius. El paisaje estaba completamente sepultado por la nieve y un viento de láminas de acero me iba seccionando en pequeñas porciones. Estados Unidos se derrumbó en el mismo momento en el que me bajé del avión. Yo creía que este país sería como una de esas películas de Woody Allen por Manhattan, que me iba a cruzar con la mujer de mis sueños a la vuelta de cualquier esquina y que iba a surgir una bonita banda sonora. Qué mentira más grande. Veinte años de cine arruinados en apenas unos segundos.

Estados Unidos se derrumbó en el mismo momento en el que me bajé del avión. Qué mentira más grande. Veinte años de cine arruinados en apenas unos segundos.

Luego mejoraron las cosas. Seis meses dan para mucho. Amigos, fiestas, road trip de fines de semana, partidos de la NBA y alguna historia de amor que no llegó muy lejos. Nada que vaya a dejarme marcado, mucho mejor así. Lo que sí me ha tenido maravillado durante todo este tiempo ha sido la facultad de periodismo de Indiana. Tiene su propia radio y su propio canal de televisión que se emite, según me han contado, hasta en el estado de Ohio. El dinero por castigo. Paseando por sus pasillos tenía la impresión de estar en los estudios de la FOX o de cualquiera de esos gigantes que hay a este lado del Atlántico. Pero por más que lo intenté siempre me negaron ese pequeño paraíso del aspirante a periodista. Me presenté a un par de entrevistas y no fui capaz de entender la mayoría de las preguntas. Esta gente habla a la velocidad de la luz y no consigo seguirles.

Si tuviera que llevarme una sola cosa de este lugar, sin duda sería mi amistad con Cameron. Este chico surgió para salvarme la vida. Después de dos semanas yo no había hablado prácticamente con nadie que no fuera del departamento de orientación de la universidad. Recuerdo estar comiendo en la cafetería y ver aparecer a un estudiante de al menos dos metros con una melena que le caía hasta los hombros. Hola, me dijo extendiendo su mano en un castellano horroroso, mi nombre es Cameron. Aquellas han sido las palabras más poéticas que he escuchado en todo este tiempo. A mí me sonaron a Cervantes. Es increíble lo duro que puede llegar a ser un invierno en Indiana

Tras ese saludo, Cameron y yo no nos hemos separado. Ha sido un compañero de viaje extraordinario por las profundidades del Medio Oeste. Sé que voy a echarlo de menos cuando me vaya. Cuando todo esto termine tendré que invitarlo a pasar una temporada en casa.

Julio Salinas falló una ocasión decisiva a pocos minutos del final del encuentro. Aquel gol pudo cambiar el rumbo de nuestra historia.

España murió con el error de Julio Salinas, me dice Cameron señalando el área de nuestra derecha. El estadio ha comenzado a vaciarse, solamente unos pocos seguimos en nuestro asiento. Tiene razón mi amigo, los últimos diez minutos han sido demoledores, una guerra que hemos perdido a cámara lenta. Salinas se ha colado entre dos defensas y la ha tenido solo ante el portero. Todo el mundo debe estar hablando de esta jugada ahora mismo en España. Luego ha venido el gol de Roberto Baggio que ha sentado a Zubizarreta y el codazo a Luis Enrique. No sé por qué pero esa agresión me hace pensar en el 98. Es como si hubiésemos perdido Cuba y Filipinas de nuevo. Al menos es así como yo me siento. Aunque esta vez el campo de batalla haya sido un campo de fútbol y nuestros soldados los jugadores de la selección, Estados Unidos vuelve a mandarnos de vuelta con las manos vacías.

Observo a Cameron terminar su cerveza. Aplasta la lata con sus manos de jugador de baloncesto, se ajusta su gorra de los Pacers y se repliega hacia atrás como si estuviera tomando el sol en su piscina. ¿Habrá oído hablar del 98? Sería una gran sorpresa. ¿Nos vamos?, me pregunta. Le digo que necesito unos minutos. No quiero abandonar el Foxboro Stadium. No estoy preparado. Sé que salir de aquí significa estar más cerca de mis padres y que un abrazo suyo es, posiblemente, lo que necesito con más urgencia, pero primero debo asimilar la clase de persona en la que me he convertido.

Roberto Baggio sentenció el encuentro en el minuto 87. España enmudeció.

Antes de terminar el curso, Cameron me invitó a quedarme en su casa del lago el tiempo que durase el Mundial. Apenas estarán mis padres, me dijo, y ya con los exámenes terminados seremos los jefes de aquello. Al día siguiente estaba llamando a mi padre. Lo noté frío, muy distante. Parecía que el retraso de mi vuelta hubiera trastocado algún plan que hubiese preparado para mí. Entonces fue cuando cometí la estupidez de engañarlo. Le dije que el periódico de la Universidad me había contratado para cubrir los partidos de la selección española para una tirada especial con motivo del campeonato. No tengo ni idea de dónde me saqué tal historia. Yo no me quería perder esta oportunidad por nada en el mundo y al escuchar su voz helada recurrí a lo primero que se posó en mi cabeza. Le cambió el tono de inmediato. Estupendo, me dijo, espero que me traigas alguno de tus artículos. Podía verlo sonriente y hablando de esto con mi madre con el pecho hercúleo como si se hubiera convertido en un héroe clásico.

Yo no fui consciente de la magnitud de mi mentira hasta el España – Bolivia. El padre de Cameron consiguió unas entradas y nos invitó a ir a ver el partido a Chicago. Salimos de madrugada en esa especie de nave espacial que es su Chevrolet. Fueron tres horas de campos de maíz sin interrupción, de música country y de sus monólogos. Este hombre es una locomotora cuando habla. No para. El muy canalla de Cameron se pasó todo el viaje durmiendo en el asiento trasero y me dejó a mí frente al fuego cruzado de sus palabras. Do you know wanna mean?, me preguntaba continuamente. A lo que yo respondía con un rotundo yes, for sure, entendiese o no lo que me estaba contando.

Garci estaba fumando junto al Museo de Arte mientras Michel se fotografiaba con un grupo de aficionados. Parecía concentrado. Su mirada se perdía en los arcos del edificio como si estuviese divisando un plano para una película futura.

A las 11 de la mañana estábamos paseando por Chicago. Nada que ver con la ciudad fantasma que había conocido durante el invierno. Un sol majestuoso se reflejaba en los rascacielos, la gente caminaba por las calles, había puestos de perritos calientes en algunas aceras y un ejército de taxis y de coches de policía circulaban por el asfalto. Había surgido la vida. Dimos un paseo por la Magnificent Mile, atravesamos el DuSable Bridge y llegamos a Michigan Avenue. Yo estaba como en una especie de fantasía. Millennium park se había llenado de banderas de España y de camisetas de la selección. Se escuchaban tambores en la lejanía y algunos grupos de aficionados se abrazaban y entonaban gritos de guerra. ¿Dónde habéis estado todos estos meses, malditos?, pensaba mientras le traducía los cánticos a Cameron y a su padre. 

Entonces fue cuando me crucé con José Luis Garci y comprendí la dimensión de mi estafa. Mi padre es un enamorado de su cine y justo unos días antes me contó que Michel y él estaban comentando los partidos del Mundial en Televisión Española. Lo mismo te lo cruzas en algún pase de prensa, me decía emocionado, dile las veces que hemos visto El crack en casa, hijo.

Jose Luis Garci comentó los partidos del Mundial junto a Michel y José Ángel de la Casa en Televisión Española. También escribió para el diario ABC una serie de artículos bajo el nombre de “Cuaderno americano”. (El dibujo corresponde a la cabecera utilizada en dichos artículos)

Nada más verlo me dió un vuelco el corazón. Estaba fumando junto al Museo de Arte mientras Michel se fotografiaba con un grupo de aficionados. Parecía concentrado. Su mirada se perdía en los arcos del edificio como si estuviese divisando un plano para una película futura. Se lo dije a mis acompañantes. Mirad, ese señor de allí es director de cine y tiene un Oscar. ¿Un Oscar, como Clint Eastwood?, me preguntó el padre de Cameron tratando de encontrar en el rostro de Garci algún gesto que tuviera que ver con ese universo de revólveres y caballos que inunda los televisores del Medio Oeste. Más o menos, le dije, una versión española.

Mi primera intención fue ir a saludarlo. Se lo debía a mi padre y un poco a mí mismo por tantas horas como había pasado frente a sus obras. Pero algo me detuvo cuando apenas llevaba dos pasos. Creo que fue la manera en la que fumaba. Aquellas caladas tan pausadas y las bocanadas de humo que le emborronaban el rostro. Pensé en la cantidad de gente que le habría parado esa misma mañana por la calle, la cantidad de conversaciones idénticas que habría tenido y quise concederle ese pequeño respiro. ¿Qué haces?, me decía Cameron, no seas idiota, ve a hablar con él. Cualquier esfuerzo de mi amigo resultó inútil. Yo ya lo había decidido, prefería observarlo desde la distancia sin causarle molestias.

Michel no tardó en regresar junto a su compañero. En cuanto descubrieron un hueco entre la multitud se marcharon hacia el estadio. Pero antes de perderse en aquella mañana luminosa, justo cuando pasaron por nuestro lado, Garci posó sus ojos sobre los míos. No fue más de un segundo, lo suficiente para dirigirme un breve saludo y tal vez, esta es mi interpretación de los hechos, para agradecerme ese descanso efímero que le había regalado. 

Desde entonces no dejo de darle vueltas a la historia con mi padre. No sé muy bien qué hacer. Hace unos días se me ocurrió inventar una entrevista a Garci con preguntas sobre fútbol y cine. Estaba totalmente convencido de que sería una gran idea. ¿Hay alguna otra cosa que pueda ilusionar más a mi padre? En este instante, sin embargo, no lo tengo tan claro. Todo se ha nublado de forma inesperada. Es posible que haya llegado la hora de enfrentarme a mis mentiras. Lo decidiré en estos días, mi vuelo no sale hasta dentro de una semana.

Momentos después al codazo de Tassoti a Luis Enrique. El terreno de juego se convirtió en un campo de batalla.

De momento, lo único que puedo hacer es rescatar a mi amigo Cameron de este sol tan despiadado. Le digo que ya podemos marcharnos y da un salto de su asiento. Vuelve a ser un hombre feliz. Genial, me dice mientras ascendemos por la grada, tendremos que beber algo para olvidarnos de este Mundial, ¿no crees? No puedo estar más de acuerdo con él. Daremos una vuelta por el Downtown de Boston e iremos a algún bar. Antes de tomar la salida echo un último vistazo a mi alrededor. Me parece de ciencia ficción este silencio en el Foxboro Stadium. Hace tan solo unos minutos este lugar era un huracán de bufandas y de banderas. Han cambiado mucho las cosas con la caída de España. Es como si todo se hubiera roto, como si la realidad fuese más amarga desde que hemos despertado del sueño americano.


Fotografía de portada: Una de las imágenes más recordadas del Mundial de Estados Unidos. Luis Enrique protesta al árbrito tras la agresión de Tassoti.