Escrito en el agua: Mujica Lainez y Bomarzo

  • Quinto capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas nos descubre el sagrado bosque de Bomarzo, a pocos kilómetros de Roma, mediante la fantasía histórica del escritor argentino y el inmortal Pier Francesco Orsini

Hay carreteras que están hechas para el verano. El paisaje se amolda al espacio de tu cámara fotográfica. Uno sabe que de eso tratan los recuerdos, de lo que quepa en un instante, a veces azaroso. La autostrada que une Roma con la Toscana es una de ellas. Hay dos vertientes: la que se desliza por la costa, dejando a un lado sombrillas y puertos y al otro colinas tostadas por los cereales; y la del interior, que serpentea entre montañas viejas y pueblos etruscos escavados en la roca. 

“¿Quieres conocer el Renacimiento? Léete este libro con paciencia y calma”. Y lo hice. Se llamaba “Bomarzo” y el escritor era argentino: Mujica Lainez.

Conocía Roma como la palma de mi mano, a base de viajes furtivos y peregrinaciones en busca de la belleza. Pero aquella mañana me encontraba saturado. ¿Se puede salir de Roma? ¿Hay vida más allá de la Tiburtina? Me monté en un coche con la decisión selectiva de descubrir el más allá de los muros aurelianos. Recordé un libro leído años atrás. Un profesor de italiano me dijo: “¿quieres conocer el Renacimiento? Léete este libro con paciencia y calma”. Y lo hice. Se llamaba Bomarzo y el escritor era argentino: Mujica Lainez. Jamás escuchado anteriormente. Una pieza del Boom, pero con menos focos. 

Por eso tenía el libro entre las manos, cuando ya dejábamos atrás las tormentosas avenidas que hacen de Roma una ciudad vulgar en el extrarradio. Lo manoseaba con nerviosismo, a un velocidad imprudente por la vía Salaria, que conecta la capital con el Adriático. Entre curva y curva, yo me imaginaba aquella historia del hombre jorobado, odiado por toda su época, incapaz de sujetar una espada pero diestro con el veneno (entendió mejor que nadie que se mata mejor con el líquido que con el sólido), que paseaba todos los días en su soledad, solamente rodeado de monstruos de piedra y musgo

Porque el caso de Bomarzo es una de las historias más peculiares de un siglo ya de por sí extravagante: el XVI italiano. Pier Francesco Orsini fue un noble de segunda o tercera categoría. En una época de lobos, no debía resultar fácil sobrevivir a base de favores y trampas que ponían o quitaban un imperio. El duque de Bomarzo es en sí un misterio. Sabemos solamente que jugó un papel secundario que los azares políticos del momento, que tuvo ciertas relaciones con el papado y que, durante la guerra franco-española fue hecho prisionero y retirado de la vida pública. Un hombre que aspiraba a una vida de éxitos militares y políticos se ve abocado a vivir en un bosque inmenso, a tres días de Roma. El centro de la nada. Es donde nace el Pier Francesco Orsini de Mujica Lainez. El hombre que resurge de las sombras de una pesadilla.

Retrato de Manuel Mujica Lainez con su monóculo

En efecto, la novela es un canto a la imaginación y la introspección humana. El Orsini del escritor argentino es el segundo de una familia de valientes condottieri. Nació, para complicar el linaje, jorobado, cojo de una pierna y con facilidad para tartamudear. Sin embargo, su inteligencia, sensibilidad artística y culto a la belleza lo hacían una figura irrepetible. Malos tiempos para tocar la lira si no podías cabalgar. El duque proyectado por Mujica Lainez vive ajado por las humillaciones de sus hermanos, que debían heredarlo todo, enamorado en secreto de bellas damas que lo miran con repulsión y pena, y encuentra solamente el descanso y la paz en los libros escritos en latín y en griego y en los desnudos masculinos (un adelantado) de las esculturas. Es un mundo mágico situado entre las fuerzas telúricas de los etruscos y el destino fatal de la vida. Todo aquello que Pier Francesco Orsini ama, es devastado por la tragedia. Solamente él es inmortal. Van sucumbiendo al Hades todos aquellos que lo han humillado en su más tierna infancia. Como un asesino selectivo y calculador, el Orsini elimina a hermanos, sirvientes y conocidos. El destino es más importante que la moral y él tiene una misión que cumplir.

Históricamente sabemos que el duque de Bomarzo, dejando la ficción a un lado, construyó el Sacro Bosque de los Mosntruos tras su retiro de la vida pública.

Históricamente sabemos que el duque de Bomarzo, dejando la ficción a un lado, construyó el Sacro Bosque de los Mosntruos tras su retiro de la vida pública. Humillado por la derrota francesa, se dedica a la contemplación epicúrea, a la lectura y a reflejar sus miedos en la piedra. El bosque de esculturas no es solamente el primer aviso de lo que sería el Manierismo, triunfante en la Roma papal, sino que es un sueño deforme cincelado entre los árboles. El duque quiso que esculpiesen unas treinta esculturas, semiocultas entre la vegetación. Encontramos héroes mitológicos, animales fantásticos y monstruos feroces. Es una escapatoria a la armonía y delicadeza del arte renacentista italiano. Un mundo donde está permitido el exceso, el derroche, la imaginación desbocada.

Ejemplos de escultura en el Sacro Bosco di Bomarzo
La casa pendente, en el Sacro Bosco di Bomarzo

Así lo entendió también, un 13 de julio del año 1958, Manuel Mujica Lainez, cuando salió de excursión hacia las inmediaciones de Bomarzo, aquella localidad casi deshabitada al norte de Roma. Lo que encontró no solamente fue el Bosque Sacro. También un personaje inmortal. También una novela eterna. 

Porque quien haya leído Bomarzo sabrá que cada página es la celebración de la belleza. Es vivir al lado de Benvenuto Cellini, cuando ya soñaba su Perseo degollando a Medusa; es esconderse tras una cortina y ver a Miguel Ángel, el mayor artista de todos los tiempos, pintar el Juicio Final para descaro de los papas; es asistir en primera fila a la coronación como emperador de Carlos V en Bolonia; es descubrir una necrópolis etrusca, enterrada en el olvido más de dos mil años; es también, ante el asombro del lector, contemplar a ese joven rubio enfermo de malaria que está a punto de ser herido en el brazo en la batalla de Lepanto, y que antes de cerrar los ojos por la fiebre, intercambia su Garcilaso a cambio de un Ariosto. El Bomarzo de Mujica Lainez es el Renacimiento que queremos leer, y no solamente el que fue en realidad. 

Pensaba en todo ello cuando tomamos un desvío. La carretera se volvió más estrecha y el asfalto pronto se hizo grava. La profundidad de la vegetación nos sumergió pronto en una especie de noche. Entre montañas, atrapada en la soledad de los lectores, encontramos Bomarzo, un pueblo medieval que ha perdido el pulso. Imponente sus campanarios y el Borgo, como si fuese una extensión de la montaña, la ciudadela es pasto de la despoblación. ¿Quién sabe si los personajes de Mujica Lainez todavía la frecuentan?

Panorámica de Bomarzo, la ciudadela medieval

En la parte baja, el bosque se hace menos frondoso. Nos bajamos del coche con la idea de encontrar cada palabra de la novela escrita en la piedra. Y aquello fue mucho más. La metáfora está usada pero nos servirá también: me sentía un Dante sin arte vagando por los caminos del infierno. En el laberinto del bosque vimos el orco y su boca desdentada, la casa pendente, donde se acumulan los asesinatos, el Hércules furibundo, el elefante gigante y el templo, sereno y majestuoso, la tumba del Orsini más grande que ha tenido la familia y más desconocido de todos. 

¿Quién fue en realidad Pier Francesco Orsini, Vicino para la época? Alguien distinto al que aparece en la novela de Mujica Lainez. Pero la fuerza de su narración es tan intensa que ha conseguido suplantarlo. La ficción supera la realidad. Por eso, todo aquel que entra en el Sacro Bosque de los Monstruos en Bomarzo camina con la congoja de encontrar un hombre jorobado y cojo, escondido entre la maleza, abrazado a sus esculturas, ideando formas maltratadas por la naturaleza, como es su cuerpo. El Bosque de Bomarzo trasciende la piedra. Vive en los sueños del material más resistente de todos: la palabra. 

Retrato de un gentilhombre, de Lorenzo Lotto, a quien Mujica Lainez atribuye a Pier Fracesco Orsini

Fotografía de portada: pastor en la Boca del Orco.