Vuelo EI585

  • Regresar a una ciudad es reencontrarte con recuerdos y vivencias. ¿Pero qué ocurre cuando ya no te sientes reconocida en aquello que esperabas encontrar?

La última vez que regresé a Dublín me sentí extraña. Deambulaba cerca de Grafton Street, maleta en mano, buscando la dirección en la que me quedaría los próximos días, cuando me topé con las obras del tranvía. Cuatro años después, aunque más avanzadas y en otra zona de la ciudad, ahí seguían. Ese fue el primer momento en el que me encontré totalmente desubicada, a pesar de reconocer las calles ahora llenas de zanjas, vallas y lonas verdes y blancas. El segundo sería al día siguiente por la noche, al acercarme a un tailandés en el que había estado otras tantas veces y comprobar, no sin cierto asombro, que el precio final, con el descuento para estudiantes, era el mismo que antes se pagaba por una consumición sin ningún tipo de oferta. Me dejé el pad thai a medias.

“Hay lugares a los que uno regresa porque ha sido feliz, sin embargo, yo volvía una y otra vez a Dublín porque me sentía comprendida”

Hay lugares a los que uno regresa porque ha sido feliz, sin embargo, yo volvía una y otra vez a Dublín porque me sentía comprendida. Había algo que me mantenía en un equilibrio entre sentirme como en casa y ser totalmente ajena a la realidad de la ciudad. Nunca me había esforzado demasiado en tratar de averiguar qué era ese algo, hasta esa última vez en la que las obras del metro y el precio de un pad thai cambiaron las reglas del juego.

La primera vez que tomé el vuelo EI585, mi amiga me apretaba la mano con tanta fuerza que pronto empezamos a sudar. El aeropuerto, la playa, la gente, los coches se iban convirtiendo en una maqueta cada vez más lejana y una punzada de arrepentimiento me sorprendió pasados los primeros momentos posteriores al despegue. Pensé que a mí no se me había perdido nada en aquel país al que nunca le había prestado atención, que no debería estar en aquel viaje o que, en cualquier caso, debería estar otra persona en el asiento de al lado. Cuando nos encontramos con nuestra otra amiga en la terminal de llegadas, al subirnos en el autobús que nos dejaría en el centro de la ciudad y pegar la cara a la ventanilla para no perder ni un detalle del recorrido, el verdor de los pueblos de las afueras, aquellas arquitecturas tan distintas a las nuestras, supe de golpe lo que me pasaba: me hubiera gustado compartir esa sensación de descubrimiento con él. Sin embargo, qué libre me sentí tirada en el césped del Phoenix Park, riendo y recordando un mundo del que él aún no formaba parte. Y una noche en The Quay’s, antes de llevarme la segunda pinta a los labios y desgañitarme cantando U2, tuve claro que ese mundo volvería a existir. 

“Oficialmente, me iba para mejorar mis conocimientos del idioma; la realidad es que estaba huyendo”

Lo que no sabía era que iba a ser tan difícil recuperar un espacio que por derecho siempre había sido mío. Se llenaron de horas vacías los días y me acomodé al sinsentido de las inercias y las rutinas. Estaba al borde del abismo del último año de la carrera y la excusa de sacarme un título de inglés me condujo otra vez hasta el vuelo EI585. Oficialmente, me iba para mejorar mis conocimientos del idioma; la realidad es que estaba huyendo. Mientras planeaba aquella quincena de agosto, sólo esperaba que Dublín arramblase conmigo, que fuera la cerilla que me quemara para resurgir en septiembre de mis propias cenizas. Me compré varias guías para no perderme nada de lo que en un fin de semana no había podido tener cabida. Quería explotar y que no quedara ni un ápice de quien había sido hasta entonces, pero al apoyar la cabeza sobre la ventanilla y ver empequeñecerse el aeropuerto, la playa, la gente, los coches, empecé a echar de menos a otro él. Y al bajarme del avión, con el viento atlántico revolviéndome el pelo, fue la primera persona a la que escribí para informarle, sin demasiadas pretensiones, que había llegado bien. Esa noche cené fish and chips en el Leo Burdock del Temple. Algo más de un año después, tras una excursión a Howth, un pequeño pueblo pesquero a las afueras de Dublín, como en una comedia romántica de bajo presupuesto, compartiendo ese mismo menú, le dije que le amaba. Afuera llovía y casi perdimos el tren de vuelta.

“En aquel momento chapurreé una apasionada defensa sobre lo bonito de dejar de ser ajeno a un lugar para comenzar a sentirse como en casa. Tres años después, pude comprender perfectamente al turco”

Por eso, al regresar una cuarta vez, de nuevo con la idea de mejorar mi inglés y prosperar en mi carrera laboral con un título avanzado, me sentí extraña y desubicada. Empecé a frecuentar lugares con mis compañeros de curso que se salían del espectro del turista: un italiano riquísimo y barato en una de las orillas del Liffey, una cafetería al final del Temple donde ponían las mejores tartas, pubs sin música en directo y en los que la calidad de la Guinness y su precio descendían estrepitosamente… En uno de mis paseos de camino a la academia, o quizá ya de vuelta, recordé que la vez anterior uno de mis compañeros, un turco con el que no había intercambiado palabra alguna hasta entonces, me dijo que estaba deseando irse, que después de dos meses sentía que se estaba haciendo a la ciudad y que no le gustaba nada aquella sensación, que temía perderse a sí mismo y no saber quién era al regresar a su país. En aquel momento chapurreé una apasionada defensa sobre lo bonito de dejar de ser ajeno a un lugar para comenzar a sentirse como en casa. Tres años después, pude comprender perfectamente al turco. 

El resto del tiempo me lo pasé imaginando cómo podría ser mi vida allí, sabiendo que si vuelvo a Dublín, tal vez sentirme comprendida no sea suficiente. Tal vez me toque comprenderla a mí


Fotografía de portada: Puente Ha’penny sobre el río Liffey. Robert Linsdell.