Escrito en el agua: Chaves Nogales y Sevilla

  • Sexto capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas camina por la Sevilla de Chaves Nogales, el mejor periodista que ha tenido España en todo el siglo XX. De su ciudad natal a Europa, su testimonio es la crónica de fiel de los años más oscuros.

Sevilla es una ciudad que ha convertido su esencia en caricatura. La calle Sierpes ha pasado a ser un multibazar de souvenirs, de mujeres que pasean vestidas de flamenca vendiendo actuaciones a alto precio. Constitución se aferra al humo de las castañas asadas en otoño para contrarrestar las marcas de café inglesas. El barrio de Santa Cruz es un hormiguero de turistas y tabernas engañosas: un decorado propio de un parque temático. Ciudad hermosa y muerta, donde afloran los hoteles mientras los sevillanos huyen hacia los arrabales.

Hablamos del hombre que tal vez haya sabido entender mejor la Sevilla de su tiempo, esa que los turistas confunden con una tienda de garrapiñadas en la calle Agua.

¿Qué fue de aquella Sevilla que alguna vez encontré en Juan Belmonte, matador de toros? La literatura siempre se compone de ficción y de ganas de realidad. Son los ojos de lo soñado. La idea más que el material. Hace apenas un año que resido en esta ciudad, que sigue siendo única a pesar de los pesares modernos, pero en donde cada vez se hace más patente la distancia entre aquellas páginas y mis paseos ordinarios.

Hablamos del hombre que tal vez haya sabido entender mejor la Sevilla de su tiempo, esa que los turistas confunden con una tienda de garrapiñadas en la calle Agua o con una gitana pidiendo limosna en Velázquez con Tetuán. El hombre que revolucionó con sus crónicas unas cuantas calles que vivían del polvo y del cante, al margen de los tiempos pero atrapados por la belleza de lo normal. Hablamos de Manuel Chaves Nogales, el hombre al que las dos Españas hubieran fusilado por igual, en esta guerra continua de trincheras en la que viviremos hasta la eternidad.

Chaves Nogales es el periodismo con mayúsculas, en un tiempo donde los periódicos aún sufrían la veneración de la palabra escrita. Salió de la ciudad del Guadalquivir para comerse el mundo. Y lo hizo. Publicó sus famosas crónicas en Estampa, La Gaceta Literaria y Abc. Habló de lo divino y lo humano. Desde la primera mujer en atravesar el Atlántico en avión hasta la intimidad de uno de los mejores políticos que ha tenido este país en su convulsa historia, Manuel Azaña.

Chaves Nogales, en la redacción. Foto de archivo.

Pero Madrid también se le quedó pequeña. Como corresponsal, Chaves Nogales alcanzó su mayores cuotas periodísticas. Atravesó Europa en avión para ir a conocer la reciente Unión Soviética. De las crónicas de aquel trabajo, nació La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja,libro que condena el nuevo sistema comunista que se estaba instaurando en Rusia, una advertencia en toda regla del destino que les podía esperar a los demás países europeos que coquetearan con aquellos experimentos. Pero también viajó a Alemania, en los primeros años de la década de los treinta, cuando el nombre de Hitler ya empezaba a ser familiar en las emisoras de radio. Y la voz de Chaves Nogales, al igual que en Rusia, también se alzó como advertencia de los males que acechaban al viejo continente. El culmen de su carrera periodística llegó con la entrevista a Goebbels, a quien tildó de ridículo e impresentable. 

¿Habrá fascismo en España?, se preguntó nuestro periodista, tal vez poniendo sus barbas a remojar. Porque dijo Octavio Paz, en una entrevista allá por los años setenta u ochenta, que el siglo XX había sido la época de las grandes utopías acabadas en campos de concentración. Chaves Nogales, antes de las alambradas de Auschwitz y de los fríos de Siberia ya lo había advertido. 

Chaves Nogales, antes de las alambradas de Auschwitz y de los fríos de Siberia ya lo había advertido.

Pero de Sevilla al mundo, y del mundo al Sevilla. El periodista universal no olvidó nunca su tierra y la esencia que marcó su infancia. ¿Cómo homenajearla? Estamos a mediados de los años treinta. España es un hervidero. Ha triunfado la República, que se tambalea como una bailarina inexperta. La fragilidad de los tiempos le hace volver la vista a sus orígenes. Y Chaves Nogales crea un nuevo género literario, que ahora admiramos con rabiosa originalidad, pero que él hizo pasar con la mayor normalidad posible. 

Juan Belmonte, matador de torosno es solamente una biografía del torero más grande que jamás ha existido nunca. Es la vanguardia en estado puro, a la par que el costumbrismo bien entendido. Es vanguardista porque inventa una ficción real. Está escrita en primera persona, como si fuese el mismo Juan Belmonte el que escribiese cada anécdota. Son unas memorias prestadas. Un juego literario en el que el lector acepta que lo que lee son memorias, pero también novela. Y es costumbrista porque la Sevilla pasada se refleja tan clara como un charco limpio en mitad de una calle. Es a través de Juan Belmonte y el toreo donde Chaves Nogales desgrana una época ya perdida, la Sevilla de finales del siglo XIX. 

Portada de Juan Belmonte, matador de toros, una de las obras más sobresalientes de Chaves Nogales

La primera imagen del libro conmueve por la simplicidad de la tragedia. El pequeño Juan Belmonte camina por la calle Feria, donde su familia tenía un puesto en el mercado. Se escucha un torbellino de voces confusas. Allí están las pescaderas, las tiendas de especias, las licorerías y tabaquerías. De repente, un grito conmueve la tarde sevillana. Un toro ha matado a Espartero. Lo llevan cuatro caballos. ¿La muerte?, se pregunta Juan Belmonte, de apenas cinco años. Y la ciudad se sumerge en la oscuridad. Las plañideras hacen su ritual de lamentos y los hombres beben en silencio. La muerte y el toreo, lo popular de los barrios sevillanos y la infancia de unos ojos que acaban de nacer al dolor y la finitud. Solo Chaves Nogales es capaz de conjugar tantos sentimientos en apenas unos párrafos, resumidos posteriormente por Morente y aquellas viejas coplas: “El día que mataron al Espartero, Belmonte, que era un niño, se quedó quieto./ Tan quieto que el torero que en él había/ cuando veía un toro no se movía”.

El libro sigue el muestrario fabuloso y mitológico de aquella Sevilla extinta: los cafés de la calle Sierpes, el América o el Madrid, donde se disputaban las mejores tertulias de la ciudad; las carreras a la sombra por la calle Betis y Pureza, las novilladas ilegales, saltando las vallas de los corrales donde dormían los toros, al lado del río. Y sin duda alguna, la rivalidad entre dos toreros inigualables: Joselito el Gallo y Juan Belmonte. Dos hombres que tuvieron en vilo a un país entero durante años, hasta que una tarde la muerte embistió al primero, para convertirlo en leyenda, poco después de haber cumplido veinticinco años.

La Sevilla de Chaves Nogales no es solamente la del toreo, la de grana y oro. Es un tiempo encerrado y fugitivo, que se diluye en el presente y se borra a pasos agigantados. Aquella en la que Triana aún era un pueblo independiente, y el puente de Isabel II unía dos mundos. Un mundo ya difícil de recuperar, más allá de las páginas magistrales de sus crónicas y libros.

El Cachorro, a su paso por el puente de Triana. Fotografía tomada en 1920. ABC

Quiso el destino que sus peores presagios se cumplieran. España, atrapada entre el fascismo y el comunismo, se vio envuelta en la peor guerra que pudo tener. La Guerra Civil supuso el exilio para Chaves Nogales, primero en París, donde huirá también ante la llegada de las tropas nazis. En Londres, buscado por la GESTAPO, morirá, completamente olvidado por su país, que se desangraba en el ruedo de la historia. Un país al que Chaves Nogales había ensañado a abrir los ojos con sus crónicas, pero que no sabía leer. Una ciudad, Sevilla, que había clavado en apenas doscientas páginas. Quieta, delante de dos cuernos que embisten.