Muere la ciudad

  • Un largo paseo por una urbe milenaria. Edificios y plazas cargados de historia. Todos los rostros parecen culpables. ¿Pero, existe alguien responsable de este crimen?

Al salir del metro no tuve más opción que admirar una de las mayores obras de nuestra época. Es cierto que está medio destruido y es cierto que sus partidos ya no son lo que eran; sin embargo, es admirable observar cómo se yergue en pie, cómo se mantiene a flote, cómo sigue evocando tiempos más democráticos.

No podía más que resolver el asesinato. O lo resuelvo o lo he de resolver. En Resolver Asesinatos I aprendí que la mejor manera es recorrer el lugar del crimen, observar con tacto y afecto cada pista, cada marca de sangre, cada sorpresa no encontrada. Dejé atrás la maravilla y empecé a caminar.

“La gente, siempre sospechosa, caminaba alrededor sin saber que todos eran culpables a mis ojos”

Debía ser lunes porque el mercado, como si únicamente vendiera pescado fresco, estaba cerrado. La gente, siempre sospechosa, caminaba alrededor sin saber que todos eran culpables a mis ojos. El inocente no puede ser ignorado hasta que se demuestre su no culpabilidad. No sólo estaba cerrado el mercado, sino que, como por arte de magia pagana, caminábamos por encima. 

No creo que en la casa del Rey ni en su caballo a lo troyano pueda estar quien busco. Lo dejo a mano derecha y, a la sombra de una Catedral que no fue Catedral y que ya no existe, pasando junto a un teatro en el que no se cantan ya carnavales y echando un vistazo, sin meter la mano después, al lugar donde alabamos al tipo más fuerte del mundo, llego al circuito. Nada sospechoso. Me marcho.

Tres países, una sola mirada. Tampoco te encuentro desde aquí. A la derecha me puedo ir de la ciudad, a la izquierda vuelvo dentro. Demasiadas cruces a mi diestra y demasiada riqueza al frente. Vuelvo a la urbe. Hay un río nauseabundo con cuerpos flotando. Nada extraño. No encuentro ninguna pizzería y tengo hambre. Ya comeré, tengo trabajo.

“Otro mercado. Este huele a muerte, a muerte divina, a muerte traicionada, dictada, a muerte brutal”

Otro mercado. Este huele a muerte, a muerte divina, a muerte traicionada, dictada, a muerte brutal. Ayer había gatos y hoy no hay nada. Fantasmas, lo que pudo ser. No tengo que resolver este asesinato, me han encargado otro. Pero sería tan maravilloso investigarlo, encontrar al culpable, dictar sentencia.

A pie, entre callejuelas, llego al hogar de todos los dioses, mañana descanso de algún que otro rey ya muerto. Lo dejo atrás. A la derecha una fuente que será, cargada de liquidez. A la izquierda un estadio, convertido en plaza. ¿Dónde demonios está?

Buscan campos en Marte cuando se encuentra aquí. Al fondo, el río. Otra vez. Sigo caminando. Clemente, cobarde, no te escondas. No tienes ángel de la guarda. Allí, al fondo, vuelven a perder un balón contra los azules los malditos rojos. Allí, al fondo, vuelven a anotarnos 7 puntos los ingleses, y los escoceses, y los irlandeses, y los franceses. Hasta los galeses. 

A mi izquierda, asesinos, ladrones. No, para nada, gracias Felipe, cómo enfadarme contigo. Sigo buscando.

“He fracasado, no he resuelto el asesinato. No puedo señalar a medio mundo. No puedo culparnos de nuestra propia agonía, libre, consciente y autodidacta”

En la calle de la casa de Julia empieza la historia, allí estáis. Allí queda lo que empezó a morir. Murió y nació. 753 dicen. Una loba. Un muro. Una República. Un Imperio. Un idioma, y otro, y otro, y otro. Una ley. Un pensamiento. No muere lo que nace para no morir

He fracasado, no he resuelto el asesinato. No puedo señalar a medio mundo. No puedo culparnos de nuestra propia agonía, libre, consciente y autodidacta.


Fotografía de portada