Escrito en el agua: Cesare Pavese y Turín

  • Séptimo capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas se sitúa en la Turín de los diarios de Pavese. El escritor italiano arrastró por la ciudad alpina sus pensamientos más oscuros, pero ensalzó también una metrópoli alucinante. 

He estado muchas veces en Turín pero la vez que menos he aprendido de la ciudad fue la única vez que la visité. Sí. No estoy loco. He estado muchas veces en Turín. La primera, a través de los poemas de Pavese. En ellos, se habla de una urbanidad vaga, donde de tanto en tanto se cuela un café, una cristalera empañada por el vaho del invierno y alguna muchacha que pasea desorientada por la vieja ciudad de los Saboya. Sus novelas me mostraron un escenario que yo deseaba, y que se había pintado en mi imaginación a golpe de verso. Era Turín, ya a mis dieciocho años, una geografía literaria tan válida como Macondo. La segunda vez que entré en la ciudad fue a través de una veintena de páginas que escribió en 1967 Ricardo Piglia. El cuento se llama “Un pez en el hielo”, y el tema, recurrente y mitológico, seguía siendo Cesare Pavese. Para esas alturas, solía dejarme caer muchas tardes por sus calles (las mismas que nunca había caminado), embelesado entre el Po y un partido de la Juventus. Luego vinieron los artículos de Enric González sobre el Torino, la tragedia de Superga y entonces cumplí mi cometido viajero. Pasé cerca de una semana en la primera capital que tuvo Italia como Estado recién creado. ¿Acaso dudan de que ya conocía la ciudad como si fuera mía?

Pavese se quitó la vida la noche de un 26 de agosto de 1950. Tenía 42 años. Ya era el mejor poeta italiano de todo el novecento.

Encontré una ciudad francesa en medio de las regiones italianas. ¿Qué es si no el Piamonte? Turín es una urbe de líneas rectas que acaban en grandes plazas. Con jardines que mezclan el sentido moderno de la comodidad y los bosques numerosos del Borgo medieval. Mezcla la devoción religiosa de sus numerosas iglesias, la Sábana Santa, resistiendo a los incendios (y a los papas), con una adoración extraña al diablo y a todo lo infernal. Turín es muchas ciudades en una. También la de los trabajadores en torno a la Fiat (bastaba una amenaza del viejo Agnelli para dejar caer un gobierno) y la de la aristocracia que creer vivir aún en los palacios imperiales de gusto austriaco. La metrópoli de los Alpes y del fútbol, partida en dos por un río y por las enemistades ancestrales de la Juventus y el Torino. Pero Turín es sobre todo Cesare Pavese.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió el poeta nacido en Santo Stefano Belbo, no más que un pueblo situado a noventa kilómetros al norte. Lo escribió en uno de sus poemas más célebres. La muerte, acechando en cada rincón de la casa, en la cotidianidad de sus pensamientos. La muerte, vistiéndose de mujer, de aquella actriz americana que no podía quitarse de la cabeza. La muerte, tras unos ojos azules y penetrantes. La muerte, por último, encerrada en unas calles, a la salida de la estación de tren de Porta Nova.

Pavese se quitó la vida la noche de un 26 de agosto de 1950. Tenía 42 años. Ya era el mejor poeta italiano de todo el novecento. En la habitación número 23 del Albergo di Roma, había conjugado una serie de somníferos y se había tumbado en la cama a esperar a aquellos ojos descritos años antes. Había fumado un cigarrillo pegado a la ventana. No podía ver la Molle Antonelliana y la Basílica de los Capuchinos, al otro lado del río. Había escrito un par de cartas a sus más allegados. Una de ellas, a su hermana, decía: “Estoy bien, como un pez en el hielo”. Pocas horas después lo encontró muerto el servicio de habitaciones. Tumbado en la cama, solamente se había quitado los zapatos. 

Mole Antonelliana con los Alpes al fondo

Supe de esta historia por Ricardo PigliaLa invasión es un conjunto de relatos publicado en España por Anagrama. El último, “Un pez en el hielo”, se puede leer como una descripción minuciosa de los últimos días de Pavese en el mundo de los vivos. Turín es un escenario de fondo, desdibujado y caloroso, donde camina el escritor ya sin alma ni aliento. Y como hay lecturas que viven entrelazadas en las estanterías de las librerías, lo primero que hice al cerrar el libro de Piglia fue abrir El oficio de vivir, las memorias (sí, acabadas) de Pavese. 

Escritas durante 25 años, cuentan los pensamientos e inquietudes de un hombre desnudo y temeroso. Un ser humano que reflexiona sobre lo inabarcable de la vida. Sobre los pesares de la historia. Empezó a escribirlas en los años treinta, cuando Pavese es conducido a la cárcel de Brancaleone, en Calabria. Su delito había sido el amor. Para ocultar a su amante, Tina Pizzardo, afiliada al partido comunista, había dado su dirección personal. Guardó silencio durante los tres años de prisión. Allí convirtió su voz en diario íntimo. A la salida, Tina se había casado con otro hombre. 

Pero el diario siguió su curso. Algunas veces, pasa semanas sin escribir. Apenas unas reflexiones literarias, casi nunca políticas. Otras veces, desenfrenado, escribe páginas y páginas. En todas ellas, una ciudad se viste de fondo: Turín. 

Constance Dowling abandona al escritor miope y se marcha a Estados Unidos, donde se casa con otro hombre.

Y llegamos a finales de los años cuarenta. La guerra ha quedado atrás. Italia ya no conoce el fascismo. Se abre al mundo. Y con ella, el cine encuentra un terreno maravilloso para rodar. Llega al país una incipiente actriz norteamericana: Constance Dowling. Rubia y bella, como solo las actrices del blanco y negro pueden ser, se convierte en su amante. La muerte tras los ojos de Pavese. La última tabla de salvación de un escritor que ya había alcanzado la fama literaria, con obras como La casa en la colina, La luna y las hogueras Tras mujeres solas. Pero la relación dura lo que un cortometraje. Ella abandona al escritor miope y se marcha a Estados Unidos, donde se casa con otro hombre. El cartero siempre llama dos veces. Es cuando intensifica Pavese la escritura de su diario, que se vuelve irascible y lleno de sentimiento. 

Igual que un pez en el hielo. Lo cuenta Piglia en su relato. La referencia final en la carta a su hermana, es también la pista de su muerte. En una escena de la película donde Constance Dowling aparece, la actriz saca la pecera a la ventana de un rascacielos de Nueva York, con la idea de meterla en unos minutos. Al poco, ella es asesinada. Encuentra su cuerpo a los dos días. En la ventana, un pez se había congelado, nadando entre el hielo. 

Constance Dowling y Pavese.

Pavese concluye su diario el 18 de agosto, una semana antes de suicidarse. Concluye su diario, y esto es una excepción en el mundo literario. Los diarios los acaba la muerte, de imprevisto. Pero nuestro querido Pavese muere una semana antes como escritor, y después como persona. Su última entrada es:

“Siempre sucede los más secretamente temido”

“Escribo: Oh tú, ten piedad. ¿Y después?

“Basta un poco de valor”

“Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de vivir y se debilita la idea del suicidio”

“Parecía fácil al pensarlo. Y sin embargo, hay mujercitas que lo han hecho. Hace falta humildad, y no orgullo”

“Todo esto da asco”

“No palabras. Un gesto. No escribiré más”

Cesare Pavese

En Turín, les juro, cada día es 18 de agosto.


Foto de portada: Cesare Pavese. Imagen de archivo.