Escrito en el agua: Marguerite Yourcenar y Villa Adriana

  • Octavo capítulo de la serie de escritores y lugares geográficos. En esta ocasión, Pepe Pérez-Muelas se sumerge en la Antigüedad Clásica de la mano de la escritora belga y de las meditaciones del hombre más poderoso de Roma: el emperador Adriano.

Contaba apenas con diez años cuando los alemanes la obligaron a salir huyendo de su casa y cruzar el Canal de la Mancha. Marguerite Yourcenar, sin embargo, tenía recuerdos confusos de la ciudad costera de Ostende, sobre la costa belga del Mar del Norte. Tampoco recordaba con especial claridad el ambiente de efervescencia de la nueva ciudad de acogida, Londres. Lo que sí debía rescatar su memoria, tras décadas de viajes y experiencias a cuestas, fue que aquel verano conoció a Virgilio y su Eneida. Una obra que habla de los efectos de la guerra y de los refugiados que ella provoca. ¿Acaso no vio Yourcenar los devaneos de Eneas por el Mediterráneo como un espejo en el que mirarse? Ella, aún niña, sin saber que estaba siendo una de las primeras afectadas por la I Guerra Mundial, tuvo claro desde el principio un hecho: había sido tocada por la desgracia de la guerra, sí, pero había sido más intensamente herida por el aguijón silencioso de la cultura clásica. Otra enamorada de Roma. 

Parece que hablase el mismo Adriano, a través de la telaraña de sueños y pensamientos que entretejen la novela.

Son protagonistas en este artículo un emperador hispano y una escritora belga. Una villa a las afueras de la populosa Roma (populosa en los tiempos imperiales, y populosa en los actuales). Amantes y amor, que no es lo mismo. Enfermedades y reflexiones. Un pasado que aplasta la memoria y un futuro desalentador. Las ruinas de un hombre que lo fue todo, y las ruinas de un jardín más bello que la historia. Una carta infinita hacia su nieto, el futuro Marco Aurelio, y la Academia Francesa al torcer la esquina. Memorias de Adriano es una de las obras cumbres de la literatura clásica. Pero Yourcenar no pudo saltar el escollo. En lugar de estar escrita en latín, fue el francés la lengua vehicular. Parece que hablase el mismo Adriano, a través de la telaraña de sueños y pensamientos que entretejen la novela. Sobre sus páginas, un amor imposible, porque la muerte lo ha configurado. Su amando Antinoó, como expresión de una belleza solo presente en el mármol y en los recuerdos. El imperio, en su máximo apogeo, apenas es una excusa mal expresada, un jarrón de rosas a los pies de la piscina. Una noche estrellada, al fin y al cabo, en un universo de poemas y secretos lascivos. 

Villa Adriana se sitúa a 23 kilómetros de Roma, pero en realidad, está a siglos de distancia. Todo en ella es quietud y silencio. No es un ciudad devastada y rota: es un pensamiento detenido en el tiempo. Una carta perfectamente terminada pero que espera destinatario. Una frase inacabada por la muerte. En efecto, Villa Adriana fue construida por el emperador que le da nombre, tal vez el hombre más grande que tuvo Roma (con permiso de César, Octavio y la higuera de Livia). Un romano de provincias, cansado de los bullicio del Palatino, que decide trasladar la corte fuera de Roma a la campiña. Crea allí, a los pies de los Apeninos, un ensueño de fuentes y esculturas. Un lugar más apropiado para la posteridad que para la política. Construye, en definitiva, un mausoleo de belleza para su recuerdo. Y luego, Marguerite Yourcenar constata el hallazgo.

Vista de Villa Adriana

La novela de la escritora belga no es solamente un pedazo de historia llevada a nuestros días. Para eso existen las enciclopedias y Tito Livio. Sus páginas son una introspección detallada de un hombre poderoso, devastado por la edad y los problemas, que se refugia en su correspondencia para clarificar su vida. Se desliza el personaje entre batallas y campamentos, al lado de su receloso tío Trajano, pero también como una reflexión profunda sobre la existencia, el alma, la belleza, la muerte y el amor. Y es en este punto donde Youcernar no tiene compasión, ni con Adriano, ni con la historia, ni con el lector. Los pasajes más desalentadores y cuya prosa rebosan perfección y delirio van de la mano del nombre de Antinoo, un joven bitinio del que Adriano se enamoraría hasta perder el juicio. Incluso, tras su muerte, lo divinizó y le construyó varios templos. El hombre más poderoso del mundo a los pies de una furia amorosa, encarnada en un muchacho de apenas veinte años. 

El personaje de Yourcenar es, sin duda, uno de los más meritorios de la literatura. Uno tiene la sensación, al acercarse a sus páginas, de que han pasado dos mil años entre la escritura y los ojos del que toma las cartas para leerlas. Es tal el grado de sincretismo entre Adriano y la escritora, que se hace imposible que sus nombres se disocien para la posteridad. Es por eso que cuando hace unos años visité Villa Adriana por primera vez, iba con una devoción religiosa (y casi adolescente) con un ejemplar de Memorias de Adriano debajo del brazo, como guía espiritual e histórica del lugar. ¿Qué esperaba encontrar en las ruinas del palacio perdido? Sin saber muy bien cómo, tras la estatua de Diana Cazadora o entre las columnas del Teatro Marítimo, tenía la esperanza de sorprender al viejo emperador y a la vieja escritora de charla matutina, entre té y garum.

Edición antigua de Memorias de Adriano

El mundo de la Antigüedad Clásica está tan presente en la vida de Yourcenar, como la filosofía existencial en el personaje de Adriano. Es la prueba palpable de dos mundos unidos, gracias a la maestría de la escritora belga. Ella, viajera empedernida por la historia y por la geografía, conocerá la Roma de los años veinte y treinta. Presencia la Marcha sobre Roma del 22, la ascensión de Musolini y la locura de una Europa de violines que se convertía en una Europa de fusiles. También viajará por Grecia, donde conocerá y traducirá a Kavafis, otro escritor clásico que nació, sin querer entre el siglo XIX y el XX. 

Yourcenar en Villa Adriana.

Dijo Flaubert que solamente existió el hombre, muertos los dioses, entre la época de Cicerón y Marco Aurelio. Probablemente tenga razón. En Villa Adriana yo no vi dioses ni ninfas. Vi el peso de un hombre vencido por la historia, pero presente. Vi las páginas de una novela inmortal. Un emperador tan nuestro como la muerte. Vi también el amor derrotado y la juventud abrasada por la belleza. Un espacio que me hizo comprender que el mundo clásico es un estado del alma. Y al cerrar el libro, entre esculturas y fuentes, a eso de las cinco de la tarde de un verano romano, ya casi sin turistas, el nombre de Julio Cortázar como traductor de la novela. Para que luego digan que no existen los dioses.