Tintín: «Mi único enemigo fue Rastapopoulos; los demás sólo eran matones»

  • Conseguimos que Tintín conceda una entrevista a Antonio Marcelo Beltrán para el magazine Pílades y hablamos con él de temas tan controvertidos como el racismo, la misoginia o el colaboracionismo de Hergé en un Moulinsart que empieza a estar amenazado por la gentrificación. Primera parte de una entrevista original y arriesgada.

Moulinsart, 23 jul 2019.

El tren me deja en la estación de Moulinsart a las 8 de la mañana. Ya estoy sudando la gota gorda. He pasado una noche entera en el compartimento de un vagón ruinoso, sin poder dormir; al amanecer la sucesión de barrancos y puentes inacabables sobre ríos pequeñitos me ha mareado por el vértigo. Y mi compañero de viaje no me ha ayudado a relajarme: un señor mayor obcecado con la maldición de Tutankamon, que me ha recordado el trágico destino de los arqueólogos que profanaron la tumba del faraón. Mientras me alejo por el andén de la estación, acomodándome la mochila, le oigo bajar la ventanilla para despedirse:

—¡Acuérdese usted de los que hicieron Poltergeist, joven!

Salgo de la estación y recorro la alameda larga, rectilínea y flanqueada por árboles gruesos y frondosos que conduce al interior de Moulinsart, la pequeña población en la que Tintín, el capitán Haddock y el profesor Tornasol decidieron echar el ancla tantos años atrás. De momento no voy a ir al castillo. Sin duda Tintín ya estará dando su paseo matutino con Milú —siempre protestando por tener que caminar—, Tornasol estará en su laboratorio o cuidando de los rosales, y el capitán estará leyendo el periódico y parapetado detrás de una buena pipa; pero prefiero ocupar las dos horas que aún tengo por delante conociendo un poco el pueblo y, sobre todo, serenando el ánimo. El último español que entrevistó a Tintín fue Arturo Pérez-Reverte, y ya no es que el de Cartagena pusiera el listón muy alto —al fin y al cabo yo vengo de Lorca, qué pijo—; es que una de las reglas del periodista es dejar a un lado los sentimientos en presencia del entrevistado, y cómo voy a dejarlos de lado con alguien al que descubrí a los 8 años de edad, gracias a una Oreja rota y un Loto azul que me regaló Papá Noel.

“La gentrificación ha llegado a Moulinsart. Hay tres tiendas de souvenirs tintinescos tan sólo en el primer tramo de la avenida principal”.

La gentrificación ha llegado a Moulinsart. Hay tres tiendas de souvenirs tintinescos tan sólo en el primer tramo de la avenida principal. Grupos de turistas con sandalias y pantalón corto consumen helados gigantescos en cuyos vasos se ven las caras de Tintín y Milú. Una pareja de jóvenes altos y rubios, con pinta de suecos, se está haciendo un selfie delante de la moderna Carnicería Sanzot: una casita de dos pisos, de fachada blanca, tejas rojas y un pequeño balcón de hierro en el que destaca un cartelón publicitario de lona azul y roja: Llame a sus lugares favoritos, ¡sin errores!, con France Telecom. Entro en el establecimiento y contemplo la sucesión de pasillos, estanterías y cajas registradoras que han reemplazado al mostrador de madera, la balanza y las ristras de embutidos que en otros tiempos debieron colgar del techo de aquel negocio local. Veo jamón, queso y chorizo, cómo no, pero también mantequilla, miel, incluso hummus y ensaladas veganas con la etiqueta de Sanzot. Más adelante me entero de que el nombre se ha convertido en una franquicia; hay dos carnicerías más en Moulinsart, y un proyecto de expandirse en Bruselas, París y Los Ángeles. Todo, gracias a unas líneas telefónicas mal montadas.

Salgo del supermercado, estropeándole el selfie de rigor a un grupo de turistas orientales, y me dirijo a la plaza principal de Moulinsart. Un recinto rectangular, adoquinado, donde las viejas casas de campo alternan con edificios modernos de tres y cuatro alturas. Cuento seis cafeterías, tres restaurantes, un par de hostales, cuatro sucursales bancarias y numerosas tiendas de recuerdos. Unas azafatas rubicundas, con trenzas rubias y vestidos blancos, reparten vales descuento para el Tintinórium y el Museo de Tintín en un crossover interesante, pues son más parecidas a las belgas que conoció Astérix que a esas mujeres maduras de siluetas rectilíneas que de vez en cuando asoman por las viñetas de Hergé. Le saco una foto clandestina al anciano de gafas y bigote blanco que lee el Paris Flash sentado en una terracita exterior; es el señor Boullu, el marmolista, que se está tomando un descanso de los turistas o tal vez de los clientes de siempre. Otra foto al cartel del escaparate de los Seguros Mondass —Mr. Laton ya no trabaja aquí, dice el letrero, y otra a la estatua ecuestre del centro de la plaza, cuyo jinete no es otro que don Francisco de Hadoque.

Tintín y Mila en una de sus aventuras.

—¿Por qué va a caballo, si don Francisco era marino? —me pregunto en voz alta.

Una señora mayor, con el pelo teñido de azul y un escandaloso pantalón vaquero a punto de reventar, me oye y se detiene a mi lado para hablarme en un excelente español:

—La tradición dice que antes era una estatua de Pétain, pero le cambiaron la cabeza porque Bruselas les amenazó con dejarles sin fondos europeos —me aclara con sorna.


Salir del pueblo andando por la carretera principal es peligroso dada la frecuencia y la rapidez de los autocares que van al Tintinorium, cuya atracción principal, el Templo del Sol, muestra sus cuestas y sus curvas de metal en la lejanía, debajo de unas banderas suizas (!!) flameantes. Los patinetes eléctricos se han abierto camino aquí también; de vez en cuando se cruzan conmigo o me rebasan parejas de turistas a bordo de sus aparatos, que se pueden alquilar en varios lugares de Moulinsart y están personalizados —cómo no— con las cabecitas de los amigos de Tintín.

La entrada principal del castillo de Moulinsart huele a fritanga y a gofre. El zumbido persistente de unos grupos electrógenos se mezcla con la cháchara de las personas, que hacen guardia delante de los portones pese a lo temprano de la mañana y del sol que comienza a caer a plomo sobre la explanada de tierra en la que ya no cabe un coche más. Varios años atrás el ayuntamiento se vio obligado a rodear con alambres los troncos de los árboles más próximos a la valla de piedra, porque muchos turistas trepaban cámara en mano a la espera de sorprender a sus héroes en alguno de sus momentos cotidianos. Mientras espero a que den las 10 charlo con algunos de ellos. Kelly y Dante volaron de Sidney a Europa en un vuelo de Qantas y confían en que Tintín querrá firmarles un autógrafo en sus billetes de avión. Pierre Vives, de París, me explica que reside nada menos que en Etterbeek, el mismo municipio de Bruselas donde nació en 1907 Georges Remi, que años más tarde invertiría las iniciales de su nombre y se convertiría en R-G, Hergé. Se jacta de hablar seis idiomas y de tener una colección completa de las aventuras de Tintín en cada uno de ellos. Eladio es español y lleva media vida detrás del mostrador de una furgoneta con la que provee a los visitantes de café, té, cocacolas y agua —un botellín frío, 4’50 euros—. No quiere darme su apellido porque hace mucho tiempo que dejó atrás un matrimonio infeliz y dos hijos desgraciaos en una ciudad de Castilla. Se marchó a la aventura con una mochila en la que había un libro de Borges, medio queso y la pistola con la que su padre había pasado la frontera francesa empujado por Franco cincuenta años atrás…

—… y luego la vida me fue dando de coces hasta dejarme aquí baldao —me confiesa mientras me parapeto del sol cerveza en mano.

—Me ha dicho una señora, allá en la plaza, que por aquí sigue habiendo mucho nazi —miento un poco para tirarle de la lengua.

“Tintín vive en la planta de arriba del castillo con Martina, una pelirroja a la que conoció en una exposición del Arte Alfa”.

—Eso no lo comente cuando entre, o los moulinsaurios le sacarán a patadas —replica, señalando con su dedo más allá de la pared de la furgoneta. Me he identificado como periodista y como español, y ando a la espera de un par de confidencias. Y las obtengo—. Tintín, el capitán y Tornasol van a su bola, ajenos a todo el entramado de intereses que se ha montado a su alrededor. Ellos no son gays, aunque no pasaría nada por que lo fueran —se apresura a aclarar—; yo tengo un sobrino que también lo es. Tintín vive en la planta de arriba del castillo con Martina, una pelirroja a la que conoció en una exposición del Arte Alfa; las escapadas del capitán a Mónaco o a Niza, cuando está de gira la Castafiore, también son vox populi en el pueblo. Néstor está casado desde hace cuarenta años y tiene una hija que es profesora en Bruselas, aunque aún hace el paripé de que le limpia los candelabros al capitán… y el único que me barrunto que nunca ha catado mujer es el profesor, pero porque ése está enamorado de sus experimentos y sus chatarras. No irá a tomar nota de esto, que se me revoluciona el pueblo y me tengo que ir con la música a otra parte. Y a mis 62 años, y siendo un inmigrante en esta tierra de herejes, ya me contará…

Tintín y la Isla Negra

Tranquilizo a Eladio, que por cierto no se llama Eladio, y me dirijo hacia la puerta principal de Moulinsart, estropeando de golpe media docena de selfies. El castillo está cerrado al turismo a cal y canto, porque al fin y al cabo es una residencia privada, pero Pepe Pérez-Muelas tiene mano en muchos lugares, y por eso nos han concedido esta entrevista para el Pílades, con dos salvedades: no hablar del pasado político de Hergé ni plantear la relación entre las mujeres y Tintín, algo que mi paisano en el exilio me acaba de aclarar.

Me aparto de la carretera, sorteo una lata de cerveza y un folleto del Tintinorium, llego a la cancela y aprieto un botón junto al que puede leerse Las visitas privadas NO están permitidas en más de una docena de idiomas, entre ellos sin duda el zuavo o el bachi-bouzouk. No me siento un privilegiado, me siento algo ridículo mientras a mis espaldas la gente deja de hablar a voces, de sacarse fotos, de grabar vídeos, y fija su atención en el innegable europeo del sur que le dice a la pantalla del portero automático, con voz temblona por la emoción, que tiene una entrevista concertada con el señor Tintín. Pasan cinco segundos, se escucha un zumbido y una puerta diminuta se abre y luego se cierra a mis espaldas mientras doy los primeros pasos por los jardines arbolados de Moulinsart.


Tintín sigue aparentando ser un adolescente de 13 o 14 años aunque su primera aparición en la Prensa fue su viaje al País de los sóviets en 1929, una década antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Dorian Grey, Jordi Hurtado, Íñigo Errejón y Tintín, pienso estúpidamente mientras saco de mi mochila un cuaderno y dos bolis Bic que han logrado superar la criba en la garita de seguridad en la que se han quedado mi grabadora, mi tableta y mi teléfono móvil, con la promesa de Miarka —sí, Miarka—, la jefa de Comunicación, de que hoy mismo me mandarán por correo electrónico media docena de fotos de Creative Commons, es decir, de las que podría descargarme yo mismo en la Wikipedia.

Cuando tienes un bloc y un boli en la mano, quien tiene que tenerte miedo es el alcalde a ti, le había dicho su maestro Monerri a Pérez-Reverte en su juventud. Qué fácil es decirlo. Tengo la boca seca, las manos sudorosas, cuando entra Tintín. Mejillas satinadas, mechón rebelde, impecable camisa blanca con pantalón vaquero y unos mocasines marrones sin calcetines. Me da un apretón de manos firme, de scout con ganas de hacer su buena acción.

Perdón porque yo no recuerdo mucho el español —añade, en mi propio idioma, mientras se pasa al inglés. Sin duda sus tiempos de ayudante del general Alcázar en San Theodoros quedaron muy atrás.

Hablamos un poco de mi viaje, del calor, de lo animado que está Moulinsart, y de repente se queda callado. Esperando.

—He cruzado Moulinsart a pie, y creo que hay barrios de Nueva York o de Chicago menos transitados —le comento.

—¡Esto es menos peligroso que Chicago! —se ríe.

—Te has convertido en un icono mundial, en una persona muy conocida; has conseguido convertir esta pequeña población belga en una especie de parque temático. ¿Te esperabas algo así cuando empezaste a mandar tus crónicas desde Rusia?

—Ha pasado mucha agua bajo los puentes —reflexiona—. Y no, no me lo habría esperado jamás. Al fin y al cabo es una norma de nuestro oficio que el periodista nunca debe convertirse en noticia. Y al final…

“Mi primera aventura fue en 1929, ¡que ya ha llovido!, cuando Georges Remi, es decir, Hergé, me encargó un reportaje para Le Petit Vingtième, en Rusia”.

»Yo siempre quise ser periodista; desde que tengo uso de razón —añade—, y no sólo para satisfacer esa curiosidad que tenemos los que nos dedicamos a esto, sino para contar las maldades y ayudar a que haya algo de justicia en el mundo. Mi primera aventura fue en 1929, ¡que ya ha llovido!, cuando Georges Remi, es decir, Hergé, me encargó un reportaje para Le Petit Vingtième, el suplemento infantil de Le Vingtième Siècle. La idea era mostrarle a los niños y los jóvenes los peligros del marxismo, que en aquella época era una amenaza real para el mundo. ¡Allí me pasó de todo! Bueno, nos pasó, porque Milú ya se vino conmigo. Me dispararon por vez primera, tuve que tomar prestada una moto, un coche… un mal día me encontré con unos abusones golpeando a personas desvalidas, a niños… y descubrí que era muy mal periodista.

Tintín en el país de los Soviets, publicado en 1929.

—¿Por qué lo dices? —me sorprendo.

—¡Porque un periodista no debe nunca tomar partido! Nuestra misión es ir a buscar la noticia, ver con nuestros propios ojos y escuchar con nuestros oídos lo que está pasando… y luego explicárselo a nuestros lectores. Pero sin interferir. O al menos eso es lo que hacen los reporteros de verdad: mantener la asepsia, actuar con morigeración. Pero durante mi estancia en aquel país inmenso, frío, inhóspito en el clima aunque cálido en el corazón de las gentes… mientras se suponía que tenía que limitarme a ver, oír y preguntar, un abusón con carnet del Partido empezó a darle de patadas a unos niños… y este periodista no se pudo quedar quieto.

El sentido de la justicia de Tintín es algo innegable para todos los que conocemos sus aventuras. Rupturas de guión que en ocasiones le han hecho enfadar a gente poderosa. Por defender a un conductor de rickshaw se enemistó con Dawson, el jefe de la concesión internacional de Shangai, que muchos años más tarde quiso volver a matarle en Wadesdah al verle rondando cerca de la ruta del tráfico de esclavos. Proteger a una mujer que creyó que estaba siendo azotada le valió el primer encontronazo con Rastapopoulos. En cuanto a los niños, defender a Zorrino, el inca que vendía naranjas, logró cambiar el destino que le esperaba en las tierras del Templo del Sol. Incluso fue capaz de jugarse la vida por el insoportable Abdallah, secuestrado por ese malvado depresivo llamado Müller…

Se abre una de las puertas del comedor. Dos camareras disponen frente a nosotros una cafetera, una jarra de leche, tazas, termos con zumos y varios platos con pastas. Lo preparan todo con eficiencia vigiladas por un hombre alto, delgado y de unos sesenta años, impecable en su uniforme con chaquetilla blanca y librea amarilla.

—¡Néstor! —exclamo, muy impresionado, mientras comienzo a levantarme—. ¡Don Néstor! —me corrijo en español, poniéndole el tratamiento apropiado a su edad y a su circunstancia.

A diferencia del capitán, que aunque se vista de gran señor, con su provisión inacabable de monóculos, huele y olerá siempre a grasa de barco y a mar —y a Loch Lomond—, Néstor mantiene una prestancia y un empaque que parecen provenirle de la cuna. Un lacayo señorial, de aquéllos que eran capaces de servirle el último té a su amo moribundo mientras la fortaleza asediada por los enemigos ardía de arriba abajo, o de tocar un vals en el comedor del Titanic con el agua helada por los tobillos. Siempre ha sido el punto de anclaje de Tintín y el capitán con la realidad, el que les preparaba en silencio una cena en condiciones, el baño caliente y una cama con sábanas limpias, sin plantearse si sus señores vendrían de jugarse la vida en el Himalaya, en los montes de Borduria, el circo de Hiparco o las arenas del país del oro negro. En más de una ocasión, aún no había tenido tiempo de encenderles la chimenea cuando ya los veía salir a toda velocidad en pos de la próxima aventura, mientras él se quedaba silencioso en aquel recinto tranquilo, seguro y acogedor, rezando para que la suerte y los dioses de los mares les fueran propicios una vez más.

La amistad con Tchang llevó a Tintín hasta el Tíbet

Me gustaría hablar un poco con él, pero el mayordomo me dedica una pequeña reverencia, se deja estrechar la mano y me ruega que vuelva a sentarme. Da su aprobación al despliegue de platos y jarritas, despide a las criadas y antes de salir de escena cruza unas discretas palabras en francés con Tintín, que asiente con una sonrisa y le da las gracias.

—Pensaba que ya estaba jubilado —observo.

—Y legalmente lo está —afirma Tintín—; pero a ver quién le dice que se quede quieto. 

—¿Vive aquí? —pregunto con inocencia, aunque Eladio el del furgón cafetería ya me ha puesto un poco al día. He venido a hacer esta entrevista por encargo del Pílades, pero sería capaz de venderle mi alma a los del Sálvame si me ponen encima de la mesa un cheque con un buen aporte de ceros. Sintiéndolo en el alma, amigo Pepe.

—Me gustaría dejar de lado las informaciones personales —me reprende con suavidad. Capto el mensaje al instante. Vuelvo a ser tuyo, mi querido Pílades.

—¿Cuál crees que ha sido la clave del éxito del fenómeno Tintín? —me centro.

—Bueno… en primer lugar se debe a la maestría de Georges. Ese trazo limpio, esas líneas claras, sin sombras, y con todo lujo de detalle. Recuerda que cuando él estaba en activo no había Internet. Si querías dibujar una jirafa, o una locomotora, o el cohete lunar, tenías que acudir a las bibliotecas o a los kioscos, consultar revistas, fotos, enciclopedias… o ser muy bueno tomando apuntes al natural. Y él era muy bueno, muy detallista. Tiene algunas viñetas que son por sí mismas auténticas obras de arte.

—¿Cómo trabajabas con Georges, es decir, con Hergé? 

—Como ya te dije, a mi primera aventura, la de Rusia, me envió él en 1929. Un año después me encargó un reportaje en el Congo…

—De donde salió su libro más polémico…

“Georges nunca había estado en África y se dejó llevar por las pinceladas demasiado exóticas que yo, que también era inexperto, le transmití”.

—¡Es que eran otros tiempos! —se defiende—. Quizás ahí todos pecamos de ingenuidad. Georges nunca había estado en África y se dejó llevar por las pinceladas demasiado exóticas que yo, que también era inexperto, le transmití… En todo caso, en 2012 un tribunal desestimó una denuncia de un señor que nos acusaba de haber sido racistas. Los jueces estimaron que Tintín en el Congo era un libro hijo de su tiempo. Condenarlo equivaldría, salvando las distancias, a atacar las obras de Shakespeare por incitar a la violencia, ya que los hijos matan a sus padres y los maridos a sus esposas.

»Te voy a poner un ejemplo más cercano. ¿Tú te acuerdas lo que me dijo Chang al conocernos, cuando le salvé del río donde se estaba ahogando?

—Sí; le extrañó y te preguntó por qué lo habías hecho…

—¿Por qué le había salvado, si todos los diablos blancos éramos malos! Desde luego no le faltaba razón: a sus abuelos los habían asesinado durante la revuelta de los bóxers… y su mente había generalizado y había asumido aquel prejuicio contra nosotros. En las primeras décadas del siglo xx los americanos exhibían zoos humanos con personas de las tribus africanas, los japoneses masacraban a los chinos en nombre de la raza superior… y en el corazón de Europa los nazis expandían su doctrina de la raza aria y creaban aquellos abominables campos de concentración.

Hergé diseñando su Tintín.

La veo. La cazo al vuelo. Y que sea lo que Dios quiera, pero un periodista no puede pasar por alto una alusión así, aunque me cueste la reprobación de Tintín, de su jefa de Prensa y de todos los moulinsaurios juntos. Cuando tienes un bloc y un boli en la mano…

—Hablando del nazismo, a veces se ha acusado a Hergé de no haber movido un dedo…

—Alto. —Tintín levanta una de sus manos blancas, delicadas—; ya sé lo que me vas a preguntar. Georges jamás defendió a los nazis, como vienen diciendo ciertas corrientes sensacionalistas. No fue un nazi ni un filonazi. Él necesitaba comer, tenía que llegar a fin de mes, y por eso siguió haciendo su trabajo en Le Soir. Pero no hizo apología del nazismo, no defendió a Hitler, ni a Goebbels, ni a Degrelle. Se limitó a seguir narrando mis aventuras. Y, desde luego, en aquellos tiempos nadie sabía lo que eran los campos de concentración.

“La ausencia de un Tintín enfrentándose a los nazis es una de las críticas que se le han hecho a Hergé, que pasó los años de ocupación dibujando en Le Soir, un diario colaboracionista”.

La ausencia de un Tintín enfrentándose a los nazis es una de las críticas que se le han hecho a Hergé, que pasó los años de ocupación dibujando en Le Soir, un diario colaboracionista. Mientras los belgas se lamían las heridas de Dunkerque y del bombardeo de Rotterdam, Tintín y el capitán recorrían el desierto buscando al cangrejo de las pinzas de oro; mientras los judíos —entre ellos los de Bélgica— eran exterminados en Auschwitz y en Treblinka, Tintín navegaba por el Ártico buscando un aerolito y más tarde buceaba en pos del tesoro que les iba a convertir en millonarios. Y el Día D el capitán y él estaban a menos de 500 kilómetros de Normandía, en el puerto de La Rochelle, dándole patadas a un sombrero y siguiendo las pistas de los incas que habían secuestrado a Tornasol. No he venido a Moulinsart a juzgar a Hergé sino a entrevistar a Tintín pero tanta frivolidad me subleva, de manera que decido continuar por el camino minado un poco más.

En los años veinte Hergé y tú denunciasteis las maldades que se estaban produciendo en nombre del marxismo. Quizás una década más tarde deberíais haber hecho lo mismo con los crímenes que se estaban cometiendo en Alemania o en Polonia, casi pared con pared con vuestro château.

Tintín se muerde los labios con cierto nerviosismo. Empiezo a temer que la entrevista pueda terminar aquí. Pero él no sería quien es si tratara de escabullirse enfadándose, mintiendo o haciéndome comulgar con ruedas de molino.

—Lo que estás diciendo es verdad —admite mientras me mira con esos ojos de hombre honesto—. Mientras muchos belgas se jugaban el tipo poniéndole bombas a la Gestapo, Georges dibujaba submarinos con forma de tiburón; se evitaba complicaciones, se evadía de la realidad y a la vez se esforzaba para hacer sonreír un poco a los niños y a los mayores, tratando de alejarles de las bombas, el hambre y los crímenes de los nazis.

Tintín en el Congo.

»En todo caso, nosotros siempre hemos estado en contra del totalitarismo, del signo que sea. Siempre hemos sido gente decente, de orden, aunque nos hayamos ganado por eso una cierta fama de conservadores, o de carcas. Al bueno de Silvestre le ofrecieron el oro y el moro a cambio del cohete lunar, pero no permitió que cayera en manos equivocadas. Por no hablar de su destructor sónico, por el que le secuestraron los bordurios. El capitán se revolvió contra Allan y sus secuaces cuando le hice ver que estaban usando su querido barco para transportar opio y desde entonces me ayudó a combatir a los criminales por todo el mundo… y el doctor Müller me prometió un cheque en blanco si destruía sus falsas aspirinas, las que hacían explotar el oro negro, y me negué…

—Se las tomaron Hernández y Fernández.

Reímos con ganas, liberando la tensión. Era inevitable sacar a colación la pasividad culpable de Hergé, y también es inevitable que Tintín, leal hasta la muerte, defienda a capa y espada a su amigo y mentor. Pero el momento ha pasado, es hora de cambiar de tercio y decido pasar a un tema sin duda más grato.

—En tus aventuras, ¿hay un antes y un después de la llegada del capitán Haddock? —le planteo, esperando una respuesta afirmativa. Pero lo que me dice me deja fuera de juego:

—Estáis todos muy equivocados —resuelve Tintín.

Continuará.


Fotografía de portada: Hergé junto a un busto de Tintín. Tomada de “La opinión de Málaga.”