Tintín: “Yo tenía que haber peleado contra Hitler”

  • En Pílades hemos conseguido llegar a Moulinsart y entrevistar a Tintín. Sus primeras aventuras, e incluso las acusaciones de colaboracionismo de Hergé se pusieron sobre la mesa en la primera parte de la crónica, que puedes consultar aquí. Una entrevista de Antonio Marcelo.

—En tus aventuras, ¿hay un antes y un después de la llegada del capitán Haddock? —le planteo a Tintín, esperando una respuesta afirmativa.

Estáis todos muy equivocados. —Hace una pequeña pausa y añade—: es cierto que el capitán es uno de mis mejores amigos, y más desde que Georges nos dejó para siempre, antes de tiempo; y es cierto que sin su apoyo mi vida habría sido muy diferente… ¡habría sido mucho más corta, sin duda! —Vuelve a reír con ganas, recordando las veces en que uno y otro han salvado el pellejo en el último momento—. Pero si hablas de mis aventuras, es decir, de esa parte tan importante de mi vida que se ha hecho pública gracias al arte de Hergé, deberías dividirlas en tres bloques.

—¿Tres bloques? —repito mientras me abalanzo sobre mi libreta.

Las Aventuras de Tintín, entendiendo como tales el conjunto de viajes, crónicas y andanzas que Georges Remi quiso narrar en forma de cómic, son veintitrés: desde mi viaje al país de los sóviets hasta nuestra aportación a la revolución alcazariana. He quitado de la ecuación mi aventura con el Arte Alfa, ya que por desgracia Georges murió mientras la estaba dibujando, y ni él quiso que otro cronista tomara el relevo, ni lo he permitido yo. 

“Pero si hablas de mis aventuras, es decir, de esa parte tan importante de mi vida que se ha hecho pública gracias al arte de Hergé, deberías dividirlas en tres bloques”.

»A la hora de narrar mis aventuras como periodista, Georges descartó muchísimas coberturas anodinas, las típicas ruedas de prensa, reportajes de ambiente, crónicas cotidianas… que suponen el noventa por ciento de la vida profesional de cualquier plumilla, y se centró en las más exóticas, que fueron también las más peligrosas.

»El primer bloque de mis aventuras la componen aquéllas en las que me enfrento a organizaciones delictivas. En América peleo contra los gángsters que trataban de saltarse la ley seca; una amenaza que ya venía de lejos, porque Al Capone había ordenado mi muerte durante mi estancia en el Congo. En Los cigarros del faraón conozco a Rastapopoulos, que trafica con estupefacientes en Egipto y en la India; en El loto azul sucede lo mismo con aquel desdichado de Mitsuhirato. Más adelante, en El cangrejo de las pinzas de oro el capitán y yo desarticulamos una red de tráfico de opio, en La Isla Negra me enfrento al doctor Müller y su red de falsificadores de moneda… y como fin del ciclo, en Stock de coque descubrimos un cruel tráfico de esclavos entre La Meca y Wadesdah, una vez más con Rastapopoulos como cabeza de cartel…

—Genial, genial. Bravo —murmuro sin darme cuenta de lo que digo mientras sigo tomando notas frenéticas—. ¡Sigue, pijo!

George Remi, Herge, diseñando a Tintín

—El segundo bloque de mis aventuras lo forman aquéllas en las que ya no me enfrento a delincuentes comunes, sino a auténticas tramas políticas o comerciales que tratan de desestabilizar un país o un sector más grande del planeta. Por supuesto, Tintín en el país de los sóviets fue el primer ejemplo, porque si Lenin y Stalin no pretendieron darle la vuelta al mundo entero… Pero los casos más claros son las revueltas políticas de Tintín y los Pícaros, que en el fondo desarrollan el mismo escenario de La oreja rota, tanto tiempo atrás. Fui en busca de un ídolo con un diamante escondido, y me di de bruces con el emporio petrolífero y de las armas, que corta Gobiernos con la misma frialdad con la que el profesor Tornasol poda sus rosales ahí afuera.

—Buena observación. 

Tintín en el país del oro negro… qué te voy a contar; el dichoso petróleo. La estrella misteriosa es una lucha entre países para hacerse con el calisteno, aquel elemento que luego se descubrió que no era más que carbón de mala calidad… Luego está la guerra entre Syldavia y Borduria por convertirse en la potencia hegemónica en los Balcanes: lo viví en El cetro de Ottokar cuando quisieron acabar con Muskar XII, y aún más claramente en El asunto Tornasol, porque los bordurios no sólo querían acabar con sus vecinos sino con los mismísimos Estados Unidos. Y, por supuesto, en Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna también se vieron las luchas por el poder internacional.

—¡Muy interesante! ¿Y el tercer bloque? 

—¡El tercer bloque son las cosas raras que nos han pasado a Milú, al capitán y a mí sin comerlo ni beberlo! —suelta una carcajada alegre—. Las joyas de la Castafiore, fíjate todo aquel follón… mucho ruido y pocas nueces. Tintín en el Tíbet —su rostro se entristece de repente— fue mi apuesta personal por salvar a mi amigo Chang, como no podía ser de otra manera. En El secreto del Unicornio también aterrizamos por casualidad: los hermanos Pájaro quisieron acabar conmigo, pero en el fondo sólo eran unos golfos que buscaban un tesoro; nosotros nos vimos envueltos en aquel embrollo a causa de las raíces del capitán, de su antepasado el caballero de Hadoque. Y luego El Tesoro de Rackam el Rojo, donde no hicimos más que continuar lo que habíamos empezado.

El capitán Haddock, junto a Tintín, buscando al profesor Tornasol en Perú

»Otra aventura personal fueron Las 7 bolas de cristal y El Templo del Sol. Ahí no hay una trama de delincuentes, nadie pretende desestabilizar ningún país; sólo están los nobles incas defendiendo su cultura, ¡y nosotros nos metemos de cabeza porque el profesor se encuentra la pulsera sagrada en un jardín! En cuando al Vuelo 714 para Sidney, no es más que una artimaña de Rastapopoulos para conseguir dinero secuestrando a un millonario, donde el que nos metió en el ajo, sin poder imaginárselo, fue el bueno de Pst… ¡el ametrallador con babero!

»Tráfico ilegal de mercancías o personas, tramas económicas y políticas internacionales, y aventuras casuales; éstos son los tres bloques argumentales en los que caben todas las historias de Tintín, que soy yo mismo —sonríe finalmente el reportero. 

La entrevista está llegando a su fin, pero aún me falta un tema importante que poner sobre la mesa.

—Tintín, ¿por qué todos los protagonistas de tus aventuras son hombres?

—¿Cuántos de tus amigos son mujeres?

Me ha devuelto la pelota sin pestañear.

—Tres —respondo. Ya son tres más que tú, estoy por decirle. Pero me contengo. 

Tintín parece haberme leído la mente. Sus ojos astutos me miran por encima de una media sonrisa.

—Sólo tienes tres amigas y eres mucho más joven que yo, aunque no lo parezca. Yo ahora tengo alguna que otra, pero entonces… eran otros tiempos —se justifica, no por primera vez—. Durante muchos años mi vida entera fue el periodismo, y desde luego no escribía mis crónicas desde una redacción. En los años treinta era impensable que me fuera con una amiga a Chicago, a Egipto o a la China; la gente habría pensado mal. Y una vez metido en harina, por así decirlo, no tenía tiempo para hacer conquistas. ¡Habría estado bien cortejar a una muchacha mientras Rastapopoulos o Müller trataban de volarme la cabeza!

»En aquellos tiempos, los lectores de los cómics no habrían entendido que un chico y una chica recorrieran juntos el mundo a menos que fueran hermanos o estuvieran casados. Si Tintín se hubiera casado, si hubiera habido una Tintina, por decirlo así, el capitán ya no habría pintado demasiado en nuestras aventuras; tres son multitud. La vida no me dio una compañera, y por eso me habéis visto recorrer el mundo solo, o con mis amigos… que efectivamente son todos hombres porque mis aventuras son hijas de los años treinta, los cuarenta, los sesenta… y en aquellos tiempos la amistad entre hombres y mujeres no era algo demasiado habitual.

Si Tintín se hubiera casado, si hubiera habido una Tintina, por decirlo así, el capitán ya no habría pintado demasiado en nuestras aventuras; tres son multitud.

»En cuanto a las mujeres que salen en algunas de mis aventuras, y dejando a un lado por supuesto a Bianca Castafiore… pues qué te voy a contar. Es verdad que no desempeñan papeles muy relevantes. Irma, su camarera; la señora Mirlo, mi antigua portera… la señora Wang… Peggy, la mujer del general Alcázar… y Miarka, la gitanilla, que por cierto ahora trabaja para mí. Pero piensa una vez más en el año y las circunstancias. Hoy en día hay mujeres policía en Chicago; en los tiempos de Al Capone, no. Los laboratorios espaciales, las expediciones al Ártico, los barcos mercantes, las guerrillas americanas… en el siglo pasado todo aquello era terreno vedado para las mujeres, y Georges, como cualquier periodista, tuvo que plasmar la realidad de lo que veía.

»Si yo fuera un joven del siglo xxi y comenzara hoy mismo a recorrer el mundo de nuevo, sin duda veríamos mujeres desenterrando la tumba del faraón Kih-Oskh, pilotando cargueros como el Karaboudjan, tripulando cohetes a la Luna e incluso dirigiendo bandas criminales y enfrentándose a Rastapopoulos… hoy, por suerte, corren otros aires.

Desde el piso de arriba se oye un estruendo, como si alguien hubiera volcado un mueble. Pienso al instante en Milú persiguiendo al gato del castillo, y le pregunto por él para ir terminando la entrevista.

El doctor Müller.

¡Milú está fenomenal! —me dice—. De todos nosotros es el que ha tenido más éxito a la hora de emparejarse —ríe—. De hecho lleva camino de convertir la casa en una versión de 101 Dálmatas con pelo corto.

—¿Y los demás?

—El capitán Haddock y Tornasol también están muy bien, aunque ya van siendo mayores. Al capitán le ha dado por esconder las botellas de whisky en los lugares más insospechados, pensando que nadie se dará cuenta, y todos fingimos que no las vemos, ¡aunque ayer me encontré con una de ellas dentro de una de mis zapatillas de salir a pasear! 

»Hernández y Fernández continúan en activo, aunque debo decir que hace varios años que no se dirigen la palabra. Un día Hernández (¿o quizás fuera Fernández?) decidió recortarse el bigote y dejárselo muy fino; a su compañero le pareció una traición en toda regla, y desde entonces cada uno hace la guerra por su cuenta. 

»En cuanto al bueno de Silvestre, como él suele decir es un hombre que vale más por lo que calla que por lo que sabe; de vez en cuando recibe por e-mail ofertas multimillonarias por colaborar en ciertas investigaciones… pero de eso, ni él habla ni yo lo debo comentar —resuelve, al tiempo que se mete la mano en un bolsillo de los vaqueros y aprieta con discreción un pequeño aparato para llamar a alguien. Intuyo que ahora sí que estamos en el tiempo de descuento.

—¿Y tus archienemigos? ¿Has vuelto a saber algo de ellos?

—Yo sólo he tenido un archienemigo, que ha sido Rastapopoulos. Los demás han sido simples matones. El doctor Müller pasó varios años en una cárcel británica y luego se instaló en Oriente Medio. Algunos dicen que trabaja para el Estado Islámico, diseñando armas y explosivos; otros, que en realidad es un agente secreto del Mossad. Allan Thompson desapareció de la faz de la Tierra; creo que trató de engañar a Rastapopoulos y el juego no le salió barato.

»En cuanto a Rastapopoulos… ése sigue siendo el más peligroso. La caída de la Unión Soviética allanó el camino a un tráfico de armas y de drogas, que ha convertido medio mundo en un avispero, y él, que es el rey de los granujas, está siempre sacando una buena tajada. Te voy a decir una cosa pero te la diré off the record, esto es, imposible publicarla…

Tintín en un naufragio

Le acepto el off the record; y cumpliendo las condiciones impuestas por Tintín sólo diré que en la actualidad el marqués de Gorgonzola tiene fijada su residencia en un lugar de la costa española entre Vera y Torrevieja. Un europeo jubilado, uno entre miles, que sigue moviendo los hilos de un centenar de redes delictivas mientras pasea por la costa o disfruta de un buen Carnaval…

—Un día, hace de esto tres o cuatro años, recibimos aquí en Moulinsart una visita inesperada —termina Tintín—. Un hombre llegó hasta la puerta principal y se identificó como el coronel Sponz. El capitán, el profesor y yo fuimos al instante a la garita de seguridad y allí estaba Sponz, erguido, con su cabeza rapada y su monóculo. Nos saludó haciendo chocar los talones, aunque ya no vestía de uniforme, y nos dijo que había venido a disculparse por todos los malos momentos que nos había hecho pasar, tanto en Borduria como en San Theodoros. Nos explicó que él nunca había sido un delincuente sino un oficial de Policía, un servidor de su país que cumplía con su deber tratando de sacarnos de la circulación. Tras la caída de su venerado Plekszy-Gladz las nuevas autoridades trataron de juzgarle, pero al final han optado por dejarle en paz y pagarle un exilio dorado en Bruselas porque es un hombre que sabe muchas cosas. Pasamos una tarde muy agradable con él, recordando nuestras viejas aventuras de los tiempos de Ottokar. ¡Una época que no volverá!

Hay un gesto de añoranza en esos ojos que han visto demasiado, pero que así y todo parecen mantener la misma ilusión del joven reportero que una mañana se metió en un tren, con su perrito, rumbo a un desconocido y peligroso país de los sóviets, para informar, formar y entrener a los demás.

Se abre la puerta del salón y aparece Miarka, que en efecto un día fue la niña morena y despierta a la que los tintinófilos conocimos en un campamento gitano. Recojo mi libreta y los bolis y me pongo de pie para despedirme, pero Tintín niega con la cabeza cortésmente.

La jornada aún me tiene reservada una última sorpresa.

El periodista me guía por los jardines de Moulinsart; llegados a un punto me coge del brazo y se lleva un dedo a los labios. Asiento, también en silencio, y contemplo una escena de lo más familiar. Son cinco o seis los perritos pequeños, blancos como la nieve, que juegan sobre un mantel de cuadros extendido sobre el césped. Milú duerme de costado, bajo el sol, ajeno al escándalo que forman sus cachorros, su hembra y el capitán Haddock, que ha dejado la pipa y el periódico encima de una silla de playa y está jugueteando con ellos fingiendo que es su caballo, su presa y su cazador. A un par de metros de distancia un hombre mayor, con anteojos y una perilla completamente blanca está podando con esmero los rosales. En un momento dado parece distinguirnos por el rabillo del ojo, se gira ligeramente y clava sus ojos sabios en los míos. El profesor Tornasol me dedica una sonrisa benévola, de abuelo comprensivo, y luego continúa cultivando sus rosas.

Tintín en Moulinsart.

Tintín me guía hasta los portones de la verja y me da un apretón firme de manos. Y en el último momento vuelve a hablar en español para dedicarme su frase de despedida, la última que uno esperaría escuchar de una persona siempre tan correcta; aunque él siempre haya tenido un puño de hierro debajo de su guante de seda.

Yo tenía que haber peleado contra Hitler, evidentemente, pero a Hergé le faltaron… ¿cómo decís vosotros?… le faltaron cojones —resuelve mientras clava la mirada más allá de la tapia del jardín.

Estoy dejando Moulinsart con tristeza, pero sé que nunca podré marcharme del todo. Y es que si nuestra patria es la infancia, las banderas que adornan esa patria —por una vez banderas de amistad— son las de Syldavia y San Theodoros, la enseña verde en un aerolito misterioso, la bandera pirata, el pabellón rojo que indica que la guerra contra Rackham será a muerte, el jersey azul del capitán flameando en una balsa naufragada a causa de un stock de coque, las banderolas tibetanas que había que pasar por la izquierda —¿o era por la derecha?— e incluso, ¡los diablos lo lleven!, la señal de cuarentena en un barco que, por suerte, estaba atracado a la distancia adecuada para poder abordarlo a nado.


Foto de portada: Tintín en el país de los Soviets.