Historia silenciada de la mujer VII: La mujer en la edad Moderna II

  • Embajadoras, almirantes, escultoras o poetas consiguen abrirse paso en un mundo todavía asfixiante para la mujer. 

Al igual que sucedió en la etapa histórica precedente, la medieval, durante la edad Moderna las mujeres continuaron estando condenadas por los hombres a desempeñar un papel secundario en todos los órdenes, como pudimos comprobar en nuestro anterior encuentro de esta serie. En la presente ocasión hablaremos de algunas que vivieron entre los siglos XV y XVII y destacaron en diversos ámbitos. Se trata –claro está- de figuras excepcionales, de auténticos mirlos blancos en unos tiempos que seguían caracterizándose por la discriminación misógina. 

La salmantina Beatriz Galindo (1465-1534) logró algo excepcional en su tiempo: ser admitida como estudiante en la prestigiosa universidad de su ciudad natal, donde tuvo como maestro al humanista Antonio de Nebrija, cuya celebridad se debe sobre todo por ser el autor de la primera Gramática castellana. Debido a su dominio del latín (Beatriz fue conocida con el apodo de “la Latina”, de quien toma nombre un céntrico barrio de la capital madrileña), fue llamada a la corte para ejercer de “camarera, maestra y consejera” de la reina Isabel I (“la Católica”). Además ésta la nombró preceptora de sus hijos. Su vastísima cultura no se limitó a la lengua de los antiguos romanos, sino también por sus conocimientos de Medicina y Teología, además de ejercer una importante labor humanitaria y caritativa.

Catalina de Aragón ejerció como embajadora de la Monarquía Hispánica en Londres, siendo la primera mujer en desempeñar dicho cargo.

Precisamente una de las discípulas de “la Latina” fue Catalina de Aragón (1485-1536), la hija menor de los Reyes Católicos. Para sellar la alianza con Inglaterra fue prometida al príncipe de Gales (Arturo Tudor), aunque cinco meses después de celebrarse el matrimonio falleció el marido, por lo que el entonces rey inglés, Enrique VII, maniobró para conseguir el casamiento de su nuera con el nuevo heredero al trono, el futuro Enrique VIII, en 1509. En los años de intervalo entre ambos matrimonios Catalina ejerció como embajadora de la Monarquía Hispánica en Londres. De hecho, fue la primera mujer de la Historia de Europa que desempeñó dicho cargo diplomático. Ya convertida en reina consorte de Inglaterra, Catalina se opuso activamente a algunas decisiones que adoptó su esposo en materia de política y de religión. Además fallecieron al poco de nacer varios hijos varones (sí sobrevivió una hija, la futura reina María I Tudor), lo que sirvió de excusa a Enrique VIII para repudiarla, pues pretendía casarse con la que era entonces su amante, Ana Bolena. La negativa del papa a aceptar la petición de nulidad del matrimonio fue el pretexto del que se valió Su Graciosa Majestad para conseguir la ruptura entre la nueva Iglesia Anglicana y la Católica. Catalina, quien siempre fue admirada por los ingleses y tenida como ejemplo de dignidad, vivió sus últimos años en un castillo lejos de la corte en una situación prácticamente de prisionera. 

María de Zayas (1590-1661) fue una escritora madrileña que tuvo un gran éxito, especialmente gracias a su obra Novelas exemplares y amorosas, un conjunto de relatos cortos que publicó en 1637, a la que siguió diez años más tarde una continuación titulada Honesto y entretenido sarao (más conocida posteriormente como Desengaños amorosos). La lectura de ambas partes sorprende por el protagonismo de personajes femeninos que en materia sexual se desenvuelven con una liberalidad impropia de la época. Para sus contemporáneos sin duda resultaría escandaloso leer en uno de los episodios, por ejemplo, que una mujer tuviera escondido en un establo a un hombre negro con el que mantenía apasionados y frecuentes episodios amatorios. O también las opiniones que la autora pone en boca de algunos de sus personajes y que constituyen una denuncia en toda regla de la discriminación femenina:

Porque las almas no son hombres ni mujeres. ¿Qué razón hay para que ellos sean sabios y nosotras no podamos serlo?”. (…) “De manera que no voy fuera de camino en (asegurar) que los hombres de temor y envidia las privan de las letras y las armas, como hacen los moros a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen eunucos por estar seguros de ellos”.

Más aún: en el prólogo del segundo volumen María de Zayas expone sus ideas con absoluta claridad, sin servirse de la ficción novelística: “Ser mujer, en opinión de algunos necios, es lo mismo que una cosa incapaz. (…) Si en nuestra crianza (…) nos dieran libros y preceptores, fuéramos tan aptas para los puestos y para las cátedras como los hombres y quizá más agudas”. Lo que me parece más extraño es que los celosos inquisidores, casi siempre tan atentos y eficientes para reprimir cuanto atentase contra los valores establecidos, esperaran al siglo XVIII para prohibir unas obras tan manifiestamente subversivas.

En el barrio madrileño denominado con el apodo con que fue conocida (la Latina)  encontramos la calle Beatriz Galindo.

Similares tendencias, que podríamos calificar de pre-feministas, encontramos en otra escritora de ese siglo XVII, la monja de la orden de san Jerónimo sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), cuya vida transcurrió en Nueva España (actual México) cultivando la poesía, la novela y el teatro. Su rechazo hacia la presunta superioridad moral de los varones, que todos sus contemporáneos daban por supuesta, queda de manifiesto en un célebre poema, perteneciente a la obra titulada Respuesta a sor Filotea de la Cruz (1691), en la que defendía la necesidad de que las mujeres, al igual que los hombres, tuvieran una formación lo más amplia posible para comprender las Sagradas Escrituras. Dice así:

Hombres necios que acusáis 
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión,
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien,
si las incitáis al mal?

Catalina de Rambouillet (1588-1665) creó el primer salón de París en el que se reunían escritores y artistas para exponer y discutir sus proyectos, ideas, escritos, pinturas o esculturas. Utilizó para ello un palacio heredado de su padre, cuyo espacio ella misma rediseñó para servir mejor a la función de lugar de encuentro. Las recepciones del Salón Rambouillet se distinguieron de otras que surgieron en la ciudad del Sena por la presencia activa de mujeres, así como por la importancia que tuvieron en la renovación de la lengua, la ciencia y la cultura francesas.

Francesca Caccini (1587-1641?) fue una célebre poeta, cantante y compositora italiana. Toda su vida se desarrolló en el ambiente musical: hija de otro músico (Giulio), sus hermanos se dedicaron a lo mismo, así como el hombre con quien se casó, Giovanni Battista Signorini. La portentosa voz de Francesca y su facilidad para la composición (sobre todo de obras religiosas e intermezzos orquestales) le dieron mucha fama y un empleo muy bien remunerado en la corte florentina de los Médicis. Pero seguramente el mayor logro de su carrera artística fue la creación de las primeras óperas compuestas por una mujer, cinco en total. La titulada La liberazione di Ruggero dall´isola d´Alcina, que estrenó en 1625, es la única que se conserva.

María Pita ha pasado a la Historia por defender La Coruna de la potente escuadra inglesa que dirigía el célebre corsario Francis Drake.

María Pita (1565-1643) ha pasado a la Historia –con alguna que otra pincelada legendaria- por la valentía que mostró en una acción heroica: la defensa de su ciudad –La Coruña- para impedir que cayera en poder de una potente escuadra inglesa que dirigía el célebre corsario Francis Drake el 14 de mayo de 1589, es decir solo un año después del fracaso de la Armada Invencible que había enviado el rey Felipe II para invadir Inglaterra. Se cuenta que su intervención en la lucha fue decisiva para la victoria sobre los atacantes, a pesar de la superioridad numérica de éstos. En su honor, el edificio que alberga al ayuntamiento coruñés se llama Palacio de María Pita, y se encuentra en la plaza del mismo nombre, que es la principal de la ciudad. Precisamente en el pasado mes de abril de 2019 se celebró en Cartagena un Congreso Internacional titulado La Armada Española de 1588 y la Contra Armada Inglesa de 1589, que trató sobre estos hechos que son poco conocidos, a pesar de su indudable trascendencia histórica.

Otra mujer extraordinaria fue Isabel Barreto (1567-1612). De ascendencia nobiliaria (su padre fue gobernador en el virreinato del Perú), estamos ante otra célebre gallega que se casó con el famoso explorador Álvaro de Mendaña, el cual había sido el descubridor de las islas Salomón. Con la dote que recibió de su padre, Isabel financió y participó en una nueva expedición integrada por cuatro naves y más de trescientos marineros que dio como resultado el descubrimiento de otro archipiélago del océano Pacífico, el de las Marquesas. Al morir su marido, tomó el mando de la escuadra con gran determinación y eficacia, lo que la convirtió en la primera mujer almirante de la Historia universal.

María Pita cargando contra los ingleses de Arturo Fernández Pita (1889). Patrimonio Artístico municipal de A Coruña.

Luisa Roldán, más conocida por su apodo “la Roldana” (1652-1706), fue también pionera en otro ámbito bien diferente, al registrarse oficialmente como escultora, oficio que aprendió en el taller que su padre (el prestigioso imaginero Pedro Roldán) tenía en Sevilla, ciudad en la que nació Luisa y donde transcurrieron los primeros años de su vida. Posteriormente se independizó profesionalmente del progenitor al crear su propio taller y, tras su traslado a Madrid, se convertiría en la escultora de cámara del último de los reyes de Habsburgo (Carlos II), cargo que mantuvo con el primer Borbón (Felipe V). La gran mayoría de sus obras se inscriben en la tradición barroca andaluza, aunque con una progresiva tendencia hacia el Rococó. Sus esculturas están hechas en madera o barro cocido y son de temática religiosa: belenes, pasos procesionales, figuras de retablo. Se caracterizan todas ellas por un pronunciado naturalismo y expresividad. Los expertos consideran que algunas de sus obras maestras son San José con el Niño (1677, iglesia de santa María la Blanca de Sevilla), El Entierro de Cristo  (1701, Museo Metropolitano de Nueva York) y Jesús Nazareno (1692-1700, convento de las Madres Clarisas de Sisante-Cuenca). Por cierto, Luisa Roldán también fue “rompedora” en otro aspecto más personal: desafiando a los usos y costumbres de la época, se casó con el hombre a quien quería (un aprendiz de escultor llamado Luis Antonio Navarro de los Arcos), a pesar de la oposición expresa de su familia, con la que rompió toda relación.

Otra artista brillante de estilo barroco fue la romana Artemisia Gentileschi (1593-1654), cuya biografía y trayectoria artística estuvieron marcadas por una terrible experiencia que sufrió cuando tenía dieciocho años: fue violada cuando trabajaba en el taller de pintura de su padre por otro pintor, Agostino Tassi. La denuncia dio lugar a un largo proceso, en el que para demostrar a los jueces la veracidad de su acusación la muchacha tuvo que aceptar someterse a la tortura de un instrumento que le apretaba los dedos de forma brutal, además de un examen ginecológico, “una experiencia no menos traumática para la víctima, porque la palabra de una mujer carecía de valor para la justicia romana y debía ser puesta a prueba mediante la tortura”, explica Isabel Barceló (en Mujeres de Roma. Heroísmo intrigas y pasiones. Valencia, Sargantana, 2018, pág. 171). Finalmente el violador fue declarado culpable y condenado. Pero lo que nos interesa de nuestra pintora es que ese trauma sufrido en su etapa juvenil fue determinante en el estilo y la temática de sus obras posteriores. Varios de los cuadros que pintó están protagonizados por mujeres valientes y sufridoras, lo que ha sido interpretado como reflejo de su propia experiencia vital. Así sucede en Judith y su doncella (1619), María Magdalena como Melancolía (1625) o Rapto de Lucrecia (1635). Sin embargo, el más explícito es Judith decapitando a Holofernes, fechado hacia 1620. La escena representa el pasaje bíblico en el que la joven judía Judith mata al general asirio que estaba a punto de destruir la ciudad de Betulia, cortándole la cabeza con la ayuda de una criada. Es decir, desde la óptica de los judíos se trata de una heroína que salva a su pueblo eliminando al jefe de los guerreros enemigos. El momento que escoge Artemisia para dar su versión de ese episodio es justo el más violento y macabro: el del degollamiento. “Si ella escogió pintar a las mujeres en conflicto con los hombres, ¿por qué no pensar que estaba del lado de las de su sexo? ¿Por qué no ver en ellos el dolor de tantas mujeres vengado por la mano implacable de Judith? (Barceló, pág. 172).

Luisa de Marillac (1591-1660) fue cofundadora de la orden católica de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl. A pesar de ser hija natural de un noble importante, recibió una educación esmerada en un monasterio cercano a París. Desde muy pronto sintió la vocación religiosa, pero inicialmente no logró cumplir su deseo de ingresar en un convento de religiosas capuchinas debido a su mala salud. Al contrario, se vio obligada por su familia a casarse con un hombre, aunque por poco tiempo, debido a la prematura muerte de éste. Fue entonces cuando entró en contacto con Vicente de Paúl, su director espiritual, el cual había creado años atrás una organización humanitaria, las Señoras de la Caridad, integrada por damas de la alta sociedad que ayudaban económicamente a pobres y enfermos. Desde ese punto de partida Luisa emprendió una profunda reforma de los hospitales, para lo cual fundó más de treinta comunidades cuyas monjas estaban entregadas en cuerpo y alma a mejorar la asistencia a las personas desvalidas. Después de su muerte la nueva orden se extendió por todo el mundo. Fue canonizada en 1934. 

Santa Teresa de Jesús, de José de Ribera

Sin embargo, de todas las mujeres de estos siglos la figura que me parece más interesante es otra monja, Teresa de Ávila, más conocida como santa Teresa de Jesús (1515-1582), tanto por su biografía como por la faceta espiritual-literaria y, por supuesto, por su labor de reformadora de la vida conventual. Respecto a lo primero hay que destacar su salud precaria, el carácter inestable emocionalmente, así como la rebeldía que mostró desde muy pronto. Teresa es, junto con su amigo Juan de la Cruz (también canonizado en 1726), la mejor representante del Misticismo, corriente espiritual que pretende una unión o contacto directo del alma con Dios a través de unas intensas experiencias que culminan en el éxtasis. Esta forma tan personal e íntima de entender la religión la hicieron sospechosa a los ojos de los inquisidores, que la tuvieron enfilada en su punto de mira durante años. A partir de 1561, y por mandato de su confesor, comenzó a escribir su propia Vida. Es además autora de otras obras de gran calidad literaria e interés psicológico, como El castillo interior (o Las Moradas, 1562-64) y El libro de las confesiones (1573-82). 

Por otro lado, Teresa de Ávila fue la gran renovadora de la vida de las monjas. Junto con el citado Juan de la Cruz, reformó la Orden del Carmelo (existente desde el siglo XII) creando la de los Carmelitas Descalzos, de los que fundó conventos tanto masculinos como femeninos. Para comprender la trascendencia de esta reforma debemos tener en cuenta que en aquellos tiempos coexistían dos categorías muy diferentes de religiosas: las que aportaban una dote a la comunidad y las que no. Las primeras, que eran muy pocas, procedían de “buenas familias” y en muchos casos se trataba de mujeres que tenían serias dificultades para integrarse en la vida monacal, pues habían ingresado no por vocación, sino por mandato paterno. Estas monjas gozaban de una vida regalada: disponían de joyas, vestuario, despensa, cocina y dormitorio privados amén de criadas a su exclusivo servicio. (Ejemplo inmejorable de ese modus vivendi de la aristocracia monjil lo tenemos en una de las mujeres más influyentes, ricas y famosas de la época, la Princesa de Éboli, que tras quedar viuda ingresó en el convento alcarreño de Pastrana, donde se instaló con toda clase de lujos; sin embargo su experiencia como monja duró bien poco, regresando a su confortable palacio madrileño). Tras la reforma emprendida por Teresa se acabaron los privilegios, siéndoles impuesta a todas las religiosas por igual -desde la superiora hasta la última novicia- una vida de severa austeridad, rigurosa clausura, férrea disciplina y grandes privaciones. Por otro lado, la futura santa (su canonización fue en 1614) no acató la norma existente de exigir un certificado de “limpieza de sangre” (que acreditaba no ser descendiente de judíos, musulmanes, indios o negros, ni tampoco de condenados por la Inquisición) para entrar a profesar de los conventos que ella fundó, que en total fueron diecisiete, además de orfanatos, asilos y comedores sociales.

Y ¿qué opinión tenía Teresa con respecto al asunto que nos ocupa, el de la situación de la mujer en la sociedad de aquel tiempo? La respuesta nos la da ella misma en su obra Camino de perfección (1562-64):

“¿No vasta (sic), Señor, que nos tiene el mundo acorraladas (a las mujeres) que no hagamos cosa que valga nada por Vos en su público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo, y no como los jueces del mundo que, como hijos de Adán y en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. (…) No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad, y yo holgado que sea pública, sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”.

¿No les sorprende a ustedes que fuesen españolas las primeras mujeres que ejercieron oficios como embajadoras, almirantes o escultoras?

Recopilando lo tratado en este capítulo, ¿no les sorprende a ustedes que fuesen españolas las primeras mujeres que ejercieron oficios como embajadoras, almirantes o escultoras? ¡Quién lo iba a decir!, pero esa es la realidad histórica. En la próxima entrega trataremos sobre la situación de la mujer en el siglo XVIII, en el cual ya empieza a cambiar la mentalidad misógina, pero únicamente entre una minoría intelectual y con poco –o más bien ninguno- resultado práctico inmediato. Así que no echen las campanas al vuelo, pues todavía tendrán que armarse con una paciencia digna del santo Job antes de ver reconocidos iguales derechos a mujeres y hombres.


Imagen de portada: Artemisia Gentileschi: Judith decapitando a Holofernes (1620). Galleria degli Uffizi. Imagen de portada: