Ayotzinapa: Vivos se los llevaron. Vivos los queremos

  • Se cumplen cinco años de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Hablamos con un integrante del colectivo París-Ayotzinapa, en su lucha por descubrir la verdad y que el caso no caiga en el olvido. 

Manifestación en Les Halles

“Han pasado cinco años pero nosotros seguimos luchando como si hubiese sucedido ayer”. Al otro lado del teléfono, un viejo amigo conversa conmigo. Hace tiempo que no nos vemos. Hay demasiados kilómetros entre nosotros. Y demasiadas ciudades: París, Roma, México D.F., Sevilla… No es una llamada más. Hace tiempo que me vengo preguntando sobre los días de Iguala. ¿Qué sucedió realmente aquella noche de hace cinco años? Tras unas preguntas rutinarias, lancé el nombre de Ayotzinapa. La conversación quedó suspendida durante unos segundos. “Ayotzinapa”, repitió. “Quiero que me lo cuentes todo”, le dije yo. Todo lo que sucedió en aquella ciudad al sur de México, en Iguala, perteneciente al Estado de Guerrero. “Háblame de los 43”.

En los años en los que coincidimos en París yo los vi trabajar duro junto a otros compañeros en lo que se llamó el colectivo París-Ayotzinapa. Al principio todo se hacía de forma más improvisada, me cuenta. “Era muy poca la información de la que disponíamos. Solamente sabíamos que un grupo de estudiantes de la Normal de Ayotzinapa había sido fuertemente atacado la noche del 26 de septiembre, en las inmediaciones de Iguala, y que tras ese ataque, 43 estudiantes habían desaparecido. Les dispararon a la vista de todo el mundo, entre las calles de la ciudad. Se los llevaron en coches patrullas y ya no se supo nada más. Se borraron del mapa. Desaparecieron”.

Desde 2006 hasta 2016, se han hallado casi dos mil fosas clandestinas en todo el país.

Desaparecer. ¿Qué es un desaparecido? México es un país de desaparecidos. Tomando solamente diez años como muestra, desde 2006 hasta 2016, se han hallado casi dos mil fosas clandestinas en todo el país, según el portal web adondevanlosdesaparecidos.org. Se descubre en México al día de hoy una fosa clandestina cada dos días. Pero una fosa no es solamente un hueco en la tierra. Es una historia interrumpida. Es un crimen contra la memoria. Es un cuerpo sin identificar. Una familia que espera al otro lado. ¿Por cuanto tiempo? ¿Días, meses, años, décadas? Una vida entera. Las fosas se suceden y los cuerpos se multiplican. Cuerpos sin nombres, que esperan a ser nombrados.

“Ese es uno de los principales problemas de México -me cuenta este miembro del colectivo-. El país no está preparado ni tiene los medios suficientes para identificar a tantos cuerpos. Es una emergencia forense la que vive México. Los cuerpos se amontonan en las morgues y se quedan años en los sótanos, a la espera de ser identificados, sin que nadie los reclame”. La espera de un muerto para ser nombrado en el mundo de los vivos. La espera de un muerto para poder ser un muerto. 

“Los 43 de Ayotzinapa es un caso más dentro de la lista interminable de la infamia. Un grano de arena en una duna. Sí. Es un caso más, pero fue la gota que colmó el vaso. Fue una desaparición forzada retransmitida en directo. Sucedió delante de todo el mundo. Y sucedió porque los cuerpos de seguridad y el propio Estado lo propició.”

Mural en Iguala. Estado de Guerrero. 2018. Foto cedida por el colectivo París-Ayotzinapa.

El representante de París-Ayotzinapa me habla de impunidad, una palabra que se ha vuelto costumbre en México. La impunidad se asocia desde hace unos años a las familias, que viven desamparadas porque el narcotráfico reina en sus ciudades y se mete en sus casas. Asesina a sus hijos y extorsiona a sus padres. La impunidad del criminal que asesina sin consecuencias. En México, me cuenta, matar sale gratis. Por eso se manifestaron en 2015, en los actos del aniversario de la toma de la Bastilla, cuando Enrique Peña Nieto, el presidente de México, fue invitado por el presidente de la República Francesa, al desfile militar. “Aún no había pasado ni un año de la desaparición de los 43 y las mentiras ya inundaban el caso. Por eso salimos aquel día a protestar. Porque no queremos un país donde la gente desaparezca sin dejar rastro”. Y así fue como se manifestaron en la Fontaine des Inocents, en el corazón de la plaza de les Halles, mientras Enrique Peña Nieto entraba en el Eliseo en nombre de todos los mexicanos.

Amapolas entre Iguala y Acapulco

En la mañana del 26 de septiembre de 2014, los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa se preparaban para viajar a México D.F. Iban a participar en el aniversario de la matanza de Tlatelolco, ocurrida en el 68. Las cicatrices de un país pueden leerse a través de sus efemérides. Salieron de Ayotzinapa rumbo a Iguala. Robaron varios autobuses, práctica habitual desde los años sesenta en el mundo universitario rural. Habitual y consentida, me apunta mi interlocutor del colectivo. Salieron hacia Iguala, pero la ciudad donde se bordó la primera bandera de México no les dejaría salir de allí. Al menos a 43 de ellos. Ya habían entrado en el laberinto.

Las escuelas normales en México son una institución compleja y que entronca con la historia de lucha social y violencia que alberga el país. Creadas después de la Revolución Mexicana para la enseñanza del profesorado, están dirigidas sobre todo al mundo rural y responden al paradigma revolucionario de tierra y educación. Con el devenir del tiempo, muchas de estas escuelas, sobre todo en los años setenta, se relacionaron con movimientos guerrilleros y figuras como Lucio Cabañas y Genaro Vásquez. Fueron los años de la llamada “Guerra Sucia”.

Las escuelas normales están dirigidas sobre todo al mundo rural y responden al paradigma revolucionario de tierra y educación.

Los enfrentamientos con el poder, ya sea federal, estatal o local son continuos en la delicada historia de las escuelas normales. Y en el corazón simbólico de todas ellas, está la Normal de Ayotzinapa, en el Estado de Guerrero, a medio camino entre Acapulco e Iguala, a medio camino del corredor más mortal de América, por donde transcurre la droga como medio de riqueza, pero también de subsistencia, en su meta con la frontera estadounidense.

Guerrero es un estado dominado por la violencia y el narcotráfico. La droga es una constante vital en todo su territorio. Es la substancia que va pudriendo la sociedad, que arrebata la dignidad de quienes ya la han perdido. Pero también es una tabla en mitad del océano para tanta gente que apenas tiene con qué subsistir. El cultivo de la amapola, de donde se produce el opio, da de comer a miles de campesinos pobres. Un negocio peligroso en el que el Estado recibe también su parte. Y en medio de toda esta geografía, la Escuela Normal de Ayotzinapa.

Mural de la Escuela Normal de Ayotzinapa. Fotogtafía tomada de https://desinformemonos.org

Formada exclusivamente por hombres, la Normal de Ayotzianapa tiene un marcado carácter socialista y zapatista. En uno de los laterales del edificio principal, un mural gigante con la efigie del Che reza: “volveré y seré millones”. También se puede ver el rostro barbudo de Marx, al subcomandante Marcos y decenas de hoces y martillos. Los estudiantes son de estratos sociales pobres. Algunos de ellos han trabajado en la amapola y muchos están fuertemente comprometidos con la política. Se despierta entre ellos un sentimiento de hermandad más fuerte que los lazos familiares. Creen en la lucha. Creen en la educación y no renuncian al enfrentamiento en sus reivindicaciones. Y sobre todo, se sienten parte de un colectivo indisoluble.

Por eso partieron casi cien estudiantes aquel día de septiembre con destino a Chilpancingo, en previsión de su futuro viaje a México D.F., en la obligación de recordar a los caídos en Tlatelolco, cincuenta años atrás en la que el ejército disparó en contra los estudiantes. Ellos, leídos de Marx, no temían la máxima marxista de que la historia se repite, sin farsas ni parodias.

Reconstrucción de los hechos

Los acontecimientos se aceleran en la tarde-noche de aquel 26 de septiembre de 2014. Salieron a las 18:30 un centenar de estudiantes desde Ayotzinapa. El punto de reunión era la terminal de autobuses de Iguala. Allí llegó primero un autobús, entorno a las 20:00. El conductor decide, sin aparente explicación, encerrarlos dentro. Bloquea las puertas y llama a la policía. Los estudiantes avisan a sus compañeros, que acuden a la terminal para liberarlos.

Nueve minutos después, a las 20:09, los compañeros llegan e intentan liberarlos. Primero a través de las palabras. Al no ceder el chófer, empiezan a tirar piedras a las lunas del bus. Finalmente liberados, casi cien estudiantes se organizan y toman tres autobuses, que se suman a los dos que ya tenía. Hablan con los conductores y tras negociar, estos deciden llevarlos de vuelta a la Normal.

A los pocos minutos, salen los cinco autobuses de la terminal de Iguala. Los cuatro primeros encaran hacia el periférico norte, por la calle Juan N. Álvarez. El último bus sale con algo de retraso. Para no encontrar tráfico, toma dirección sur, camino de Chilpancingo. En la Iguala nocturna empiezan a sonar las sirenas.

Muchos estudiantes confiesan haber escuchado disparos que se perdían en el aire, sin dirección aparente.

Durante el trayecto, muchos estudiantes confiesan haber escuchado disparos que se perdían en el aire, sin dirección aparente. Un aviso de lo que estaba por llegar. A las 21:36, el cuarto autobús de la comitiva se desvía para recoger a una pasajera en mitad de la calle. Queda, por lo tanto, una caravana de tres buses cuyo destino es el periférico norte. A los pocos metros, empiezan los disparos contra los tres autobuses. Los estudiantes intentan reaccionar ante el asombro y la estupefacción. Se defienden con piedras, bajando del bus. Hay cristales por todas partes y aparecen los primeros heridos.

A las 21:41 todo se precipita. Los conductores de los tres autobuses cierran las puertas y varias patrullas de policía cortan la calle e intensifican el tiroteo. Los estudiantes están atrapados. Algunos de ellos logran bajar y se esconden detrás del autobús. Otros se encaran a la policía. Un grupo de estudiantes intenta volcar un coche patrulla. La policía no duda. Dispara en la cabeza al estudiante Aldo Gutiérrez Solano. Este queda herido en el suelo. Sus compañeros piensan que está muerto. Llaman a la ambulancia, pero tardará más de 45 minutos en llegar. Será bloqueada en diferentes controles de policía. Daniel Solís Gallardo también fue disparado. Morirá ante sus compañeros y los policías.

La actitud de los estudiantes es de miedo, pero no se acobardan. Se encaran de nuevo con los policías locales. La tensión es irrespirable en la noche de Iguala. Ante la posible duda de si los cuerpos policiales sabían la identidad de aquellos jóvenes no hay discusión: los policías sabían que trataban con estudiantes. Actuaron con convencimiento.

Manifestación del colectivo París-Ayotzinapa, en Gare du Nord, 2016. Fotografía cedida por el colectivo.

El jefe de policía ordena que todos los estudiantes bajen de los tres autobuses. Hay golpeos y peleas esporádicas. Los van tirando al suelo e inmovilizándolos. A algunos de ellos los suben a los coches patrulla y se los llevan. La mayoría provenía del último autobús. Desaparecen en la oscuridad de la ciudad. Pronto las luces azules de los coches se pierden entre las calles y los estudiantes intentan socorrer a los compañeros heridos. Los que no han sido detenidos, los que no han sido introducidos en aquellos coches patrulla, serán los que se salvarán aquella noche.

Son las 22:01 y en el otro escenario, hacia el sur, al lado del Palacio de Justicia, el quinto autobús, aquel que salió con retraso de la terminal de Iguala, es detenido por un convoy de patrullas locales. El modus operandi de la intimidación es el mismo: bloquean la carretera, empiezan a disparar sobre el autobús, lanzan gases lacrimógenos y, finalmente, detienen a los estudiantes y se los llevan en los coches patrullas.

El cuarto bus, que había cambiado de dirección con respecto al primer grupo, es avisado de los sucesos y decide esperar. Al continuar el trayecto, a las 22:31, pasa a la altura del quinto bus. Está destrozado. Algunos policías los amenazan y obligan a dejar el autobús. Los estudiantes abandonan la escena y se refugian en la colonia Pajaritos. Hay testimonios de estudiantes que advierten de que la policía los persiguió durante horas. En esa noche, los taxistas y las tiendas locales les harán el vacío. Algunos cuentan que hubo intentos de atropellos.

A las 23:30, la noche y el caso se complica más aún. Un autobús que portaba al equipo de fútbol de “Los avispones” es atacado con rifles de alto calibre, a la altura del cruce de Santa Teresa. Hieren al conductor en la cabeza, que morirá a las pocas horas. Un joven de 14 años, miembro del equipo es asesinado. Al igual que una mujer que iba dentro de un taxi. En la huida, los testigos dicen haber escuchado a un policía decir: “ya la cagamos, comandante, son futbolistas”. Hay evidencias para afirmar que buscaban a más estudiantes.

Manifestante en 2015, en París. Fotografía cedida por el colectivo.

Es casi media noche e Iguala es una ciudad dominada por el caos y la violencia. Se han producido tres ataques simultáneos con diferentes tipos de policía: locales, estatales, federales… Parece que han actuado bajo algún tipo de coordinación. El objetivo: que ningún estudiante saliese de Iguala esa noche. Pero aún quedaba la madrugada.

Avisados por sus compañeros, un grupo de estudiantes que estaban en Ayotzianpa decide socorrerlos e ir a Iguala. Tras más de dos horas de camino, encuentran retenciones. En algunos casos, no son policías, sino personas con armas largas. Al final, logran llegar al punto del primer tiroteo, donde encuentran los tres autobuses destrozados.

Los estudiantes, temerosos de que la policía limpiase la zona de pruebas, llaman a la prensa para dar explicaciones en el mismo lugar de los hechos. El narcotráfico es un pozo sin fondo en Guerrero y quieren impedir que la acción policial se diluya en un tiroteo más del narco.

A las 00:36, dos vehículos civiles irrumpen en la escena y empiezan a disparar. Van vestidos de negro y llevan el rostro tapado. Disparan a bocajarro..

A las 00:32, llega la prensa y entrevistan a los estudiantes en la calle Juan N. Álvarez. En el suelo hay sangre y casquillos de bala. El recuerdo es aún tan reciente que algunos apenas pueden creerlo. Empiezan a poner forma al dolor por la muerte de sus compañeros. Cuatro minutos después, a las 00:36, dos vehículos civiles irrumpen en la escena y empiezan a disparar. Van vestidos de negro y llevan el rostro tapado. Disparan a bocajarro. Hay varios heridos. Cuando cesan las balas, descubren que dos muertos se suman a la tragedia de la noche. Los estudiantes huyen despavoridos. Muchos de ellos son acogidos por casas particulares.

Edgar, un estudiante de la Normal, resulta herido. Lo llevan al hospital más cercano. Es una clínica privada. Las enfermeras le deniegan la entrada. Los doctores se niegan a atenderlo. Edgar está a punto de desangrarse. En ese instante, según el testimonio de los estudiantes, irrumpe una patrulla del ejército, del batallón de infantería, y los encañonan con sus armas largas. Les hacen simulacros de fusilamiento. Les dicen que revelen su identidad, porque si no van a desaparecer para siempre. Desaparecer, un verbo que sale a relucir por primera vez en la noche.

Manifestación en Trocadero, en el año 2017. Fotografía cedida por el colectivo.

Entre las 02:30 y las 05:00, seguirán de una forma ininterrumpida los disparos y las persecuciones de estudiantes. Casi despuntando el alba, un grupo de estudiantes acude a una comisaria para buscar a sus compañeros, aquellos que habían sido detenidos y llevados por los coches patrulla. En la comisaria nadie sabe nada. Preguntan aquí y allá y reciben evasivas como respuestas. Uno de ellos ve una fotografía. En ella, un rostro se ha quedado sin cara. Las heridas son tan profundas que apenas es reconocible. Es Julio César Mondragón. Le habían arrancado la piel del rostro. En la madrugada encontraron su cuerpo. Es entonces cuando entienden que los estudiantes no están allí.

Comienza la búsqueda de los 43 estudiantes desaparecidos.

Vivos se los llevaron. Vivos los queremos

¿Cómo se convive con un desaparecido? El peso de la ausencia. La fotografía en la pared, encima del televisor o en la tela de la camiseta. En el plástico de la pancarta. El nombre, apunto de convertirse en una cifra. Nombres y más nombres. Ruedas de prensa. Declaraciones políticas. Mentiras.

La soledad de las víctimas es una segunda condena a la que están expuestos los familiares de los 43 desaparecidos. Es un leve silencio que acompaña desde la mañana a la noche, que se pega al cuerpo y al pensamiento. ¿Dónde están?

La mañana siguiente de los sucesos de Iguala, el 27 de septiembre, no se sabía el número deestudiantes que habían sido detenidos. La última vez que se les vio fue a través de los cristales de los coches patrulla, que se dirigían hacia una dirección desconocida.

Huellas. Exposición sobre desaparecidos. 2017. Fotografía cedida por el colectivo.

Caos y desinformación, nos comenta el miembro del colectivo París-Ayotzinapa al otro lado del teléfono. Esa fue la sensación que reinó sobre el caso en los primeros días. El gobierno abrió una investigación contra José Luis Abarca Velázquez alcalde del PRDde la ciudad de Iguala y relacionado con el cártel local de los Beltrán Leyva a causa de su cuñado. A los pocos días protagonizó una vergonzosa huida hacia el D.F., donde sería capturado a principios de noviembre. Al mismo tiempo, Ángel Aguirre Rivero, gobernador del Estado de Guerrero, presentó su dimisión tras las enormes presiones recibidas.

La investigación oficial del caso recayó sobre José Murillo Karam, procurador de la República, que declaró el 13 de octubre una resolución sobre el paradero de los 43 estudiantes. Según esta versión, una vez que los policías procedieron a su detención, los entregaron a varios componentes de Guerreros Unidos, un cártel del narcotráfico.

El 4 de octubre se encontró una fosa clandestina con 28 cadáveres. Tras los análisis forense pertinentes, se descubrió que ninguno de los cuerpos pertenecía a los estudiantes de Ayotzinapa. El 9 de octubre encontraron cuatro fosas clandestinas con varios cuerpos sepultados, pero tampoco correspondían con la identidad de los estudiantes desaparecidos. Aquellos días el país enteró asistía a un juego macabro que parecía no tener fin.

Brigada Dónde están. Guerrero. 2018. Fotografía cedida por el colectivo.

Tras la detención de varios miembros de Guerreros Unidos, el caso parecía encontrar una salida. El procurador José Murillo Karam, en una conferencia de prensa, aseguró que los 43 estudiantes fueron llevados en camionetas hacia el basurero municipal de Cocula esa misma noche. Quince de ellos habían muerto de asfixia en el trayecto. A los supervivientes, los dispararon en la nuca. Quemaron los cadáveres de los 43 y trituraron sus huesos. Los restos de sus cuerpos calcinados fueron introducidos en bolsas de plástico y tirados al río San Juan. ¿Era aquella declaración el punto y final a la infamia, u otro capítulo más que la prolongaba?

Un grupo forense independiente, sin embargo, sembró de dudas el informe oficial. ¿Cómo es posible que ardieran los cuerpos de los 43 hasta su completa incineración, en una sola noche, en un descampado al aire libre, en una noche de lluvia como la de aquel 26 de septiembre? ¿Por qué se informó a la prensa del hallazgo antes de esperar al informe final forense? ¿Por qué tantas prisas en resolver un caso tan delicado?

Efectivamente, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa deja patente la corrupción institucional en la que está sumida México. Los familiares buscaron la ayuda exterior en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, demostrando desde el inicio que la versión oficial distaba mucho de la realidad. La comisión investigó por su cuenta los hechos, encontrando no pocos obstáculos gubernamentales.

Salón Armement. 2018. Fotografía cedida por el colectivo.

La noche de la desaparición de los 43 estudiantes se movilizaron varios cuerpos de seguridad del Estado, policía local, estatal, federal, un cártel del narcotráfico y el ejército. ¿Quién ordenó todas aquellas acciones movidas por la pura violencia extrema? El presidente de la República en 2014, Enrique Peña Nieto, prometió la colaboración del gobierno a la hora de esclarecer los sucesos del 26 de septiembre, pero lo cierto es que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue boicoteada varias veces, hasta que la obligaron a renunciar al caso, cuando el grupo pidió investigar las conexiones del ejército en los trágicos sucesos. Nunca los dejaron.

Una teoría que maneja el entorno de las víctimas es que los autobuses que tomaron los estudiantes llevaban alijos de droga, lo que llevo a la movilización tanto del narco, como de los cuerpos de seguridad del Estado como del ejército. Las conexiones entre el crimen organizado y las autoridades gubernamentales son un talón de Aquiles en la política mexicana.

Quedan muchas preguntas en el tintero. Pero sobre todo, hay una que brilla entre todas: ¿Dónde están los 43 estudiantes de Ayotzinapa? Los familiares viven en la esperanza de volver a encontrarlos. Gritan en las plazas y escriben en las paredes una frase que surgió durante la dictadura de Videla en Argentina y que ya se ha convertido en un himno para todos los desaparecidos en México: “Vivos se los llevaron. Vivos los queremos”.Tal vez Ayotzinapa sea el principio del fin de la impunidad para un país que cuenta una cifra de muertes violentas equiparables a un país en tiempos de guerra. Tal vez Ayotzinapa sea el inicio de un nuevo país y no el final de la justicia.


Fotografía de portada: Manifestación en Hotel de Ville. 2018. Cedida por el colectivo París-Ayotzinapa.