Joaquín Berges: “Soy un desertor de la realidad. Por eso soy escritor”

  • Pepe Pérez-Muelas charla con el autor de Los desertores (Tusquets) en la que pasado y presente se entrelazan en una historia sobre la Primera Guerra Mundial. 

La I Guerra Mundial no se acaba nunca. Lo que empezó una mañana lejana en Sarajevo todavía late en la historia de Europa. Pero ahora, el conflicto se ha convertido en un rincón literario en donde convivir con héroes anónimos. La vida está llena de pequeñas anécdotas que se pierden en las trincheras y en la noche de la guerra. La de Alfred y Albert es una de ellas. Una de tantas. Apenas queda una lápida entre la multitud del cementerio de Bailleulmont. Su historia es una herida abierta. Es un río de ficción. Es la forma que Joaquín Berges ha encontrado de devolvernos al mundo de hace cien años. De reconciliarnos con nuestros fantasmas cercanos. Es, en definitiva, la manera más audaz que un escritor contemporáneo ha hallado de poner frente al espejo dos tiempos que se parecen más de lo que pretendemos. Literatura de la que duele, porque nos es cercana. Joaquín Berges ha logrado trazar un relato emocionante, donde el vacío existencial lo pone el lector. Otra forma de guerra.  

¿Por qué la Primera Guerra Mundial?

La IGM me eligió a mí, más que yo a ella. A raíz del centenario de la batalla de Somme, encontré la historia de Albert Ingham, de su padre y de las palabras escritas en su tumba en revistas especializadas. Cuando me di cuenta de la carga humana que contenía la historia, decido que sería el tema de mi novela, sin saber todavía qué es lo que iba a hacer. En este sentido, lo más normal hubiera sido escribir una novela histórica. Pero no quería hacer novela histórica, sino una contemporánea, de las que yo suelo hacer. Es un género en el que yo me encuentro a gusto.

Cuando me di cuenta de la carga humana que contenía la historia de Albert Ingham, decidí que sería el tema de mi novela.

Lo planteé como una especie de viaje, en dos sentidos: uno físico, desde Madrid hasta la tumba del soldado Albert Ingham, en el norte de Francia; y hay un viaje en el tiempo, partiendo del presente se viaja cien años atrás. Pero también hay un viaje en el ámbito: se parte desde la ficción, de la que emanan los personajes contemporáneos, hacia la realidad, la de la guerra.

¿Es el punto de unión entre la realidad y la ficción?

Antes, las novelas eran todas de ficción. Se solía escribir una frase llamativa: “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Una especie de exculpación y la vez de culto a la imaginación. Ahora me sorprendo, desde hace unos años, con el culto a la realidad. Desde el cine a la literatura. Toda la ficción se ha vendido a la realidad. Es una tendencia de nuestro tiempo afectada por las redes sociales e internet. Gracias a él vivimos la realidad en directo. Pero yo quería jugar con los dos ámbitos y ver quién era más fuerte, si la ficción o la realidad. Y la verdad es que no he llegado a ninguna conclusión. Porque mis personajes hacen un viaje desde la ficción a la realidad.

Soldados británicos manejando una ametralladora y protegiéndose con máscaras antigas. Revista Quo

 La IGM está presente en todas las partes de su novela. ¿Es esta guerra un territorio muy literario, observando el nacimiento de las vanguardias y la cantidad de artistas que participaron en ella?

Tiene mucho de eso. Todavía era una guerra de posiciones, donde cada palmo de terreno se conquistaba paso a paso con la infantería. Una guerra de trincheras y de aniquilación. En este sentido, la IIGM tuvo el componente marítimo, con un final desgraciadamente apoteósico, con la bomba atómica de Hiroshima. Eso le quita literatura. Es un desastre desde el punto de vista literario, y en parte por su final.

¿Usted ha visitado algún memorial de guerra?

Viajé a toda la zona del Somme en el verano de 2017 y visité todos los campos de batalla posibles, así como los monumentos funerarios y cementerios. Tal vez vería una veintena. Todo está lleno de cruces. Es un lugar cristiano ocupado todo por cruces, ya sean cementerios alemanes, franceses o ingleses. Parecen ejércitos en formación. Yo tenía la obligación moral de ir a visitar esos lugares para escribir la novela. No me bastaba con informarme a través de Google maps. No escribí ni una sola línea allí, aunque sí llené un cuaderno de notas. Fue muy inspirador.

Tenía la obligación moral de ir a visitar esos lugares para escribir la novela. No me bastaba con informarme a través de Google maps.

Muchas de las sensaciones que tiene el protagonista son las que viví yo. El encuentro del protagonista con la tumba de Albert Ingham es el que tuve yo. Son mis impresiones. Un momento muy emocionante. Llevaba a esa altura la mitad de la novela escrita y cuando llegué frente a su tumba vi a mis personajes de ficción. En ese momento se separó la ficción de la realidad, porque la ficción no deja tumbas en la realidad. En el cementerio separé definitivamente la ficción de la realidad para siempre.

¿Fue en autostop en camión?

Hubiese necesitado un mes de vacaciones…

Usted encuentra a Alfred y Albert. ¿En qué grado usted literaliza sus vidas y en qué grado los convierte en ficción?

En un altísimo grado son material de ficción. Yo he investigado lo justo: cuándo nacieron, los motivos de su alistamiento, su instrucción militar, cuáles fueron sus diferentes destinos en el frente. Sin embargo, a la hora de redactar las cartas que Albert escribe a su padre, he utilizado la imaginación. Son cartas literarias. He sido Albert durante unos meses y he tratado de pensar qué cosas le podían sorprender y preocupar a Albert. Evidentemente, eso me hacía cortarme un poco. A un padre no se le cuenta todo. En definitiva, más allá de una labor de investigación exhaustiva, hay mucha literaria.

Uno descubre que las cartas son creación propia…

Cuando avanza la novela…

En efecto. Es cuando uno se percata que el escritor está jugando con el lector.

Es el momento en el que darse cuenta. Yo quería que las cartas sirviesen de salvoconducto para que Jota pudiese viajar a Francia. Desde el presente al pasado, el personaje se basa en las epístolas del joven militar para llegar al memorial y a la historia personal de Albert.

¿Cuánto hay de Albert en Jota?

Hay bastante. Precisamente, la clave está esa conmoción que sufre Jacinto, el padre de Jota, cuando descubre la historia de los dos soldados. Se identifica porque él se siente un desertor. Luego le pasas las cartas a su hijo, Jota, que también se siente un desertor. Y habría un tercer elemento, que soy yo mismo, que quizá también me siento un desertor. Coincidimos todos en un espacio de decepción, pero cada uno por un motivo distinto. No es lo mismo la deserción en tiempos de guerra, luchando por la vida, que en tiempos de paz, cuando uno lucha por su dignidad, individualismo o cumplir sus sueños. Yo, en este sentido, soy un desertor. Y hay muchos desertores.

Cuando acudo a los clubs de lectura les digo a los asistentes que son todos unos desertores. Cuando uno está con su familia y coge un libro, está desertando de la realidad, y prefiere irse con los personajes de García Márquez o Vargas Llosa. Si uno quiere vivir la realidad basta con cerrar el libro. Somos todos unos desertores. Yo soy un desertor de la realidad porque no me interesa y no la apruebo, como le puede suceder a cualquiera que abra un periódico. Por eso soy escritor. Por eso soy un lector empedernido desde que era niño. Por eso mismo conecto con Albert, con Jacinto y Jota.

Una de las claves del libro es que el lector empatiza con todos los personajes: con Jacinto y Jota, a pesar del daño que le han podido hacer a su familia.

Es cierto. Se trata de la compasión. Cuando uno ve el poliedro completo, y examina las historias desde todas las caras es capaz de comprender al ser humano. La historia de Jacinto es esclarecedora en este sentido. Aunque los desertores que más comprendemos son Alfred y Albert. Yo hubiese sido un desertor a los diez minutos de empezar la guerra.

Y yo… ¿Entonces, quiénes son más desertores: Jota y Jacinto o Albert y Alfred?

Son diferentes tipos de desertores. Sin duda, la deserción de Alfred y Albert es la que mejor se entiende. Ellos luchan por su vida, y por lo tanto, está todo justificado. Es una primera necesidad. Jota y Jacinto, en cambio, desertan de sentimientos o de personas, y es más difícil defenderlas.

La novela fue publicada en 2018, en el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial.

¿Podemos decir que es una novela de derrotas?

Sí. Y quizá una novela de segundas oportunidades. En el caso de Alfred y Albert una oportunidad póstuma de reivindicar el amor del padre, que es el gesto que hace George. El epitafio que escribe George a su hijo es un monumento al amor paternal. Yo creo que todos los hijos deberían ir a Bailleulmont junto a sus padres. Es un amor incondicional, y eso trasluce en mi novela. Los personajes contemporáneos de mi novela se emocionan con ese epitafio porque habla de una realidad.

Hablemos ahora de los libros que hay dentro de su libro. ¿Ha hecho también un homenaje a Tolkien?

Es cierto que Tolkien participó en la IGM. Estuve el año pasado en Oxford y visité el colegio donde dio clase. Fue muy emocionante porque El señor de los anillos se escribió allí. El propio autor cuenta en entrevistas que con 24 años, estando en el frente, ideó todo el mundo que luego sería su obra. Es una mitología europea, tan válida como la griega o la cristiana. Me gusta pensar que todo aquello existe gracias a una bacteria. Tolkien enfermó en el frente y tuvo que ser evacuado. Gracias a esa enfermedad pudo salvarse y no ser uno más de los seiscientos mil muertos del Somme. Y a pesar de ellos, tardó casi treinta años en escribir El señor de los anillos.

Tolkien enfermó en el frente y tuvo que ser evacuado. Gracias a eso pudo salvarse y no ser uno más de los seiscientos mil muertos del Somme.

Y los wars poets, que son como epitafios griegos en pleno siglo XX ¿Es ese el sentido de esos poetas que participaron en contienda?

Lo que me sorprendió es que en el ambiente de euforia antes de la batalla del Somme todo el mundo se alistaba. Y con ellos, los poetas. No hubo un “no a la guerra”. Al estar en las trincheras, solamente podían leer y escribir. Poemas y cartas a sus familiares. Se produjo una cantidad importante de literatura en las trincheras. Muchos de ellos eran simplemente aficionados y otros profesores educados en las mejores universidades de Inglaterra. Fue una guerra muy poética, con testimonios dantescos. Eso le da más valor a la guerra, porque esos versos normalmente no salen en la historia oficial. Son sus sentimientos y sufrimientos cotidianos.

En Viaje al final de la noche el personaje también es un desertor. Su libro parece el reverso de Celine. Todo lo negativo en el escritor francés en su caso es heroicidad.

Mi historia es una redención. Los heridos, cuando volvían a sus casas, no estaban bien vistos. Había una loa exagerada al héroe de guerra. Pero para mí, la deserción es un acto de honor y de valor. Es más propio quedarse en el sistema. Es un acto de valor hacer que tu individualismo valga más que la colectividad militar.


Imagen de portada cedida por el autor.