Baudelaire, el artista de la moda

  • Baudelaire es sin duda el artista de la modernidad. No podemos entender nuestra sociedad sin pasar antes por sus obras. En esta ocasión, Juan Ignacio Molina nos acerca el concepto de moda ligado a la historia.

Charles Baudelaire, inmerso en la época moderna, publicó en 1863 El pintor de la vida moderna, un texto que carga las pugnas propias de la estética y la moral de la época. El espíritu moderno no solamente ha instaurado en el pensamiento occidental la cuestión de la razón como causa suficiente para el progreso de la humanidad. La modernidad también implica, como el espíritu cristiano, no participar de la concepción del tiempo como un ciclo: la historia ocurre una vez. En dicha época, existe un anhelo constante por dominar la naturaleza. Ante ese deseo, lo artificial es el medio para someter a la naturaleza. Baudelaire es el reflejo de  la estética moderna y el dandi la figura que encarna la aspiración por abrazar el artificio novedoso: la moda.

El pintor de la vida moderna es un conjunto de textos que narra las costumbres del París decimonónico, obra ejemplar sobre el ansia de escapar de lo natural y abrazar una condición existencial estética. El texto de algún modo acude a temas como la mujer, los dandis, la guerra o la moda; siempre bajo el hilo argumentativo que enfrenta al ser humano con la naturaleza y el artificio. Elogio del maquillaje no es tan solo lo sugerido por el propio título, pues trata más bien de la relación entre artificio y belleza, vínculo encarnado en el apartado dedicado a los dandis.

audelaire es el reflejo de la estética moderna y el dandi la figura que encarna la aspiración por abrazar el artificio novedoso: la moda.

En esta obra Baudelaire deja patente sus límites frente a la naturaleza: aunque ésta sea considerada el fundamento, la causa y el paradigma del bien y de la belleza, no sirve más que para saciar los instintos más primitivos; las necesidades básicas, las más bestiales e instintivas. ¿No es perversa e incluso tenebrosa la naturaleza?, ¿el ser humano es capaz de separarse realmente de la perversidad natural? Ante el horror de la naturaleza, la respuesta reside en lo artificial y lo novedoso: signos paradigmáticos del hombre moderno.

Baudelaire atisba una suerte de argumento. Las críticas de Baudelaire son juegos, son parciales y por tanto son una suerte de texto apasionado. Para él, la naturaleza dicta el crimen, pero la racionalidad detallada lo limita. Si no estuviera la moral ordenada por la filosofía y la religión, ¿cómo salvaríamos la conducta más que por la mera utilidad en sociedad? 

El francés notará que la atrocidad de la naturaleza y la llana utilidad para la supervivencia son consecuentes mutuamente. “La naturaleza no enseña nada, o casi nada, es decir que constriñe al hombre a dormir, a beber, a comer, a cagar y a protegerse, como puede, contra las hostilidades de la atmósfera,” señala Baudelaire. Sin embargo, cuando el ser humano logra sacar las necesidades primarias y se encuentra, por tanto, inmerso en el lujo y el detalle, la naturaleza empuja a matar y torturar. 

Calle de París en un día de lluvia. Gustave Caillebotte

Baudelaire nos insta a analizar lo natural frente a lo artificial. Si bien no hay una referencia que dé cuenta del progreso humano, sí revela el paso de lo salvaje a lo civilizado. “Toda las acciones y deseos del hombre natural puro, no encontrarán más que horror. Todo lo que es noble y bello es el resultado de la razón y del cálculo”, recalca el autor francés.

Si bien el texto de Baudelaire no está esquematizado silogísticamente, es notable que el autor apunta que la virtud es un artificio, benéfico, indudablemente para evitar la guerra entre todos. ¿El dominio de la naturaleza mediante la razón es una suerte de repetición y herencia de las disputas medievales sobre la naturaleza caída, el pecado original y la gracia? La razón como artificio y suplemento de la naturaleza es una característica propia, pero no exclusiva de la modernidad. En Baudelaire encontramos esta misma pugna, pero vertida en la estética.

El pintor de la vida moderna rehace dicha disputa moral en un plano estético: “Todo lo que digo sobre la naturaleza como mala consejera en el ámbito de lo moral, y de la razón como verdadera redentora y reformadora, puede trasladarse al campo de la belleza”. De acuerdo con Baudelaire, los seres humanos debemos acudir a la razón, como instancia sobrenatural, no exclusivamente para esquivar los instintos que derivan en maldad, sino también para evadir la deplorable apariencia natural.

En el Génesis, Adán y Eva son desterrados del Edén por no obedecer la palabra divina. El primer castigo de Dios se vincula con el pudor y la desnudez. En 3:17 del Génesis: “Fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales”. La herencia judeocristiana nos muestra que a partir del pecado original, la desnudez es vergonzosa. 

El café concierto. Monet.

El vínculo entre moral y estética en la modernidad y, precisamente en Baudelaire, tiene un deje bíblico. Sin embargo es a través del poeta francés donde se encamina la controversia de  lo moral a lo estético y recae, consecuentemente en lo accesorio de la moda: ya sea en la cosmética o en los atuendos.

El ser humano moderno atiende la novedad como modo de escape a lo perenne. El moderno modifica la naturaleza, la maquilla y le da una suerte de encanto relativo, pero dirigido necesariamente hacia un ideal estético de modo insistente. El pudor moral y la inminencia de su estética reflejan la caída en la naturaleza, punto en el que nace la historia. De lo anterior, el constante cambio por escapar de lo ordinario.

Octavio Paz, en Los hijos del limo apunta hacia ese espíritu propio de la época: “ni lo moderno es la continuidad del pasado en el presente ni el hoy es el hijo del ayer: son su ruptura, su negación. Lo moderno es autosuficiente: cada vez que aparece, funda su propia tradición.” (Paz, 1993, p. 18)

El artificio, fruto de la razón, logra contener la animalidad y nos pone en cara del progreso y la perfectibilidad. Como bien señala Paz, en la modernidad, en un lado se encuentra el tema de “la instauración de otra sociedad como un tema revolucionario que inserta el tiempo del principio en el futuro; en el otro extremo, el tema de la restauración de la inocencia original como un tema religioso que inserta al futuro cristiano en un pasado anterior a la Caída.” (Paz, 1993, p. 62).

Desde lo bíblico hasta lo moderno, la razón sirve para huir de la pena de ser tremendamente naturales, herederos del pecado original.

En El pintor de la vida moderna, el hombre, pese a su ineludible naturaleza caída, pretende alejarse de la culpa originaria, lo salvaje y lo horrendo. Con ello, el ser humano, desde la precariedad de lo terrenal, pretende formar un camino perfectible a lo largo del tiempo. El hombre moderno se hace a sí mismo a partir del pecado original y por tanto la moral y la estética se imbrican y se renuevan incesantemente.  Desde lo bíblico hasta lo moderno, la razón sirve para huir de la pena de ser tremendamente naturales, herederos del pecado original.

No obstante, “la tradición de lo moderno encierra una paradoja mayor que la que deja entrever la contradicción entre lo antiguo y lo nuevo, lo moderno y lo tradicional. La oposición entre el pasado y el presente literalmente se evapora, porque el tiempo transcurre con tal celeridad, que las distinciones entre los diversos tiempos — pasado, presente, futuro— se borran o, al menos, se vuelven instantáneas, imperceptibles e insignificantes.” (Paz, 1993, p. 22).

Para Baudelaire, la razón supone expresión, maquillaje y representación, donde el símbolo, el artificio y la razón se identifican. Aunque aparentemente no cree en el progreso continúo de la historia de la sociedad mediante avances paulatinos, Baudelaire sí atisba cierta superioridad a través de la constante reinvención mediante la novedad.

Homenaje a Delacroix. Henri Fantin-Latour

El ocio, las máscaras y el maquillaje del hombre que se asume moderno, el dandi de Baudelaire, son las armas para abrazar la razón y huir del horror que supone la naturaleza. “La modernidad nunca es ella misma: siempre es otra. Lo moderno no se caracteriza únicamente por su novedad, sino por su heterogeneidad. Tradición heterogénea o de lo heterogéneo, la modernidad está condenada a la pluralidad: la antigua tradición era siempre la misma, la moderna es siempre distinta.” (Paz, 1993, p.18).

La novedad y lo heterogéneo son grandes valores para Baudelaire, por eso en El pintor de la vida moderna no encontramos objetos concretos para significar lo novedoso, tampoco manuales sobre máscaras y maquillajes para no acotar la heterogeneidad.  El dandi, figura paradigmática de la estética baudeleriana es racional, pero apasionado. Es decir, un hombre que voluntariamente y de modo racional pretende volver a esa infancia idílica, que sabe que no volverá al origen, pero el camino lo llevará a la redención.

El dandi despreocupado por las deudas que tenga que pagar después, es un esteta del presente. El dandi de algún modo escapa de esa naturaleza caída a través del artificio, pero a su vez se encuentra en la constante tensión por reinventarse.

El dandismo y su afinidad con la moda revelan parte de la disputa moderna. La moda y el gusto del dandi son inestables y a su vez esto supone el desdén por las normas dictadas por la tradición. El modo estético del dandi proviene de la pasión y la razón, es un deseo profundamente humano, ya no religioso. Como apunta Lipovetsky, la temporalidad está cada vez más generalizada. Es en la épocamporánea donde esas ansias de vitalidad estética explotan a través del consumo.

Retrato de Baudelaire

“Nuestra sociedad-moda ha liquidado definitivamente el poder del pasado que se encarnaba en el universo de la tradición, e igualmente ha modificado la inversión respecto al futuro que caracterizaba la época escatológica de las ideologías. Vivimos inmersos en programas breves, en el perpetuo cambio de las normas y en el estímulo de vivir al instante: el presente se ha erigido en el eje principal de la temporalidad social.” (Lipovetsky, 2006, p. 245).

La moda, la reinvención de los discursos de protesta, la tecnología se hunden en la lógica de huir de lo perenne y natural. El hombre contemporáneo, ya lo atisbaba Baudelaire, está desprovisto del paraíso a causa del pecado original, pero las ansias por la novedad dejan paraísos efímeros donde se reconforta para volver a caer instantáneamente en la naturaleza.